EL MOVIMIENTO FRANCISCANO PRIMITIVO,

LA GUERRA Y LA PAZ

Jerónimo Bórmida

 

 

 

La gente se sorprende al enterarse que la oración “Señor hazme un instrumento de tu paz”, no es de San Francisco. Porque nadie pone en duda la vocación constructora de paz del movimiento franciscano primitivo y porque la oración parece condensar maravillosamente la identidad evangélica del pobrecillo.

Teniendo en cuenta la veracidad de la percepción popular, quiero ayuda a captar la dimensión profunda de la propuesta pacificante de Francisco introduciendo una lectura crítica de los textos primitivos en confrontación con una época signada por la cultura de la guerra, por añadidura sacralizada por la iglesia.

Ante la abundancia de material, con la esperanza de ubicar mejor la propuesta franciscana en el hoy, a nivel de sociedad tomo el tema de la guerra y de la cruzada y a nivel de Francisco y su movimiento escojo los siguientes temas: el Dios de Francisco, la propiedad, el dinero, la cruzada, la comunión ofrecida a los proscritos, el lobo de Gubbio. 

I.- LA IGLESIA-SOCIEDAD MEDIEVAL

La guerra

Si no tomamos seriamente en cuenta la cultura de la guerra que dominaba la cultura feudal, al menos la cultura de las clases dominantes, pasan desapercibidos los contenidos altamente contestatarios de dichos y hechos de Francisco. Pensemos en algunos gestos significativos: una cerda que mata sin necesidad de comer (LM 8.6; 2Cel 111), un petirrojo –el “mayor”- que por gula no deja a comer a los “menores” (2Cel 47), la condena a los torneos de los nobles de Perusa (2Cel 37), el pecado de no dejar comer al hermano fuego que tiene hambre (LeyPer 87). Detrás de mucha poesía hay profecía vigorosa condenando la violencia y la prepotencia de su época. 

La propuesta franciscana de paz nace en una sociedad dividida entre los que tenían armas y los inermes. Lo importante no era tanto ser señor o vasallo, libre o siervo, económicamente rico o pobre, lo que contaba era el privilegio de portar armas. Pobre es equivalente a indefenso, el pobre es un “inerme”, un desarmado[1].

Los milites eran aquellos (pocos) que tenían el privilegio de portar armas y de mantenerse con el trabajo de los laboratores (los rustici). El binomio será completado por la clase de los oratores, gente dedicada a la religión y a la cultura, cuya función será la de legitimar a los armados, que a su vez asegurarán a los trabajadores la paz suficiente como para poder alimentar a los otros dos status u ordines.

La legitimación de las armas resultaba extremadamente fácil. Los siglos X-XIII son poco seguros, y el mero sobrevivir se hace un tarea muy difícil. Primero los bárbaros, luego los sarracenos, arruinan la economía y la cultura de Europa, especialmente la mediterránea. Bárbaros y sarracenos son precedidos, acompañados y sucedidos por aristocracias rapaces y violentas envueltas permanentemente en luchas intestinas.

La fortificación de los castillos y los monasterios son signos de que la seguridad era uno de los objetivos primarios de la sociedad feudal.

En este contexto parece lógico el nacimiento de una cultura que enaltece y sacraliza la guerra y el guerrero. Por más que la sociedad cristiana medieval ansíe la paz y adore al Dios de la paz, no tiene más remedio que construir una ética y una teología que sacraliza la guerra y el guerrero.

Tanto las incursiones de los bárbaros como la guerra sistémica de la organización feudal producen un estado de anarquía global que permea todas las clases sociales. La inseguridad hace necesaria la protección habitual de los profesionales de las armas.

Los oratores comienzan a bendecir las armas y se llega a inventar un ritual casi sacramental de ingreso al estado militar. La vela de armas y la admisión del candidato a la orden de caballería es un rito tan sofisticado como el de los grandes sacramentos de iniciación.

Si carecen de algún tipo de protección, los indefensos son incapaces de defenderse del estado de violencia endémico y generalizado que padece la sociedad. Y lo socialmente más grave: este estado de anarquía violenta hacia inviable la vida económica.

La jerarquía inventa remedios: a fines del siglo X y a principios del XI nace la pax y la tregua Dei.

La Pax Dei pone bajo una especie de tutela especial a una serie de santuarios, de hospicios, de mercados, de rutas. Se determinó que quien cometiera un acto violento en dichos lugares era pasible de excomunión. La misma pena se aplicaba a quien ejerciese violencia contra los pobres, es decir, contra los indefensos.

La tregua Dei amplía la exclusión de lugares a la prohibición de actos violentos en determinados tiempos del año y en algunos días de la semana. Se prohíbe, por ejemplo, cometer un asesinado entre viernes y domingo.

Todos los infractores de la pax y de la tregua de Dios quedaban excomulgados.

La paradoja es que el movimiento de pax Dei y de la tregua Dei eran inviables sin el apoyo profesionales de las armas dispuestos a imponer por la fuerza la paz. Estas “fuerzas armadas para imponer la paz”, resultaron ser una forma eficaz de convencer a los señores de la guerra, empedernidos infractores pacis.

La necesidad de paz, la urgencia de seguridad llevan naturalmente a la sacralización eclesial de la profesión de soldado.

En la segunda mitad del siglo XII el papa Gregorio VII, convierte al soldado en “miles sancti Petri”. Es una reconversión semántica importante. En los inicios de la iglesia se llamó “miles Christi” a un mártir, después pasa a designar a un monje, a un asceta, todo aquel que dedicaba su vida íntegra a la “pugna spiritualis”, a la lucha con el enemigo y todas sus huestes.

El miles Christi se convierte miles sancti Petri, pronto a dar su espada y su vida al servicio de la iglesia.

Estos profesionales de la guerra al servicio de la iglesia terminaron el proceso de de sacralización de las armas y de la guerra. Si en lo primordios del cristianismo el abandono de las armas era signo de conversión y condición requerida para el bautismo, en el medioevo se convierte en una de las profesiones cristianas en pro de la perfección,  siempre que las armas y el ejercicio de la guerra se haga en beneficio de la iglesia.

La nueva cultura cristiana hace posible la santificación empuñando las armas en servicio de la iglesia.

Las narraciones de apariciones, milagros por la protección de las reliquias, presencia benéfica de santuarios, milagros y portentos de los santos en medio de las batallas, son expresiones de un “cristianismo guerrero”. María aparece protegiendo al ejército de los creyentes y aterrorizando a los infieles. La madre de Jesús en compañía de Santiago y los demás santos militares del santoral romano todos en batalla, presiden al ejercito de Cristo. Una eclesiología basada en el Dios de la guerra santa del Antiguo Testamento, hace olvidar al Padre de Jesús de los evangelios.

