II. ‑ LA PERSONALIDAD

DE SAN FRANCISCO

 No es necesario ni oportuno intentar aquí un estudio de la personalidad de san Francisco, que de por sí sólo superaría los límites normales de un estudio. Por otra parte, ha surgido ya una de las más variadas y densas bibliografías en torno a la persona del santo, que, a partir del siglo XIII, lo llena todo en la Iglesia con las dimensiones de su originalísima personalidad, reflejada en la pléyade innumerable de su espiritual descendencia[1].

Es en cambio necesario que tracemos siquiera un bosquejo de la personalidad psicológica y moral de san Francisco, en cuanto ella ha tenido un papel principalísimo en su obra educativa, que surge, más que de meditaciones sobre la educación, de su propia índole y de su manera original de plantearse el problema de la vida y del cristianismo. Nos interesa por lo tanto señalar aquellos rasgos de su carácter que nos parecen influyen en su pedagogía más aun que las fuentes ya estudiadas. Hecho éste enteramente normal en todos aquellos personajes históricos que reciben de la naturaleza y de la gracia la ilustración que no han recibido en ninguna escuela especializada[2].

Estos aspectos de su personalidad recibirán más tarde el carisma de la gracia, que no destruye, sino que perfecciona, según el conocidísimo axioma[3]. Creemos que no se debe insistir demasiado en la tesis de su conversión para tratar de encontrar, antes de la misma, un hipotético “hombre‑Francisco”, es decir, un hombre natural, casi pagano. No debe olvidarse que su época, aunque terriblemente probada por la guerra y la discordia, era cristiana y, por lo menos sentimentalmente, unida, o mejor, deseosa de unirse en la exaltación de los valores cristianos de la vida. Podría ser muy defectuosa la vida cristiana de Francisco, pero su personalidad se formó también bajo su impulso interno, corroborado por la inspiración cristiana de su educación y del ambiente social. Por otra parte, debido a la limitación de los datos históricos sobre su juventud, es necesario recurrir al período posterior a su conversión, donde igualmente podemos encontrarnos con su índole personal santificada, sí, pero no destruida.

1. ‑ Tendencia a lo concreto.

Insistiendo en aquel elemento característico de toda santidad, que es la caridad, la mayoría de los autores no han comprendido que el amor de por sí pueda ser a su vez una característica que distinga la personalidad de san Francisco entre los santos. El P. Gemelli ha sido más profundo cuando afirma que el santo se distingue por su modo de amar y precisamente por su modo concreto de amar[4].

No creernos contradecir al ilustre autor, sino confirmar nuestra opinión con la suya, haciendo notar que este modo de amar debe corresponder necesariamente a una manera particular de ver y concebir las cosas, es decir, a una mentalidad que tiende a la contemplación directa de los objetos y a la representación concreta de las ideas en imágenes. Tanto el modo de amar, como el modo de expresarse, es en san Francisco la manifestación clara de esta mentalidad. Es suficiente considerar el dramatismo natural de sus expresiones para tener la convicción de encontrarse ante un hombre de gran poder imaginativo y emotivo[5]. Esta tendencia innata a lo concreto se manifiesta hasta en los estados de mayor conmoción interior, como lo prueban los siguientes ejemplos, bien elocuentes. Cierta noche por instigación de aquél cuyo hábito hace que ardan las brasas, se sintió Francisco atacado de una fuerte tentación carnal. Apenas lo notó el amante apasionado de la pureza, se despojó de su vestido y comenzó a disciplinarse con gran rigor, diciendo al mismo tiempo: “¡Ea, hermano asno! así te conviene permanecer, así te conviene estar y sufrir los azotes que tienes bien merecidos. El hábito religioso sirve para la decencia y lleva consigo el carácter de la santidad; por esta razón no debe apropiárselo un lujurioso. Ahora bien: si pretendes huir el castigo, marcha, si puedes, donde te plazca”. Y animado entonces de un extraño fervor, salió de su celda, dirigiéndose a un campo que estaba muy próximo; y allí, desnudo como estaba su cuerpo, se revolcó en un montón de nieve para sofocar con esto los ardores de la concupiscencia. Formó después con sus propias manos siete bolas o figuras de nieve de diferentes tamaños, y puesto delante de ellas hablaba consigo mismo, diciendo: “Aquí tienes, cuerpo mío: esta figura mayor es tu esposa; estas otras cuatro son dos hijos y dos hijas; y las dos últimas, un criado y una doncella, que conviene tengas para tu servicio. Apresúrate, pues, a vestirlas, que se están muriendo de frío; mas si la afanosa solicitud de todas ellas te es grave y molesta, procura desprenderte de ellos y consagrarte fielmente a tu único Dios y Señor”. Vencido con tan piadosa estratagema, huyó avergonzado el tentador[6].

