1. La "perfección" del santo Evangelio

1. INTRODUCCIÓN

El Evangelio cuenta que, un día, un joven preguntó a Jesús lo que debía hacer para tener la vida eterna. Jesús dijo que tenía que observar los mandamientos, y él respondió que siempre los había observado. Entonces Jesús contestó: - Bien, si lo que tu quieres es la perfección, vende todo que tiene, dalo a los pobres y después sígueme.

Es interesante observar que, para tener la vida eterna, no es preciso dar todo a los pobres y quedarse sin nada. Pero, para seguir Jesús de cerca, la única manera es no tener nada para acarrear.

Jesús logró ser oído por muchas personas, a veces por muchedumbres. Es cierto que muchos deben haber cambiado de vida después de oírlo. Mas fueron pocos los que lo siguieron: los apóstoles y los discípulos.

Y Jesús tuvo seguidores que abandonaban todo, tanto durante su vida como después de su muerte, a través de los siglos

San Francisco fue uno de ellos. Su proceso de transformación no fue repentino, sino que lo comenzó cuidando de los leprosos, vendiendo sus bienes y hasta el caballo. Acabó entregando al Padre hasta la ropa y, al fin, se vistió con un hábito paupérrimo, tiró los zapatos, asumió la cruz y la predicación evangélica.

Sabemos que Clara, aún más rica, vendió todo y lo distribuyó a los pobres antes de presentarse en la Porciúncula. Los imitaron todos sus seguidores, porque esa era la actitud exigida por las Reglas que escribieron. Apenas Clara adhirió a la nueva vida, Francisco escribió para ella una "Forma de Vida" en la que dice: "Ustedes han resuelto seguir la perfección del santo Evangelio".

Si el Hijo de Dios dejó todo para venir a cuidar de nosotros, esa actitud tiene que ser muy significativa, más de lo que acostumbramos pensar.

2. VENDER TODO

Jesucristo no tenía propiedades. El mismo dijo que los pajarillos tenían sus nidos y las raposas tenían sus cuevas, pero el no tenía donde reposar la cabeza. Sabemos que, como San José, debe haber comenzado la vida trabajando como carpintero, pero nunca oímos hablar de su taller o de sus herramientas.

Nuestro mundo está estructurado de tal forma que, cuando llegamos a pensar en seguir a Jesucristo más de cerca, constatamos que somos propietarios, aunque sea de unas pocas cosas.

Vender todo presupone dos grandes actos de valentía. Uno: animarse a nadar contra la corriente, en un mundo que, en general, valoriza las personas por lo que poseen. Otro: solo puede ser locura o confianza en Dios: ¿si hoy no tengo nada, de que viviré mañana?

Es bueno observar que la propuesta de Jesús fue radical. El no dijo: ve disminuyendo poco a lo pocos tus propiedades para poder ir colaborando mejor conmigo. Él lo exigió todo de una vez.

Esa radicalidad muestra que el vender no se refiere apenas a lo que puede ser transformado en dinero. Es abandonar también el propio trabajo y hasta la propia casa. Es dejar las personas queridas y disponerse a comenzar una nueva vida con otras, siempre diversas. Es abandonar hasta costumbres e ideas que siempre nos ampararon. Es ser capaz de abandonar hasta la "imagen" de nosotros mismos que habíamos cultivado a través de los años.

3. DAR A LOS POBRES

Evidentemente, "dar a los pobres" no es simplemente descargar la bolsa de la conciencia con una limosna. El pobre no es apenas un necesitado, un carente: es un hermano nuestro, que también tiene sus valores, que también tiene que ser respetado y tener su oportunidad de crecer. Él probablemente tendrá otros bienes que nosotros no tenemos.

Dar a los pobres es compartir. En el caso particular del consejo evangélico, compartir todo hasta quedar libre para seguir a Jesucristo.

Las personas se alegran cuando reciben regalos, cuando reciben y hasta cuando adquieren cosas o situaciones nuevas. Pero la alegría de quien comparte es especial: supone el don de alegrarse con los demás.