Expresiones de los poetas de esta época traducen el sentir común: “¡Qué dulce es la guerra!”; “¡la guerra es joven y fresca!”, “¡la hermosa guerra!”. Los trovadores cantan la “alegría juvenil” de los caballeros, una especie de estado de euforia, de excitación feroz, una especie de trance guerrero casi mágico. Las canciones juglarescas loan a caballeros tan santos como carniceros. La conquista de Jerusalén parece en la trova llena de prodigios, de ángeles y santos que descienden a luchar codo a codo con a los cristianos: esta gesta termina en una masacre horrenda en la que los santos guerreros de la cruz, llorando de emoción junto al sepulcro, matan sin muchas sutilezas a judíos, musulmanes y cristianos orientales.

Este contexto da a luz la expresión máxima de la santidad militar: las órdenes religiosas militares. Estos monjes guerreros agregan a la habitual trilogía de castidad, pobreza y obediencia, el voto de guerrear para defender la iglesia. Son defensores de la empresa de Cristo.

Non militia, sed malitia, juego de palabras que emplea el dulce Bernardo de Claraval. En su Liber ad milites Templi: de laude novae militiae, Bernardo nos hace el retrato del nuevo ejército de Cristo, compuesto de monjes-guerreros, despreciadores de todo lo mundano, dedicados íntegramente a  la guerra contra los infieles, enemigos de Dios y de la iglesia.

Bernardo ridiculiza a los ejércitos seculares: fatuos, mundanos, dedicados a la guerra entre cristianos en Europa, vistiéndose y peinándose como afeminados. Los contrapone a los Templarios: viriles, rasurados, barbudos, no muy limpios, despreciando armas y vestidos lujosos, prontos siempre a sacar sus armas para matar. Cito algunos párrafos de Bernardo[2]:

Llevan los cabellos cortos, sabiendo que, según el apóstol, es vergonzoso a un hombre mantener su cabellera. Jamás se rizan; se bañan muy raras veces, dejan sus cabellos todo erizados al aire, cubiertos de polvo y negros por la cota de malla y por los vehementes ardores del sol.

Cuando están dispuestos a entrar en guerra, se fortifican por dentro con la fe, y por fuera con las armas de acero, y no doradas, para infundir, armados de esta suerte, sin preciosos ornamentos, terror a los enemigos en vez de excitar su avaricia.

Piensan más en combatir que en presentarse con fasto y pompa, y, aspirando a la victoria más que a la vanagloria, procuran hacerse más respetar que admirar de sus enemigos.

Pero, llegados a las manos, entonces ponen a un lado toda su mansedumbre ordinaria, se echan como leones sobre sus contrarios, mirando a las tropas enemigas como unos rebaños de ovejas; y, aunque muy cortos en número, no temen, en manera alguna, la multitud de sus soldados ni su crueldad enteramente bárbara.

Los caballeros de Jesucristo combaten solamente por los intereses de su Señor, sin temor alguno de incurrir en algún pecado por la muerte de sus enemigos ni en peligro ninguno por la suya propia, porque la muerte que se da o recibe por amor de Jesucristo, muy lejos de ser criminal, es digna de mucha gloria.

Por una parte se hace una ganancia para Jesucristo, por otra es Jesucristo mismo quien se adquiere; porque éste recibe gustoso la muerte de su enemigo en desagravio suyo y se da más gustoso todavía a su fiel soldado para su consuelo.

Así el soldado de Jesucristo mata seguro a su enemigo, y muere con mayor seguridad. Si muere se hace el bien a sí mismo; si mata, lo hace a Jesucristo, porque no lleva en vano a su lado la espada, pues es ministro de Dios para hacer la venganza sobre los malos y defender la virtud de los buenos.

Ciertamente, cuando mata a un malhechor no pasa por un homicida, antes bien, si me es permitido hablar así, por un malicida.

Y cuando él mismo pierde la vida, esto para él es una ventaja más que una pérdida. La muerte, pues, que da a su enemigo es una ganancia para Jesucristo y la que recibe de él es su dicha verdadera.

Es cierto que no se debería exterminar a los paganos si hubiera algún otro medio de estorbar los malos tratamientos y las opresiones violentas que ejercen contra los cristianos.

La juventud noble o rica de la época sueña con la gloria de las armas que proporcionaban seguridad, prestigio social, dinero y un buen matrimonio… y, por añadidura, la certeza del cielo si la carrera de las armas se ejerce en el ejército de Pedro. Las armas pueden conducir al joven por el camino corto a un buen matrimonio, a una buena estabilidad económica y al reconocimiento de la sociedad y al cielo. La espiritualidad de la guerra no solo era búsqueda de riqueza y buen matrimonio sino también deseos de dedicarse al servicio de Dios, espléndido y generoso Señor Feudal, al servicio de María, la Dama de los cielos, ansia de llegar a la patria divina mediante la peregrinación a Jerusalén[3]. Entramos en el tema de la Cruzada.

La cruzada

Se llaman Cruzadas a las ocho campañas de la iglesia europea con el pretexto de recuperar la Tierra Santa de la mano de los sarracenos. Su origen parece haber sido popular y se inician con la llamada cruzada de los labriegos entre los años 1095-1096[4]. Formalmente la primera cruzada la lanza el papa Urbano II el 28 de Noviembre de 1095, en el Concilio de Clermont, al grito de ¡Dios lo quiere! asumiendo la Santa Sede la organización y dirección de la empresa. Dura cuatro años entre 1095-1099

Luego se suceden, sin grandes intervalos de tiempo. 1147-1149, 1189-1192, 1202-1204, la llamada cruzada de los niños en 1202, 1218-1221, 1228-1229, 1248-1254 y la última comienza en 1270 y termina en fecha incierta. Es decir que Francisco de Asís vive en una iglesia sociedad permeada por una cultura de la guerra sacralizada.

Los historiadores por así decir “profanos” apuntan más a las razones económicas y políticas que las religiosas para comprender las cruzadas. Ponen como causas el dramático crecimiento de la población europea y la actividad comercial entre los siglos XII y XIV. Las Cruzadas han sido medios para canalizar los grandes problemas de la Europa feudal: ubicar espacios donde acomodar parte de esa población en crecimiento; dar salida a las ambiciones de nobles y caballeros; ofrecer oportunidades comerciales a los mercaderes de las pujantes ciudades de occidente. De hecho los cruzados fortalecieron el comercio de las ciudades italianas, generaron interés por la exploración comercial del Oriente y establecieron mercados comerciales de duradera importancia. La empresa del crucificado produjo fuertes dividendos en la economía europea.

El juicio, más benévolo, de historiadores católicos nos permite, en cierta medida, reeditar la visión de un fiel católico medieval y dimensionará mejor la respuesta original de Francisco de Asís en el 1200[5].

Se llama cruzada a toda guerra santa. Es decir, se parte admitiendo que hay guerras que son santas y guerras que no lo son. Santa es aquella guerra que se emprende por causa de la religión y en defensa de la Iglesia, pero en sentido estricto el nombre de cruzada se reserva exclusivamente a aquellas guerras santas convocadas y dirigidas por el Papa.