2. ‑ Amor a la naturaleza y sentimiento poético.

Fruto de esta mentalidad concreta es su manera de ver y sentir la naturaleza. Ante él todas las criaturas representan un papel personal en el gran drama de la creación y de la vida del universo, y son una concreta, multiforme y elocuente manifestación de la bondad divina. Por esto, muy pronto su “afecto entrañable y su natural compasión hacia las criaturas inferiores”[7], lo lleva a ser el centro de todas aquellas escenas, donde ese afecto y compasión se eleva de la concreta bondad y belleza de lo creado al amor de la bondad y belleza del Creador[8].

El sentimiento de lo bello, con todo su poder crítico y dinámico, se encuentra en san Francisco como dote de su naturaleza[9]. Es tan evidente esta tendencia a gozar de los atractivos nobles de la creación, que en su misma conversión, cuando su alma era agitada por una indefinida nostalgia de Dios, el amor a la naturaleza será el índice de su crisis espiritual[10]. Así sucedió cuando, después de una larga enfermedad, salió a buscar en la contemplación de la llanura de Espoleto la serena fortaleza que su ánimo necesitaba[11]. Es cierto que no encontró en ella la quietud y el deleite que siempre le causaba, pero tal situación era anormal en su vida[12]. En realidad se estaba resolviendo en su espíritu el problema de una paz más profunda y de una felicidad más durable. Cuando esta crisis fue superada, no despreció las criaturas: se sirvió de ellas para contemplar, de una manera más concreta y visible, a su invisible Creador[13].

En este retorno de san Francisco a la naturaleza, el sentimiento estético tiene una inspiración claramente religiosa, que mantiene su sensibilidad en perfecto equilibrio entre los extremos de las exaltaciones místicas y de las divagaciones enfermizas[14]. Este equilibrio espiritual se refleja en su actitud abierta a todas las voces de la naturaleza, con su variado lenguaje, y no a una u otra determinada y fija manifestación de lo bello, que podría constituirse en el campo propicio para las exageraciones unilaterales. Sería necesario narrar toda la vida de san Francisco para ilustrar esta afirmación: las flores, las estrellas, las aves, los animales todos, desde el cordero, en el que ve el símbolo de Cristo, hasta el gusano, que le recuerda las proféticas humillaciones de éste; un hilo de hierba, una corriente de agua, una piedra, todo conmovía su alma[15]. Con una sensibilidad que se ha podido llamar cósmica[16], amó la naturaleza ingenuamente, sin artificios y sin temores, “buscando por todas partes ir en pos del Amado por las huellas impresas en las criaturas, de las que formaba como una escalera para llegar al mismo divino trono”[17].

