EL FIN DE LA EDUCACIÓN FRANCISCANA

 

El fin último de la educación no puede ser otro que el fin último del hombre. La filosofía, que se ocupa del conocimiento de las cosas por sus últimas causas, trata de resolver el problema del hombre determinando la causa final de su existencia y, en consecuencia, el fin último de la educación, por la cual se intenta dirigir al hombre hacia su ideal definitivo[1]. De aquí que cada sistema filosófico, que tiene su propia concepción de la realidad, al encuadrar al hombre dentro de ella, no puede dejar de fijarle su último fin y, por lo tanto, darle una orientación pedagógica bien determinada. Por esto, toda pedagogía está basada sobre una filosofía de la vida[2]. Pero como hay muchos sistemas filosóficos y la verdad no puede ser sino una sola, la verdadera pedagogía estará basada sobre la verdadera filosofía de la vida[3].

La ética racional al establecer que el fin último del hombre es la perfecta beatitud, la cual objetivamente se identifica con Dios[4], da a la educación una orientación fundamentalmente teocéntrica. A esta orientación responden, en el campo práctico, la religión y la moral, que una sana pedagogía no podrá jamás separar[5], y, menos, subordinar a otros ideales. La religión y la moral deben informar toda la vida del hombre e idealmente trascender todos los objetivos y acciones humanos.

Pero la filosofía sola no ha podido darnos un conocimiento suficiente ni de la realidad divina, ni de la realidad humana; por esta razón, una educación del hombre basada únicamente en una visión naturalista y racionalista de la realidad, es un camino inseguro, o mejor, imposible, para dirigir al hombre hacia Dios. Esta inseguridad pedagógica teórica y práctica ha sido superada por la revelación, que, con la doctrina del pecado original, ha puesto en su verdadera luz, el sujeto de la educación, con la doctrina de la encarnación nos ha hecho posible conocer más íntimamente su fin último y con la doctrina de la incorporación a Jesucristo, nos ha señalado el camino seguro de la perfección.

Es evidente que u no puede existir educación verdadera, completa y perfecta si la educación no es cristiana”[6]. Según esto, la religión cristiana, pedagógicamente hablando, se halla centrada en la persona de Cristo; en otras palabras, la pedagogía cristiana es cristocéntrica.

La pedagogía franciscana, como cualquier otra pedagogía católica, tenderá al mismo “fin proprio e inmediato de la educación cristiana, que consiste en cooperar con la gracia divina a formar en los regenerados por el Bautismo al verdadero y perfecto cristiano, es decir, al mismo Cristo”[7].

Ahora bien, esta formación de Cristo, modelo único de perfección, no puede ser realizado totalmente por el hombre; debido a ello, aun los más grandes genios religiosos se han visto obligados a limitarse a una visión parcial de Cristo[8]. Es precisamente la visión particular que san Francisco tiene de Cristo, como modelo del perfecto cristiano, la piedra angular de la pedagogía franciscana. Esta visión tiene dos aspectos: uno general, que nace de su concepción estrictamente evangélica de la vida, y el otro particular, que a modo de una diferencia específica, caracteriza la visión franciscana de Cristo y de la vida.

La espiritualidad anterior a san Francisco tendía a una visión ideal de Cristo en el esplendor de la gloria, como triunfador y como juez; era una contemplación ultraterrena del Salvador, miraba más a la divinidad que a la humanidad; a ella correspondía la alabanza y el saludable temor, el espíritu de adoración y el espíritu de compunción[9]. Téngase esto bien en cuenta para apreciar el cambio que produjo en la espiritualidad cristiana, con el consecuente influjo sobre la educación, la nueva orientación cristocéntrica de san Francisco.

