Minoridad y Solidaridad en y desde América Latina

JERONIMO BORMIDA OFM, cap.

Una opción desde lo sociológico

Los acontecimientos se leen siempre desde una perspectiva unificadora, portadora de sentido globalizante. Aunque reconocida como portante y operante desde el inicio de todo el proceso, tal perspectiva sólo es proclamada y entendida como tal al final del proceso acabado. Es lo que da unidad lógica o simbólico-mítica a la historia narrada. Lo que convierte a la historia en historia, o si se quiere, en revelación. En la sucesión de aconteceres, mirados a la distancia, con la visión tranquila y englobante del que logró un objetivo, un hecho parece resumirlo todo; un suceso sintetiza el camino recorrido y da comienzo a todo lo nuevo. Objetivamente, desde el logos, tal relectura histórica puede ser tachada de subjetiva, que los actos puntuales sólo. son significantes en cuanto integrados a una cadena, unos son tan importantes e imprescindibles como los otros...

Al releer la opción fundamental de Francisco de Asís los biógrafos tienden a insistir en los tópicos remarcados por el actor de la historia. Innegable que fue el Señor que lo condujo. Que nadie le reveló lo que tenía que hacer una vez que el Señor mismo le regaló hermanos. Nadie fuera del mismo Señor, de quien nadie puede siquiera hacer mención, fuera del único altísimo Señor. En esa conducción divina, un hecho que marca el "antes" y el "después". Desde entonces todo fue distinto, nada fue igual. Un leproso, que se quiere imagen algo fantasmagórica del Cristo glorioso, constituye el umbral entre dos mundos interiores donde lo dulce y lo amargo se trastocan.

La clave interpretativa integra, da sentido..., pero no elimina los acontecimientos. Me parece abusivo, de ahí en más, hablar en términos de sobrenaturalismos y naturalismos, de esfera de lo divino y esfera de lo profano. El medioevo, teocracia como pocas, imbricador por excelencia de lo humano con lo divino, nos impide tentar una descripción de la opción de Francisco de Asís que divida lo religioso de lo sociológico. Sería falsear de cabo a rabo la perspectiva de la época. Reducir el proceso individual de conversión a una conducción abstracta del Señor, guía teórica que lo conduce a la experiencia de un hecho repentino, casual, único..., es no haber nunca experimentado personalmente ningún camino de conversión..., o no haber simplemente nunca realmente vivido..., y, sin duda, no conocer críticamente literatura hagiográfica.

De hecho, Francisco de Asís fue madurando lentamente su opción en el ámbito sociológico- político-religioso-económico-cultural, unida en una sola e indivisible realidad medieval. Es el mundo del comercio, del dinero, de la vida fácil, de la diferencia brutal de clases sociales, de contacto diario y directo con el hambre, la miseria, el sufrimiento. Son los sueños de nobleza y caballeresca hidalguía, la realidad desnuda de la guerra en nombre de no se sabe nunca qué dios ni qué amo y menos de qué pueblo. Es el asco progresivo que se va convirtiendo en un gran hastío, vaciedad de sentido, ausencia de proyecto.

Supera ampliamente los objetivos del presente trabajo corroborar científicamente la intuición que creemos válida. Es reto impostergable para quien quiera hacer una relectura honesta de la opción de Francisco de Asís, que tenga, además, sentido y vigencia para América Latina. Su minoridad no puede jamás reducirse a una dimensión del espíritu y a una actitud humilde y virtuosa ante Dios y ante los hombres. Y más aún: tal actitud de espíritu, ciertamente totalizadora de la personalidad del santo "pobrecito" y debe ser de su poco pobrecita familia, sólo se entiende, porque solo se engendra y solo se realiza, en y desde una opción socio-económico-política de minoridad.

Ser "menor" supone haberse adquirido un habitat propio, peculiar. Lugar bajo el sol donde uno se sienta como pez en el agua: el menor está alegre en la convivencia con personas viles y despreciadas, con los pobres y flacos, enfermos y leprosos, con los mendigos de los caminos (1 R 15).

En este contexto social y opcional, todas las demás prescripciones de la primera Regla aparecen claras y diáfanas. No necesitan ninguna aclaración "espiritual", el mandato de comer lo que uno tiene delante. Que cuando la necesidad aprieta, hay que aguzar el ingenio para proveerse como el Señor buenamente dé a entender, que la necesidad no está sujeta a Ley (IR 15). La "forma de vida" de los franciscanos ha de ser una vida "como la de los otros pobres" (IR 2).

Realmente que sólo desde el abandono ideológico (¿ingenuo?) de esta perspectiva sociológica es necesario armar un imponente edificio hermenéutico para interpretar la Regla. Si todos sabemos bien cómo gobiernan los príncipes de este mundo, lo que significa en concreto el vasallaje y el poder y mando de los principales de la sociedad; si todos sabemos bien, por ciencia y experiencia, el contenido de la opresión de los poderosos..., entonces es fácil, muy fácil, entender cuál es el alcance de la afirmación, mandato, exhortación de hacer los hermanos exactamente lo contrario (IR 5).

Los hermanos sabían (y sabemos) muy bien dónde viven y cómo visten y qué medios gastan los ricos de este mundo. Muy simple aún para las entendederas de los analfabetos del tiempo: los hermanos no viven en palacios, no alternan habitualmente con la nobleza, su mismo vestido los identifica con determinada clase social (IR 2).

Esta identificación puede resultar peligrosa y sobrevenir lógicamente la tentación de acomodarse a la estructura socialmente impuesta. Los hermanos, lejos de desanimarse porque sean llamados hipócritas, deben seguir haciendo y viviendo el bien. Hacer el bien... es hacer lo contrario del mal que hacen, de la mala vida que llevan, los poderosos de este mundo.

La forma de vida propuesta por el Señor a Francisco y a sus seguidores voluntarios, en principio también guiados por la divina inspiración (IR 2), está lejos de ser una vida en el espíritu conformada por virtudes atemporales. Es invitación a tomar posición entre las clases sociales de este mundo presente. Que no es mera disposición interior el mandato que exige la venta real y la no menos real distribución de todos los bienes. No es mera virtud la prohibición de tener caballería, o el mandato de trabajar con las propias manos en cualquier trabajo honesto y salubre. Es ubicación externa en la sociedad: entre los últimos de los obreros concretos del lugar donde se tenga que trabajar por haber podido, allí, encontrar trabajo. Que no se habla del espiritual trabajo en favor de las espirituales almas de los piadosos fieles. Es cuestión del vulgar trabajo que permite ganarse el pan de cada día (IR 8, 15).

