EL MÉTODO PEDAGÓGICO
DE SAN FRANCISCO
Dos son las formas con las cuales el hombre llega a la adquisición de nuevos conocimientos: por deducción o por inducción[1]. Siendo verdaderos movimientos, de una verdad conocida a una verdad desconocida, tanto en el proceso deductivo como en el inductivo debemos tener un punto de partida: la verdad conocida; y un punto de llegada: la verdad desconocida, que al término del proceso es conocida en acto. La deducción, cuya forma clásica es el silogismo, tiene su punto de partida en una verdad universal. La inducción, por el contrario, se inicia en una o más verdades singulares y termina en el enunciado de una verdad universal. Estos dos procesos lógicos, esencialmente diferentes y únicos para la adquisición sistemática de nuevos conocimientos, tienen su raíz en la esencia misma de nuestra naturaleza; la cual, compuesta de cuerpo y espíritu, no puede llegar a la verdad sino por dos vías: por los datos de los sentidos, o sea, por los hechos singulares conocidos por nuestra experiencia sensible; y por medio de las verdades conocidas evidentes, ya sean “per se notae”, como los primeros principios, o “per aliud”[2]. Por lo tanto, todo proceso metódico para adquirir o enseñar la verdad se reduce necesariamente a un tránsito de lo singular a lo universal, de lo sensible a lo inteligible, de lo particular a lo general, o, por el contrario, de lo inteligible a lo sensible, de lo más universal a lo menos universal, de lo general a lo particular. De aquí que todo ese florecer de métodos pedagógicos, a que nos tiene acostumbrados la pedagogía moderna, se reduce, cuando se trata de enseñanza, al método deductivo e inductivo[3].
La novedad, si se quiere, está en la forma de exposición, en los diversos recursos de que se puede valer el educador para que el movimiento, a través del puente lógico de una verdad a la otra, responda realmente a un nuevo conocimiento en la mente del educando. Lo que hoy se llama método intuitivo[4], no es otra cosa que el uso del método inductivo imperfecto, cuya forma más usada pedagógicamente es la analogía o el ejemplo[5]. El método intuitivo, así llamaremos de aquí en adelante la inducción imperfecta, tiene muy diversas formas de aplicación, ya sean su punto de partida los datos tomados directamente del objeto, ya los ofrecidos por la fantasía, ilustrando la verdad por medio de narraciones, alegorías, parábolas, ejemplos, etc.[6].
Aun cuando, desde el punto de vista intelectual, es menos noble que el método deductivo; sin embargo, el método intuitivo ha conquistado merecidamente el primer puesto en la educación, tanto de los niños y jóvenes, como de los adultos de poca cultura intelectual. Su valor radica en que las imágenes, formadas por la observación directa o elaboradas por la enseñanza, tienen un alto tono emotivo y ejercen mayor sugestión sobre la voluntad[7].
Esta es la razón por la cual el método intuitivo es el que mejor se adapta, dadas sus características, a la educación franciscana: primero, por la mentalidad de san Francisco (nos referimos a su tendencia a lo concreto); segundo, por la importancia particular que tiene en ella la educación del corazón; por último, a causa del sujeto de la misma, constituido generalmente por hombres sencillos del pueblo, sin hábitos intelectuales muy desarrollados[8].
1. ‑ LAS LECCIONES PEDAGÓGICAS DE SAN FRANCISCO
Entrando a estudiar desde el punto de vista metodológico las lecciones de san Francisco, comenzaremos analizando algunas de las mismas para poder llegar, fundados en una documentación suficiente, a una síntesis del tema en la que pondremos de relieve sus elementos más originales.
1. ‑ El ejemplo y las representaciones.
Reunidos los primeros compañeros, san Francisco comenzó su magisterio de una manera impremeditada. Ante la amplitud de observancia dejada por las normas primitivas, que se reducían a unos cuantos textos evangélicos[9], los primeros frailes se vieron en la necesidad de seguir los ejemplos del santo, para tener una regla más próxima y concreta de su nuevo género de vida. San Francisco se transformó así, natural y prácticamente, en el primer maestro de novicios de la orden. Más tarde, él mismo se mostrará consciente de esta responsabilidad, diciendo con frecuencia que “él había sido dado por ejemplo a sus frailes”[10]. De esta manera su vida misma se trasforma en su método de enseñanza, que descansa pura y simplemente en el valor educativo del ejemplo. Sobre este fondo, que podemos llamar constante, pues se confundía con su misma vida y su propio esfuerzo por alcanzar la perfección, se desarrolla y se distingue, perfectamente por último, su metodología. He aquí un ejemplo.
“Factum est quodam die Paschae, ut fratres in eremo Graecii mensam accuratius solito albis et vitreis praepararent. Descendens autem pater [Franciscus] de cella, venit ad mensam, conspicit alto sitam, vaneque ornatam; sed ridenti mensae nequaquam arridet. Furtim et pedetentim retrahit gressum, capellum cuiusdam pauperis, qui tunc aderat, capiti suo imponit, et baculum manu gestans egreditur foras. Expectat foris ad ostium, donec incipiant fratres comedere; siquidem soliti erant non expectare ipsum, guando non veniret ad signum. Illis incipientibus manducare, clamat veius pauper ad ostium: ‘Amore Domini Dei, facite’, inquit, ‘eleemosynam isti peregrino pauperi et infirmo’. Respondent fratres: ‘Intra huc, homo, illius amore quem invocasti '. Repente igitur ingreditur, et sese comedentibus offert. Sed quantum stuporem credis peregrinum civibus intulisse? Datur petenti scutella, et solo solus recumbens, discum ponit in cinere. ' Modo sedeo ', ait, ' ut frater minor ' ...”[11].
Podemos dividir esta admirable lección de san Francisco en dos partes. En la primera parte el santo se encuentra en la ocasión y la necesidad de corregir la superfluidad, y de enseñar a sus frailes el uso de utensilios pobres y humildes; e inmediatamente se pone a preparar su lección. El disfraz responde a dos necesidades: a la enseñanza misma que intenta dar: representar al perfecto fraile menor en el momento de comer, en que está muy bien se presente según lo describe y lo ordena la Regla, “como peregrinos y forasteros en este mundo, sirviendo al Señor en pobreza y humildad, vayan confiadamente por la limosna”[12]; así, además, la plástica lección final tendrá más fuerza de convicción, porque se verá bien claro cómo la tierra es la mesa que mejor corresponde al fraile menor, siendo “un pobre religioso que todos los días va de puerta en puerta pidiendo limosna”[13]. Pero el disfraz tenía también un fin metódico; con él san Francisco quería llamar la atención de los frailes. Y en realidad, en la parte conclusiva, cuando “se descubrió a los comensales”, el santo logra plenamente este fin, pues sorprende el ánimo de sus hijos con su identificación con aquel peregrino mendicante. Después, mientras lo interrogan con las miradas llenas de “interés” y de asombro, les ofrece el contraste plástico de su mesa mísera y penitente, que dice ser la de un verdadero fraile menor, con la mesa blanca y adornada, que se destaca en medio de la habitación para confusión de sus hijos. La lección se presta así a una intuición fácil y perfecta; sólo basta agregar una breve frase explicativa.
También la causa de la popularidad del pesebre navideño tiene su origen en una plástica y viva representación en la que intervino el mismo san Francisco, y que él la mandara hacer con claros fines educativos[14]. No creemos necesario hacer un comentario a esta sugestiva lección del santo, que ha llegado hasta nosotros[15].
Llamando la atención sobre el aspecto representativo de estas dos lecciones, no queremos atribuirle una verdadera teatralidad, sino hacer notar su arista dramática, que se suele presentar metódicamente en las enseñanzas de san Francisco, bajo distintos aspectos. Sin embargo estamos seguros de que san Francisco usó el arte simple de los trovadores para educar a sus hijos y al pueblo, como se puede ver en su mandato a los frailes de aprender a cantar el Cántico del hermano sol[16]; y en el modo juglaresco de discutir y de exponer que se manifiesta ya en uno de sus primeros compañeros[17].
Creemos, por eso, que el siguiente ejemplo debe ser analizado en este mismo grupo.
Muy a menudo al principio de la Orden iba él solo por la limosna, en atención a la vergüenza de los hermanos. Pero, viendo que muchos no atendían a su vocación, se vio obligado a hablarles de cuán meritoria era la mendicidad por amor de Dios. A esta breve plática agregó la siguiente enseñanza:
“... Quidam pauper spiritualis valde veniebat per stratam, revertens de Assisio cum eleemosyna, et ibat alta voce laudando Deum cum magna iucunditate. Cum autem appropinquasset ecclesiae Sanctae Mariae, audivit eum beatus Franciscus; qui statim cum maximo fervore et gaudio exivit ad eum, occurrens sibi in via; et cum magna laetitia osculans humerum eius, ubi apportabat peram cum eleemosyna, accepit peram de humero eius, et imposuit eam humero suo; et sic apportavit ipsam in domum fratrum, et coram fratribus dixit: Sic volo quod frater meus vadat et revertatur cum eleemosyna laetus et gaudens et laudans Deum”[18].