Se supone que la sociedad acepta al Papa como cabeza y jefe no solo espiritual sino también político y militar de toda la cristiandad, es decir, con capacidad jurídica para convocar una acción bélica supranacional y universal. Se entra en guerra contra un enemigo de Dios que tiene la misma cara de Europa.

Como estímulo para enrolarse en el Ejército de Jesucristo, el Papa, apoyado en la misericordia de Dios, y en la misma autoridad de los bienaventurados Pedro y Pablo, con el poder divino de atar y desatar, concede a cuantos se alisten bajo el estandarte de la Cruz[6] -el vexillum crucis o vexillum sancti Petri, estandarte de la cruz o de San Pedro- el mayor beneficio imaginable para un cristiano medieval, la indulgencia plenaria.

Esta concesión pontificia otorga pleno perdón de todos los pecados y de las penas por ellos merecidas, y da total garantía de salvación eterna, asegurando la retribución de los justos a todos los cruzados[7]. Esta gracia la reciben los que matan y mueren en la empresa del crucificado, y se extiende a todos sus colaboradores y asesores.

Para aquellos hombres de fe profunda e ingenua, en cuya cosmovisión el pecado era el centro de la historia y la perspectiva más cierta la condenación, esta seguridad del cielo tenía un enorme atractivo.

Para que una cruzada merezca el hombre de santa guerra, el enemigo tiene que ser claramente de la cristiandad, aunque no lo sean tan claramente de la fe en cuanto tal, a pesar de lo cual es definida como ejército de Jesucristo, empresa de Jesucristo o empresa del crucificado.

En la Bula de proclamación se lanzan condenas severas para los que no colaboren con la empresa del Señor nuestro Dios: responderán en juicio tremendo y con minucioso examen en el último día, pero también en la vida presente serán castigados con excomunión y entredicho, pena que alcanzaba los Cardenales que no pagasen el diezmo y a quienes conscientemente cometan fraude en el pago de contribuciones y diezmos; para los judíos que no condonen los intereses de cristianos. Las censuras eclesiásticas alcanzan quien actúe en contra de los privilegios de los cruzados, a los corsarios y piratas que impiden el auxilio a Tierra Santa, y a los que los favorecen, colaboran y comercian con los enemigos de la fe.

Añádase confiscación de bienes en beneficio de la Tierra Santa para los “falsos cristianos” que comercian y colaboran con sarracenos. Los rebeldes de la empresa del Crucificado, que no le tienen miedo a la Iglesia y sus censuras, serán entregados al poder civil, lo cual supone cárcel, tortura y muerte.

En este contexto hay que entender la propuesta de paz del movimiento franciscano de la primera hora.

II.- FRANCISCO Y LA PAZ

El Dios de Francisco

El marco cultural, ideológico y político feudal contamina irremediablemente la noción de paz y de guerra, vicia de raíz las ideas de Dios, del hombre, de justicia, de pecado, del mal y del bien: el supremo Señor feudal compromete a sus vasallos los hombres a combatir en su causa que es la de sus partidarios.

El honor de Dios Señor feudal dueño de todo lo que existe en el universo exige obediencia y sumisión. Si alguien, persona o pueblo, se atreve a combatir los intereses de Dios merece castigo y tiene que garantizar una justa reparación: el orden de la justicia tiene que ser restablecido[8].

Francisco adora a otro Señor. Dios envía a Jesús a defender a los inermes: juzgará a los pueblos con justicia, porque se ha constituido en refugio para el pobre, ayudador en las necesidades y en la tribulación. Dios es asilo y misericordia ante la inseguridad provocada por las armas (OfP Salmo 11). Dios no es el guerrero que erradica a los malos sino el protector y lugar de refugio. Dios es paciencia, esperanza, apoyo y protección desde el seno materno. La gloria de Dios es la benignidad y abundancia de su misericordia (OfP  Salmo 12).

El Dios de Francisco está en las antípodas de la justicia implacable del Dios soberano feudal, por más que Dios es fuerte, grande, altísimo, rey omnipotente (Alabanzas al Dios Altísimo). El Dios vivo y verdadero se define como el bien, todo bien, sumo bien, y es amor, caridad; sabiduría, humildad, paciencia, hermosura, mansedumbre; seguridad, quietud, gozo, esperanza y alegría, justicia, templanza, riqueza que sacia todos los deseos del hombre.

Francisco rodea a Dios de una familia semántica que lo coloca en oposición a la mística de la guerra: el solo verdadero Dios es bien pleno, todo bien, bien total, verdadero y sumo bien; es el solo bueno, piadoso, manso, suave y dulce; es el solo santo, justo, veraz, santo y recto; es el solo benigno, inocente, puro...

El Jesús en el Evangelio, el Jesús concreto e histórico que nace del texto mismo del libro concentra toda la búsqueda espiritual de Francisco y le revela la humildad y la benignidad de un Dios que abomina la guerra.

Francisco, evangélico radical, recibió de Dios mismo el conocimiento de las Escrituras, por la plenitud de la unción del Espíritu Santo, que dentro de su corazón fue su Maestro de las sagradas letras (LM, Cap. 11.2). El siervo del Altísimo no tenía en su vida más maestro que Cristo (LM, 2.1). Nadie le dijo lo que hacer, el Altísimo mismo le reveló que debía vivir según la forma del santo Evangelio (Testamento ). Toda la iglesia, desde el último de los fieles al Papa, son condiscípulos en la misma escuela. Y el Jesús del evangelio le enseña el camino de la paz.

Cuando Francisco intenta la paz en Damieta no presenta cartas credenciales para el cumplimiento de su misión evangélica, a sabiendas que su actitud pacificadora contradice las disposiciones del Concilio Lateranense IV y a las órdenes del Papa, general en jefe del ejército cristiano. Francisco sabe que no tiene ningún permiso humano para intentar la locura evangélica de la paz. Tiene el mandato y la licencia de Cristo, su único jefe y maestro.

Acudieron al cardenal [Pelayo Gaitán, legado pontificio] - y le manifestaron que querían ir a predicar al sultán, pero que no querían ir sin su permiso. Y el cardenal les contestó que no irían con su permiso ni mandato... Le dijeron que, al ir allá, no pecaría el cardenal, ya que no los enviaba, sino que sólo se conformaba con que fueran... Por lo cual les dijo el cardenal que podían ir, si así lo querían, pero que no era por su permiso (Chronica c.37)[9].

El Dios de la eucaristía, expresión máxima de la sublime humildad y humilde sublimidad de Dios, exaspera el horizonte cristológico y antropológico, y por lo tanto eclesiológico, de Francisco y de su movimiento.

¡Oh sublime humildad! ¡Oh humilde sublimidad, que el Señor del mundo universo, Dios e Hijo de Dios, se humilla hasta el punto de esconderse, para nuestra salvación, bajo una pequeña forma de pan! Mirad, hermanos, la humildad de Dios... humilláos también vosotros, para ser enaltecidos por él. (CtaO, 25-29).” 