La limosna no es virtud a adquirir o simple ejercicio ascético para humillación del soberbio. Es mera necesidad si se quiere subsistir en una sociedad con grandes masas desempleadas y, en el mejor de los casos, mal pagadas. Si se logra trabajar como asalariado, con mayor demanda que oferta, el sueldo no alcanza para comer. Ubicados sociológicamente, y sin olvidarse que conducidos allí por el Señor, en la clase social más baja, por más que uno quiera contentarse simplemente con tener con qué comer y con qué vestirse... (IR 9), la limosna será la única herencia y la justicia que se debe a los pobres, la cual adquirió Jesucristo (1 R 9).

No es fácil transferirnos al medioevo. Por una parte, lo que estamos diciendo exige un salto cualitativo casi imposible para el primer mundo opresor, al cual está integrada la Orden del primer mundo. Y en la hipótesis de entender vivencialmente lo antedicho, no es tan simple la transposición de nuestros conceptos de clase a los status u ordines medievales. De todos modos nos parece hoy claro que el "salir del siglo" de Francisco y los suyos no puede, sin caer en el absurdo, ser entendida en sentido meramente espiritual, ni ser confundida con la fuga mundi monacal. El claustro franciscano es el mundo, según la frase magistral acuñada por el Sacrum Commercium. Salir del siglo será, pues, estar presente de un modo nuevo en este mundo. Será romper sociológicamente con todo el andamiaje social de la época. Es salirse de la estructura global de la sociedad para proponer una verdadera alternativa social. Optar, entre los diversos "ordines", por el de los menores podría haber significado ubicarse en la ínfima escala social. Como los valdenses, los franciscanos podrían haber elegido la pertenencia a un gremio o artesanato pobre... Pero se opta por los que no cuentan en ninguno de los esquemas sociales: no están señalados en diagramas o estadísticas. No existen, ni siquiera como número. Leprosos, mendigos, los que están "extramuros", sin ningún derecho ciudadano.

La actitud de Francisco con tal "salirse del siglo" significa lisa y llanamente que la sociedad de la época no puede ser reformada. Tiene que ser rehecha desde los cimientos. Y sólo puede ponerse como cimiento lo que está más abajo: los abandonados, los pobres, los flacos, los leprosos, hay que volver a elegir la piedra angular que fuera rechazada por los arquitectos fallidos de la actual sociedad.

Galimatías para muchos hermanos y hermanas bienpensantes. Que sólo puede ser entendido por quien haya adquirido los ojos del pobre, por haber optado sociológicamente por el pobre, y experimentado, por ende, lo que la pobreza implica. Y no la pobreza mística, y menos la canónica, sino la real y concreta de los pobres. Y como del dicho al hecho... hay mucho trecho, si aún nos encontramos en la época de las largas polémicas verbales sobre sentido, alcance, peligros y otros etc. ... del cómo y del cuándo..., es que aún estamos en el terreno del dicho.

Implicaría esto el reconocimiento de que los hermanos de la Orden no llevamos vida en penitencia, que caminamos día tras día tras la mala concupiscencia y los malos deseos de la carne, y que no guardamos lo que prometimos al Señor, y que servimos corporalmente al mundo con los deseos carnales y afanes del siglo, y con las preocupaciones de esta vida... Aunque no somos tan necios como para negar que la Orden posee demasiados bienes o como para negar que no estamos sociológicamente entre los pobres de América Latina, me parece que andamos aún preocupados por muchos afanes que nos hacen ciegos, apresados por el diablo, cuyos hijos somos, y cuyas obras hacemos, imposibilitados de ver la luz verdadera que es Jesucristo (2Cta F 1-7).

Por el diablo o por el capitalismo, pero estamos apresados, cegados, haciendo sus obras, porque hijos suyos y hechura de sus manos. Hacer un simposio sobre minoridad y otras yerbas casi suena ya a farsa, sátira, risa de la pobre gente menor y pobrecita. Para entender esta intuición sanfranciscana..., sólo vale el camino de la experiencia sanfranciscana real.

En algún diccionario pude leer, alguna vez y con rabia, entre otras, la acepción de "mugriento" aplicada a la voz "capuchino". Sólo entendí la justeza histórica del término al convivir un tiempo con novicios ubicados en zona marginal donde el agua llegaba una o dos veces por semana y no precisamente en abundancia. Una opción sociológica actual hacía de nuevo patente el sentido histórico de una adjetivación ubicable en otra opción sociológica. La solidaridad no es una palabra. Es un hecho. Y no es fácil ser un "solidum" con los pobres de América Latina. Es más bien peligroso.

Una opción desde lo Eclesiológico

Esta opción en el campo de lo sociológico tendría que haber significado en el caso de Francisco y los suyos un salirse de la Iglesia. Es el caso análogo de otros muchos movimientos laicales de reforma en la época: salir "del siglo" suponía también salirse de una iglesia crasamente identificada con el siglo. Ni el magisterio oficial y solemne del tiempo lograba establecer una división aunque no fuera más que teórica entre Iglesia y Sociedad. Ni pensar en que la gente simple logrará entender que salirse de la sociedad para formar otra alternativa no suponía también un rompimiento con la Iglesia. La religión del Rey era religión del pueblo, según célebre aforismo.

Optar por la Iglesia podría suponer una opción contra el Emperador, y viceversa. Claro que optar por la Iglesia suponía, sin lugar a dudas, estar contra el musulmán, en guerra con él, porque en guerra con el enemigo de Cristo estaba el Emperador Cristiano, los reyes cristianos, los nobles cristianos, la gente cristiana, el papa, obispos y cristianos. Defender la cabeza visible de la Iglesia suponía cortar muchas cabezas, también visibles. El pobre de Elías sufrió en carne propia las vicisitudes de este equilibrio de opciones.

Así como podríamos afirmar que San Francisco no toma partido "dentro" de la sociedad, así diría que no lo toma "dentro" de la Iglesia.