Nótese cómo san Francisco no deja perder la ocasión para ensamblar en el curso mismo de la vida ordinaria sus enseñanzas. Desde que lo siente llegar por el camino, toda la acción del santo va dirigida a poner al hermano limosnero en primer plano, en el centro de la atención general, de manera que las palabras finales están ilustradas viva y plásticamente por su figura.
2. ‑ La paradoja.
Las dos más bellas y conocidísimas paginas de “I fioretti”, es saber, la lección de la “perfecta alegría” a fray León y la lección sobre la Providencia divina a fray Masco, son presentadas con la misma vida y dramaticidad; pero viene usado un nuevo elemento para despertar el interés del educando, y es la forma casi enigmática, paradójica, de presentar el tema con afirmaciones contrarias a lo que la generalidad siente y afirma.
El bien conocido ejemplo de la “perfecta alegría”[19] puede ser dividido en dos partes: la parte preparatoria y la parte final; en ésta se encuentra la lección propiamente dicha. La parte preparatoria se mantiene en la línea de la paradoja, expuesta, con respecto a uno de los términos, con distintas variantes, con tendencia a intensificarla; proponiendo, por último, nada menos que la conversión de todos los infieles, deseada tan ardientemente de toda la cristiandad y no menos de los frailes menores. Por si esta intensificación no fuera bien lograda, san Francisco subraya cada nueva variante, levantando cada vez más la voz. Cuando fray León está psicológicamente preparado para recibir la lección, hace la pregunta que el santo quería provocar. La lección final es doblemente intuitiva por la dramaticidad de la parábola final, en la cual se resuelve la paradoja, y por contrastar evidentemente con los sentimientos y deseos de fray León. En efecto, con respecto a estos últimos, se debe recordar que toda la escena se desarrolla en medio del camino, “ en tiempo de invierno y con un frío riguroso que les molestaba mucho “; de aquí que el paso de fray León, “ que iba un poco más adelante “ que san Francisco, delataba el afán de llegar pronto a su destino; y no es difícil pensar que su imaginación lo acicateaba, representándole el cordial recibimiento de los hermanos, la atmósfera tibia junto a la lumbre y una reconfortante refección; en fin, todo lo contrario de lo que sucede en la narración de san Francisco.
La otra bellísima y no menos conocida página de “ I fioretti “, de la lección del santo sobre la pobreza y la Providencia divina[20], es notable tanto por la preparación que lleva a fray Maseo a interrogarlo lleno de interés, como por la parte final, en la que los mendrugos de pan, la piedra y la fuente son presentados bajo una luz nueva con una sola frase, que parece una pincelada mágica del amor, del optimismo y de la poesía. El hambre y el cansancio de fray Maseo hacen adivinar su deseo de comer algo más suculento que pan y agua, o por lo menos sentarse pronto a comer. Pero he aquí que san Francisco, frente a aquellos panes y mendrugos, se pone a exclamar casi extático de alegría, llamándolos u tesoros “. Fray Maseo oye repetir una y más veces la misma exclamación hasta que con asombro y curiosidad, no menos que por su hambre y su cansancio que le hacen ver más pobres y pocos los panes, lo interrumpe preguntándole. Era lo que san Francisco esperaba. En su enseñanza las imágenes llegan a la fantasía con una nueva luz, pero sobre todo se han asociado en la mente de fray Maseo a una verdad que puede iluminar toda una vida: la paterna Providencia divina.
3. - Las parábolas.
La parábola es un género literario de los más usados desde la antigüedad, aunque con frecuencia se introduzcan en ella el simbolismo y la alegoría. En su forma más pura u consiste en servirse de una ficción, absolutamente posible y verosímil, para ilustrar una determinada verdad moral o religiosa”[21].
He aquí algunos ejemplos de las parábolas de San Francisco.
“Cum appropinquaret tempus capituli, dixit beatus Franciscus socio suo: ` Non videtur mihi quod sim frater minor nisi essem in statu quem dicam tibi: ecce fratres cum magna reverentia et devotione invitant me ad capitulum; et motus ex devotione ipsorum, vado ad capitulum cum eis. Ipsi autem congregati rogant me ut annuntiem verbum Dei et praedicem inter ipsos. Et surgens, praedico illis sicut me docuerit Spiritus sanctus. Finita ergo praedicatione, ponatur quod omnes clament adversum me: Nolumus te regnare super nos, non enim es eloquens sicut decet, et es nimis simplex et idiota. Et verecundamur nimis habere ita simplicem et despectum praelatum super nos, unde de cetero non praesumas vocare te nostrum praelatum! Et sic eiiciunt me cum vituperio et opprobrio. Non igitur videtur mihi quod sim frater minor si eodem modo non gaudeo quando me vilipendunt et cum verecundia me eiiciunt, nolentes ut sim praelatus eorum, sicut quando venerantur et honorant me, eorum profectu et utilitate utrobique aequaliter se habente. Nam si gavisus sum cum exaltant et honorant me propter profectum et devotionem ipsorum, ubi tamen animae meae periculum esse potest, multo magis debeo laetari et iucundari de profectu et salute animae meae cum vituperant me, ubi est certum lucrum animae”[22].
La oportunidad de la parábola es evidente: se aproximaba la celebración del capítulo general, y una lección sobre la perfecta humildad vendría muy bien a los capitulares. Si el ejemplo de las más humildes disposiciones de ánimo vienen del máximo superior, serán más eficaces; de aquí que san Francisco no duda en ponerse él mismo como el personaje principal de la parábola.
Esta parábola, a pesar de su brevedad, es muy semejante a la parábola final de la lección sobre la perfecta alegría. Aquí también toda la fuerza e interés de la ficción está en el contraste: son las actitudes opuestas de los frailes respecto a Francisco, antes y después del sermón, que crean la situación dramática; puesto entre los dos extremos contradictorios: el respeto y el vituperio, el santo encuentra en su alma la solución de la perfecta humildad.
Veamos este otro ejemplo[23], cuya perfección hace recordar las parábolas evangélicas.
“Rex praepotens duos ad reginam successive nuncios misit. Redit primus, et tantum verba verbis reportat. Siquidem sapientis oculi in capite fuerant, nec prosilierant quoquam. Redit alius, et post brevia verba quae refert, longam de dominae pulchritudine texit historiam: ` Vere, domine, vidi pulcherrimam mulierem. Felix, qui fruitur! '. At ille: ` Serve nequam, in sponsam meam oculos impudicos egisti? Liquet quod emere volueris rem prospectam subtiliter “. Iubet revocari primum et ait: ` Quid tibi de regina videtur? '. Et ille: ` Optime quidem, quoniam silenter audivit, respondit sagaciter '. ` Et nihil ', inquit, ' formositatis inest? '. ' Tuum ', ait, ' domine mi, sit hoc inspicere; meum fuit verba perferre '. Fertur a rege sententia: ' Tu ', inquit, ' oculis castus, esto in camera corpore castior! Hic vero exeat domum, ne polluat thalamum”[24].
Como se ve par estos ejemplos, san Francisco tiene el mérito de haber enseñado con parábolas del más puro estilo, sin haberse dejado llevar por el simbolismo y la alegoría, que, en la predicación de su tiempo, en vez de ilustrar terminaban por oscurecer las verdades religiosas y morales del tema[25]. Por eso sus modelos deben buscarse en el evangelio, con el que además coincide en crear sobre hechos y cosas familiares a sus oyentes la ficción[26]; y nada podía ser más familiar a los frailes que las cosas y los hechos de su propia vida religiosa, sobre los cuales san Francisco tejía generalmente sus parábolas[27].
4. ‑ Las comparaciones.
Conocidísima es, entre las enseñanzas de san Francisco por medio de comparaciones, la que se refiere a la perfecta obediencia.
“Quadam ... vice, sedens [Franciscus] cum sociis suis, tale emisit suspirium: ' Vix aliquis religiosus est in toto mundo qui tiene obediat praelato suo! '. Statim socii dixerunt ei: ' Dic nobis, pater, quae sit perfecta et summa obedientia? '. At ille respondens, verum et perfectum obedientem sub figura corporis mortui sic descripsit: ' Tolle corpus exanime et ubi placuerit tibi pone ipsum. Videbis illud non repugnare motum, non murmurare situm, non reclamare dimissum. Quod si in cathedra exaltetur, non alta sed ima respiciet; si collocetur in purpura duplo pallescet. Hic autem verus obediens est qui cur moveatur non iudicat, ubi locetur non curat, ut transmutetur non instat. Promotus ad officium solitam tenet humilitatem; plus honoratus, plus reputat se indignum '“[28].
Nótese cómo tanto el suspiro como la exclamación del principio tienen por fin llamar la atención y motivar la pregunta. La descripción del cuerpo muerto respecto al comportamiento por razón de las distintas posiciones que le hacen adoptar, está hecha con un realismo que la hacen fácil objeto de la imaginación y de la memoria.