Quien no se apropia de las cosas las deja para el uso común: reconoce que el derecho de usarlas es de quien está más necesitado.

Los padres comparten lo que tienen con los hijos pequeños. Hasta los animales lo hacen. En caso de necesidad, prefieren dar a los hijos y quedarse sin nada.

Los pobres de las periferias tienen más facilidad de compartir lo poco que poseen. Los indios acostumbraban compartir todo como una única familia. Los pobres quizá estén más acostumbrados a sobrevivir gracias al compartir. Tal vez tengan más confianza en la providencia de Dios.

Los cristianos de Jerusalén, dicen los Hechos de los Apóstoles, "repartían sus dones con alegría". Pero San Pedro dijo que no era obligatorio dar todo para la comunidad.

San Francisco se alegraba por cualquier don de Dios, aún cuando llegaba de las manos de los otros y no de las propias. Santa Clara habló de "una alegría que nadie me puede robar": los dones de Inés de Bohemia.

Pero es necesario mantener muy bien el equilibrio: nadie es tan pobre que no tenga nada para dar y nadie es tan rico que no tenga nada para recibir.

4. SEGUIR A JESÚS

El sentido de la pobreza más radical y consagrada consiste en proporcionar libertad para seguir a Jesucristo. Entonces, es claro que de nada aprovecha esa pobreza si la persona no se convierte cada vez más intensamente en un Cristo misionero, que se pone cada día a disposición del Padre y de todos los necesitados.

No tiene sentido hacer un voto de pobreza y después no encontrar tiempo para la oración o disponibilidad para dejar lugares y posiciones cuando lo exige la consagración al prójimo.

En el Evangelio, Jesús también dijo a los que deseaban seguirlo que debían asumir la cruz todos los días. No se trata de un instrumento de suplicio, porque seguir a Jesús no es ser masoquista. La cruz es uno de los símbolos más ricos de la humanidad: habla de nuestra capacidad de asumir los opuestos, de saber ser creativos en las tensiones, de no huir de los problemas, de descubrir el sentido positivo de todos los desafíos.

En otro pasaje, Jesús comentó que quien parecía estar perdiendo la vida por causa de él, en realidad la estaba ganando. Él viene a abrir precisamente una perspectiva nueva, que es la pobreza. Quien se libera de todo para estar al servicio de Dios en los menores de sus hermanos, descubre que la aventura de vivir es siempre sorprendente y rica de sentido. Quien se tranca en el egoísmo que acumula propiedades, va percibiendo que trabaja para llenar un vacío que no construye ni satisface.

Seguir a Jesús es comprometerse con una obra milenaria de construcción del Reino de Dios. Otros muchos ya trabajaron en ella en los siglos pasados y aún habrá mucho trabajo para los que vinieren después de nosotros. Estaremos todos juntos en la fiesta final en la medida en que hubiéremos sido capaces, cada día, de abandonar lo que es pequeño como nuestras manos para abrazar lo que es inmenso como la humanidad.

5. NO TENER NADA, NI EN COMÚN

La pobreza por amor de Dios siempre hizo parte de la propuesta de vida de los religiosos, inclusive fuera de la Iglesia Católica. Una exigencia franciscana es que no solo las personas sean pobres pero también la fraternidad. Si la institución nunca nos deja faltar nada, ni lo superfluo, nos desviamos esencialmente de la vocación de Francisco y Clara de Asís.

Los bienes, simplemente puestos en común, pueden generar una sociedad fuerte, que se transforma con facilidad en una empresa, por más que ésta sea una empresa prestadora de servicios. Un de los peligros es que sus miembros dejan de ser hermanos para ser funcionarios y sus dirigentes dejen de ser servidores para ser administradores.

En una fraternidad auténticamente franciscana, al contrario, el valor único está en la confianza mutua, en el amor mutuo. Y la ayuda mayor que uno puede prestar al otro es estimularlo sin cesar a alegrarse porque todos son libres para seguir al Cristo pobre en su tarea humilde de dar la mano a los pequeños.