Ya hemos dicho que el santo se propuso observar todo el evangelio. Pero nos engañaríamos si creyéramos que él buscaba en las páginas sagradas solamente una codificación de los preceptos y consejos. En el evangelio, san Francisco buscaba sobre todo a Jesucristo, y ni el uno ni el otro eran para él una historia remota y un personaje sin actualidad, sino vida palpitante de la que él y sus frailes podían participar como protagonistas, por medio de la imitación constante de Cristo y de los apóstoles[10]. “Observar el santo evangelio”[11], quería decir, en las enseñanzas de san Francisco, imitar, seguir las huellas de nuestro Señor Jesucristo. La humanidad del Salvador era presentada por san Francisco a los primeros frailes como un ideal familiar, cercano y actual; como la norma suprema de perfección para todas las acciones, en todos los lugares y momentos de la vida. De manera que los sentimientos, las virtudes y todo ese modo peculiar de la convivencia de Cristo entre los hombres: manso, humilde y lleno de bondad y misericordia, no menos que de celo por la gloria del Padre celestial, debía ser imitado por los frailes. La humanidad del Salvador, como modelo absoluto del ideal ético‑religioso, reaparece así en la educación cristiana con una amplitud sin precedentes[12].

Una característica importantísima se deriva de esta nueva orientación espiritual, porque ella trasciende los límites de la educación franciscana y termina por ser incorporada a la educación católica.

Esta visión del Cristo evangélico, más terrena que celestial, más humana que divina[13], se concreta en la visión del Cristo amable, es decir, del Cristo obediente, paciente, humilde, pobre, manso, misericordioso, amigo, médico y hermano amoroso de los hombres.

Este es un Cristo que habla sobre todo al corazón de los hombres. Por eso, desde el momento que san Francisco lo hizo el centro inspirador de su vida, su educación no podía seguir otras vías que las del amor, de la interioridad y de la dulzura.

Siguiendo al Cristo evangélico, san Francisco definió más su ideal y vio en la humildad y pobreza los aspectos más profundamente humanos y amables del Salvador. He aquí la idea unitaria, la idea fuerza de la educación de san Francisco; éste es el aspecto que define específicamente el ideal franciscano de la educación. Sería interminable buscar en las fuentes biográficas los episodios de la vida de san Francisco donde este ideal de pobreza y humildad es continuamente exaltado e inculcado[14]. Sin embargo, todas las citas serían inútiles si en las dos Reglas[15], escritas por el santo, no se afirmara nada al respecto. En ellas se lee: “Todos los frailes procuren seguir la humildad y pobreza de nuestro Señor Jesucristo”[16]; “y como peregrinos y forasteros en este mundo, sirviendo al Señor en pobreza y humildad, vayan por la limosna con confianza”[17] Y por último, terminando la segunda Regla: “... firmes en la fe católica, guardemos la pobreza y humildad y el santo evangelio de nuestro Señor Jesucristo, que firmemente prometimos”[18]. Por otra parte, el menos atento de los que lean la legislación de san Francisco, se dará cuenta inmediatamente de que toda ella está informada por el espíritu de humildad y pobreza.

Dentro del fin propio e inmediato de la educación cristiana, podemos definir el fin ideal de la educación de san Francisco, según lo que hemos expuesto, en los siguientes términos:

Cooperar con la gracia divina a formar en sus discípulos al Cristo pobre y humilde, siguiendo sus huellas evangélicas.

Así definido el ideal inmediato de la educación franciscana, aparece con toda evidencia que se identifica con el ideal de vida franciscana. De aquí la índole doblemente ético‑religiosa de la educación franciscana del carácter: índole ética, porque tiende a dar el fruto de toda educación cristiana, es decir: formar el “hombre sobrenatural que piensa, juzga y obra constante y coherentemente según la recta razón, iluminada por la luz sobrenatural de los ejemplos y doctrina de Cristo”[19]; índole religiosa, porque esta educación cristiana se realiza dentro de una Orden cuya espiritualidad propia y bien definida debe ser infundida a cada uno de sus miembros.

El ideal apostólico de san Francisco será también conforme al evangelio y al espíritu de humildad y de pobreza. Personalmente ya lo había realizado en la Porciúncula cuando, no bien se le explicó el texto evangélico, arrojó el bastón y todo lo superfluo, y se ajustó al mandato que Cristo dio a sus apóstoles[20]. Más tarde, cuando hubo reunido a sus primeros ocho discípulos, los envió de dos en dos ‑ conforme siempre al evangelio[21] ‑ “a predicar a los hombres la paz y la penitencia en remisión de los pecados”[22]. “Consideremos ‑ les dijo antes de enviarlos ‑, hermanos carísimos, nuestra vocación, a la cual misericordiosamente nos llamó Dios no sólo para procurar nuestra salvación, sino la de muchos, yendo por el mundo para exhortar a los hombres, más con el ejemplo que con las palabras”[23].