Añadimos otro ejemplo para hacer ver cómo, en conformidad con el espíritu caballeresco de san Francisco, su imaginación lo llevaba frecuentemente a servirse de temas relacionados con la corte o con las narraciones caballerescas. Un novicio quería tener un salterio con el beneplácito de san Francisco. Un día encontró la oportunidad de hacer su pedido, al que respondió el santo:
“Carolus imperator, Orlandus et Oliverius et omnes palatini et robusti viri qui potentes fuerunt in proelio, persequendo Infideles cum multo sudore et labore usque ad mortem, habuerunt de illis victoriam memorialem; et ad ultimum ipsi sancti martyres sunt mortui pro fide Christi in certamine; nunc autem multi sunt qui ex sola narratione eorum quae illi fecerunt volunt recipere honorem et humanam laudem. Ita, et inter nos sunt multi qui solum recitando et praedicando opera quae sancti fecerunt volunt recipere honorem et laudem”[29].
Como insistiera el novicio hablándole otro día del salterio:
“... Ait illi beatus Franciscus: ` Postquam habueris psalterium, concupisces et volueris habere breviarium. Et postquam habueris breviarium sedebis in cathedra tanquam magnus praelatus, et dices fratri tuo: Apporta mihi breviarium '. Hoc autem dicens beatus Franciscus cum magno fervore spiritus, accepit cum manu de cinere, et posuit super caput suum, et ducendo manum super caput suum in circuitu, sicut ille qui lavat caput, dicebat: ' Ego breviarium! Ego breviarium! '. Et sic reiteravit multoties ducendo manum per caput. Et stupefactus et verecundatus est frater ille” [30].
A la primera parte, en la que san Francisco compara a los frailes, rezadores y aficionados a narrar las vidas de los santos, que leen en los libros litúrgicos, y a la vez faltos de virtudes cristianas, con los trovadores que, sin ninguna virtud guerrera, quieren recibir, por sólo cantarlas, las honras y alabanzas que merecieron los grandes y heroicos caballeros con sus hazañas, sigue, en la segunda instancia del novicio, la breve descripción de sus deseos en aumento, que viene a terminar con el mandato imperativo al hermano de: “Tráeme el breviario”, que nadie puede leer sin imaginar que san Francisco lo habría acompañado con un gesto de superioridad orgullosa. Esta forma de representar a la persona a que se ha de corregir o aprobar hablando y haciendo los gestos correspondientes es de gran fuerza intuitiva y san Francisco debe haberla utilizado con frecuencia.
Incluimos aquí un ejemplo, que nos manifiesta una variante más de la forma de exposición del tema, viva, dramática, tan característica del método de san Francisco:
“Detractores quippe super aliud vitiosorum genus horribiliter exsecrans, venenum in lingua ferre eos [Franciscus] dicebat, aliosque veneno inficere. Ideoque rumigerulos pulicesque mordaces, si quando loquerentur, vitabat avertebatque ... aures, ne tala polluerentur auditu ... Nonnumquam vero eum qui fratrem suum famae gloria spoliaret, iudicabat tunica spoliandum, nec ad Deum oculos posse levare, nisi prius quod abstulerat redderet”[31].
“luxta quod saepe dicebat sanctus Franciscus: ` Vox detractoris haec est: Vitae mihi perfectio deest, scientiae vel peculiaris gratiae facultas non suppetit, ac per hoc nec apud Deum locum invenio nec apud homines. Scio quid faciam: ponam maculam in electis, et apud maiores gratiam promerebor. Scio praelatum meum hominem esse, eodemque mecum quandoque uta officio, quo succisis cedris, solus videatur rhamnus in silva. Eia, miser! humanis carnibus vescere, et quia vivere aliter non potes, fratrum viscera rode! Tales boni student videri, non fieri, accusantes vitia, nec vitia deponentes. Solos eos laudant quorum cupiunt auctoritate foveri, silentes a laudibus, quas ad laudatum non existimant reportari ...'“[32].
Esta breve y no menos provechosa enseñanza, está claramente dividida en tres partes. En la primera, san Francisco improvisa las palabras del murmurador, las que acompañaba seguramente con un gesto cínico e hipócrita, adecuado al personaje. En la segunda parte, se vuelve hacia el supuesto cínico murmurador que ha terminado su discurso, y con un vehemente apóstrofe, pone más de manifiesto al falso hermano y su miseria. Por último, la conclusión insiste en el verdadero fondo de hipocresía que se esconde bajo toda murmuración.
II. ‑ VISIÓN SINTÉTICA DEL MÉTODO
Tratemos ahora de reconsiderar en forma sintética el método de san Francisco para formarnos una idea de conjunto basándonos en los ejemplos analizados anteriormente.
En su obra educativa san Francisco dio una importancia fundamental al buen ejemplo, que dentro del método intuitivo con el que, casi exclusivamente, enseñó a sus frailes y aun al pueblo, fue la forma más usada. Metódicamente con el buen ejemplo san Francisco tendía a lograr dos fines: ilustrar sus enseñanzas para facilitar la comprensión e influir en el ánimo, y mover la voluntad, facilitando la acción. De aquí que el buen ejemplo era para san Francisco un medio de la educación y no un fin, es decir, que no quería que sus discípulos lo imitasen a él simplemente, sino a Cristo. Sus ejemplos debían servir a todos de una ilustración concreta de cómo se debía imitar a Cristo. Por ello daba también gran importancia al buen ejemplo de los demás frailes[33] tanto por razón de apostolado, como por razón de la educación dentro de la Orden; enseñaba repetidamente a los más novicios con el ejemplo de los más santos, y cuando describe al perfecto fraile menor, ilustra su figura física y espiritual con los dones y virtudes más características de los frailes primeros más adelantados en la imitación de Cristo y en la observancia de la Regla[34].
Pero se puede decir que le preocupaba muy especialmente la fuerza inspirativa que el ejemplo ejercita sobre la voluntad. Temía, y con razón, que si él no se mantenía en la vanguardia, como “digno capitán de un ejército tan grande y variado”[35], “mostrándose a todos ejemplar y modelo de la pura y diligente observancia del Evangelio, según la profesión de la Regla”[36], muy pronto vería en ruinas lo que con tantos sacrificios había edificado. A pesar de haber renunciado al generalato[37], su conciencia de guía y maestro no le abandonó jamás[38]. El pensamiento de que aun el más momentáneo descanso suyo pudiera debilitar la voluntad de los frailes en el esfuerzo hacia la perfección, le hacía huir de los palacios[39] y comer de limosna cuando se sentaba en la mesa de los ricos[40]; y, si trataba con excesivo rigor al “hermano cuerpo”, no era con el fin de “ilustrar” sus enseñanzas[41], pues ‑ dice Celano ‑ sólo en esto “estuvieron discordes las obras y las palabras del santísimo Padre”[42], sino para animar a los frailes a sobrellevar con firme voluntad la austeridad de la vida religiosa.
Este esfuerzo constante por ser el modelo perfecto de lo que enseñaba no podía menos de mantener y aumentar su prestigio de maestro: sus palabras, sus gestos, su oración, su vida toda era continuamente observada, narrada y comentada, transformándose así en una viva y palpitante lección para todos.
Teniendo en cuenta la importancia que san Francisco dio al buen ejemplo desde el inicio de su magisterio, es fácil comprender por qué sus lecciones, metódicamente intuitivas, están encuadradas en una pedagogía que se revela sistemáticamente activa y vital. En efecto, en la acción educativa de san Francisco no se encuentra la cátedra, ni la actitud más o menos solemne del conferencista; sus enseñanzas no están ligadas ni al lugar, pues él lo mismo enseña andando por los caminos y por el campo que en el bosque y en el convento, ni al tiempo, ni al número de sus oyentes. Todo su esfuerzo se concentra en una continua vigilancia para poder injertar en el curso de la vida diaria una lección oportuna, que permanecerá siempre en la memoria como una experiencia inolvidable del educando, no sólo porque ha sido vivida junto a san Francisco, sino además porque es metódicamente apta para grabarse profundamente en la memoria y en la imaginación.
Manteniéndonos dentro del campo específico, desde el punto de vista técnico, no sólo se puede afirmar que el método intuitivo de san Francisco es excelente, sino que tiene además aspectos originales. Sus recursos son simples y directos, y sin duda, por eso mismo, más eficaces que los de una escuela laboratorio. Provienen sobre todo de un sentido más humano y espontáneo del magisterio, practicado como un arte vivo y una amorosa comunicación de valores. En primer lugar, se debe notar cómo san Francisco preludia siempre sus lecciones llamando la “atención” de sus discípulos con los más variados recursos: repitiendo una frase con exclamaciones y suspiros, con gestos algunas veces un tanto excéntricos[43], y con escenas dramáticas. Pero la sola atención no es un signo evidente de verdadero “interés” por la enseñanza del maestro. De aquí que san Francisco buscara sobre todo provocar la pregunta, o sea, el tránsito de la simple atención, provocada momentáneamente por su actitud externa, a un estado más positivo del espíritu: el deseo de saber. Y en aquel momento preciso, cuando el alma ha pasado del asombro al interés y se abre curiosa, de par en par a su magisterio, san Francisco graba bien profundo sus ideales en la síntesis apretada de un gesto y una frase.