El sentimiento espontáneo de san Francisco frente a la naturaleza no partía de una concepción intelectual, como podría ser la consideración de un filósofo. El no teorizó sobre la creación o el universo; sentía su belleza y encontró en el canto la manera de expresarla, casi como una nueva forma de su sinceridad, con el mismo fervor que confesaba sus defectos en la plaza pública[18]. Por esto fue un poeta vivo y emotivo[19]; su poesía era una necesidad vital, no un pasatiempo; hubiera sido lo mismo un poeta, aunque no hubiera escrito jamás un verso. La sola designación de las criaturas como “hermanas”, era la manifestación de un verdadero y exquisito sentimiento poético; pero la verdad es que cuando compuso su canto a las criaturas, ya hacía mucho tiempo que vivía poéticamente esta hermandad[20]. El valor literario de este canto, aunque ciertamente lo tiene, no entra en nuestro estudio; aquí nos interesa el poeta vivo, el hombre capaz de hacer de su vida misma un poema. Ahora bien, si ese hombre ha existido, él es san Francisco. El es por excelencia el poeta de la vida, porque es el poeta de las circunstancias ordinarias; su espíritu está siempre pronto para ver y admirar la belleza y expresarla en forma viva: en la predicación a las avecillas[21], en el diálogo con el fuego[22], en la alabanza de la fuente[23].

Es indudable que en la misma medida que aumenta su unión con Dios, se purifica su mirada del universo; y aun cuando su poesía hubiera respondido, antes de su conversión, a una visión superficial de la belleza, después de ella, esa visión se hace metafísica y mira la belleza, aunque siempre poéticamente, en la trascendental armonía de su origen y de su fin[24].

3. ‑ La cortesía y la compasión hacia los pobres.

Dentro de esta tendencia poética, la cortesía es una de sus formas. No es una simple metáfora afirmar que, prácticamente, para san Francisco la cortesía era la forma de versificar con la conversación y el gesto, la armonía y la bondad interior. El mismo temperamento ardiente y depurado que se exaltaba ante la contemplación de la naturaleza, le daba, en el plano de las relaciones humanas, todas las características de un joven cortés y caballero[25], que muy pronto le llevó a empuñar el cetro real de la juventud de Asís[26].

El espíritu caballeresco, característico de la época, y que constituye un elemento de suma importancia en la personalidad de san Francisco[27], implicaba un culto y ejercicio de la cortesía en un sentido noble, activo, inspirado. En su sentido más noble, no era un convencionalismo social de las maneras, sino la expresión de un espíritu esforzado, que hacía de la cortesía un modo de prodigarse, a impulsos de un noble ideal. De aquí que san Francisco se distinguiera por su cortesía, aun siendo un comerciante de paños, y que a sus aspiraciones a “ser un gran príncipe” uniera los gestos magnánimos de tal[28]. Su conversación y trato eran siempre comedidos, al punto que Chesterton ha podido escribir: “Desde la juventud brotaba de sus labios la cortesía, como el agua brota de la fontana pública en una grande plaza soleada de Italia”[29]. Esto puede aceptarse muy bien, si esta agua, de la que todos pueden beber al pasar, es el símbolo de la magnanimidad y no de un simple formalismo verbal y amanerado.

Si su sensibilidad le llevó a entregarse con decisión a todo aquello que le parecía bello, amable y placentero, los aspectos más crueles de la realidad le producían reacciones no menos delicadas. Así, el horror que le provocaban los leprosos no excluía una conmiseración generosa y una compasión afectiva para todos los que veía sufrir[30]. Este modo de proceder frente a los pobres es el verdadero carácter principesco de la cortesía de san Francisco. Por eso le vemos dolerse amargamente cuando, hallándose sumamente ocupado en la atención de los clientes de la tienda paterna, despidió sin limosna a un mendigo. Recriminándose de inmediato, se decía: “Si este pobre hubiera venido a pedirme algo en nombre de un gran conde o de un barón, ciertamente se lo hubiera dado; pero ha venido en nombre del Rey de los Reyes y del Señor de los Señores, y lo he despedido groseramente con las manos vacías”; y sin pensarlo más, echó a correr detrás del mendigo y, presentándole sus excusas con toda cortesía, le retribuyó generosamente[31].

Más tarde, cuando san Francisco besa al leproso, triunfa en este torneo heroico de las buenas maneras. El que no comprenda la revolución enorme que se esconde en esta concepción de la cortesía, no podrá comprender tampoco el alma de san Francisco.

4. ‑ La magnanimidad.