El gusta de las pobrecitas iglesias de este mundo, no de catedrales y basílicas. Su morada y su oración no la realiza habitualmente en los lugares propios de los poderosos y ricos de este mundo, háblese de palacios de prelados eclesiásticos como de potentados de este mundo. Francisco sueña con una iglesia pobre como las capillitas que repara. La casa de los hermanos así como las iglesias de los hermanos son las casa-iglesias del pobre. No creemos necesario recorrer nuevamente un conocido itinerario espiritual marcado por San Damián, cuna de su conversión, la Porciúncula, cuna de la Orden, Santa María Magdalena, cuna de la Regla... Iglesitas donde los pobres tienen su morada, donde se sienten en su propio hábitat, donde no caben las jerarquías celestes ni terrestres. Donde el uno está obligado a estar cerca del otro, solidario por cercanía con los otros. No me parece que se coloque en perspectiva totalmente correcta a la dama pobreza de los sueños de Francisco de Asís. Dama pobreza es la Iglesia soñada por Francisco: pobre y desnuda, pueblo de pobres, seguidora del Señor pobre y de su Madre pobre.

El magisterio reciente ha demostrado preocupación por la así llamada "iglesia popular" o "iglesia que nace del pueblo", haciendo precisiones terminológicas, dogmáticas, disciplinares legítimas..., teóricamente inocuas. Pero uno no puede menos que sospechar (por usar un eufemismo) otros intereses y otras preocupaciones que no las confesamente dogmáticas en una Iglesia que no siempre se presenta como muy popular. Es lógica la preocupación ante una iglesia que surge sin control del gobierno eclesiástico. En la Iglesia de hoy y en la Iglesia del siglo XIII, Francisco de Asís, con su experiencia y sus opciones puede enseñarnos más de lo que podríamos suponer.

Francisco de Asís, reiteramos, no establece el terreno de conflicto ni al interior de la estructura social ni al interior de los mecanismos de poder eclesial. Lo hubieran hecho pedazos. Pero lo que vuela en pedazos es otra cosa al interior de su fraternidad fermental de pobres y analfabetos rejuntados con ricos y letrados. En su iglesia de pobres por opción localizada entre los pobres por situación, el Ministro General es el Espíritu Santo, y éste no hace acepción de personas, y reposa por igual sobre ricos que sobre pobres, sobre sabios que sobre ignorantes. No hay, en la Iglesia de Francisco, ministerios exclusivos.

La Iglesia-sociedad del tiempo distinguía en su seno tres clases diferenciadas con misión propia y permanente: oratores, bellatores, laboratores. En el mundo existe el clero, el ejército, los obreros. Claro que los ricos no estaban entre los obreros. Al menos hasta que los burgos comienzan a romper el sistema vigente. Francisco, al interior de su iglesia, en la semilla de iglesia soñada, rompe con esta división del trabajo.

Primero elimina la categoría de bellatores. En su mundo-iglesia no hay ejércitos. Su iglesia pobre, que no quiere bienes y que rechaza de plano la propiedad privada, no tiene motivos para luchar y no necesita armas para defenderse (TC 36). Su sacramento de iglesia no discute ni teóricamente ni prácticamente la legitimidad de la guerra, aunque ésta se autodenomine santa y sea predicada por el mismísimo vicario de Cristo en la Tierra. No entiende la guerra, ninguna guerra, porque no la necesita. En plena cruzada impondrá el mandato de no armar pleitos ni contiendas entre musulmanes: Francisco y los suyos no tienen bienes que defender en Europa. Pero ello se extiende a la misión en países cristianos: no se debe litigar de palabra contra los herejes, y menos, claro, usar contra ellos el garrote. En una Iglesia especializada en la polémica doctrinal y en la lucha armada contra herejes y otros enemigos Francisco ve con claridad meridiana la peligrosidad de confundir los enemigos de la fe con los enemigos de los bienes eclesiásticos. Bienes no muy espirituales, claro... Dama pobreza es la imagen de otra Iglesia, sin bellatores. Sin ejércitos ni armamentos, porque sin propiedades que defender.

Eliminados de la iglesia-sociedad los ejércitos, Francisco recompone la trilogía con la misión de predicadores. Arduo el trabajo de precisar entonces exactamente el contenido de cada uno de los tres términos. Lo indudable es que para la Iglesia de Francisco los tres oficios, servicios, ministerios, no son propiedad exclusiva de nadie, ni de ningún grupo. En medio de una legislación canónica que prohíbe con progresiva fuerza la predicación y otros oficios ordenados a los laicos, dejando para ellos el rudo trabajo para alimentar a los clérigos, Francisco sueña con una iglesia donde todos y cada uno son a la vez alternadamente, según inspiración del Espíritu y mandato de la fraternidad, obrero, predicador, orante. Ningún hermano podrá apropiarse de ningún oficio. Antonio, el portugués, es para Francisco el ideal de obispo de su nueva Iglesia. Un doctor que lava platos y no tiene vergüenza en predicar cuando se lo piden.

Opción desde una cristología

No queremos discutir estérilmente acerca de precedencias cronológicas y ordenamientos lógicos. Si Francisco primero descubrió a un Dios pobre y a su Madre pobre, y eso lo condujo entre los pobres a vivir como pobre. Si, al contrario, el punto de partida fue la experiencia de la pobreza, el aprendizaje paulatino de la vida del pobre hasta el climax del leproso, lo condujo al descubrimiento de una cristología encarnatoria y con fuertes acentos kenóticos. Si la solidaridad teológica con el Cristo descubierto en los evangelios lo condujo a la solidaridad sociológica con el mundo de los pobres, o si fue ésta la que lo hizo permeable al verdadero rostro del Cristo de los evangelios... Me parece que las biografías, ya relecturas, nos permiten legitimar las dos opiniones. Pero creo poder hacer dos precisiones.

La primera: lo que damos en llamar espiral hermenéutica. La Iglesia del Vaticano I gastó ríos de tinta y mucha materia gris intentando convencer al racionalista. Pero no era la mente del racionalista la que está sola ni principalmente en juego. Era todo el racionalista el que debía convertirse. Y con racionalista (lo que decimos es válido para los seguidores de todos los "ismos", catolicismo inclusive) entendemos el mundo, la sociedad, la familia, la naturaleza del racionalista. Era todo el entorno creado por "ismos" de los "istas" el que estaba pudriéndose y necesitando conversión.