Dentro de las formas comunes del método intuitivo ‑ parábolas, comparaciones, representaciones, etc. ‑, la originalidad de san Francisco está en la “dramaticidad” con que presenta y desarrolla el argumento. Y dentro del aspecto dramático, es además original de san Francisco el presentarse a sí mismo en escena o ponerse en la narración como personaje principal. De esto resulta que las imágenes llamadas a representar en la fantasía y en la memoria del educando una idea o una forma de conducta, aumentan su poder sugestivo sobre la voluntad, pues están ligadas a la figura tiernamente amada y admirada de san Francisco.
III. ‑ SAN FRANCISCO EDUCADOR: CONDICIONES FUNDAMENTALES
Si nos preguntamos cuál es el elemento que caracteriza la enseñanza y que debe ponerse como fundamento de la figura magisterial y de la obra educativa de san Francisco, sin dudar un instante respondemos: es el amor. Entiéndase bien: el amor no como algo necesario, entre otras cosas necesarias: como la autoridad, la ciencia, la virtud, etc., sino como algo fundamental, de manera que toda la obra educativa de san Francisco pueda ser sintetizada y, en cierta manera, definida como una “obra de amor”[44]. Conforme a esto tomaremos las tres condiciones fundamentales de la educación, es decir, el ideal de la educación, el estado de perfección relativa del educador respecto al sujeto, y el conocimiento de éste último por el mismo educador[45], estudiándolas en san Francisco bajo el aspecto del amor.
1. ‑ San Francisco y el amor al ideal de la educación.
La influencia del ideal de la educación sobre la conducta del educando está encomendada inicialmente al educador. Decimos “inicialmente” porque la educación tiende ‑ y es su fin esencial ‑ a que el educando haga suyo, tenga conciencia viva, lo más pronto posible, del ideal de su propia educación, que es, a su vez, el ideal de su misma vida[46]. Ahora bien, si el educador no posee en acto el ideal de la educación, no ya como perfección definitivamente adquirida, sino como orientación habitual hacia él, que revela una conciencia siempre viva y vigilante, no podrá infundirlo con la misma viveza en la conciencia del educando.
A juzgar por sus palabras, desde el primer momento de su magisterio, san Francisco tuvo la convicción de obedecer a un mandato divino con la creación de su Orden[47]. Por eso no pudo aceptar la sugerencia de los frailes para que adoptara una de las Reglas ya existentes[48], ni la de santo Domingo para unir las dos Órdenes[49]. Tenía absoluta seguridad de haber sido llamado por Dios a realizar un ideal religioso nuevo. Aquí no nos interesa si san Francisco tuvo o no una revelación privada al respecto. Lo importante es saber que su acción educativa se desarrolló a la luz de un principio pedagógico básico: la conciencia viva del ideal. En la obra educativa de san Francisco no hay contradicciones ni titubeos: él sabe en todo momento cuáles son las cosas accesorias y cuáles las principales; y todas las disponía, en su actividad, según un justo orden de valores[50]. Sus reacciones podrán parecer inconscientes[51] por su espontaneidad, pero, en realidad, se explican perfectamente por su rara capacidad de mantener siempre viva en la conciencia la llama del ideal. Es una exigencia científica el que la pedagogía determine el fin de la educación; pero es un principio práctico, de capital importancia, que el educador lo tenga bien vivo en la conciencia, como “conditio sine qua non” para poderlo infundir en el educando.
Ahora bien, ¿cuál puede ser el fundamento de esta conciencia viva y continuamente operante en san Francisco sino el amor al ideal? ¿Y qué cosa es este amor al ideal sino el amor a Dios reducido a una idea unitaria y concreta[52], a la luz de la cual la conciencia se aclara, se agudiza y emite con facilidad y prontitud su juicio normativo práctico[53]? Cuando el alma del educador ha logrado esta síntesis no sólo intelectiva sino, lo que es más, afectiva en el orden práctico, el camino de la intuición facilita enormemente su obra educativa[54].
He aquí por qué san Francisco, como todos los santos que se han dedicado a la educación, ha tenido una intuición maravillosa en la elección de los medios, en la medida y superposición de los valores y en la organización de la acción. Para todos ellos el ideal pedagógico no es una opinión más fruto del sistema filosófico de moda, sino un valor que la razón, iluminada por la fe, acepta como absoluto. No tendrán muchos conocimientos científicos, pero lo poco que saben tiene unidad y tiene firmeza y es casi siempre suficiente para retraer a su propio centro el alma dispersa y desorientada del educando[55].
2. ‑ San Francisco y el amor a su propia perfección.
La primera y lógica consecuencia del amor al ideal fue el deseo constante de san Francisco de verlo actuado en sí mismo con la mayor perfección posible. En otras palabras: el amor a la propia perfección, que debe ser en todo educador una consecuencia fundamental del amor al ideal[56], se presentaba a san Francisco como el primero y como el más amado de los fines de su vida terrena, aun considerado en orden a la educación de los demás. Nos parece innecesario insistir hasta qué punto este amor a la perfección se apoderó de su alma, de manera que la virtud, que debe resplandecer en todo educador en un cierto grado de eminencia, en él brilló en un grado heroico. San Francisco fue indudablemente un educador de carácter. Ello le permitió ponerse en todo momento sin temor de traicionarse, como ejemplo de la vida que enseñaba, mientras podía inspirar y exigir con autoridad de sus frailes lo mismo: “una dirección absolutamente única y resoluta de la vida”[57].
Hay otro aspecto, en este esfuerzo continuo de san Francisco por actuar en si mismo el ideal, que nos parece necesario destacar, porque los autores no le han dado la importancia merecida, pensando quizás que deba ser atribuido completamente a una iluminación de lo alto. Es la doctrina espiritual que san Francisco fue adquiriendo por medio de la meditación continua de las sagradas escrituras[58], por la experiencia de su misma ascesis espiritual y por la educación y guía de sus discípulos. Sin duda, no podremos llegar por este camino a encontrarnos con un san Francisco poseedor de una ciencia formal de la teología, pero sí con un hombre plenamente poseído del sentido práctico y santificador de las verdades teológicas. Y es precisamente esta ciencia viva la que le ha merecido y le merece aún hoy el honor incontrastado de guía y de maestro. En este campo, hasta el mismo san Buenaventura es discípulo suyo[59], y sus escritos más bellos están inspirados en la visión franciscana de la vida. Se comprende, así, inmediatamente cómo en el magisterio de san Francisco la virtud y la ciencia tenían un aspecto dinámico y vital, ordenado en primer lugar a su propio perfeccionamiento y secundariamente a la educación de sus discípulos. De hecho, hasta el momento de la muerte las tuvo siempre en acto en un grado de perfección superior a sus alumnos, y por tanto tuvo, hasta aquel instante, capacidad positiva para el ejercicio de su magisterio. Este es el verdadero sentido de la segunda condición fundamental de la educación. El educador, cierto, debe ponerse en las condiciones a las que quiere elevar al educando, pero no debe mirar ese estado de perfección como algo definitivo, sino como el principio de una nueva ascensión o, mejor, como un tránsito hacia una posesión del ideal siempre más plena. Todo el secreto de aplicación de esta necesaria dinámica educativa, fundada en último término en el principio metafísico de acto y potencia, está en el amor al ideal de la educación, que tan profundamente se apoderó del alma de san Francisco.
3. ‑ San Francisco y el amor al educando.
He aquí el tercer término del amor de san Francisco en su obra educativa. Veremos cómo hay en este amor un principio innovador, que acentúa la casi definición dada por nosotros a la educación de san Francisco como una obra de amor.
De ninguna manera se puede afirmar, sin hacer una injuria a la educación cristiana anterior a san Francisco, que ésta desconocía el amor en la obra educativa. La verdad es que el amor no estaba en el primer lugar, sino que la mente jurídica de san Benito, que, se puede decir, representa toda la educación cristiana hasta san Francisco, hacía derivar toda la formación del principio jerárquico de la autoridad, con una cierta tendencia a hacer más uso de la vara que de la benevolencia[60].
Por el hecho de que san Francisco concibiera a su Orden como una fraternidad y de que se inspirara con respecto a la autoridad en la amonestación evangélica: “quien quiera ser entre vosotros el primero ha de ser vuestro siervo”[61], y por el hecho de que prohibiera que alguien se llamara prior[62], y menos aún ‑ citando el texto evangélico[63] ‑ padre y maestro, redujo al mínimo las distancias de orden jerárquico, y a la nada el temor reverencial. El amor fraterno y la confianza mutua son los fundamentos de las relaciones entre todos los frailes[64].