Somos Franciscos y Claras en la medida en que tenemos menos cosas para dar y en que crece nuestra capacidad de compartir nuestras propias vidas. Cada época podrá descubrir nuevas maneras de compartir lo que somos. Hemos de estar atentos para no convertirnos en una simple donación de lo que conseguimos acumular.

Es importante recordar que personas como Jesucristo, Francisco y Clara, poco o nada tuvieron para dar materialmente. Pero la donación de sus propias personas sigue enriqueciendo a mucha gente a través de los siglos.

Previendo el peligro de enriquecimiento como comunidad, Santa Clara recomendó, en su Testamento, que las Hermanas siempre estuviesen ligadas a los hermanos menores. Es interesante que ella ya había sido testigo de que, después de la muerte de Francisco, los hermanos menores habían perdido mucho de la fidelidad a la pobreza. Pero ella también fue capaz de ver que los hermanos habían mantenido siempre algunos grupos de resistencia, que sabían recomenzar. De hecho, esa ha sido la historia de los franciscanos en estos dicho siglos. Confiamos que el espíritu continúe.

6. ¿Y LOS OTROS?

Nosotros llamamos "religiosos", sean franciscanos o no, a las personas que hacen voto de pobreza. Ellas tienen un compromiso de ser pobres asumido ante la Iglesia, Pueblo de Dios, y en su favor. La idea es que sigan la propuesta de la "perfección evangélica" hecha por Jesús al joven rico. Fue lo que los apóstoles siguieron y esa llama tiene que continuar siempre encendida en medio del Pueblo. Pero la bienaventuranza evangélica se dirige a todas las personas: el reino de Dios es de los que son pobres en espíritu. Todo cristiano tiene que ofrecer al mundo la alternativa de la "no-propiedad", usando los bienes de este mundo como si no fuesen suyos. O, en otras palabras, como quien sabe que está de paso y no va a llevar bienes perecibles para la eternidad.

Francisco y Clara de Asís fundaron sus órdenes de los hermanos menores y de las hermanas pobres exigiendo que todos los candidatos vendiesen y diesen todo antes de entrar. Pero también fueron los iniciadores de la "Orden de la penitencia" (que hoy distinguimos en Orden Franciscana Secular y en las numerosas formas de la Orden Franciscana Regular) proponiendo que todas las personas podían pasar más libremente por este mundo considerando que tienen en el Dios del cielo un Padre, un Hermano y un Hijo y que consecuentemente abren sus corazones para compartir con suma generosidad durante toda su vida.

Esa es la propuesta que encontramos en las dos cartas de San Francisco "a todos los fieles". Fundamentalmente, Él nos ayuda a distinguir dos actitudes opuestas: los "penitentes" son los que reconocen que tienen necesidad de Dios y, en cualquier situación de esta vida, saben compartir -- y los "que no hacen penitencia" son los que, ciegos de la necesidad que tienen de Dios, pasan la vida acumulando cosas que no van a contribuir para su realización eterna.

En otras palabras, la propuesta es: volverse continuamente a Dios en la penitencia, servir continuamente al prójimo en la caridad. Todo sustentado por una generosa vida fraterna. Es por eso que la Familia Franciscana cuenta, hoy, con más de cuatrocientas congregaciones.

7. NUEVOS DESAFÍOS

Quien quisiere vivir la pobreza evangélica, hoy, va a enfrentar algunos desafíos que no tenían, ni de lejos, las mismas proporciones en los tiempos de Jesús o en los tiempos de Francisco y Clara. Recuerdo especialmente el consumismo, las comunicaciones y la globalización.

Yo diría que el consumismo es una enfermedad que nos afectó por causa de la actual oferta irrestricta de bienes, que nos bombardea sin cesar. Aún cuando reclaman de escasez de dinero, las personas, prácticamente sin excepciones, están siempre comprando cosas de que no necesitan. Es prácticamente imposible quedar libre de la propaganda omnipresente y envolvente, de la imitación de los otros y de la concurrencia con ellos, de la seducción de todo mejor y más fácil.

Los que no adhieren al modelo son considerados locos o, por lo menos, extraños. Y los que no triunfan son tenidos por incapaces. Los mismos que fracasan pueden convencerse de su incapacidad.