Dicho de otro modo: si alguien no cree en la virginidad de María, ha de preguntarse ante todo por su vida de castidad. Si alguien no entiende el evangelio de la pobreza feliz, es porque es rico. Si alguno no capta el significado de "felices los perseguidos", es porque es perseguidor .... Quién lo pasa bien, no llora... ¿qué va a entender?

Segundo: más allá de toda discusión, Francisco de Asís tiene una imagen muy precisa de Cristo. Pobre, desnudo, hijo de Madre pobre. Esta profesión de fe está acompañada de un estilo de vida. Sin discutir por la procedencia y consecuencia. Ambos aspectos son inseparables.

Los vestidos lujosos de este mundo impiden usar luego las vestiduras del Reino de Dios (IR 2). Por eso aspiró seguir desnudo al desnudo y no necesitó muchas cosas, ya que conocía y le bastaba para todo, a Cristo pobre y crucificado (2C 105). En el pobre veía el espejo del Señor pobre y de su madre pobre (2C 85), llenándoseles los ojos de lágrimas en la contemplación de la Virgen pobrecilla que no tenía donde dar a luz a su Hijo (2C 200). El Anónimo de Perusa afirmará que fue el descubrimiento de Cristo, un Dios pobre, el que condujo a Francisco por el camino recto y estrecho, por lo cual nunca quiso poseer oro, plata, dinero o cosa alguna (AP 8).

¡Cuán santo y amado es tener un tal hermano y un tal hijo agradable, humilde, pacífico, dulce, amable, y más que todo deseable...! Ese Dios que no sólo es padre y esposo: es también hermano e hijo, es el enviado por el Altísimo Padre desde el cielo al seno de santa y gloriosa Virgen María, y en su seno recibió la carne verdadera de nuestra humanidad y fragilidad. Sobremanera rico, quiso escoger, junto con la bienaventurada Virgen, su Madre, en el mundo, la pobreza... (2CtaF 4-5).

Invitaría a leer y releer el Oficio de la Pasión en compañía de Aquél que "reinó sobre el madero" y a la luz del sufrimiento solidario de Cristo con el mundo de los pobres de su época, y en solidaridad afectiva -si posible también efectiva- con el mundo de los pobres de todas las épocas y de aquellos más cercanos a nosotros. La admirable recomposición de salmos hecha por el pobrecito de Asís me parece sólo plenamente comprensible en cuanto crucificado él mismo en la cruz de los pobres contemporáneos y elevando su oración al Padre del crucificado. Que el salmo es la oración del pobre que clama porque no tiene defensor. Si pertenecemos a una Orden social e ideológicamente localizada del lado y entre los hombres de las clases dirigentes no nos servirá de mucho la lectura del Oficio de la Pasión, aún gastando en ello mucho tiempo, método, esfuerzo y paciencia para imaginarnos y reproducirnos al torturado del Gólgota. Y sería muy fácil, evidente, el rezo solidario de esos salmos en la contemplación y compasión de los torturados de hoy.

En esta cristología de Francisco hay un dato que nos resulta curioso. No hace mención a Jesús trabajador. Privilegió, por el contrario, una imagen muy poco fundada en el Jesús histórico. El es el gran limosnero que nos lega como herencia y como justicia, que se debe al pobre por opción y situación, la limosna, denominada "mesa del Señor".

A pesar de que Francisco estructura su Orden como de trabajadores que se ganan el sustento con el sudor de su frente y sólo en caso de necesidad recurren a la mendicidad. Mal llamada mendicante, su Orden, sin embargo, no recurre para sí y para los suyos a un oficio específico que los distinga y provea de sustento seguro. Algunos movimientos pauperísticos elegirán, por ejemplo, el artesanato del telar, que les permite total movilidad y creación de centros un poco por todas partes donde los itinerantes recalan y trabajan en el oficio propio del movimiento. Los hermanos menores no tienen oficio propio: no son predicadores como los hijos de Santo Domingo. No son religiosos, ni canónigos. No se identifican como grupo con ninguno de los gremios o artes de la época. Cualquier oficio es bueno con tal que sea honesto, salubre, no implique presidencia o apropiación del mismo.

En una pretendida observancia literal del evangelio y un seguimiento fundamentalista de Jesús, Francisco podría haberse visto tentado por la fundación de una Orden de carpinteros. O de pescadores de hombres, como los demás clérigos y religiosos. Pero, para él, seguir las huellas y doctrina de Jesús implicaba ante todo y sobre todo solidaridad con los de más abajo, con aquellos que en su sociedad no entraban siquiera en la nomenclatura de la escala social. Ser carpintero o predicador, o tener cualquier otro oficio es haber adquirido un status social. El seguimiento de Cristo, el desnudo, implicaba mucho más. Era ser menos que obrero. Es construir otra Iglesia desde la nada del vaciamiento de Dios.

Concluyendo: sólo una imagen peculiar de Cristo puede permitirnos entender cabalmente la opción sociológica y eclesial de Francisco de Asís. Pero esa Cristología no puede siquiera barruntarse sino desde la opción socio-eclesial de Francisco de Asís. Sólo efectivamente desnudo uno mismo, deja de tener vergüenza en el seguimiento de otro desnudo.

El núcleo de una espiritualidad

Entendemos por espiritualidad un sistema simbólico, constelación de sentido desde la cual se entiende un grupo a sí mismo, a los demás, al cosmos, a la historia, a los individuos, á Dios, con toda la trama de interrelaciones que esto supone. En esta constelación simbólica hay soles y hay planetas signitivos. Elementos que nuclean, proporcionan dirección, contenido a muchos otros asertos teóricos o vitales que aparecen como dependientes.

La pobreza no está, a mi entender, entre los soles simbólicos del franciscanismo. Sí, y seguramente, los pobres. Cristo pobre, su Madre pobre, y los pobres de este mundo. Pobreza será "dama" pobreza, Iglesia concreta que él va formando a su alrededor, nunca abstracción, sino realidad soñada y progresivamente vivida. Conocida por los mendigos de los caminos y descubierta por el grupo de Francisco.

