MENSAJE DEL ARZOBISPO DE MONTEVIDEO A LA COMUNIDAD DIOCESANA

CON MOTIVO DEL VIII CENTENARIO DEL NACIMIENTO DE SAN FRANCISCO DE ASÍS

Montevideo 11/oct./82

Carlos Parteli, Arzobispo de Montevideo

 

San Francisco es una de las pocas figuras de la historia que se han ganado el corazón de todos sin reservas. Es querido entrañablemente por sus hijos franciscanos y venerado en toda la iglesia que ha llenado el mundo de templos y altares en su honor. Pero no sólo eso: desbordando el ámbito estrictamente eclesial ha entrado también en el campo del de la literatura, de la poesía, a tal punto que en todas partes el hombre y el mensaje de San Francisco quedan asociados a todo lo que de una manera u otra significa humanidad, bondad, alegría, respeto y paz. Ante la ternura de su recuerdo no hay quien deje de sentirse movido a amar a los hermanos, aún los más despreciados, y a querer y respetar todas las cosas buenas y bellas de la naturaleza.

Francisco es todo un símbolo, pero antes que eso es un personaje histórico, de cuyo nacimiento estamos celebrando el octavo centenario en estos días. Muchísimos son sus discípulos y seguidores, pero más numerosos aún son los que lo conocen y admiran por lo que dicen de él los innumerables libros, las imágenes y hasta las películas inspiradas en su vida y en sus obras.

El beso al leproso

Al celebrar su octavo centenario, quisiera poner de relieve algunos aspectos de su figura, que nos digan algo vivo a los uruguayos de hoy. Son tantos, que no resulta fácil elegir. De todos modos, empiezo por evocar su gesto de aproximación a los leprosos, tal como lo cuenta él mismo en su testamento, escrito poco antes de morir: "El Señor me concedió a mí, el hermano Francisco, que así comenzase a hacer penitencia: cuando estaba envuelto en pecados, me era amargo ver a los leprosos; pero desde que el Señor me condujo en medio de ellos y los traté con misericordia, lo que antes me parecía amargo se me convirtió en dulzura del alma y del cuerpo".

El beso que estampa en el rostro desfigurado del leproso no sólo produce el viraje decisivo de su vida, sino que marca definitivamente la historia posterior de su Movimiento espiritual. Aquel acontecimiento será el nudo del mensaje que hoy quisiera dar.

Para entender toda la dimensión de aquella experiencia de Francisco hay que tener en cuenta que en la Edad Media el leproso era un muerto en vida; era el gran rechazado en aquella sociedad feudal y guerrera. Hoy toda. vía este adjetivo espantoso significa el rechazo de todos los que sufren endémicamente el dolor y la miseria material y moral.

También ahora, en el umbral de una nueva época, el leproso sigue siendo el símbolo de las masas empujadas a sobrevivir en la miseria, de los impedidos de participar en las decisiones de la comunidad y de los despojados de sus derechos elementales. El leproso es el que ha perdido hasta la conciencia de su ser humano; el obligado a refugiarse en sí mismo y en su pequeño grupo de excluidos de la sociedad. Por eso el encuentro de Francisco con el leproso, más que un recuerdo anecdótico es para nosotros la propuesta de un programa actualizado de vida y de acción.

Acercarse al leproso es convertir en dulce lo que era amargo, y amargo lo que era dulce. Significa una conversión radical, un cambio rotundo de los puntos de referencia para medir los valores del hombre, de la sociedad, del mundo, del presente y del futuro. Es despojarse de sí mismo y de todo lo que halaga el egoísmo para volverse al otro. Es dejarle un lugar al amor que pone el tú en lugar del yo.

Para descubrir el sentido actual del beso al leproso debemos fijarnos en sus rasgos específicos que son: considerar persona a quien la sociedad considera no - persona; no cerrar los ojos ante la realidad dolorosa que se desea desconocer, manteniéndola aislada; mirar cara a cara a quienes consciente o inconscientemente segregamos. Mirarlos de frente con amor y sin temor, en fraterno gesto de dignificación mutua.

En aquél beso se dio la paradoja de que el enfermo cura al sano: el leproso sanó a Francisco, haciéndolo nacer de nuevo. Francisco encuentra sentido a su vida al identificarse con el leproso, sintiéndolo como un igual. Este es otro punto del mensaje: 'en el encuentro con el Leproso, no es él, sino nosotros los que encontramos la salud.