La Eucaristía es pura presencia amorosa, alegre y sufriente y solidaria hasta las últimas consecuencias[10]. La Eucaristía es el espíritu de la anticruzada. La antítesis (la tesis contraria) del matar por la fe; es el respeto por el proceso ajeno y por el error de los demás; es el amante que sabe crecer con el ritmo del amado, acción de gracias por todo el crecimiento del ser querido, y entrega total de la propia vida, sin reservarse nada, hasta la última capacidad de sufrimiento solidario, para dar la vida por objeto del amor. Tendríamos que releer el discurso franciscano sobre la Eucaristía a la luz del Cristo desnudo en el pesebre, desnudo en la Cruz, despojado e impotente en la Eucaristía, puro acto de amor amante.

Francisco no tiene interés ni en visitar el santo sepulcro y menos en matar para reconquistarlo: le basta y sobra la eucaristía.

Escuchad, hermanos míos: si la bienaventurada Virgen es tan honrada, como es justo, porque lo llevó en su santísimo seno; si el Bautista se estremece dichoso y no se atreve a palpar la cabeza santa de Dios; si el sepulcro en que yació por algún tiempo es venerado, ¡cuan santo, justo y digno debe ser quien toca con las manos, toma con la boca y el corazón y da a otros no a quien ha de morir, sino al que ha de vivir eternamente y está glorificado y en quien los ángeles desean sumirse en contemplación! (CtaO)

La cruzada es impensable para el adorador del Dios de Jesús que se mantiene vivo en la eucaristía y en los evangelios.

La propiedad

La negación de todo tipo de propiedad, tanto personal como comunitaria, es uno de los ejes de la espiritualidad franciscana y configura la cosmovisión franciscana primitiva.

Guárdense los hermanos, dondequiera que estén, en eremitorios o en otros lugares, de apropiarse para sí ningún lugar, ni de vedárselo a nadie. Y todo aquel que venga a ellos, amigo o adversario, ladrón o bandido, sea acogido benignamente (RNb  7).

Para Francisco la propiedad está en la raíz, es causa de la guerra y sin eliminar la propiedad no es posible la paz. Así se lo manifiesta al obispo.

En cierta ocasión que el bienaventurado Francisco fue a visitarlo, el propio obispo le declaró: "Muy dura y áspera me parece vuestra forma de vida en lo que se refiere a no posee ni tener nada en este mundo". Le contestó el santo de Dios.” Señor, si tuviésemos algunas propiedades, necesitaríamos también armas para defenderlas. Pues son ellas motivo de un sinfín de querellas y pleitos, que suelen estorbar al amor de Dios y del prójimo. Esta es la razón por la cual no queremos poseer ningún bien material en este mundo». Tal respuesta gustó al obispo (AnPer  17).

Recuérdese que en el siglo XIV el papa Juan XXII condena por herejía a la Orden franciscana[11]. Según él los hermanos afirmaban que Cristo y los apóstoles no tenía derecho a poseer, o peor, no tenían ni siquiera derecho a usar, a alienar las cosas que usaban[12].

Me parece que no es posible hablar de la propuesta de paz franciscana sin tocar, a fondo y sin ambigüedades, el tema de la propiedad. Los políticos, los economistas, los ambientalistas, los pastoralistas, los científicos de todo tipo… todos los que honestamente quieran aportar en la construcción de un mundo sin guerras y en paz… tienen que comenzar por revisar a fondo la teoría y el ejercicio de la propiedad y del poder. El movimiento franciscano de la primera hora puso radicalmente en tela de juicio la voluntad dominativa del hombre, sea como persona, sea como colectividad.

Para el franciscano el hombre no tiene derecho a poseer, a manipular, a vender, a comprar, a usar, como si las personas, los animales, la tierra fueran realmente suyas.

No tiene derecho a bombardear un desierto, a hacer experimentos nucleares en el fondo del océano… No tiene derecho a quitar la vida, la propiedad más valiosa de todo ser viviente. El camino de la paz para nuestro planeta comienza cuando el hombre deja de ver el mundo como propiedad privada, como coto de caza del cual es dueño, señor, propietario hasta el grado de hacer lo que se le antoja. 

Si se quiere preservar la paz en el planeta, refórmese el sistema de propiedad.

Francisco es, indiscutiblemente hombre de paz… pero sólo entenderemos la propuesta pacificadora de Francisco de Asís si examinamos seriamente las consecuencias para el presente de su renuncia radical a toda propiedad, privada y comunitaria de las cosas creadas, animadas e inanimadas, hombres y animales, fieles e infieles.

El dinero

El primer decenio del siglo XIII está lleno de acontecimientos que convulsionan la ciudad de Asís. Guerras con otras ciudades, enrolamiento para una cruzada, guerras civiles... Hechos que no han podido ser ignorados por un hombre hecho y derecho de más de 20 años, hechos que tienen que haber jugado un rol de primera línea en la conversión del comerciante.

En noviembre de 1203 encontramos en los archivos de la ciudad un pacto de paz luego de una guerra intestina ciudadana: los populares contra los gentilhombres[13]. Ganan la contienda los hombres de bien, los hidalgos (hijos de algo o alguien) y los vencidos se ven obligados a pagar los daños y perjuicios ocasionados por la revuelta. Todo termina en un asunto de dinero.

Entre 1209 y 1210 Francisco se dirige a Roma para la confirmación de su revelación personal. En 1210 tenemos otra revuelta y se firma otro tratado de paz. Esta vez el pacto aparece firmado, el 9 de noviembre de 1210, entre Mayores y Menores de la ciudad de Asís. El partido feudal pierde la pulseada contra el partido burgués, el de los “menores”. 

En este contexto de levantamientos y revueltas civiles, el nombre de menores no significa primariamente los excluidos, los de abajo, los humildes y humillados, sino aquéllos que luchan por una sociedad nueva. Los Menores son la clase emergente, el nuevo sistema alternativo al feudal. Al llamarse menores, el grupo pasa a optar por un partido político y por una utopía política en Asís.

En este contexto el movimiento cambia de nombre: de Varones Penitentes (de la ciudad de Asís) pasan a llamarse Menores (de la ciudad de Asís). Pero a trasluz del tratado de paz se explica la reacción neurótica del líder Francisco ante el dinero. Los privilegiados que tenían dinero pudieron comprar la libertad, dejando intacto el sistema feudal para los pobres[14].

Este es el contexto inmediato de las prescripciones de la Regla No bulada. Taxativa, apenas deja algún resquicio para el uso del dinero:

ninguno de los hermanos, dondequiera que esté y dondequiera que vaya, tome ni reciba ni haga recibir en modo alguno moneda o dinero ni por razón de vestidos ni de libros, ni en concepto de salario por cualquier trabajo; en suma, por ninguna razón, como no sea en caso de manifiesta necesidad de los hermanos enfermos; porque no debemos tener en más ni considerar más provechosos los dineros y la pecunia que las piedras. Y el diablo quiere cegar a quienes los codician y estiman más que las piedras. (RNb 8). 