Otra de las características que nos revela más hondamente la personalidad de san Francisco es la magnanimidad.

Fray Maseo pudo interrogarle un día en estos términos: “¿Por qué a ti?, ¿por qué a ti?, ¿por qué a ti?. Tú no eres hermoso de cuerpo, tú no tienes gran ciencia, no eres noble. ¿De dónde te viene, pues, que todo el mundo vaya en pos de ti?”[32]. En aquel momento no cabía otra respuesta que la dada por el santo, refiriéndose a la gracia divina, capaz de hacer del más vil, inútil y pecador, un vaso de elección[33].

Pero si en lugar del “¿por qué a ti?” de fray Maseo, dirigido al hombre de Dios, nosotros preguntásemos al joven de Asís ‑ “ni bello, ni noble, ni sabio” ‑ de dónde procede el atractivo que ejerce sobre todos sus compañeros, o por qué le han proclamado rey de la juventud de Asís, acaso él mismo no hubiera acertado con la respuesta. Esta radica en una de esas virtudes que tienden enteramente hacia fuera y cuyos efectos son percibidos mejor por quienes reciben sus beneficios, que por quien posee dichas virtudes. Esa cualidad característica de san Francisco, era la grandeza de ánimo, que constituye como la clave de arco de su personalidad[34].

La magnanimidad, en el sentido cristiano, incluye una serie de virtudes que inclinan a desear grandes cosas, y aun a subordinarlo todo a la consecución de esos fines[35]. Da por lo tanto al espíritu una tenaz fidelidad, que se traduce en el esfuerzo por sublimar todas las acciones, y a la materia una plasticidad que la adapta a las exigencias del espíritu[36]. Nada tiene que ver ciertamente con la megalomanía, a la cual podría ser equiparada, haciendo una consideración superficial[37].

Es precisamente la magnanimidad la que lleva al joven y al santo Francisco a la cima de la jerarquía humana y cristiana[38]. Sus mismas veleidades mundanas y su prodigalidad, no son nada más que el efecto de su magnanimidad, como se desprende de las narraciones de sus primeros biógrafos[39]. Todo el proceso de su conversión está señalado por una ascensión infatigable, por gestos decisivos y donaciones totales; su grandeza de alma no le permitió nunca las vacilaciones, los cálculos, las dádivas a medias. Es la magnanimidad que le hace dar sus vestidos mejores al caballero pobre; vender su caballo con sus ricos arreos para reparar san Damián y después, ante la negativa del párroco, arrojar al templo el dinero de la venta, sin cuidarse más de él; correr tras el mendigo para darle limosna y reparar su descortesía; afrontar el regreso de la empresa guerrera, sin laureles ni gloria, después de haber vaticinado su futura grandeza ...[40].

No es pues de extrañar que algunos autores hayan considerado la magnanimidad como el fundamento más apto para realizar el retrato de su personalidad (98).

Pero acaso sea oportuno insistir, aunque brevemente, sobre aquella tendencia a la prodigalidad que podría ser interpretada como una manía de grandeza y, por lo mismo, muy distinta de la magnanimidad. No faltan, en efecto, comentarios procedentes del campo agnóstico positivista y protestante que reducen toda expresión de esta virtud a una obsesión morbosa que conduce a una indebida exaltación de la materia[41]. Ya hemos señalado cómo ella, en su justo concepto, se dirige por igual al alma y al cuerpo para ennoblecer a todo el hombre con el ejercicio esforzado de grandes y dignas empresas.