Es natural que la educación de san Francisco siguiera el mismo espíritu de la fraternidad. “Tenere hos suus, atque alios, quorum nomina non sunt in promptu, diligebat filios, ac velut pia mater magno educabat amore” [65]. Hecho, realmente por amor, siervo de todos los hermanos para ser el primero, más en el buen ejemplo fraterno que en la ostentación de su autoridad[66], jamás le fue arrebatado su primado. Viviendo siempre entre sus discípulos y llevando con alegría los más grandes rigores de la pobreza, ellos sabían, sin necesidad de que se lo dijeran, que nadie podría amarlos con más delicada ternura[67], ni nadie podría estar mejor dispuesto que él que se olvidaba completamente de sí mismo[68], a oírles, compadecerles, consolarles y servirles. Por eso, no nos parece exagerado afirmar que su enfermedad y temprana muerte son debidas, como lo hacen suponer los autores de las fuentes y especialmente Celano, a su dedicación amorosa en la educación de sus discípulos[69].
De esta manera, el santo de Asís inició varios siglos antes que Juan Bosco, Juan Bautista de la Salle, José de Calasanz y Felipe Neri, la corriente pedagógica que habría de poner como fundamento de la educación, el amor y la familiaridad retornando también en esto, a través de la letra, al más genuino espíritu evangélico.
a) Amor y confianza.
Para san Francisco la fuente de la confianza es el verdadero amor fraterno[70]. Y, habiendo amado a los suyos con ternura de madre y lealtad caballeresca, no es de extrañar que sus frailes le buscaran continuamente para manifestarle con toda confianza sus dificultades interiores y exteriores.
Con el amor unía san Francisco una delicada y cortés condescendencia a los piadosos deseos de sus frailes, de manera que todos salían de su presencia con el semblante risueño y lleno de consuelo espiritual y, lo que es más importante, con el ánimo pronto para volver a su presencia. Los resultados de esta confianza se hicieron sentir inmediatamente al retornar los frailes de la primera correría apostólica:
“... Convenientibus vero in unum, de visione pii pastoris magna gaudia celebrant et se sic uno convenisse desiderio admirantur. Referunt deinde bona quae misericors Dominus fecerat eis, et si negligentes et ingrati aliquatenus exstitissent, corrrectionem et disciplinam a sancto patre humiliter petunt et diligenter suscipiunt. Sic enim consueverant facere semper, cum veniebant ad eum, nec ab eo cogitationem minimam vel primos etiam motus animi occultant ...”[71].
b) Amor y conocimiento individual.
El texto trascrito nos manifiesta bien cómo san Francisco llegaba por el amor al conocimiento del educando. Sin embargo, no siempre el amor y la confianza hacen a los corazones abrirse con sinceridad espontánea. Pero, cuando no sucedía así, san Francisco supo encontrar en el amor el camino del conocimiento de cada uno de sus frailes; y esto no porque el amor conozca, sino porque el amor se interesa del individuo.
Cuando san Francisco leía los secretos más recónditos del alma y los pensamientos más ocultos, era considerado por los primeros biógrafos, poseedor del don de leer los corazones[72]. Sin embargo, si no todo, mucho se puede atribuir al interés amoroso y fraterno con que seguía continuamente la vida de cada uno de sus frailes. Es cierto que se necesitan la inteligencia, la capacidad de penetración; pero, sin el amor éstas dejan perder innumerables datos exteriores por falta de interés, o son ocasión de producir en el educando no simpatía hacia el educador, sino todo lo contrario, por verse perseguido de una curiosidad irritante y sin sentido sobre su persona y sobre su vida. Como su tendencia a lo concreto lo llevaba a entablar coloquios fraternos con las criaturas irracionales, así y con mucha más razón, era atraído hacia un trato vivo, directo, confiado y a la vez respetuoso, con sus frailes. Para san Francisco, no existía la psicología, sino “las psicologías”, es decir, los hombres, en su unidad, en su personalidad, en su corazón, en sus acciones y en sus ideales; brevemente: el hombre viviente. Y a este hombre vivo era al que amaba, y, amándolo, llegaba a conocerlo[73]. Lo que nosotros hemos considerado separadamente y en abstracto, por razón de estudio, él lo veía unido e individualizado concretamente en cada uno de los discípulos. A ello se debe su realismo y la concepción, prácticamente dinámica, de la formación del carácter, que se manifiesta en el uso graduado de los motivos, de la corrección y de la mortificación.
e) Autoridad y libertad.
No se crea que, san Francisco olvidara por insistir en el amor, que la educación es también, fundamentalmente, una obra de autoridad. La única diferencia está en que, de hecho, él creyó siempre que la autoridad educativa no podía descansar en la simple designación de una superioridad jurídica, aun suficiente de por sí para ser obedecida dentro de una Orden, sino en una verdadera conquista, entendida en el sentido de que el educador, por su amor al ideal y a la perfección propia, puede exigir y merecer del educando la confianza, el respeto y la obediencia[74].
La cuestión eterna de la autoridad y de la libertad, en su contradicción aparente, fue resuelta por san Francisco poniendo como base la confianza mutua, animada por verdadero amor fraterno, pero favoreciendo, evidentemente, más el ejercicio de la libertad del educando que no el de la autoridad propia.
Pero, en realidad, el problema de la autoridad y de la libertad se presentó más bien a san Francisco en otros términos más concretos y prácticos, a saber, alrededor de la causa eficiente de la educación. Esto le animó cuando recibió a sus primeros discípulos, todos de mayor edad que él; alguno, de mayor cultura; y otros, de origen más noble. Todos habían venido a Francisco con la mejor voluntad, dispuestos a recibir sus enseñanzas y a cumplirlas. El santo sabía, se puede decir con seguridad absoluta, que sus primeros compañeros tenían respecto a él, las disposiciones más deseables para una buena educación: docilidad, respeto y deseos de secundar sus esfuerzos para realizar en sí mismos al fraile menor perfecto.
Por otra parte, san Francisco tenía demasiado frescas en la memoria la experiencia interior propia de su autoeducación[75], y las violencias y rigidez inútiles de su autoritario padre[76], para no decidirse por una acción educativa más liberal que autoritaria, más de responsabilidad interior que de disciplina exterior, más personal que reglamentada; en una palabra, más obra del educando que del educador. Hemos visto cómo, en realidad, el educando es el centro de la escuela de educación. San Francisco se esfuerza por excitar a sus frailes a la acción, sin imponerse con autoridad, sino iluminando sus inteligencias con gran variedad de motivos, con atención continua para no dejar perder la ocasión de la lección oportuna y del ejemplo eficaz, y con correcciones que, muchas veces, no se acaban en un mandato, sino en una invitación a la penitencia voluntaria; después de todo esto, deja libres a los frailes para que cada uno responda a su acción magisterial con espíritu generoso y espontáneo.
El amor de san Francisco al ideal le hacía exigir una fidelidad constante a las características esenciales de éste. Y de esta fidelidad respecto al ideal recibían sus discípulos un inconfundible sello de familia. Sin embargo, en orden a los medios, por amor y respeto a la índole personal de cada uno, dejaba a los más adelantados en la perfección, una suficiente libertad de elección[77]. La educación franciscana tiene así una marcada tendencia personalística. El santo se preocupaba más por descubrir en sus frailes las buenas cualidades, que fomentaba guiándolos para que sacaran el mayor partido posible de ellas, que de andar en busca de sus defectos para corregirlos[78].
La técnica educativa de san Francisco, tanto considerada en este aspecto más general de la formación personal como en el más particular del corazón y de las virtudes, es francamente positiva. A nuestro modo de ver esta concepción práctica y moderna de la educación se debía precisamente a que san Francisco todo lo veía bajo le luz del amor: educar era para él hacer amar, es decir, hacer partícipes a sus discípulos de su amor al ideal; y bien se sabe que el amor verdadero es siempre universalmente positivo[79]. Su metodología responde perfectamente a esta concepción, y ha sido sintetizada en una obra reciente, concordando con cuanto hasta aquí hemos dicho, en tres etapas: “representar para conmover; conmover para convencer; conquistar el corazón para educar a todo el hombre”[80]. “El puesto principal concedido a la afectividad y a la intuición revela cómo san Francisco haya practicado tantos siglos antes los postulados fundamentales de la psicología moderna”[81].
[1] “Duplex est cognitio ... Una quidem speculativa ... Alia autem affectiva seu experimentalis o. S. THOMAS, Summa theol. H‑11, q. 97, a. 2, ad 2.
[2] J. MARITAIN, Eléments de philosophie, 15 ed., Paris 1946, p. 306, n. 95.