El ideal apostólico de san Francisco cambia la posición del religioso frente al mundo: el ambiente de la vida religiosa había sido hasta aquel momento el campo cerrado detrás de la cerca de un monasterio, o el lugar aislado del desierto y de la ermita; el ambiente de la vida del religioso franciscano serán los caminos, los campos y la ciudad, en medio del pueblo, para enseñar a los hombres, “más con el ejemplo que con la palabra”, a vivir cristianamente[24].

A este cambio de ambiente de la vida religiosa debía corresponder una educación adecuada. Una pedagogía realista tenía que preparar al religioso para vivir su ideal en la inmensa graduación de dificultades que van desde los ambientes populares más favorables a los más adversos.


 

[1]   Cf. A. MANJÓN, Tratado de la educación, Alcalá de Henares 1947, 35.

[2]   “Toute pédagogie est basée sur une philosophie de la vie”. F. DE HOVRE, Le catholicisme, ses pédagogues, sa pédagogie, Bruxelles 1930, 3.

[3]   Ibid.

[4]   Cf. V. CATHREIN, S. l., Philosophia moralis, Barcelona 1945, 35.

[5]   Cf. F. DE HOVRE, op. cit. 436.

[6]   “Quoniam omnis educandi ratio ad eam spectat hominis conformationem, quam is in hac mortali vita adipiscatur oportet, liquido patet, ut nulla veri nominis educatio esse potest, quae ad ultimum finem non ordinetur tota, ita, praesenti hoc rerum ordine Dei providentia constituto, postquam scilicet se ipse in Unigenito suo revelavit qui unus " via, veritas et vita " est, plenam perfectamque educationem dar non posse, nisi eam, quae christiana vocatur”. Divini illius magistri, en AAS 22 (1930) 51. Plus XI, Litt. enc.

[7]   Pius XI, Litt. enc. Divini illius magistri, en AAS 22 (1930) 83.

[8]   L. CASUTT, Das Erbe eines grossen Herzens, Wien 1949, 33. En la nota 22 de la misma página (a p. 194), el autor hace la siguiente aclaración: “Meines Wissens wurde zum erstenmal auf diese Tatsache hingewiesen durch LIPPERT P., S. I., Zur Psychologie des Jesuitenordens, Kempten‑München 1912, S. 24 bis 32. Seine Gedanken wurden weiterentwickelt durch GUTMILLER R., Zur Christusverkündigung, in Wesentliche Seelsorge, hrsg. von X. v. Hornstein, Luzern 1945, S. 161‑163. Nachdem er das Christusbild der verschiedenen, Jahrhunderte gezeigt hat, fügt er bei ‑ Das gleiche gilt von den Christusbildern der verschiedenen Orden: Von dem in Herrlichkeit thronenden Kyrios und Basileus, dem die Sühne des hl. Benedikt im Chordienst huldigen. Vom armen Christus, in dessen Kreuz der Povereilo den wahren Reichtum findet. Vom lehrenden, predigenden Christus, der gekommen ist, um der Wahrheit Zeugnis zu geben und in dessen Gefolgschaft die Predigerbrüder ihren Dienst an der Veritas leisten. Vom büssenden Christus in der Wüste, dessen Schweigen die Kartháuser und Trappisten teilen. Vom heilenden und tr&stenden Christus, der das Ideal aller krankenpflegenden Orden ist. Vom grossen Streiter für die Ehre Gottes, dem die Sóhne des hl. Ignatius in der Ecclesia militans Gefolgschaft leisten”.

[9]   Cf. VITUS A BUSSUM, OFM. Cap., De spiritualitate franciscana, Roma 1949, 5 y 105, y en nota p. 20. Cf. KNELLER K. A., S. I., Geschiehte der Kreuzwegandacht, Freiburg i. B. 1908, 42; CASUTT L., op. cit. 33, y nota citada en la nota 8.