En concreto, en el caso de san Francisco, ¿cómo podemos señalar una virtud cristiana en la fuente de sus deseos de grandeza?. Ante todo, no hay que dejar de lado, digámoslo una vez más, la innegable inspiración religiosa de su formación, que se manifiesta evidente en su magnanimidad con los pobres. Además, la sinceridad y espontaneidad con que procedía en todas sus manifestaciones, son características opuestas a una manía de grandeza, elaborada en secretos devaneos de la fantasía. La decisión con que afrontó una guerra en la cual exponía su vida, nos revela su generosa fidelidad a los ideales de la patria. No se quedaba en las palabras; pasaba inmediatamente a los hechos, aunque ellos le trajeran, como consecuencia, la renuncia de sí mismo, de sus bienes, de sus amistades, de toda alabanza. Sin embargo, no tenía la pertinacia de un maniático; su poder de autodominio era tan fuerte como su tendencia a la acción. Lo vemos renunciar a su proyecto de reparar la capilla de san Damián, después de haber vendido hasta el caballo para hacerse con el dinero, ni siquiera reprocha al párroco el miedo que sentía a Pedro Bernardone, su padre; escucha sus razones y se ofrece humildemente a hacer con sus propios brazos lo que no podía hacer con el dinero paterno[42]. Todas sus primeras luchas están caracterizadas por su poder de autodominio, llevado hasta el heroísmo. Recuérdese, por ejemplo, su comparecencia ante el padre airado, la limosna pedida entre sus compañeros, la primera comida de las sobras que mendigó[43], y el beso al leproso. Nos encontramos aquí en los dos extremos de la paradoja evangélica, que sólo un ánimo magnánimo y en perfecto equilibrio, podía comprender y realizar.

5. ‑ Jovialidad y optimismo.

Todos los aspectos señalados nos han hecho presentir ya la característica personal que los vincula en la unidad común de su armoniosa psicología. Francisco era eminentemente jovial. Entendemos por jovialidad aquel modo de ser abierto, espontáneo, alegre, de un alma juvenil que conserva en toda su frescura una apreciación animosa y optimista de la vida.

También aquí es necesario distinguir entre una jovialidad, que es el mero fruto de un temperamento y sufre los altibajos a que éste mismo está sometido por influencia de diversos factores internos y externos, y entre aquella otra disposición, natural sí, pero que nace de un espíritu sereno y, en último término, de una visión cristiana de las cosas y de los hombres. Francisco supo conservar imperturbable su optimismo aun en las pruebas y contradicciones que asaltaron su juventud[44]. Nada pudo desvanecer aquella jovialidad que no procedía de una simple ilusión sobre la belleza de los seres y la grandeza de sus destinos, sino de la apreciación justa de las verdaderas fuerzas de su alma[45]. Este empuje del optimismo había de serle precioso en los momentos en que debiese sufrir la persecución de su padre y la incomprensión de todos sus amigos[46]; superada esa crisis, la jovialidad y el optimismo fueron elevándose cada vez más en aquella visión fraterna del universo, que, si hizo ‑de él el santo de la paz, no menos lo consagró como personificación de la alegría verdadera y serena, que todo lo ilumina de optimismo y de vigor rejuvenecido.

No podemos concluir mejor este brevísimo bosquejo sobre algunos de los rasgos de la personalidad de san Francisco, que reproduciendo la magistral descripción que nos ha dejado su primer biógrafo: “de mediana estatura, más pequeño que alto; cabeza redonda, bien proporcionada; cara ovalada, frente plana y pequeña; ojos negros, de limpia mirada; cabello oscuro; cejas rectas; nariz sutil, bien perfilada; orejas chiquitas y rectas; sienes no abultadas; lengua insinuante, móvil, aguda; voz dulce, voz timbrada, voz clara y sonora; dientes iguales, apretados y blancos; labios delgados y pequeños; barba negra y rala; cuello delgado; espaldas rectas; brazos cortos, manos delicadas; dedos largos, uñas finas; piernas delgadas, pies reducidos; piel suave, carnes enjutas; áspero el vestido, sueño ligerísimo; actividad continua. Hombre fecundísimo, de rostro jocundo, de benigno aspecto, incapaz de bajezas, exento de toda insolencia. ¡Oh! ¡Cuán bello, cuán espléndido y glorioso aparecía en la inocencia de su vida, en la sencillez de palabras, en la pureza cordial, en el amor de Dios, en la caridad con el prójimo, con pronto obsequio, trato afectuoso y aspecto de ángel! De genio apacible, naturalmente complaciente, en la conversación afable, oportunísimo en las exhortaciones, fidelísimo confidente, previsor en los consejos, activo en los asuntos, en todo rebosante de gracia. Mente serena, de condición dulce y sobria, absorto en la contemplación, en la oración asiduo y siempre fervoroso. Firme en sus propósitos, constante en la virtud, perseverante en la gracia y en todas ocasiones siempre el mismo. Prontísimo en perdonar, tardo en airarse, de ingenio ágil, de lúcida memoria, de sutil inteligencia, circunspecto en la elección y en todo sencillísimo. Rígido consigo, compasivo con lo demás, siempre discreto. Como era humildísimo, comportábase con grandísima mansedumbre delante de todos los hombres, acomodándose fácilmente a sus gustos y costumbres. El más santo entre los santos, entre los pecadores, parecía uno de ellos”[47].