Las comunicaciones también transformaron profundamente nuestras vidas. Nos dieron una movilidad que era impensable en las generaciones pasadas y nos ahogan sin cesar con nuevas informaciones y sugerencias.

Nos movilizamos con facilidad, pero gastando mucho tiempo y mucho dinero. Por otro lado, sufrimos una avalancha tan grande de nuevos datos que es prácticamente un heroísmo conseguir concentrarse y aún tomar posiciones tan independientes cuanto sería necesario.

Dentro de ese medio, aún cuando alguien consiga ser suficientemente inmune al consumismo de las compras, no es fácil librarse de las propuestas que se nos imponen: económicas, culturales, ideológicas. En esa situación, ¿cómo es posible librarse de todo para seguir los pasos de Jesús con su cruz? Muchas veces no logramos siquiera seguirnos a nosotros mismos, porque nos resulta difícil saber quien soy yo, lo que yo mismo pienso, lo que, de verdad, estoy buscando.

Otro desafío es que, principalmente debido a la facilidad de las comunicaciones, el mundo entero se ha convertido en una aldea, que puede ser bastante manipulada por unos pocos poderosos.

Por lo cual, muchos valores se pierden, antes inclusive de tener la posibilidad de verificarlos.

Es verdad que nuestros horizontes se abrieron y podemos crecer con valores que a otros pueblos les costó muchos siglos elaborar.

Pero resulta muy difícil saber acoger, evaluar e integrar esos valores con libertad y conciencia. Resulta fácil ser reducidos a una masa popular de la que unos pocos se aprovechan.

Muchas veces somos bien conscientes de los peligros ocultos en el progreso de la globalización económica, pero son pocos los que se mantienen vigilantes ante las trampas que la globalización coloca en las comunicaciones, en las ideologías, en el cultivo de los valores que están a nuestra raíz.

Creo que no debemos mirar ninguna realidad de modo negativo. Los desafíos son siempre posibilidades de crecimiento. Sólo que nosotros hemos sido invitados a dejar todo para seguir un Cristo que es salvador de todo el mundo y de todas las culturas. Tenemos que ser libres y abiertos como Él.

Estamos ante una "señal de los tiempos". Dios está actuando. Quizá sea interesante recordar lo dijo Dostoievski: "La gente se convierte en cosmopolita cuando se interesa por la propia aldea".

8. PROPUESTAS PRÁCTICAS

1. No solo prestamos servicios, todos recibimos a diario muchos servicios de otras personas. Es importante saber reconocer y agradecer. También es fundamental no ser exigentes, queriendo siempre lo mejor.

2. En el mundo en que vivimos, una de las mayores riquezas es el espacio, inclusive el espacio físico. Nosotros tenemos espacios de sobra ¿Cómo podrían ser mejor compartidos?

3. Quien es pobre para seguir el Evangelio no se organiza para formar una empresa. Pero puede organizarse para prestar siempre el mejor servicio para los más necesitados.

4. Es bueno rever fraternamente todo que podemos estar desperdiciando. Hay mucha diferencia entre ser avaro y saber reciclar y aprovechar bien tantos dones que pueden ser útiles.

5. Si los poderosos pueden "globalizar" para tener lucros mayores, ¿por qué no podemos usar las mismas oportunidades para prestar servicios sin barreras? Tenemos que saber liberarnos de instituciones, obras, lugares y culturas donde a lo que estamos acostumbrados.

6. Si, para salvar el mundo, el Hijo de Dios se hizo pobre, ¿qué es que lo que se espera que hagamos ante los desafíos que tenemos hoy? Nuestra vida tiene que ser un cuestionamiento. Otras personas tienen que ver que podemos ser felices inclusive teniendo mucha inteligencia y mucha cultura pero con muy pocas propiedades.

7. Cuando éramos niños no poseímos nada y los demás cuidaron de nosotros. Probablemente seremos ancianos que tendrán poco para dar y mucho para recibir. En este tiempo intermedio ¿por qué tendremos que cargar todo sobre nuestras espaldas?