[3] En sentido amplio se habla, por ejemplo, del “método preventivo” de don Bosco, que toma su nombre de la disciplina. En estos casos se habla de la acción metódica en general, usada por el educador para infundir en el educando nuevas formas de conducta. Nosotros tampoco quisiéramos reducir el método de san Francisco a la didáctica, pues él no trataba simplemente de dar nuevo conocimiento para ilustrar el intelecto, sino de determinar por medio de éste una nueva actividad, una nueva conducta religioso‑moral. Por ello preferiríamos la siguiente posición de G. Nosengo, si en vez de hablar de “un” método, hablase de “dos” métodos y muchos medios, tratando de aclarar este problema de terminología: “Da quanto abbiamo detto si vede come la tecnica didattica sia fatta di mezzi e non di metodi, di mezzi svariatissimi che possono essere adattati secondo le circostanze e gli educandi ... In conseguenza di questi fatti indiscutibili sarebbe necessario, per chiarire tante idee e dare il vero valore alle parole, cominciare a chiamare le cose col loro vero nome. Noi, ad esempio, riteniamo che non sia proprio esatto dire: metodo intuitivo, quando invece si dovrebbe dire: ` impiego di mezzi atti a suscitare una attivitá visiva, immaginativa, fantastica ' ... Non ci sono dunque tanti metodi, ma un metodo solo e tanti mezzi. Tutte queste varíe denominazioni di metodi hanno creato una certa confusione e delle divisioni che in realtá non esistono”. G. NOSENGO, La pedagogia di Gesú, Roma 1949, 49.
[4] M. CASOTTI, Didattica, Brescia 1953, 21.
[5] J. MARITAIN, op. cit. 334.
[6] M. CASOTTI, op. cit. 20ss.
[7] M. CASOTTI, op. cit. 20.
[8] Véase nuestro estudio La pedagogía de san Francisco de Asís, en Laurentianum 3 (1962) 3‑40, 289‑348.
[9] H. FELDER, Die Ideale des hl. Franziskus, Paderborn 1935, 86.
[10] “Quoties asperitas vitae reprehenderetur in ipso, respondebat se datum Ordini ad exemplum, ut aquila provocaret ad volandum pullos suos. Unde cum innocens eius caro, quae iam sponte spiritui se subdebat, nullo propter offensas egeret flagello, tamen exempli causa renovabat in ea poenas, solum propter alios custodiens vias duras. Recte quidem, quoniam plus ad manum quam ad linguam respicitur praelatorum. Manu, pater, perorabas suavius, persuadebas facilius, probabas et certius”. THOMAS CEL. II, n. 173.
[11] THOMAS CEL. II, n. 61. CL también Speculum perfectionis, ed. P. Sabatier (Manchester 1928), c. 20, pp. 53‑55.
[12] Regula II, c. VI, ed. Quaracchi, 68; ed. Boehmer, 32.
[13] Speculum perfectionis, ed. Sabatier, c. 20, p. 54. CL THOMAS CEL. II, n. 61.
[14] “... Ut memoriam nativitatis pueri lesu ad devotionem excitandam ... disponeret ... cum quanto maiore solemnitate valeret ...”. S. BONAVENTURA, Legenda maior, X, n. 7.
[15] Ibid.
[16] Speculum perfectionis, ed. Sabatier, c. 100, p. 289.
[17] Cf. Vita fratris Aegidü, en Chronica XXIV generalium Ordinis Minorum, en Analecta franciscana 111 (Ad Claras Aquas 1897) 102‑104.
[18] Speculum perfectionis, ed. Sabatier, c. 25, pp. 70‑71.
[19] “Venendo una volta santo Francesco da Perugia a Santa Maria degli Angel¡ col frate Leone a tempo di verno, e il freddo grandissimo fortemente il cruciava, chiamó frate Leone, il quale andava un poco innanzi e disse cosi: ` 0 frate Leone, avvegnadio che i frati minori in ogni terra diano grande esempio di santitá e buona edificazione, nondimeno scrivi e nota diligentemente che non é ¡vi perfetta letizia'. E andando piú oltre, santo Francesco il chiama la seconda volta: ` 0 frate Leone, benché il frate minore illumini i ciechi, distenda gli attratti, cacci i demoni, renda ('udito ai sordi, 1'andare ai zoppi, il parlare ai mutoli e (ch'é maggiore cosa) risusciti i morti di quattro di, scrivi che non é in cid perfetta letizia'. E andando un poco, santo Francesco grida forte: ` O frate Leone, se il frate minore sapesse tutte le lingue e tutte le scienze e tutte le scritture, si che sapesse profetare e rivelare non solamente le cose future, ma eziandio i secreti delle coscienze e degli animi, scrivi che non é in ció perfetta letizia'. Andando un poco piú oltre santo Francesco chiama ancora forte: ` O frate Leone, pecorella di Dio, benché il frate minore parli con lingua d'angelo e sappi i corsi delle stelle e le virtú del1'erbe e fóssongli rivelati tutti i tesori della terra e conoscesse le nature degli uccelli e dei pesci, e di tutti gli animal¡ e degli uomini, e degli alberi e delle pietre, e delle radici e delle acque, scrivi che non é in ció perfetta letizia'. E andando anche un pezzo, santo Francesco chiama forte: ` 0 frate Leone, benché il frate minore sapesse si bene predicare, che convertisse tutti gl'infedeli alla fede di Cristo, scrivi che non é ¡vi perfetta letizia '. E durando questo modo di parlare bene due miglia, frate Leone con grande ammirazione il domandó e disse: ' Padre, io ti prego dalla parte di Dio che tu mi dica ov'é perfetta letizia'. E santo Francesco gli rispose: ` Quando no¡ giungeremo a Santa Maria degli Angel¡, cosi bagnati per la piova e agghiacciati per lo freddo e infangati di loto e afflitti di ¡ame, e picchieremo la porta del luogo e il portinaio verrá adirato e dirá: ‑ chi siete voi? ‑ e noi diremo: ‑ No siamo due dei vostri frati; - e colui dirá: - Voi non dite il vero; anzi siete due ribaldi che andate ingannando ¡l mondo e rubando le limosine dei poveri: andate via; - e non c¡ aprirá e faracci stare di fuori alla neve e all'acqua, col freddo e colla fame, insino a notte; ahora, se no¡ tante ingiurie e tanta crudeltá e tanti commiati sosterremo pazientemente senza turbazione e senza mormorare di Iui, e penseremo umilmente e caritativamente che quel portinaio veracemente c¡ conosca e che Iddio ¡1 faccia parlare contro di no¡, o frate Leone, scrivi che ¡vi é perfetta letizia. E se no¡ persevereremo picchiando ed egli uscirá fuori turbato, e come gaglioffi importuna c¡ caccerá con villanie e gotate, dicendo: - Partitevi quinci, ladroncelli vilissimi, andate allo spedale, ché qui non mangerete voi, né albergherete -; se no¡ questo sosterremo pazientemente e con allegrezza e con buono amore, o frate Leone, scrivi che qui é perfetta let¡zia. E se no¡, costretti dalla fame e dal freddo e dalla notte, pur picchieremo e chiameremo e pregheremo per I'amore di Dio con gran pianto che c¡ apra e méttaci pur dentro; e quegli piú scandalezzato dirá: Costoro sono gaglioffi importuni; ¡o 1¡ pagheró bene come sono degni; - e uscirá fuori con un bastone nocchieruto e piglieracci per lo cappuccio e gitteracci in terra e involgeracci nella neve e batteracci a nodo e nodo con quel bastone; se no¡ tutte queste cose sosterremo pazientemente e con allegrezza, pensando le pene di Cristo benedetto, le quali no¡ dobbiamo sostenere per suo amore; o frate Leone, scrivi che in questo é perfetta letizia. E peró oda la conclusione, frate Leone. Sopra tutte le grazie e don¡ dello Spirito Santo, le quali Cristo concede agli amici suoi, si é vincere se medesimo e volentieri, per 1'amore di Cristo, sostenere pene, ingiurie, obbrobri e disagi. Imperó che di tutti gli altri don¡ di Dio no¡ non c¡ possiamo gloriare, peró che non sono nostri, ma di Dio ... “. I fioretti, c. VIII.
[20] “... Pervenendo un di a una villa assai affamati, andarono, secondo la Regola, mendicando del pane per 1'amor di Dio. E santo Francesco ando per una contrada e frate Masseo per un'altra. Ma peró che santo Francesco era uomo troppo dispregiato e piccolo di corpo (e peró era reputato un vile poverello da chi nol conosceva), non accattó se non parecchi bocconi e pezzuoli di pane secco. Ma frate Masseo, pero che era bello e grande di corpo, gli furono dati bnoni pezzi grandi, e assai e del pane intero. Accattato che egli ebbero, si ricolsero insieme fuori della villa in un luogo per mangiare, dov'era una bella fonte, e a lato avea una bella pietra larga, sopra la quale ciascuno pose le limosine che avea accattate. E veggendo santo Francesco che i pezzi del pane di frate Masseo erano piú, e piú bella e grandi che i suoi, fece grandissima allegrezza e disse: ` 0 frate Masseo, no¡ non siamo degni di cosi grande tesoro '. E ripetendo queste parole piú volte, rispose frate Masseo: ' Padre carissimo, come si pub chiamare tesoro, dov'é tanta povertá e mancamento di quelle cose che bisognano? Qui non é tovaglia, né coltello, né taglieri, né scodelle, né casa, né mensa, né fante, né fancella '. Disse allora santo Francesco: ' E questo é quello che ¡o reputo grande tesoro, ove non é cosa veruna apparecchiata per industria umana; ma ció che c'é, é apparecchiato dalla Provvidenza Divina, si come si vede manifestamente nel pane accattato, nella mensa di pietra, cosi bella, e nella fonte cosi chiara. E peró ¡o voglio che preghiamo Iddio che ¡1 tesoro della povertá cosi nobile, ¡I quale ha come servidore lddio, c¡ faccia amare con tutto iI cuore “. I fioretti, c. XIII.