[10] Cf. VITUS A BUSSUM, op. cit. 5.

[11] Cf. Regula I, c. 1X, ed. Quaracchi, 36‑37; ed. Boehmer, 9‑10; Admonitiones, VI, ed. Quaracchi, 9‑10; ed. Boehmer, 44; THOMAS CEL. I, n. 84.

[12] Cf. H. FELDER, Die Ideale des hl. Franziskus, c. I y 11, 1‑40: Franziskus und das Evangelium; Franziskus und Christus.

[13] Es evidente que la tesis no se puede llevar a los extremos de ninguna de las dos partes. Se trata nada más, por decirlo así, de una acentuación, sin perder la visión total del Cristo, Dios y hombre verdadero.

[14] Cf. Testamentum, ed. Quaracchi, 79‑80; ed. Boehmer, 37‑38; Epistola ad fratrem Leonem, ed. Quaracchi, 116; ed. Boehmer, 69; THOMAS CEL. 1, n. 24, 35, 38, 42, 44, 53; 1I, n. 55‑76, 82, 83, 85, 87, 93, i 19, 120, 145, 146, 148; S. BONAVENTUAA, Legenda maior, III, n. 1, 3, 10; IV, n. 7; VI, n. 3, 5; VII, n. 1‑6, 8, 9, 13; VIII, n. 5; XIV, n. 4, 5. Lo Speculum perfectionis y los Tres compañeros están informados por el espíritu de pobreza.

[15] En realidad, san Francisco escribió tres Reglas: las que ahora son llamadas primera y segunda, serían segunda y tercera; la primitiva Regla (Protoregula) se ha perdido. Cf. L. CASUTT, Die alteste franziskanische Lebens form. Untersuchungen zur Regula prima sine bulla, Graz‑Wien‑F(&ln 1955; A. GHINATO, Regula S. Francisci in evolutione 0. F. M., Roma 1960.

[16] Regula I, c. IX, ed. Quaracchi, 36; ed. Boehmer, 9.

[17] Regula II, c. VI, ed. Quaracchi, 68; ed. Boehmer, 32.

[18] Ibid. c. XII, ed. Quaracchi, 74; ed. Boehmer, 35.

[19] (19) Ptus XI, Litt. enc. Divini illius magistri, en AAS 22 (1930) 83.

[20] Cf. THOMAS CEL. I n. 22.

[21] Mat. 10, 1‑9.

[22] TRES SOCII, Legenda, n. 36.

[23] THOMAS CEL. I, n. 29.

[24] “Sane usque ad S. Francisci tempora nullus adhuc exstabat Ordo religiosus, cuius sequaces vivere inter populos familiariter et cum populo solerent, comparticipes effecti omnium eorum negotiorum et curarum, tum in prosperis tuco in adversis rebus, nullum proprium domicilium habentes, sed tugurüs vel latibulis pro hospitio utentes, ubi aspra poenitentia spiritum recrearent et altissima contemplatione animas suas divina caritate et apostolico zelo inflammarent, ut iterum in mundum redeuntes regnum Dei alta voce annuntiarent. Revera inaestimabile hoc meritum beato Francisco acceptum unice referri debet, utpote qui eiusmodi religiosam vitae formam in Ecclesiam induxerit, qua una cum operosissimo apostolatu ardentissima contemplatio consociaretur, quae nedum ex tali externa actione minimum detrimentum pateretur, sed e contrario per huiusmodi laboriosam vitam saluti animarum impensam, absolutam sibi atque perfectam fecunditatem acquireret ... Inde est, quod fratres illi minores, Dei servitio sese devoventes, nulli se monasterio mancipabant, sicut monachi orientales et occidentales, imo nec proprie dictum "conventum" habere volebant, quia erant "peregrini et advenae in hoc saeculo" (Regula II, c. VI), qui per totum orbem pervagantes, ubique animas quaerere et salvas facere intendebant”, VITUS A BussuM; op. cit. 147.