Pero, más aún que pobreza real y encarnada en pobres concretos (Jesús, María, mendigos, leprosos), hemos de recurrir a otra palabra clave traducida en leyes, actitudes, forma de vida. La no propiedad o no apropiación. Curiosamente en su magistral definición de su intención como "vida del evangelio de Jesucristo" todo parece conducir al mandato de vender todo y darlo a los pobres, negarse, abandonar todo... Desapropiación total y radical. La no propiedad engloba castidad y obediencia. Basta leer el prólogo y primer capítulo de la Regla no Bulada para entender que la nopropiedad es el concepto clave que permite entender todo lo que sigue en la forma de vida de Francisco y sus hermanos.

Nada tenemos en propiedad privada sino nuestros propios vicios y pecados. Todos los bienes y beneficios gratuitamente son concedidos por Dios que nos ama a nosotros miserables, desdichados, podridos y hediondos, ingratos y malos. En realidad lo único que tenemos en propiedad regalada es al mismo Dios, todo bien, sumo bien, bien total, que sólo es bueno. Fuera de Dios poco más hace falta, que teniendo con qué vestirnos y qué comer, ya es suficiente. El resto, todo honor, toda honra, toda gloria, toda bendición, todos los bienes... hay que restituirlos al dador de todo bien. Sólo así poseeremos al único bien que importa y que, sólo, basta para todo. Ninguna otra cosa es necesaria de todo el mundo, que teniendo con qué comer y cubrirnos... No hay que llevar nada para el camino, sólo aceptar moradas e iglesias pobrecillas que de ningún modo y bajo ningún pretexto pueden ser apropiadas: ni lugar, ni nada, ni nadie en este mundo. El hermano tampoco puede adueñarse de algún oficio, ministerio o servicio. Porque nada se posee, por nada hay que luchar, de nadie hay que defenderse. Ni privilegios vedados a otros, ni lugares prohibidos, ni siquiera poseemos la verdad.

Esta no apropiación es la condición sino que posibilita el mandato de la Regla: no armar pleitos ni contiendas, ser mansos, pacíficos, humildes... en todo lugar desear y transmitir la paz. No teniendoni tierras ni intereses económicos en Europa puede no disputar con el musulmán. Su radical desapropiación puede hacerlos amigos y compañeros de los herejes y recorrer un camino conjunto. Y si alguna duda aún quedara de la consecuencia de la absoluta desapropiación reléase la increíble carta un ministro, el colmo de los colmos en la negación de la propiedad. Contentándose de lo que el Señor le da en la medida del hermano concreto, sin exigir siquiera el que el otro sea mejor cristiano, y sin potestad de imponer otra penitencia que el "vete y no peques más", y con la indicación de que el ministro, por su parte está dispuesto a obrar de ese modo para que lo imiten los demás...

Parecería que la renuncia a toda propiedad, de cualquier índole que fuera, con la sola excepción de los propios vicios y pecados, es la condición indispensable para entender el evangelio de Francisco de Asís. Porque los propios pecados son bien poca cosa ante la misericordia de Dios como para producir amargura en el hermano ministro o tristeza en el pecador. La no propiedad radical, afectiva y efectiva, es la condición para entender el mundo simbólico de Francisco de Asís, y creo que la raíz de toda salud, física, espiritual, síquica, personal, comunitaria, eclesial y social.

La pregunta de dónde anda la Orden y de sus posibilidades y necesidades y deseos de cambio en este ámbito de la no propiedad es clave en la presentación del tema que nos ocupa. Sin tocar este tema urticante no vale la pena plantear en serio una minoridad efectiva en América Latina. Porque, de hecho, somos solidarios con los grandes propietarios de este mundo. Propietarios de bienes muebles e inmuebles. Propietarios de ideas y culturas dominantes. La solidaridad que postula el proceso de inculturación sólo se adquiere en la desapropiación. La verdadera alternativa social, económica, política, eclesial puede ser anunciada por el franciscanismo con la noticia nueva y gozosa de la no propiedad privada de los bienes de este mundo.

Los movimientos populares

Intuyo que a fuerza de destacar las originalidades de San Francisco, a la par que las mil y una de sus conformidades con Cristo, le hemos desdibujado su identidad en cuanto hombre de su tiempo. El movimiento de los penitentes de Asís es hijo de la burguesía. No sólo y no tanto de la clase burguesa, sino de la nueva época que se abre en los burgos. Tendríamos que saber mucho más de la ciudad de Asís para entender a Francisco de Asís.

Es indudable que los movimientos laicales de la época configuran el franciscanismo. Sin negar las intuiciones geniales del pobrecillo no podemos ignorar que su movimiento penitencial es sólo uno de los de la época. Sólo inteligible dentro del movimiento popular más global, que, eso sí, Francisco sabe interpretar y formular como pocos.

Su madre provenzal no sólo le enseñó a cantar en francés, sino que le posibilitó la lectura de las traducciones gálicas-populares de la Sda. Escritura, fermentales en los movimientos populares. Su padre no traería a casa sólo nuevas telas, sino también ideas nuevas. Con las mercancías Bernardone trae a casa aires de revuelta, nombre de locos paladines enamorados de evangelio y dama pobreza. Aún en la hipótesis de que Bernardone sólo hablara en son de crítica de tales personas y grupos, parece indudable que de la boca paterna Francisco recibió mucho más de lo que suponemos para su futura forma de vida.

Cuando uno lee en las fuentes franciscanas la narración de la entrevista de Inocencio con el penitente de Asís parécese asistir a un hecho totalmente insólito, casi descabellado. No se necesita saber mucho de historia para saber de los anteriores encuentros y previas aprobaciones y domesticaciones del Papa político a movimientos similares.

"A duras penas se encuentra alguien en toda la ciudad que tenga coraje de resistir a los herejes, excepto ciertos santos hombres y mujeres religiosos, que los seglares llaman, no sin cierta malicia, `patarinos'. Pero, por el sumo Pontífice se les ha concedido autorización para predicar y combatir a los herejes (el que también ha aprobado su congregación) y que por él son llamados `humillados'. Estos, renunciando a todos sus bienes, se reúnen en diversos lugares, viven del trabajo de sus manos, predican frecuentemente la palabra divina, y de buena gana la escuchan, y son perfectos y firmes en la fe, eficaces en las obras. Esta `religión' se ha difundido tanto en la diócesis milanense que se pueden contar 150 congregaciones conventuales de hombres por una parte y de mujeres por otra, sin contar los que permanecen en sus casas". (J. Vitry, Cronistas franciscanos. Edic. CEFEPAL p. 230).