[21] G. RICCIOTTI, Vita di Gesú Cristo, Milano 1941, 401.
[22] Speculum perfectionis, ed. Sabatier, e. 64, pp. 176-178.
[23] Por otros ejemplos de parábolas véase de las manzanas, del marinero (THOMAS CEL. 1, n. 28); de la mujer hermosa y pobre del desierto (THOMAS CEL. II, n. 167); del ciego y su perro logarillo (THOMAS CEL. II, n. 144); visión del árbol alto y frondoso, de la gallina pequeña y negra (THOMAS CEL. II, n. 24); de la estatua de egregia forma (THOMAS CEL. II, n. 82); de las migas de pan (THOMAS CEL. 11, n. 209); la descripción dramática de la muerte del pecador (S. FRANCISCUs, Epist. ad omnes fideles, ed. Quaracchi, 96-97; ed. Boehmer, 55-56).
[24] THOMAS CEL. II, n. 113. Cf. Speculum perfectionis, ed. Sabatier, c. 86, pp.255‑256.
[25] H. FELDER, op. cit. 344‑345.
[26] Cf F. M. WILLAM, La veta di Gesú nel paese e nel popolo d'Israele, trad. dal tedesco (4 ed.) di B. Pastore, Torino 1945, 188s.
[27] Véase THOMAS CEL. II, n. 191.
[28] Speculum perfectionis, ed. Sabatier, c. 48, pp. 126‑128; cf. también S. BoNAVENTURA, Legenda mafor, VI, n. 4.
[29] Speculum perfectionis, ed. Sabatier, c. 4, p. 13.
[30] Speculum perfectionis, ed. Sabatier, c. 4, pp. 14‑15.
[31] THOMAS CEL. II, n. 182.
[32] Ibid. n. 183. Otros ejemplos ibid. n. 194; Speculum perfectionis, ed. Sabatier, c. 97, pp. 280‑281.
[33] S. BONAVENTURA, Legenda maior, VIII, n. 3.
[34] Speculum perfectionis, ed. Sabatier, c. 85, pp. 253‑254.
[35] Ibid. c. 80, p. 232.
[36] Ibid. c. 80, p. 238.
[37] Ibid. c. 71, pp. 203‑207.
[38] Ibid.
[39] Speculum perfectionis, ed. Sabatier, c. 67 p. 189.
[40] Ibid. c. 23, pp. 61‑67.
[41] Ibid.
[42] Ibid.
[43] Speculum perfectionis, ed. Sabatier, c. 95, pp. 274‑275.
[44] La pedagogía moderna insiste mucho en el amor, como fundamento de la obra educativa; en este aspecto algunas veces se insiste especialmente de parte de los laicistas en el amor al sujeto, olvidando las otras condiciones y, a la vez, objetos principales de este amor, si ha de ser bien ordenado: el ideal y la propia perfección del mismo educador.
[45] “Anzitutto I'educatore deve essere un realista, deve cioé aver sempre sott'occhio, senza illusione, la materia di ogni educazione, la natura umana, affinché i mezzi educativi siano sempre appropriati allo stato reale degli alunni. Secondariamente; l'educatore avrá uno scopo determinato, immutabile, universale; ossia, saprá ben chiaramente dove vuol arrivare, potendo solo un educatore cosciente formare caratteri coscienti. ` Sapere che cosa si vuole, cominciando a educare, é il nocciolo della questione pedagogica' (Herbart). In terzo luogo, bisogna che 1'educatore porti se stesso nelle condizioni spirituali, in cui vuol portare il suo discepolo, poiché non la sola parola, ma la parola fatta carne ci salva”. W. F. FÖRSTER, L’anima della gioventú, trad. ital., Torino 1926, 22.
[46] Cf. Pius XI, Lit. enc. Divini illius magistri, en AAS 22 (1930) 61‑62.
[47] “Et, postquam Dominus dedit mihi de fratribus, nemo ostendebat mihi, quid deberem facere; sed ipse Altissimus revelavit mihi, quod deberem vivere secundum formam sancti Evangelii”. Testamentum, ed. Quaracchi, 79; ed. Boehmer, 37. Cf. también TRES SOCII, Legenda, n. 29, en Miscellanea francescana 39 (1939) 400.
[48] Cf. THOMAS CEL. I, n. 33; Speculum perfectionis, ed. Sabatier, c. 68, p. 196.
[49] Cf. THOMAS CEL. 11, n. 150; Speculum perfectionis, ed. Sabatier, c. 43, pp. 109‑112.
[50] “... Primo quidem spiritualia vitia decernebat, deinde diiudicabat corporalia, ad ultimum exstírpans occasiones omnes, quae peccatis solent aditum aperire”. THOMAS CEL. I, n. 51.
[51] Cf. Cc. K. CHESTERTON, St. Francis of Assisi, London s. a., 102: el autor se deja llevar demasiado por su amor a la paradoja, pero no se le debe negar el gran valor de su obra, sobre todo si se está prevenido respecto a su estilo. En el texto que transcribimos por ser de interés se debe notar la contradicción existente entre las expresiones subrayadas: “ Many of his acts [de san Francisco] will seem grotesque and puzzling to a rationalistic taste. But they were always acts and not explanations; and they always meant what he meant them lo mean. The amazing vividness with which he stamped himself en the memory and imagination of mankind is very largely due to the fact that he was seen again and again under such dramatic conditions. From the moment when he rent his robes and flung them at his father's feet to the moment when he stretched himself in death en the bare earth in the pattern of the cross, his life was made up of these unconscious attitudes and unhesitating gestures. It would be easy to fill page with examples ... “. En realidad, si las actitudes de san Francisco “ significaron siempre lo que el santo quiso “ y, a la vez, “ fueron gestos sin vacilaciones “ erróneamente pueden ser atribuídos a la “ inconciencia “, sino por el contrario, a la conciencia siempre viva del ideal, como lo demuestra la dirección invariabie de sus acciones.
[52] “Ora questa meravigliosa scoperta non é solo di santa Teresa: é quella scoperta che ogni santo e, in genere, ogni vero cristiano fa quel giorno che scopre 1'idea unitaria alla quale riduce tutta la sua vocazione, la forma speciale nella quale 1'unico amere dev'essere sentito, vissuto, agito da In¡. Per santa Teresa sará la preghiera e la tacita sofferenza; per san Francesco d'Assisi la povertá; per san Domenico la predicazione; per san Benedetto l'Opus Dei; per sant'Ignazio di Loyola la gloria di Dio e vía dicendo. Prima di questa scoperta vi seno nella coscienza cristiana tanti frammenti di vocazione, come in santa Teresa, che sembrano urtarsi e annullarsi fra loro. Dopo soltanto, nasce la vera santitá: l'attrazione del Cristo in no¡, che partendo dal cuore vivente ed amato della Chiesa, porta ognuno alle opere esteriori cui é chiamato, senza che in questa necessaria scelta nulla perda delle altre vocazioni, apparentemente escluse, le quali sono pur sempre eminentemente racchiuse nell'amore, unico centro di ogni vocazione particolare: nell'amore che tutto abbraccia e che solo é eterno “. M. CASOTTI, Scuola altiva, Brescia 1952, 132.