En el Capítulo 2 excluía el dinero del permiso para recibir parte de los bienes abandonados y repartidos por los que ingresaban a la Fraternidad, en caso de necesidad, al igual que los otros pobres. El capítulo 7 sobre el trabajo excluye el dinero como salario.

Y si en algún lugar encontráramos dineros, no les demos más importancia que al polvo que pisamos, porque vanidad de vanidades y todo vanidad.

Y si -¡ojalá no suceda!- algún hermano recoge o tiene pecunia o dinero, exceptuada tan sólo la mencionada necesidad de los enfermos, tengámoslo todos los hermanos por hermano falso y apóstata, ladrón y bandido, y como a quien tiene bolsa (es decir como un Judas), a no ser que se arrepienta de veras (RNb 8).

En Europa pululaban los recaudadores de fondos para la Cruzada, para el Santo Sepulcro, para San Pedro. En ese contexto se entiende (seguimos en el capítulo 8) la prohibición expresa de recibir ni hacer recibir, ni pedir ni hacer pedir, pecunia como limosna, ni dinero para algunas casas o lugares. Para evitar equívocos los hermanos tampoco pueden acompañar a quien busca pecunia o dinero para tales lugares. Las causas y lugares pretendidamente santos no legitimen el uso y la procura del estiércol del demonio.

Las mismas prescripciones se mantienen en la Regla bulada. Se explicita que tampoco se puede recibir por intermediarios. En el caso de los enfermos se elimina la excepción de la primera regla: dejando siempre a salvo, como se ha dicho, el no recibir dinero  o pecunia (RB 4).

Cuando Francisco oye en la misa que los discípulos de Cristo no debían poseer ni oro, ni plata, ni dinero…, al instante, saltando de gozo, lleno del Espíritu del Señor, exclamó: "Esto es lo que yo quiero, esto es lo que yo busco, esto es lo que en lo más íntimo del corazón anhelo poner en práctica". (LM 3.1) 

El amigo de Dios –dice Celano- más que todas las cosas execraba el dineroDesde el comienzo mismo de su conversión, lo menosprecia señaladamente y enseña siempre a sus seguidores que huyan de él como del diablo mismo. Este era el principio ocurrente que proponía a los suyos: que equiparasen el estiércol y el dinero en una misma apreciación y afecto.

Todos conocemos las anécdotas: el hermano simple que fue obligado a depositar con la boca unas monedas sobre estiércol de asno (2Cel 65); el dinero convertido en serpiente (2Cel 66.68), su predicación de la paz al Sultán tiene como corolario la renuncia a aceptar dinero (LM 4.7).

Los Tres compañeros (35) no cuentan cómo al obispo agradó sobremanera la respuesta del varón de Dios, que despreció todo lo caduco de este mundo, y en especial el dinero, hasta el grado, que en todas las reglas recomendó principalmente la pobreza y que fueran muy diligentes sus hermanos en rechazar la pecunia.

Sin dinero se hace imposible la guerra.

La cruzada

Los actuales historiadores católicos más críticos señalan que tiene que haber habido opiniones contradictorias entre las autoridades de la época[15]. El texto de proclamación de la cruzada en 1215 menciona a sociedades ocultas, opuestas a la Cruzada. El contexto apunta a los movimientos evangélico-pauperísticos.

Tomemos como ejemplo a los valdenses. Leen sin prejuicios el Nuevo Testamento y asumen actitudes que hoy llamaríamos resistencia pasiva, o no violencia activa. Fundados en Jesús histórico sostienen que nada legitima atentar contra la vida de otro. Dicen que los cristianos de los primeros siglos fueron perseguidos y que jamás persiguieron a nadie. Se negaban a prestar juramento y reprobaban la violencia y cualquier uso de la espada al servicio de la justicia, tanto eclesiástica como civil.

La negativa a prestar juramento ataca los cimientos de la pirámide social feudal y por lo tanto equivalía a rechazar el orden establecido. El juramento era básico tanto para la sociedad feudal como para la organización militar, y el "non iurare omnino" fue signo distintivo de los movimientos evangélicos medievales. Hay testimonios de valdenses protestando tanto contra la guerra como contra la guerra "santa", sobre todo por la cruzada[16]. Francisco se integra a esta corriente evangélica medieval que no encuentra en los evangelios justificación para la muerte violenta, ni para la guerra ni para la espada de la justicia.

Es de tener muy presente que la “Tercera Orden franciscana” continúa la tradición de negar el juramento y de portar de armas. Roma le aprueba su Propositum Vitae sin tachar de herejes a estos penitentes.

16.- No reciban armas mortales para levantarlas contra terceros ni las lleven consigo.

17.- Todos se abstengan de los juramentos solemnes, a no ser que se vean obligados por necesidad en aquellos casos exceptuados por el sumo Pontífice en su indulgencia, a saber, en casos de paz, fe calumnia, y testimonio[17].

En este contexto parece lógico que el movimiento franciscano se haya enfrentado a muchos que rechazaban la Paz y la salvación. Los hermanos no lograron ver el nacimiento de una nueva sociedad fundada en paradigmas de paz, pero, con la ayuda de Dios, muchos abrazaron la Paz de todo corazón y se convirtieron en hijos de la Paz (1Cel. 23).

En la Admonición Vª Francisco ubica la imagen y semejanza del hombre con Dios en Cristo crucificado. El hombre ha sido creado y (con)formado en la imagen del Hijo débil y crucificado. Todo lo demás o bien es imagen falsa de Cristo, o bien mata, asesina, crucifica la verdadera imagen del querido Hijo de Dios.

Para Francisco no hay lugar a dudas. El hombre sólo consigue ser verdadera imagen-semejanza de Dios en Cristo por el Espíritu si se decide a seguir tras los pasos, huellas y doctrina de Jesús crucificado y débil. Solamente desnudos y en cruz somos verdadera imagen histórica del histórico hijo de Dios.

Cuando el joven Francisco se alista en el ejército de Jesús, una visión nocturna lo enfrenta al dilema de hacer la guerra enrolado en el ejército del siervo de los siervos de Dios, o ser el jefe de la nueva milicia del Señor de la paz, Jesús. A los franciscanólogos le cuesta mucho ver a un Francisco opuesto a la Cruzada, es decir, a una guerra santa querida por Dios, y dirigida por el Sumo Pontífice[18].

Buenaventura nos dice explícitamente que Francisco llegó a ser caudillo en la milicia de Cristo y fue decorado con armas celestes selladas con la insignia de la cruz (LM. 13.10), que en el lenguaje del tiempo significaba lisa y llanamente enrolarse en una cruzada... solo que en la del Señor, no en la del Siervo. Tanto Celano como Buenaventura llaman luego a Francisco soldado de Cristo, expresión con la que san Bernardo designa a los cruzados[19].