Me parece de utilidad establecer mejor los lazos recíprocos de Francisco y los franciscanos con los otros movimientos pauperísticos de la época, Porque la revolución franciscana nunca tuvo la característica de hacer al margen de las revoluciones populares, y menos en su contra. Aquí un punto de particular importancia para lo que entendemos ha de ser la solidaridad concreta de los menores de América Latina.

"San Francisco no construye leprosarios: participa simplemente de la vida de los leprosos, se hace solidario con ellos, uno más entre ellos Los Franciscanos de la patria vieja no crean movimientos paralelos al artiguista: se solidarizan con el pueblo de Artigas, acompañan, apoyan, participan... aquí otro desafío para los franciscanos y franciscanas del Uruguay de hoy: sean en la Iglesia y en medio del pueblo solidarios y fraternos". (Homilía de Mons. C. Partelli, 11 /X/82).

El gran reto del hoy de América Latina

Todos los hermanos guárdense de calumniar a nadie ni promover contiendas, mas trabajen por tener silencio, con la gracia de Dios. Ni tengan pleitos ni demandas, ni entre sí ni con otros, mas procuren responder con humildad, diciendo: siervos inútiles somos. No juzguen, ni condenen, y como dice el Señor, no consideren los pecados pequeños ajenos, sino los suyos propios, con amarga contricción del corazón. Ninguno se llame "prior", generalmente todos se llamen hermanos o hermanos menores y los unos laven los pies de los otros. Todos los hermanos, en cualquier lugar que con alguno estuvieren para servir o trabajar, no sean mayordomos, ni secretarios, ni tengan en la casa alguna presidencia u oficio que engendre escándalo o detrimento de su alma, mas sean menores y súbditos de todos los que están en la misma casa. No necesitamos explicitar la referencia a los archiconocidos textos de la Regla no bulada. Necesitamos, sí saber qué quieren decir en nuestro hoy de América la Pobre.

En su carta a la Orden, Francisco afirma que Dios ha enviado a los hermanos al mundo entero con una misión muy específica: de palabra y de obra dar testimonio de la voz de Dios y hacer saber a todos que no hay otro omnipotente que Dios (Cta O 10). Frente a todos los podestás de este mundo, ante todos los ricos y poderosos que sueñan poder. sin límites, el hermano ha de ser predicación viviente del único omnipotente.

"Celsitud admirable, condescedencia asombrosa, sublime humildad, humilde sublimidad... El Señor del mundo universo, Dios e hijo de Dios, se humilla hasta el punto de esconderse para nuestra salvación bajo una pequeña forma de pan. Miren, hermanos, la humildad de Dios. Humíllense también ustedes para ser enaltecidos por él... En conclusión, nada de ustedes retengan para sí mismos, para que entero los reciba quien todo entero se les entrega". (Cta O 27- 29). La obediencia franciscana, espejada en el misterio de la eucaristía, resumen de la presencia menor en el mundo, es obedecer al Espíritu Santo, y por ello obedecer el hermano al hermano, y a todos los hombres que están en el mundo, y aún a las bestias y a las fieras del campo (Saludo a las virtudes).

Yo llamaría a los hermanos de América latina a hacer menos cosas por el pueblo, en lugar del pueblo, para caminar más con el pueblo, trabajando por la liberación con los medios del pueblo, con los pasos y ritmo del pueblo, asumiendo las aspiraciones del pueblo.

Nuestra Orden es globalmente conservadora en América Latina. Tiene demasiadas cosas, está demasiado vinculada a los grupos de poder. Y me temo que cuando quiere salir de tal situación no recorre los caminos populares. Haciendo, inventando obras perfectamente inútiles para el pueblo, y frecuentemente útiles al sistema que aplasta al pueblo. Muchos extranjeros de nacimiento que siguen despreciando lastimosamente al nativo creyéndolo incapaz. Muchos más extranjeros de mentalidad que tienen actitudes aún más lamentables hacia su propio pueblo. Husos que creen poder ignorar la propia mentalidad clerical, antipopular por antonomasia. La tarea no me parece fácil. Y, honestamente, no creo más en las palabras, declaraciones, documentos. A pesar de lo cual formularé sin orden ni concierto algunas implicancias urgentes y concretas de nuestra minoridad-solidaridad en América Latina.

Apoyo a los movimientos populares

Pediría más esfuerzo en sintonizar la radio popular que en crear radios en favor del pueblo con programas hechos por gente que no es del pueblo. Los extranjeros..., creer en los nativos, dejarles el lugar, la posibilidad, el tiempo para equivocarse y ser ellos mismos. Que la Orden sea el lugar donde el pobre que tiene voz pueda decir su palabra. No caigamos demasiado en la tentación de ser voz de los que no tienen voz, que terminamos no escuchando la voz de los pobres. El problema es escuchar y hacer oír la voz de los pobres.

No mirar más a Europa, a no ser que se la mire desde América. Sigue siendo lamentable la conducta de los "extranjeros" en los capítulos generales de la Orden, Se termina siempre votando con la provincia de origen, en olímpico desprecio por el grupo latinoamericano. Esa es la actitud constante en la misión americana, que a veces apenas es lugar de promoción personal. O provincial. Hay montañas de libros escritos acerca de la cultura indígena. Los frailes indígenas se cuentan con los dedos de una mano. En América la Pobre quisiéramos no necesitar más la revolución francesa, el destape español, la tutela del carisma italiano confundido con franciscano. Queremos que los hermanos vengan a compartir con nosotros vida, ideales, procesos, cambios, caminos... Traten de hacer menos y acompañar más. Y a los nativos..., "caminar junto al pobre y oprimido, como una presencia salvadora porque solidaria, conscientes de que el pueblo mismo ha de ser artífice de su destino; que los pobres están llamados a tomar conciencia de su dignidad y sus derechos, a exigir el lugar que como hermanos de Jesucristo les corresponde en este mundo (Homilía C. Partelli, 11,X,82).

No dinero, no poder

Me sospecho que un parámetro de juicio cada vez más válido para nuestra acción menor-solidaria es: si para nuestra acción "popular" se necesita mucho dinero y mucho poder... ¡dejemos de lado la ilusión del demonio del momento. Medios pobres, la consigna. No crear necesidades que luego engendrarán continua y perpetua dependencia, como la deuda externa de nuestros países.