[53] La idea unitaria realiza esta clarificación, fortificando la conciencia, porque tiende a representar el bien bajo todos los aspectos; a su unidad objetiva, responde una relativa unidad de la conciencia sujetiva, fuertemente atraída hacia el ideal. La conciencia ontológicamente es una sóla, pero el bien y el mal se le presenta bajo distintos aspectos. Esta transcripción por su claridad y profundidad explica bien todo el proceso: “ Le bien ou le mal psychologique s'appelle donc le plaisir ou la doulear; de méme que le bien en le mal logique s'appelle le vrai ou le faux; le bien ou le mal esthétique, le beau ou le laid; le bien en le mal de l'homme en tant qu'homme, le bien ou le mal moral ou, par antonomase, le bien ou le mal, tout court. La convenance en la disconvenance constitue le bien ou le mal ontologique, c'est-á-dire la notion transcendante de bien ou de mal. Dans le concret, il y a souvent opposition entre le bien moral et le bien psychologique ou plaisir; mais il y a souvent accord aussi: la raison en est que le concepts différent, mais ne s'opposent pas. Le bien moral est per~u par la conscience morale; le plaisir, par la conscience psychologfque. Le premier est constitué par la convenance de 1'objet avec l'homme en tant qti'homme, c'est-á-dire avec le moi humain substantiel; le second est constitué par la convenance avec l'homme conscient, c'est-á-dire avec le moi expérimental. Le bien moral devient donc psychologique (plaisir, joie) dans le mesure, extrémement variable, oú il est senti comme bien; le bien psychologique devient le bien moral (en le mal moral) dans la mesure oú il est connu comme actuellement convenable (ou non) au moi substantiel. Le bien psychologique est d'autant plus grand qu'il nous rapproche plus du bonheur; el le bien moral, qu'il nous rapproche plus de la perfection. A la limite, ils doivent se confondre. L'un et 1'autre, en effet, rencontrent leur limite dans la fin derniére de 1'homme. Elle est ce qui convient adéquatement á 1'homme en tant qu'homme, - et voilá donc la perfection; mais cette convenance adéquate étant alors parfaitement sentie, elle constituera la conscience d'un bien adéquat, d'une adaptation totale el definitive, - et voilá le plaisir parfait, qui est le bonheur. La fin derniére est donc le point oú convergent et oú doivent se concilier le besoin de moralité et le besoin de bonheur également essentiels á la nature humaine”. A. EYMIEU, Le gouvernement de soi même. Essaí de psychologíe pratique, Paris 1938, 314.
[54] Cuando hablamos de “intuición” no entendamos hablar en sentido filosófico, sino en sentido amplio, que generalmente se da en pedagogía, o sea la rapidez y seguridad con que el individuo llega al conocimiento de la verdad de los datos sensibles o la rapidez y seguridad con que juzga a la luz de principios más universales, de tal manera que da la impresión de haber llegado a un grado más alto de proceso cognoscitivo: la intuición angélica, propiamente hablando. Cf. M. CASOTTI, Pedagogia generale, 1, Brescia 1953, 24‑25.
[55] No es que pretendamos justificar una educación puramente empírica, pero a desprestigiar la pedagogía desde el punto de vista científico han concurrido desgraciadamente sus mismos estudios con sus continuas contradicciones en torno al fin y hasta no han faltado algunos que lo han juzgado innecesario.
[56] Todos los cultores de la pedogogia del carácter insisten lógicamente en esta condición fundamental. Cf. W. F. FÖRSTER, Educazione e autoeducazione, Torino 1921, 27; F. DE HOVRE‑L. BRECKX, Les ma?tres de la pédagogie contémporaine, Paris 1937, 92, 165, 514, 561; M. CASOTTI, Pedagogia generale, 135; A. FRANCHI, La pedagogica, Padova 1940, 55; G. MODUONO, IL metodo educativo (Don 6. Bosco), Firenze 1941, 26.
[57] W. F. FÖRSTER, op. cit. 77.
[58] THOMAS CEL. II, n. 102ss.
[59] Cf. E. GILSON, La philosophie de saint Bonaventure, 2 ed., Paris 1943, 75: Nul titre doctoral ne pouvait done définir plus pléniérement saint Bonaventure que celui de Docteur Séraphique; marquant tout ensemble la nécessité de la science et sa subordination aux ravissements mystiques, il rappelle avec une égale force ce que sa doctrine doit á l'enseignement de saint Franlois et ce dont elle l'enrichit; l'histoire la plus exigeante ne fera jamais mieux sur ce point que de commenter et confirmer ce qu'a déjá fixé l'expérience de la tradition”.
[60] En la Regla benedictina se lee: “Ideoque quotiens pueri, vel adolescentiores aetate, aut qui minus intelligere possunt quanta poena sit excommunicationis; hi tales dum delinquunt, aut ieiuniis nimiis affligantur, aut acribus verberibus coëceantur, ut sanentur” (Regula S. Benedicti, c. 30, in PL 66, 533). Y con respecto a los religiosos: “Si autem [quis frater] improbus est, vindictae corporali subdatur ...” (¡bid. c. 23, en PL 66, 502). “Si quis frater frequenter correptus, pro qualibet culpa, si etiam excommunicatus, non emendaverit, acrior ei accedat correptio, id est, ut verberum vindicta in eum procedat” (ibid. c. 28, en PL 66, 519). Los mismo dominicanos mantuvieron la costumbre de los castigos corporales: “... denudatus, ut dignam suis meritis accipiat sententiam, vapulet, quantum placuerit praelato ... Et si placuerit ei [praelato] denuo vapulet ad pedes singulorum, primo praelati, deinde utriusque lateris sessorum”. Constitutiones antiquae Ordinis fratrum praedicatorum, 1, dist. 23, ed. en Archiv für Litteratur‑ und Kirchengeschichte des Mittelalters 1 (1885) 208.
[61] Mt. 21, 28. ‑ San Francisco hace referencia a este pasaje evangélico en el siguiente mandato de la Regla: “Ministri ... caritative et benigne eos [fratres] recipiant et tantam familiaritatem habeant circa ipsos, ut dicere possint eis et facere sicut domini servis suis; nam ita debet esse, quod ministri sint servi omnium fratrum”. Regula II, c. X, ed. Quaracchi, 72; ed. Boehmer, 34.
[62] “Et nullus vocetur prior, sed generaliter omnes vocentur fratres minores”. Regula 1, c. VI, ed. Quaracchi, 32; ed. Boehmer, 7.
[63] Ibid. c. XXII, ed. Quaracchi, 55‑56; ed. Boehmer, 22.
[64] “... Ubicumque sunt et se invenerint fratres, ostendant se domesticos invicem inter se. Et secure manifestet unus alter¡ necessitatem suam, quia, si mater nutrit et diligit filium suum carnalem, quanto diligentius debet quis diligere et nutrire fratrem suum spiritualem?”. Regula II, c. VI, ed. Quaracchi, 69; ed. Boehmer, 32.
[65] Cf L. WADDINGUS, Annales minorum, I, Ad Claras Aquas (Quaracchi) 1931, 108.
[66] “Non est aliquis praelatus in toto mundo qui tantum timeatur a subditis suis quantum Dominus faceret me timeri a fratribus meis, si vellem ...”. Speculum perfectionis, ed. Sabatier, c. 46, p. 122.
[67] Cf. Speculum perfectionis, ed. Sabatier, e. 87, pp. 257‑260.
[68] THOMAS CEL. II, n. 174.
[69] Ibid. n. 173.
[70] Regula I1, c. VI, ed. Quaracchi, 69; ed. Boehmer, 32.
[71] THOMAS CEL. I, n. 30.
[72] THOMAS CEL. II, n. 27‑34; S. BONAVENTURA, Legenda maior, lI, n. 8‑14.
[73] Hablando de la primera escuela franciscana el P. Cuthbert afirma: “Thus did the Porziuncola gather to itself men of diverse character and temperament, and what is more marvellous, whilst impressing upon all a generic family likeness, it left each man himself, fostering in each his own peculiar strenght and nobility of spirit, as one cultivates in a fair garden many varieties of flowers. There was no moulding in a rigid groove: but the spirit of the place seemed to delight in the freshness each individual character brought to the riches of the whole and to treasure it as part of the secret of its joy. Francis indeed had no wish that all the brethren should be one external pattern. The true Friar Minor, he would say, scanning the perfections of the brotherhood, is Brother Bernard with his enduring faith and love of poverty; Brother Leo with his simplicity and purity; Brother Angelo with bis fine courtesy; Brother Masseo with his gracious countenance and natural good sense and eloquence; Brother Giles with his gift for contemplation; Brother Ruffino with his habit of continuous prayer; Brother Juniper with his selflessness; 13rother john with his great strenght of body and mind; Brother Roger with‑his surpassing charity for the souls of others; Brother Lucido who in imitation of our Lord, will have no abiding place on the earth. And this largeness of spirit was in truth one of the secrets which gave power and beauty to the Umbrian revival of faith”. CUTHBERT [OF BRIGHTONI, Life of St. Francis of Assisi, 2 ed., London 1931, 129‑130.
[74] “Autoritá vuol dire superioritá; e I'educatore ‑ onde poter essere tale ‑deve sovrastare all'alunno per un complesso di doti di mente e di cuore, per la preparazione spirituale e irtorale, per il grado di cultura e di esperienza oceorrenti alta funzione educativa. Difatti se I'alunno possedesse anche lui un grado di perfezionamento intellettuale e Inorale, una coscienza formata, in tutto o in parte eguale a quena dell'educatore, verrebbe meno in costui ogni titolo di superioritá, cioé ogni alltoritá, quindi verrebbe ad essere, oltre che irnpossibile, anche inutile la sua opera educativa. D'altra parte l'autoritá, sia nella scuola