Cuando Francisco se dirige a Roma para pedir la aprobación de su movimiento es probable que entre en juego también la propuesta de la paz... Esto explicaría el rechazo de la corte papal que nos transmiten algunas fuentes.

Una crónica nos relata que en su primera ida a Roma habría sido muy mal tratado por Inocencio III y no es de extrañar: las propuestas evangélicas de su movimiento contradecían frontalmente no solo la política papal sino el sentir prácticamente unánime de los fieles.

El Papa, después de haber considerado atentamente de un lado aquel hermano de hábito extraño, de rostro despreciable, barba larga, cabellos incultos, cejas negras y caídas, y del otro la petición que le presentaba, tan ímproba e imposible según el sentido común, lo despreció en su corazón y le dijo: “Vete, hermano, búscate unos puercos, que te asemejas más a ellos que a los hombres. Revuélcate con ellos en el barro y, consagrado como su predicador, preséntales a ellos la Regla que has preparado”

Francisco no se turbó, e inmediatamente salió con la cabeza inclinada. Tuvo bastante dificultad en encontrar a unos puercos; pero cuando por fin se topó con una piara, se revolcó con ellos en el barro hasta quedar totalmente enlodado de pies a cabeza. Reducido a este estado volvió al consistorio y dirigiéndose al Papa dijo: “Señor, he hecho tal como lo ordenaste; ahora, te ruego, escucha mi solicitud[20]

Francisco tiene que haber experimentado una enorme impotencia a raíz de la decisión del Lateranense IV de lanzar una nueva cruzada. Francisco se empeña en concretizar de algún modo su utopía de paz a pesar de que Honorio III sigue la misma conducta política de su predecesor,

El capítulo XVI de la Regla No Bulada está en flagrante contradicción con el derecho eclesiástico y con la mística de la guerra santa de toda la cristiandad por lo que es más que evidente que dicha Regla no pudo ser aprobada por Bula. Situado ante la Iglesia de la Cruzada, el movimiento franciscano hace una lectura contradictoria de la realidad y del evangelio.

El Capítulo de la misión entre infieles nos ubica claramente en la nueva perspectiva de los hermanos: no van a matar, en todo caso van a morir como testigos del un crucificado que no mata para defender su honor sino que muere por amor.

La pastoral de los hermanos entre infieles está guiada por el espíritu de la paz: se basa en la convivencia fraterna y pacífica y en la exclusión de todo tipo de agresión o litigio.

No me explico porqué los exégetas y especialistas franciscanos no perciben la violencia evangélica de la propuesta alternativa del movimiento franciscano frente a la cruzada.

En toda predicación que hacía, antes de proponer la palabra de Dios a los presentes, les deseaba la Paz, diciéndoles: "El Señor os dé la paz". Anunciaba devotísimamente y siempre esta Paz a hombres y mujeres...

Anunciar la paz es oponerse a la guerra santa y enfrentarse frontalmente tanto a la cultura dominante como a las autoridades de la Iglesia. Se puede comprender por qué

las gentes quedaban asombradas, pues nunca habían escuchado un saludo parecido de labios de ningún religioso. Y hasta algunos, un tanto molestos preguntaban: “¿Qué significa esta manera de saludar?” El hermano comenzó a avergonzarse y dijo al bienaventurado Francisco: “Hermano, permíteme emplear otro saludo”. Pero el bienaventurado Francisco le respondió: “Déjales hablar así; ellos no captan el sentido de las cosas de Dios. No te avergüences, hermano, pues te aseguro que hasta los nobles y príncipes de este mundo ofrecerán sus respetos a ti y a los otros hermanos por este modo de saludar”. Y añadió: “¿No es maravilloso que el Señor haya querido tener un pequeño pueblo, entre los muchos que le han precedido, que se contente con poseerle a El solo, Altísimo y glorioso?” (LP. 101, EspPerf. 26).

En tiempo de guerra santa la paz era muy trabajosa y peligrosa para el predicador de la paz.

Si el Papa se quiere jefe del ejército de la cristiandad, Francisco se propone ser él mismo buen caudillo del ejército de Cristo, alcanzando la palma de la victoria no mediante la guerra, sino mediante el ejercicio de las más excelsas y heroicas virtudes (LM. 5.1). Buenaventura asume los lenguajes guerreros y llama a Francisco el valerosísimo caballero de Cristo, que empuña las armas del muy invicto capitán crucificado. Pero el pobrecito no lleva el estandarte de los cruzados que están a la orden del Papa, sino que ostenta el sello del sumo pontífice Cristo, de quien mereció llevar las marcas en su cuerpo (LM. 13.9). Los estigmas son como los símbolos de una nueva cruzada y la garantía de legitimidad de su propuesta pacífica.

Los herejes

En la primera mitad del siglo XI, en 1022, el sínodo de Orleáns parece ser el primero que condena a la hoguera por el simple delito de pensar de manera diferente a la Iglesia. La preocupación constante de los sínodos a lo largo de todo el siglo XII y XIII fue poner diques a la creciente oleada de la herejía… incluso de manera violenta, usando un sistema de denuncias y mecanismos de investigación de los sospechosos poco a poco condujo a la estructura de la Inquisición. Las consecuencias para los infractores son gravísimas: obedecer o no obedecer es cuestión - literalmente - de vida o muerte.

El Lateranense IV excomulga y anatematiza a un enemigo sin rostro y sin nombre: teje con lana muy gruesa. La herejía es un movimiento clandestino, oscuro, gaseoso, la subversión se disfraza con muchas máscaras diferentes.

Las penas equivalían a muerte civil. Infamia, excomunión, entrega al brazo secular y guerra al Señor feudal negligente en purgar su territorio de la inmundicia de la herejía.

Los católicos cruzados que se dedicaban al exterminio de los herejes, gozaban de idénticas indulgencias, privilegios y subsidios de los que se dirigían a Tierra Santa.

Francisco y los suyos no tienen más remedio que tomar partido ante este tema candente en los documentos de la Iglesia contemporánea. Si la Regla no admite herejes en sus filas, los hermanos de la primera hora se niegan a ejecutar las órdenes conciliares que prescriben detectar, denunciar, perseguir a los disidentes. El combate contra los herejes, sea con argumentos, sea con cualquier otro tipo de armas, no es propio del movimiento franciscano, y la Regla lo prohíbe. Esta política franciscana está en abierta contradicción con la política oficial.

Y guárdense todos los hermanos de calumniar y de contender de palabra (cf. 2Tim 2,14); más bien, empéñense en callar, siempre que Dios les dé la gracia. Ni litiguen entre sí ni con otros, sino procuren responder humildemente, diciendo: Soy un siervo inútil (cf. Lc 17,10). Y no se aíren, porque todo el que se deja llevar de la ira contra su hermano será condenado en juicio; el que dijere a su hermano: Raca, será condenado por la asamblea; el que le dijere: Fatuo, será condenado a la gehena de fuego (Mt 5,22)( RNB. XIV ).