Nueva iglesia no clerical

Sin discusiones teóricas ni proclamas rimbombantes. Que nuestra fraternidad reencuentre su camino laical, para ser fermento de una Iglesia popular y evangélica.

La tentación larvada del neoclericalismo que implica la opción por una política partidaria donde el hermano menor se convierte en dirigente y líder, porque el pueblo no los tiene, pobrecito. O porque los líderes auténticos del pueblo están siendo menospreciados por los menos menores de la comarca. En todo caso, quisiera no asistir más al cuadro de la pobre gente en prisión y el líder religioso "exiliado" en Europa, habiendo abandonado cobardemente su grey.

La tentación clerical de las grandes y grandilocuentes acciones que salen en loa diarios. Son muchas las acciones oscuras y humildes, necesarias como la luz y el aire que respiramos. Cómo ayudar a un pueblo que tiene que manifestar, atado a gestos, vestidos, liturgia, actitudes, juicios morales, introyectados desde el mundo de los opresores. Releamos la Forma de Vida de Francisco de Asís. Que no es sólo la Regla escrita. Aprendamos del pueblo, conscientes de no ser dueños, propietarios, ni de la verdad, ni del proceso, ni de nada en este mundo. Aunque presbíteros..., no clérigos. Los últimos, real, afectivamente y efectivamente.

Amor efectivo: la ciencia y la técnica

"Amemos a nuestros prójimos como a nosotros mismos. Y si alguno no quiere amarlos como a sí mismo, al menos no les haga mal, sino hágales el bien" (2 CtaF 26 - 27). No se trata de amor afectivo, también importante, que sin amor por el pueblo no se conoce la cultura del pueblo. Y antes que nada hay que amar, afectivamente y mucho, a la pobre gente para no hacerles mal con nuestras acciones caritativas. Pero si uno quiere amarlos..., al menos no hacerles mal, sino el bien. No estoy seguro que en todo tiempo y lugar de nuestra América le estemos haciendo el bien a nuestros pueblos y a nuestras Iglesias.

Me da la impresión de estar sirviendo para mantener estructuras pastorales irreversiblemente caducas, a la vez que impidiendo el surgimiento de una nueva iglesia popular y pobre, en la cual los pobres ocupen su lugar propio e irrenunciable, derecho conquistado y dado en herencia por Cristo. Me parece que estarnos sólo manteniendo el sistema de latifundio ministerial, aportando agua abundante al río extranjerizante.

Es necesario un éxodo geográfico, un éxodo social, eclesial, y sobre todo un éxodo mental entre los hermanos de América Latina. Pero no basta el simple traslado y el mero estar presentes y solidarios entre los pobres. El amor tiene que hacer el bien. El recurso humilde a los técnicos nativos. El humilde reaprender la teología junto al pueblo y bajo la guía de los pobres teólogos aborígenes.

Coagentes de liberación. Solidarios en todo. Dios quiera no debamos celebrar muchos mártires latinoamericanos. Por lo menos yo no tengo particular interés en entrar en el catálogo. Pero sabemos que aún quedan por vivir tiempos difíciles y horas muy negras. No en vano la Regla no bufada tiene larguísimos pasajes dedicados a la persecusión. Sólo desearía no enviar al matadero a otros mientras me repongo del fracaso en la victoria del exilio y del nombre famoso.

Si no temiera violar el secreto de una carta, terminaría con el testimonio del Hermano Carlos Bustos, desaparecido el viernes santo de 1977. Más allá de sus posibles errores humanos él quiso quedarse, solidario con aquellos que habían sido sus compañeros de ruta. Un largo proceso que le fue enseñando a ser y a comportarse como menor. En el cual siempre fue solidario. En las buenas y en las malas.

Permítaseme, sí, terminar con la trascripción de dos largos párrafos de una joven en el exilio: largos años en prisión, destrozada físicamente por la tortura, ella y su joven esposo. Refugiados por las Naciones Unidas. Así podría yo resumir una reflexión franciscana en América Latina. Desde la experiencia dura y brutal. Sin teorías. Espero que les sirva, como a mí, de meditación periódica. Son palabras de una mujer pobre, sin especial instrucción. Una mujer de nuestra América que nos recuerda a otra mujer, pobre y poeta, madre pobrecilla de un Dios pobre.

En la atmósfera húmeda y tibia se impregna el olor a picocha. Hay seguridad y nadie por nada te apremia. Se abre como otra pausa al encuentro, a la meditación. Y lo andado va escurriéndose en la memoria, poco a poco. Y hay que analizar, corregir, proyectar, cambiar. Serenamente, sin apuro, lo más objetivamente posible. Porque te lo permiten el medio, las posibilidades del momento. A mí me impacta que el hombre sea capaz de esto y de eso. Cada vez que lo pienso me produce el mismo estupor. Hay en este espacio un ansia de belleza, de encuentro, de equilibrio. Sientes como una necesidad de la pequeña casa, con su huerto, su jardín; y al caer la tarde te tiendes a vivir el encuentro. Dios presente en esa armonía del hijo que juega, del trino y del sol que se enrojece. De la flor que se marchita y cede el paso a un nuevo cielo; la abeja volviendo a su colmena, el arbusto apuntando hacia la luz. En la mirada, en el pan que partimos, en el mate y en las gracias que a veces decimos y que otras nos callamos. Es en cierta forma un rito silencioso de alabanza. Por el día de trabajo, por la risa, por la nube, por la lluvia si ha caído, el alimento, el amor que va creciendo, por todo lo de atrás y por este momento. ¡Cuántas veces lo he vivido! Y tú y todos, me supongo. Y como si fuera reencontrado lo trascendente a través de lo sencillo, de lo humilde, de lo que fue dejando de lado por importante o de lo que a la fuerza nos despojaron. Más de una vez hemos mirado las reacciones de Natalia al descubrir una ramita: la da vueltas, la acaricia, se ríe, la mastica. O su gozoso entretenimiento con un puñado de tierra; el pastito que arranca, la hormiga que intenta atrapar; cómo habla con las cosas y cómo se divierte con las fantasías que crea y que sólo conocernos a través de sus gestos y expresiones. Y todo esto te enseña, te repite que el hombre, cuanto más quiere ser, hacer, resplandecer, más desciende como tal. Un Francisco que vivía de todo lo más pequeño, se proyectó más allá de todos. ¿Qué queda de tantos famosos? Sus nombres en los libros de historia. ¿De Cristo? Un continuo cuestionar, un incentivo al amor, que late en el corazón de cada hombre.

