¿Pobreza... puede ser un ideal?
El "sermón de la montaña", en el cual Jesús presentó sus "bienaventuranzas", puede ser considerado una síntesis de la doctrina evangélica. El discurso se abre con las palabras: "¡Bienaventurados – o sea felices - los pobres!".
¿Qué significa esta propuesta? ¿Serías feliz siendo pobre?
Evidentemente que a nadie le gustaría pasar hambre, no tener con que vestirse, morar en vivienda precaria, no poder estudiar ni cuidar de su salud. Al contrario, estas situaciones son hoy para nosotros una gigantesca injusticia que nos avergüenza en el umbral del tercer milenio cristiano. Además, según el Evangelio de San Mateo, capítulo 25, en el juicio final seremos juzgados sobre la base del amor, por cómo nos hemos comportado ante esas injusticias.
Insisto: ¿la pobreza puede ser un ideal? ¿no será bueno tener solo lo mínimo necesario? Hoy por hoy, la cultura que vivimos cuestiona radicalmente a quien no logre poseer lo máximo. Algunos llegan a criticar a la Iglesia Católica por haber hablado de la pobreza.
1. POBRES DE ESPÍRITU
La bienaventuranza habla de "pobreza de espíritu". Intentaré explicar un poco lo que yo entiendo por "espíritu de pobre". Me parece que es el modo que tiene una persona que gusta de todo lo que hay en este mundo sin tener necesidad de apropiarse de nada.
Todo lo que es bueno es presencia de Dios. En todo lo que es bueno puedo ver a Dios, oír a Dios, probar a Dios, tocar a Dios. Pero, cuando tomo un bien en mis manos, éste adopta el tamaño de mis manos: lo que era Dios se vuelve menor que yo. Puedo llegar a poseer un bien concreto, pero, en lugar de poseer a Dios, solo me aparto de él, porque quise ser como Dios. Peor, yo mismo me contraigo al tamaño de las cosas que poseo. Pensé que sería grande como Dios, y me hice pequeño como un objeto.
Para mirar las cosas desde la perspectiva de Dios, es necesario actuar como Él: mirar sin poseer. El se regala, no se apodera ni posee. En presencia de un atardecer maravilloso, lo mejor es abandonarse a la contemplación, dejando que la belleza me transforme: no es importante sacar una fotografía. Ante una planta bonita, es mejor dejar que su presencia actúe sobre mí: no preciso llevarme una rama.
Lo mismo sucede en el compartir con las personas amadas, lo que tengo que aportar no son recuerdos, sino a mí mismo, transformado por mis encuentros con Dios en cualquiera de sus criaturas. De cierta forma, cuando llevo regalos, estoy reconociendo que soy muy poca cosa para donarme o que prefiero dar cosas y no a mí mismo.
GMe parece que frecuentemente nuestro problema de relación con Dios es que queremos tenerlo cerca y a nuestra disposición, para cuando lo necesitemos. Nos gustaría tener a Dios guardado en un frasco en la heladera, para tomar una cucharada cuando fuere necesario. Sin dejar que Él irrumpa en nuestra vida.
El modo más común de perder la libertad es este: coartar la libertad de los seres por la propiedad.
2. LA POBREZA FRANCISCANA
Todavía es usual la expresión "pobreza franciscana". Pero no estoy tan seguro de que podamos afirmar que los franciscanos y franciscanas son las personas más pobres que conocemos. De todos modos lo que importa es que San Francisco y Santa Clara de Asís fueron verdaderamente pobres y que eso continua cuestionándonos hasta el día de hoy.
No quiero compartir contigo recetas para ser pobre. Siempre que tenemos recetas o fórmulas, poseemos, somos ricos. Permanecemos lejos de Dios, ciegos para la contemplación. Por eso no voy a compartir contigo ninguna receta para ser pobre. Voy a contarte un poco de lo que comprobé que Francisco y Clara vivieron cuando siguieron a Cristo pobre.
3. UNA PROPUESTA ACTUAL
El mundo de hoy es bien diferente de aquél en el que San Francisco vivió. Baste recordar que hoy una persona de clase media puede hacer compras en un supermercado y abastecerse mucho mejor que un rey de los siglos pasados. Come y se viste mejor. Habita mejor.
San Francisco tampoco definió lo que era la pobreza. Habló de la pobreza de Nuestro Señor Jesucristo, y eso sigue siendo válido en el presente. Ni siquiera presentó un programa; presentó una vida: la misma del Señor Jesucristo que vino para que tuviésemos vida en abundancia y comenzó vaciándose hasta ser visto como un siervo, esto es, como uno de nosotros.
Quien sigue a Jesucristo, aún hoy, tiene que tener una propuesta concreta en vista de la reconstrucción de una sociedad que, en tantos aspectos, se está evidentemente desmoronando.
Jesús propuso que las personas - al menos algunas personas - se volviesen pobres por propia voluntad, para acompañarlo y ayudarlo en su misión. El mundo como está, construido por hombres que olvidaron a Dios, tiene que ser cuestionado. Tiene que ser cambiado.
Los más débiles y los más pobres fueron excluidos de un mundo que, innegablemente, consiguió enormes progresos, principalmente en el área de la tecnología. ¿Qué podremos hacer para que las personas progresen más que los bienes?
No poseyendo nada, ni a Dios, podemos ser libres como Dios. Pobres como Dios. Capaces de conocer su Reino, capaces de seguirlo adonde fuere.
Volviendo a mi pregunta inicial, sobre la felicidad, recuerdo que, muchas veces, oí cantar en la noche de fin de Año: "¡Adiós año viejo, feliz año nuevo! ¡Mucho dinero en el bolsillo, salud para dar y vender!". Pero las personas más felices que conocí ¡nunca tuvieron mucho dinero y, muchas veces, ni siquiera mucha salud!
Los felices que conozco son optimistas, siempre ven el lado bueno y esperan algo mejor, son personas capaces de reír de todo, hasta de sí mismos. Son personas valientes que se sienten siempre estimuladas a seguir adelante. Son justamente los que no necesitan apoderarse de cosas ni de personas, son los pobres de espíritu. En muchos años de vida, ya vi, admirado, que, en general, no les falta lo necesario.
Partiendo del mirar de Francisco y Clara de Asís, me pregunto: ¿Cómo interpreta el mundo quien ve a toda criatura humana como hermana, quien ve todas las cosas buenas como presencia del Dios de Bondad, quien comprende que los bienes están ahí para ser compartidos por todos?
Nuestra propuesta, en este cuaderno, es para todos los que tienen fe en Jesucristo. Pero para los franciscanos es una fuerte apelación: ¿por qué están usando el nombre de Francisco de Asís, el Pobrecillo?