NOTAS


[1]   “Un Père iIlustre de la Compagnie de Jésus a pu écrire avec raison: tout ce qui est né dans I'Eglise depuis sept siécles est de saint Francois, ou porte au moins l'empreinte de son esprit”. Cf. P. EXUPÉRE, L'esprit de saint Claire, Paris 1912, 36.

[2]   Así, por ejemplo, en san Ignacio de Loyola, san Juan Bosco, san Juan M, Vianney y en tantos otros grandes conductores de almas.

[3]   “Gratia non destruit, sed perficit naturam”.

[4]   A. GEMELLI, Il francescanesimo, 13‑14.

[5]   “Ebrius amore et compassione Christi beatus Franciscus quandoque talia faciebat; naco dulcissima melodia spiritus intra ipsum ebulliens frequenter exterius gallicum dabat sonum; et vena divini susurrii quam auris eius suscipiebat furtive, gallicum erumpebat in iubilum.

Lignum quandoque colligebat de terra ipsumque sinistro brachio superponens, aliud lignum, per modum arcus, cum manu dextera trahebat super illud, quasi super viellam vel aliud instrumentum; atque gestus ad hoc idoneos faciens, gallice cantabat de Domino Jesu Christo. Terminabatur denique tota haec tripudia in lacrimas, et in compassionem passionis Christi hic iubilus solvebatur.

     In iis continua trahebat suspiria, et, ingeminatis gemitibus, eorum quae tenebat in manibus oblitus, suspendabatur ad caelum”. Speculum perfectionis, ed. P. Sabatier, c. 93, pp. 270‑271.

[6]   THOMAS CEL. II, n. 116‑117.

[7]   Ibid. I, n. 58.

[8]   Ibid. 11, n. 165‑171; S. BONAVENTURA, Legenda maior, VIII, n. 6‑11.

[9]   Cf. LUIS DE SARASOLA, San Francisco de Asís, Madrid 1929, 101.

[10] Cf. F. CALAMITA, La persona di san Francesco d'Assisi, Assisi 1927, 89.

[11] THOMAS CEL. I, n. 3, Cf. pasaje citado en la nota 35.

[12] Ibid.

[13] Cf. pasajes citados en la nota 65.

[14] F. CALAMITA, Op. Cit. 92.

[15] Cf. F. CALAMITA, Op. Cit. 100; LUIS DE SARASOLA, Op. Cit. 101.

[16] Cf. F. CALAMITA, op. Cit. 101.

[17] “Mundum quasi peregrinationis exilium exire festinans, iuvabatur felix iste viator iis quae in mundo sunt non modicum quidem. Nempe ad príncipes tenebrarum utebatur eo ut campo certaminis, ad Deum vero ut clarissimo speculo bonitatis. In artificio quolibet commendat Artificem, quidquid in factis reperit, regerit in Factorem. Exultat in cunctis operibus manuum Domini, et per iucunditatis spectacula vivificam intuetur rationem et causam. Cognoscit in pulchris Pulcherrimum ..,”. THOMAS CEL. 11, n. 165.