Aconsejo, amonesto y exhorto en el Señor Jesucristo a mis hermanos que, cuando van por el mundo, no litiguen ni contiendan de palabra (cf. 2Tim 2,14) ni juzguen a otros; sino sean apacibles, pacíficos y mesurados, mansos y humildes, hablando a todos decorosamente, como conviene. Y no deben cabalgar sino apremiados por una manifiesta necesidad o enfermedad. En toda casa en que entren digan primero: Paz a esta casa (cf. Lc 10,5). Y les está permitido, según el santo Evangelio, comer de todos los manjares que se les sirven (cf. Lc 10,8) (RNB. III ).

Hagamos un ensayo de teología narrativa para comprender mejor el tipo de eclesialidad propio del movimiento franciscano, puesto al margen, fuera, del sistema dominante.

En Montecasale los hermanos no saben qué hacer con bandidos proscritos por la sociedad y por la iglesia que comparten el mismo bosque y solicitan ayuda. La narración nos muestra la política del movimiento franciscano frente a los condenados, excluidos, proscritos, excomulgados por la sociedad contemporánea, como se comportó con el delincuente, con el marginal, con el que está fuera de los parámetros de la sociedad, con el que ataca los bienes y las mismas vidas de las personas de bien.

Los hermanos habían ido a vivir entre ladrones y bandidos y a los ojos de la sociedad eran demasiado parecidos a los proscritos. Los bandidos vivían escondidos en los grandes bosques de la provincia y hacían daño a las personas y a sus bienes. Ni la sociedad ni la Iglesia hacen distinciones sutiles entre la masa que está al margen de las leyes establecidas que regulan la sociedad teocrática. No hay diferencia de legislación y de trato para un hereje y un ladrón. Los hermanos tendrían que haberlos denunciado y entregado al poder secular.

Francisco propone algo muy concreto y muy audaz. Los hermanos tienen que conseguir buen pan y buen vino, ir al bosque, tender el mantel en el suelo, colocarle encima el pan y el vino y servirlos con gran humildad y buen talante. Todos los símbolos apuntan con claridad meridiana a la eucaristía: pan, vino, servicio de la mesa y posterior palabra. Al proscrito Francisco manda ofrecer la comunión.

El ministerio deberá ser realizado con humildad - como siervos a sus señores -, buen talante, amor caridad y bondad. Una serie de actitudes pastorales totalmente ausentes en la documentación oficial de la Iglesia contemporánea.

Por más que Francisco no manda a los hermanos a celebrar la eucaristía, no podemos ignorar la fuerza del símbolo que nos ofrece la familia semántica: mantel, buen pan, buen vino, predicación de la palabra, ministerio humilde, diligente... La mesa tendida y su carácter de celebración es demasiado evidente como para ser menospreciada.

Aquí está el nudo de la propuesta pastoral contenida en el relato de Montecasale: La excomunión no entra dentro de los horizontes de comprensión de una pastoral franciscana para proscritos sociales y eclesiales. Francisco quiere a los suyos ubicados sociológica, económica, política y eclesialmente junto a los "de fuera". Francisco no se identifica ni cultural, ni sociológica, ni económicamente con los "caza bandidos". Junto, desde la posición del bandido, Francisco le dice a los dueños de la verdad que en su Iglesia, que es la de Cristo, tampoco los proscribidores están proscritos.

Para todos, desde el lado de los proscritos, para todos sin excepción está tendido el mantel, con el buen pan y el buen vino, y con las buenas palabras de Dios.

El lobo de Gubbio

No podemos obviar el relato del pacto de paz que Francisco establece entre la ciudad de Gubbio y un lobo feroz. Las Florecillas[21] nos presentan a una ciudad aterrorizada ante las amenazas de un grandísimo lobo, terrible y feroz. La situación de inseguridad obliga a todos los ciudadanos a salir armados de la ciudad, como si fueran a la guerra.

Francisco no teme al lobo, no siente su agresión, está seguro porque no pone su confianza en las armas sino en Dios. Armado con la señal de la cruz, como un buen cruzado, sale desarmado de la ciudad. El lobo se abalanza amenazante, Francisco de defiende con la sola señal de la Cruz y lo llama hermano lobo.

La señal de la cruz pacificó al lobo feroz. Entonces Francisco, inerme, le denuncia sus violencias: hace daño en la comarca, causa grandísimos males, maltrata y mata no solo bestias sino también a los hombres, hechos a imagen de Dios. Francisco juzga la conducta del lobo y le dice que merecería la horca como ladrón y homicida malvado.

Juzga pero no condena, propone un tratado de paz. Francisco sabe que el lobo mata por hambre y promete protección y alimento si el lobo deja de agredir y matar. El lobo promete no hacer en el futuro daño alguno a ningún hombre del mundo y a ningún animal.

El hermano lobo entra a la ciudad sin temor alguno para a concluir la paz en el nombre de Dios. Convocada la ciudad, se hacen presentes todos, grandes y pequeños, hombres y mujeres, jóvenes y viejos. Francisco, entonces, denunció los pecados de la ciudad e incitó a iniciar un camino penitencial. Francisco como fiador hace que todo el pueblo prometa alimentar continuamente al hermano lobo y este, a su vez, confirma entonces el acuerdo de paz, poniendo su pata derecha en la mano de san Francisco. El lobo siguió viviendo mansamente en la ciudad hasta su muerte

Este acuerdo de paz cuenta con tres elementos constitutivos fundamentales, 1) la ciudad y los ciudadanos, 2) el bosque y el lobo, 3) el mediador entre ambos opuestos. La paz se establece entre opuestos: ciudad y la selva, el orden y el caos, la luz y las tinieblas, la civilización y la barbarie, el cristianismo y el paganismo, el capitalismo y el comunismo, la noche y el día, el carisma y la institución… no sigo, podemos continuar enumerando las oposiciones maniqueas que legitiman la guerra.

El orden divino de la ciudad tiene que ser preservado ante el desierto-selva desorganizado y plagado de demonios. La ciudad y todo lo que está en sus márgenes, el sistema y todas las marginaciones imaginables. La ciudad de Gubbio es el esquema mental, la ideología imperante, rodeada de defensas implícitas y explícitas: se levantan muros y se crían perros, se levantan murallas basadas en los prejuicios y el terror.

El lobo es la imagen arquetípica de todos los enemigos del sistema, ideologizado hasta la demonización: en el relato se presenta como grandísimo, habita en lugar tenebroso y no conocido un bosque caótico y no dominable.

Entre ciudad y lobo no cabe el diálogo, sólo es posible el enfrentamiento y la defensa: sólo hay que salir de la ciudad armado, nunca en solitario, porque solo y desarmado se sucumbe al otro sistema.