El Documento de Puebla nos pinta con tinte dramático el rostro de los leprosos de hoy, hermanos latinoamericanos y hermanos del Uruguay (Puebla 31 ...) Frente a estos rostros dolientes Francisco de Asís, vivo aún entre nosotros, alegre, pobre y libre, nos interroga con aquella mirada suya que sabía penetrar el misterio de las cosas. Desde su gesto histórico nos convoca a asumir ahora y aquí, nuestra tarea histórica.

¿Qué significa para nosotros hoy, Iglesia uruguaya, el encuentro con el leproso? ¿Qué dice aquel gesto de Francisco al hombre uruguayo común? ¿Cuál es su mensaje para la actual coyuntura histórica del país?

El beso al leproso nos da la clave para entender la Opción Preferencial por los pobres, hecha en Puebla. Si la Iglesia opta hoy por los excluidos de siempre, los de todas partes y los de aquí cerca, lo hace conducida por la mano del Señor que le exige conversión. La Iglesia quiere volver a recorrer el camino de Cristo, quiere caminar junto al pueblo pobre y oprimido, como una presencia salvadora porque solidaria, es consciente de que el pueblo mismo ha de ser el artífice de su propio destino; que los pobres están llamados a tomar conciencia de su dignidad y sus derechos, a exigir el lugar que como hermanos de Jesucristo les corresponde en este mundo.

Los amigos de los matreros : los pobres los más privilegiados

Los hijos de San Francisco de Asís acompañan desde siempre la historia de nuestra patria. No podemos pensar la "patria vieja" sin la presencia de los franciscanos. En su escuela se educan Artigas y los hombres de Artigas. Los del partido realista entendían que el acompañar el movimiento popular era una opción en favor de bandidos. Por eso el Virrey Ello los expulsa de Montevideo. Todos recordamos el famoso cuadro de Diógenes Hecquet con su también famosa leyenda: "Váyanse con sus amigos los matreros", que en aquel tiempo sonaba parecido a un váyanse con sus amigos los leprosos". Es que no tienen cabida en la ciudad quienes optan por los excluidos de la ciudad.

Es la razón que explica por qué los franciscanos estuvieron tan firmemente ligados a la gesta artiguista. No entenderíamos por qué es tan atípico el pensamiento de Artigas en el contexto de las revoluciones independentistas de América si lo desvinculamos de los franciscanos que lo formaron y acompañaron siempre.

Una reseña histórica objetiva, que sería fascinante, nos permitiría releer en clave cristiana la gestación de nuestra patria. El nudo de esta lectura está en la opción por el leproso que hicieran Artigas y su pueblo: los pobres, los indios, los zambos, los mulatos, que en la mente del caudillo debían ser los privilegiados. En la misma línea están los franciscanos: Monterroso, el secretario suyo que le acompaña en todos los momentos; José Benito Lama, que se queda en la ciudad cuando todos huyen, para atender y morir con los apestados; Ignacio Orazu, el profesor lleno de méritos, que se hace cargo de la Escuela de la Patria para educar a los pobres del rancherío.

Maximiliaro Kolbe

Ayer el Papa Juan Pablo II canonizó a un franciscano polaco de nuestros días, Maximiliano Kolbe, que será siempre recordado por su vida consagrada a servir a los más desamparados, y sobre todo por su último gesto que lo llevó al martirio.

Identificado con su pueblo es llevado con los hermanos perseguidos al campo de concentración nazi, el tristemente célebre Auschwitz. Allí no solo comparte el infierno con los otros "leprosos", sino que también ofrece su propia vida a cambio de la de uno de sus compañeros de infortunio, condenado a muerte por simple sorteo. Se ofrece al verdugo con estas simples palabras: "Soy viejo y enfermo; no sirvo para nada. Quiero sustituirlo a él, que tiene mujer e hijos".

Kolbe había entendido el significado del beso Francisco al leproso; que la vida del otro vale tanto o más que la propia. Su gesto es un grito de protesta ante la violación de la dignidad del hombre y es la afirmación sellada con sangre, de que "todo hombre y toda mujer, por mas insignificantes que parezcan, tienen en sí una nobleza inviolable que ellos mismos y los demás deben respetar y hacer respetar sin condiciones" (Puebla 317).

Los franciscanos de hoy

Muchos son los desafíos que nos ofrece el presente, pero no mayores que los que hubieron de enfrentar Francisco en el siglo XIII, los franciscanos orientales en los albores de la Patria, y Kolbe en un campo de concentración de este opulento siglo de la ciencia y de la técnica.

Fieles al espíritu del Fundador, sean ustedes, franciscanos de todas las ramas del árbol frondoso, testigos fehacientes del amor a Dios y al prójimo. No miren con indiferencia el triste espectáculo de una sociedad que se desfibra moralmente, menosprecia los valores esenciales de la convivencia fraterna, y en su loco afán de poseer y de gozar, llega al extremo de destruir a la misma naturaleza.