[18] Cf. Speculum perfectionis, ed. P. Sabatier, c. 62, pp. 173‑174.

[19] Cf. GRATIEN [DE PARIS], St. François d'Assise. Sa personalité, sa spiritualité, Paris [1927], 15‑18; F. CALAMITA, op. Cit. 102.

[20] Cf. B. L. FOSCOLO, Il Cantico di frate Sole, Firenze 1941; V. BRANCA, II Cantico di frate Sole. Studio delle fonti e del testo critico, en Arch. franc. hist. 41 (1948) 3‑87; G. SABATELLI, Studi recenti sul Cantico di frate Sole, ¡bid. 51 (1958) 3‑24.

[21] S. BONAVENTURA, Legenda maior, XII, n. 3.

[22] Ibid. V n. 9.

[23] Fioretti, c. XII.

[24] L. CASUTT, Das Erbe eines grossen Herzens, Wien 1949, 178‑179.

[25] Cf. L. DE SARASOLA, op. cit. 22.

[26] THOMAS CEL. II, n. 7.

[27] L. CASUTT, op. cit. 49‑84.

[28] TRES SOCII, Legenda, n. 4‑6; cf. THOMAS CEL. I, n. 2, 5.

[29] G. K. CHESTERTON, St. Francis of Assisi, London [1926], 43.

[30] Cf. THOMAS CEL. II, n. 5.

[31] S. BONAVENTURA, Legenda maior, I, n. 1; TRES SOCII, Legenda, n. 2‑3.

[32] Fioretti, c. X.

[33] “Vuoi sapere perché a me? vuoi sapere perché a me? vuoi sapere perché a me tutto il mondo mi venga dietro? Questo ho io da quegli occhi dello Altissimo Iddio, i quali in ogni luogo contemplano i buoni e rei; imperocché quegli occhi santissimi non hanno veduto fra li peccatori niuno piil vile, né piú insufficiente, né piix grande peccatore di me; e peró a fare quella operazione maravigliosa, la quale egli intende di fare, non ha trovato piú vile creatura sopra la terra; e perció ha eletto me, per confondere la nobiltade e la grandigia e la fortezza e la bellezza e la sapienza del mondo ...”. Fioretti, c. X.

[34] Cf. MIQUEL D'ESPLUGUES, OFM. Cap., La vera efigie del Poverello, Barcelona 1927, 66.

[35] R. GARRIGOU‑LAGRANGE, O. P., La síntesi tomista, Buenos Aires 1947, 384.

[36] MIGUEL D'ESPLUGUES, op. cit. 69.

[37] Ibid.

[38] (95) GRATIEN [DE PARIS], Op. Cit. 17; MIQUEL D'ESPLUGUES, Op. cit. 72.

[39] THOMAS CEL. I, n. 2‑5; 11, n. 3‑9; S. BONAVENTURA, Legenda maior, I, n. 1‑6; TRES SOCII, Legenda, n. 2‑15.

[40]  Cf. pasajes citados en la nota precedente.

[41] El citado Miquel d'Esplugues lo ha hecho en su obra: La vera efigie del Poverello. Véase en ella la bibliografía por él usada, pp. 285‑287. (99) MIQUEL D'ESPLUGUES, Op. cit. 68, 70.

[42] TRES SOCII, Legenda, n. 16.

[43] “Cum autem [Franciscus] diversa cibaria in paropside poneret, mirabantur multi, qui sciebant ipsum valde delicate vixisse, videntes eum ad tantum sui venisse contemptum. Ut vero ad manducandum venerit in paropside adunata, horruit primum, quia non solum comedere, sed nec velle videre talia consueverat; sed vincens seipsum, demum incipit edere, videturque sibi quod nullum electuarium sic eum delectaverit in saeculo amplius”. Ibid. n. 22.

[44] THOMAS CEL. II, n. 14.

[45] Cf. GRATIEN [DE PARIS], op. cit. 26.

[46] S. BONAVENTURA, Legenda maior, I, n. 1‑6.

[47] THOMAS CEL. I, n. 83.