Entonces aparece el intermediario, Francisco de Asís. Este conoce la ciudad porque poseyó el esquema mental burgués, adhirió a la ideología dominante, pensó y actuó según la ciudad.

Pero también conoce el bosque: salió del siglo y se fue al margen del sistema. Sabe que el bosque no es caos, sino otro sistema, es un orden alternativo, no un desorden.

Por eso está capacitado para iniciar el proceso de diálogo. En primer lugar sale en busca del lobo, no se queda dentro de los muros, y sale sin armas, ni perros, ni defensas, sin miedos, ni prejuicios, habla el lenguaje del otro, en la guarida del enemigo.

Pero para conseguir la paz comienza por desmitificar todo el sistema con la señal de la Cruz: la cruz es el anti-sistema, es el paroxismo de la anti-lógica, pacifica con sus brazos los opuestos. Francisco desdemoniza el lobo y la ciudad con la palabra hermano: el lobo no es sino un pequeño animal que tiene sus razones para matar. Tanto el lobo como la ciudad son tanto pecadores como buenos.

Una vez desideologizada (desidololizada) tanto la realidad del lobo y el bosque, como de la ciudad y sus habitantes, Francisco intenta hacer un pacto social: no se casa con ningún sistema y en ambos denuncia el pecado existente.

Luego hace un pacto con cláusulas bien concretas: no agresión, comida asegurada. El resultado es una ciudad convertida en bosque y un bosque seguro como una ciudad, siempre que se mantengan las condiciones para la paz. El pacto no alcanza a todas las ciudades y a todos los bosques de todos los tiempos. Francisco mismo no tuvo tanto éxito en hacer las paces entre él y su hermano asno, como tampoco lo tuvo en la cruzada entre el sultán y el ejército cristiano. Algo más logró en la ciudad de Arezzo (2Cel 108), y entre obispo y podestá en Asís (LeyPer 84).

III.- HOY

No pretendo terminar con un discurso moral ni con recomendaciones económicas o planteamientos políticos. Espero haber contribuido a comprender mejor la portada de la propuesta franciscana de paz.

La paz franciscana, diría evangélica, pasa por construir otra imagen de Dios, por revisar el tema de la propiedad, por transformar radicalmente el manejo del dinero, por negar la vía armada y el uso de la fuerza como remedio de los males de la sociedad, por afirmar incondicionalmente la vía del diálogo con el distinto como único camino posible para un mundo seguro y en paz.

La propuesta franciscana desdemoniza al enemigo con el signo pacificador de la Cruz de Cristo desnudo.  

Montevideo, Mayo 2002


 

[1]    Puede verse, si se quiere ampliar el tema: F. Cardini, Il guerriero e il cavaliere, En Le Goff, lL’uomo medievale, 1997  81-123, Ph. Contamino, La guerre au moyen‑àge, PUF, Paris 1980 (trad.it., La guerra nel Medioevo, Il Mulino, Bologna 1986)

[2]    San Bernardo: de la excelencia de la nueva milicia; Obras completas. B.A.C.

[3]    Recuérdese el sueño del palacio lleno de escudos con el distintivo de la Cruz. La voz le interroga si quiere servir al Señor (Jesús) o al Siervo (de los siervos de Dios, el Papa). Buenaventura (LMen 1,3) hace decir a la visión: se le prometió y se le aseguró con toda certeza que todo cuanto había contemplado en aquella visión sería suyo y de sus caballeros si es que enarbolaba con firme decisión el estandarte de la cruz… que fue más bien la anticruzada.

[4]  Para completar estos temas puede verse BÓRMIDA J, Datos históricos para una eclesiología Franciscana, Montevideo, 1998

[5]    Los datos y juicios que siguen a continuación están entresacados de LORCA, GARCÍA VILLOSLADA, MONTALBÁN, Historia de la Iglesia, II, B.A.C., 1963, 3ª edición.

[6]    Baiulum crucis: en la Admonición Vª Francisco usa el verbo baiulare, y dice que solamente nos podemos gloriar en llevar este estandarte en la debilidad e impotencia del crucificado.

[7]    Recuérdese que el requisito es la confesión y comunión previa. Se confiesa y comulga con el propósito de matar morir.

[8]    Véase como ejemplo arquetípico el “Cur Deus homo”, de San Anselmo. Se lo puede encontrar en las obras completas de la B.A.C.

[9]    Cuando Francisco vuelve a Europa, habiendo visto que el Sultán era un hombre de paz, que proponía un canje de Egipto por los lugares santos de Palestina, que los cristianos están ilusionados con la victoria y que no se conforman con el santo sepulcro que pretextaba la Cruzada… Francisco predice la derrota y no para de llorar. Me parece su llorar puede ser una enfermedad de los ojos, pero que fue producto de la angustia al no poder soportar la decepción ante la mentira de la empresa del crucificado.

[10]   Cf. La Carta a un Ministro es un ejemplo de la exclusión de la violencia, de toda imposición de la verdad moral o doctrinal por la fuerza. Leída esta carta en el contexto eclesiológico y cultural de la época es impresionante.   

[11]   Me remito a mi libro La no propiedad. Una propuesta de los franciscanos del siglo XIV. Montevideo, 1996

[12]   Juan XXII, Cum Inter nonnullos, 12 de noviembre de 1323. BF V, 256-259.

[13]   Boni homines y homines de populo.

[14]   Cf. Bórmida J., Lectura de Textos franciscanos primitivos. Introducción al método y análisis de textos. Montevideo, 2000 128-134

[15]   Dizionario francescano, ed. Messagero, Padova 1983, voz "Saraceni", p. 1654

[16]   MOLNAR A., Historia del Valdismo Medieval. Buenos Aires 1981, 161 Cf. COMBA E., Histoire des vaudois. Prémiere partie: De Valdo à la réforme, París-Lausana, Florencia, 1901,  251,

[17] Memoriale Propositum, 1215.

[18] Juan Pedro Olivi tiene un texto muy iluminador. Cree que la indulgencia de la Porciúncula sea histórica por el simple hecho que va contra los intereses de la Cruzada. Quaeritur an sit conveniens credere indulgentiam omnium peccatorum esse data in ecclesia Santa Maria de Angelis, in que procreatus est ordo Fratrum Minorum. l.‑ Et quod non videtur. I Primum quod hoc impediret maius bonum, scilice passagium terre sancte. Ex quo enim citra mare cum minoribus laboribus et periculis posset hujusmodi indulgentia ab omni culpa et peccato generaliter obtineri, pauci curarent por hac causa locum terre sante juvare sive adire.

[19]   1Cel. 103. ...como peritísimo caballero en las milicias de Dios, desafiaba al adversario para reñir con él nuevas peleas. Se proponía llevar a cabo grandes proezas bajo la jefatura de Cristo.

[20]   Crónica de Rogelio, muerto en 1236 Ver el Texto en las Fonti Francescane, Nº 2285 Ver también allí un agregado a la Leyenda Mayor de San Buenaventura Cap Iº 9a FF. 1063.