Es tal el absurdo de ese diálogo interrumpido por el hombre con su Dios, de ese cortar su nexo, como si ello lo hiciera más libre y autentificara sus dimensiones, que a veces me desconcierta.

Ninguna de las necesidades materiales de América existen aquí, pero tampoco los hombres de aquí logran descubrir y vivir valores fundamentales. Y pueden... No los agobia la miseria. No se lo niega la prisión. Quizá será que nosotros por una hendija, tras la reja, vimos día a día, por las largas semanas que se hicieron lentos meses convertidos al fin en años interminables, la labor de un campesino a la distancia: arado, siembra y cosecha... arado, siembra y cosecha. A una pareja llegando al barrio, un niño que empieza a crecer en el vientre, que luego crece en los brazos, y más tarde aún lo vimos creciendo sobre sus pies... No sé si es por eso que para nosotros todo signo de vida tiene algo de ternura, mucho de nostalgia, un poco de grandeza, toda una mezcla de emociones que aquí, pudiendo, no desarrollan, no valoran.

El reverso es América, con toda su riqueza material que otros disfrutan. Con toda su riqueza humana que otros exprimen y reprimen. Te pones a pensar y es absurdo el hombre, lo que hace aquí, lo hace ahí.

Y si piensan lo efímero de cada vida es aún más absurdo todo ese egoísmo. Por dentro se te mete el ansia de la paz, del equilibrio, y tienes como atisbos de lo que un día llegará a ser esa tierra prometida que tanto ansiamos y que rebulle dentro en breves pausas, cualquiera sea la situación. La espera es ácida, porque si bien puedes ir construyendo el sosiego imprescindible para servir hoy o mañana, sabes que allá hay niños, que allá hay viejos, que allá hay presos. Y yo que miré la miseria y el lujo de los otros con mis ojos de 5 años. Yo que anduve a "oscuras" entre uniformes que me abrían paso entre un montón de gente que vivía otra dimensión muy distinta a la mía.

Que ví a la gente reír, amar, comprar, ir a la feria sin que supieran que iba entre ellos y no podía dar un paso, alzar la mano, emitir un sonido, y que ahí donde "vivía" fui por años sólo un número, con un montoncito de cosas, cuando las tuve, y más nada. Nada asegurado; ni sueños, ni comida, ni sol, ni aire. Sí la presión, la humillación. La sanción. A solas con el sueño escondido de un mañana cualquiera más allá de esa "pieza".

Y porque más allá viví la impotencia de quien no tiene derechos, similar al viejo que ya no le quedan fuerzas, es que me sacude vivir acá como ser humano, siendo que a los míos, a los de ahí, los agotan, los exprimen lentamente.

Si creer en Cristo diera para amarlo de tal forma que aulláramos de hambre, miedo, dolor, enfermedad, impotencia, no por verla, sino por sufrirla, creo que huirían todas las dudas sobre cómo debe comprometerse el cristiano en América.

Tantas veces he contado los 60 segundos angustiosos de un minuto, sumados uno a uno para juntar sólo una hora, cuando el día tiene 24, y no logré ir más allá, de pensar en el siguiente. Porque se me hizo brutalmente real que le basta a cada día con su propia preocupación, que aprendí que hay sólo una cosa totalmente negativa: la desesperación. El tiempo pasa, amargamente fraccionado, lento, interminable para muchos, pero pasa. Y volveremos a América y más allá aún, no sé cuando, habrá una América de viejos alegres, de niños que ríen, de hombres creando. Nosotros esperamos aún poner algo más en el camino que conduzca a esa América.

(2 de agosto 1978)

Hace un momento pensaba: debo hacer el esfuerzo de que cada día haya pequeños momentos como éstos. Estos, eran el gesto del diálogo. Del tiempo en nada. Que la mente se acalle, que hable el Señor. Del esfuerzo de no dejar más a la deriva -de mi parte, que su insistencia, la del Señor, ha estado siempre presente- esa comunicación vital. Y el esfuerzo de lo positivo. Creo que ustedes me traumaron con eso. Fue tan importante cuando lo dijo, que sigo viendo aún que no le había dado -visto- todo su sentido.

Saturados de negativismo porque hasta el dolor despojado de su sentido liberador es negativo- nos convertimos nosotros mismos en andrajosos de espíritu.

Como si encontraramos un recreante placer en cuánto sufrimos, en lo fuertes que somos, en nuestra capacidad para los males. Y claro, los males se duplican, a los reales nuestro aplastamiento.

Ya ves. Una vez más el Señor se dijo: "A esa inepta nada le es suficiente". Sólo a la fuerza y sin nada. ¡Sea! Ahora no hay otra solución: ¡escucha! El anda. Está ahí. Cierras los ojos. Es igual. Te tapas los oídos. Y es lo mismo. No hablas. Y eso no importa. El ríe. Y te ves niño, y entonces, no sólo los ves, sino que te sientes niño. Ya no soy la persona grande, grave, responsable. No te lo propones. Te niegas a esa tontería, pero el cambio igual se realiza "Algo" te ablanda, te hace niño. Como cuando un niño se enfunfurruña. Pocos minutos y el olvido, la risa son de vuelta en él. Y así uno niño y el Señor presente.

Es posible, claro, sentir que es necesario el propio esfuerzo para que cada día no haya que hacer esa maniobra, sino que parta de uno el gesto de dedicarlo a la relación. El gesto decidido de no lamentarse. De no arrugarse. De no mirar apesadumbrado o con inútil arrepentimiento atrás. Lo hecho ya son hechos. Importa lo que ahora se haga por cambiar. El gesto de confiar. La audacia de esperar. Construir eso. El gesto simple de correr la cortina y sentarse cara al sol. No un desafío. Un gesto de atreverse a que la luz te inunde. Que siga el Señor ayudándonos a aceptar su voluntad. Que sea con todos ustedes, como lo es con nosotros.

(12 de agosto 1979)