Integrados, comprometidos, solidarios, con el pueblo y con la Iglesia uruguaya. Al encuentro especialmente de los leprosos de nuestra tierra, sean así el rostro de la Iglesia que está cerca de los sin derecho, sin lugar, sin voz. Entonces verán como el Señor no solo les cambia la vida sino que les regala muchos hermanos y hermanas.

Ustedes saben bien que el camino franciscano nunca se recorre en solitario, como individuo aislado. Es inimaginable un franciscano que no forme naturalmente fraternidad- No se olviden de su misión especial dentro de la Iglesia y más aún dentro de una Iglesia que opta por la comunidad. Recuerden los franciscanos y franciscanas del Uruguay las opciones pastorales de nuestra iglesia y cómo pueden servir desde la propia identidad, que es la fraternidad.

San Francisco no construye leprosarios: participa simplemente de la vida de los leprosos, se hace solidario con ellos, uno más entre ellos. Los franciscanos de la patria vieja no crean movimientos paralelos al artiguista: se solidarizan con el pueblo de Artigas, acompañan, apoyan, participan. El gesto de solidaridad suprema de Kolbe signa todo su camino de servicio actual y tecnificado a su pueblo. Aquí otro desafío para los franciscanos y franciscanas del Uruguay de hoy: sean en la Iglesia y en medio del pueblo, solidarios y fraternos.

Permítanme una palabra de felicitación y de aliento al ver que aún son capaces de iniciativas originales y audaces. Han sabido crear un organismo de comunión y servicio, el CIPFE, para poner a toda la familia franciscana al servicio del pueblo. Allí no sólo procuran dar un testimonio de unidad y recibir una sólida formación y animación mutuas, sino que también intentan responder a los problemas acuciantes pero todavía no encarados, que genera el desaprensivo consumismo del mundo actual.

Nombrado patrono de los ecólogos por Juan Pablo II, Francisco los inspira en esta tarea de armonización de toda creatura con su medio ambiente, creando agentes solidarios y protagonistas de una sociedad más sana y más humana. La ecología aparece aquí, con ustedes, como una alternativa más para revitalizar los derechos y la responsabilidad del hombre frente a la comunidad y su entorno natural. San Francisco nos enseña a ocupar con humildad el lugar que nos corresponde en la gran familia humana: siempre lugar de hermanos, nunca de opresores. Francisco nos muestra el camino de la comunión que transforma, alegra y mejora la vida. Los aliento en esta tarea, así como a un mayor conocimiento del pasado histórico de la patria franciscana: así contribuirán a iluminar el presente que prepara y presagia el futuro.

Exhortación final

En esta ocasión el mensaje ha querido ser inteligible no sólo para los franciscanos. Quiere llegar a todo cristiano y a todo hombre de buena voluntad. A todos el Señor nos conduzca al gran descubrimiento que hizo Francisco de Asís y está a la base de todo: "no necesito muchas cosas -decía- conozco a Cristo, pobre y crucificado" (II Cel 105).

Así se explica la conducta de Francisco quien veía en todo pobre un espejo del Señor pobre y de su madre pobre (II Cel. 85); quien no recordaba sin lágrimas las penurias de la Virgen que no tenía donde dar a luz a su hijo (II Cel. 200). Fue el descubrimiento de Cristo, un Dios pobre, el que condujo a Francisco de Asís por el camino recto y estrecho.

El seguimiento apasionado de Cristo pobre es la llave interpretativa de la vida y espiritualidad de Francisco. Cuentan los biógrafos que, próximo a su muerte, enfermo y achacoso, sin miembro sano y casi ciego, ardía en deseos de volver a servir a los leprosos, y sufrir por ello desprecios, como en tiempos juveniles. Quería aún emprender grandes obras, pues no hay lugar a flojedad y pereza donde el estímulo del amor apremia siempre a empresas mayores.. . " (LM 14,1; 1 Cel. 103).

Por ello, al fin de sus días, Francisco decía a sus hermanos: "comencemos, hermanos, a servir al Señor, que hasta ahora poco o nada hemos hecho".

Comencemos a servir al Señor en todos los leprosos de hoy, y que el Señor nos haga a todos instrumentos de transformación de todas las relaciones humanas hasta construir una sociedad justa, solidaria, y fraterna. Este empeño es el que le da sentido a nuestra vida haciéndonos colaboradores de Dios en la construcción de su Reino de verdad, de amor y de paz.