2. Reconstruir la Iglesia
1. INTRODUCCIÓN
Todos los que conocen algo de la vida de San Francisco de Asís saben que, apenas convertido, entró en la capilla de San Damián y oyó a Cristo Crucificado que le decía:
Francisco, ¿no ves que mi casa está en ruinas?. ¡Ve y restaura mi casa!
En general, las biografías suelen decir que la voz de Dios entendía que su casa era la Iglesia universal pero que Francisco, al menos al inicio, no la comprendió correctamente e hizo una reforma en el edificio de la capilla de San Damián.
Pero, los estudios arqueológicos hechos recientemente revelaron que el trabajo de San Francisco no se limitó a reparar el techo, puertas y ventanas: construyó un dormitorio sobre la iglesia que existía, una enfermería sobre un antiguo refectorio y, además, rebajó todo el piso del templo y acabó con una cripta que quedaba bajo el altar. En realidad, transformó aquella capilla fuera de la ciudad en un pequeño monasterio.
Es evidente que no pensó simplemente en restaurar un inmueble, sino en preparar algo nuevo para un grupo de personas. La "reconstrucción" de la Iglesia tendría que ser la obra de esas personas.
Entendemos esto mejor cuando leemos lo que Clara escribió en su Testamento.
2. EXPERIENCIA DE SAN DAMIÁN
Clara no habló de una voz que habría salido del Crucificado. Contó que Francisco tuvo una visita plena de la gracia divina:
"Cuando el santo, inmediatamente después de su conversión, sin tener aún hermanos o compañeros, estaba construyendo la iglesia de San Damián, en que fue visitado plenamente por la gracia divina, y fue impulsado a abandonar totalmente el mundo, con gran alegría e iluminación del Espíritu Santo, profetizó a nuestro respecto lo que el Señor vino la cumplir más tarde. En esa ocasión, subiendo al muro de la iglesia, le dijo en voz alta y en francés a unos pobres que vivían en las cercanías: "Vengan a ayudarme en la obra del monasterio de San Damián, porque en él vivirán en el futuro unas Señoras cuya vida famosa y santo comportamiento glorificarán a nuestro Padre celestial en toda su santa Iglesia.
En eso podemos admirar la abundante bondad de Dios para con nosotras, pues, en su inmensa misericordia y amor, se dignó hacernos saber esas cosas sobre nuestra vocación y elección, a través de su santo. Y nuestro bienaventurado Padre Francisco no profetizó solo de nosotras, sino también sobre las otras que habrían de venir, en la santa vocación en que Dios nos llamó" (TSC 9-17).
Llamo la atención para "la gran alegría y iluminación del Espíritu Santo" que hicieron a Francisco "profetizar". Tiempo después, debe haber comunicado con entusiasmo a Santa Clara esa convicción de que Dios estaba realizando algo totalmente nuevo. El Padre celestial, que es siempre el creador y está construyendo su Reino en la Iglesia, iba a usar la debilidad de las mujeres esencialmente pobres (en una época en que el valor era ser un militar bien armado o un rico) para conseguir una transformación profunda en su pueblo.
3. MUJERES DE VIDA SANTA
En una Iglesia del siglo. XIII, cuyos representantes se destacaban como grandes y poderosos Señores feudales, la voz del Crucificado parece quejarse de que todo aquello eran "ruinas". El iba a comenzar una renovación en una capilla abandonada en la periferia de una ciudad pequeña, llamando como colaboradores a los pobres y débiles, especialmente las mujeres, que aún eran más excluidas que en la actualidad.
Aquel Cristo desnudo y pobre estaba valorizando a un joven que había perdido pie en el mundo de los caballeros y de los comerciantes, haciéndolo iniciar su tarea en la construcción de un monasterio-tugurio para unas mujeres que él ni conocía.
La ruina que es el poder no sería enfrentada con sus propias armas sino con la alternativa de personas sin poder: primero un grupo de mujeres, después otro de hombres, después una multitud de laicos anónimos que serían usados por el propio Señor para "derribar a los poderosos de sus tronos" a través de incontables pequeñas actitudes de pobreza que se expresarían en todos los continentes y en todos los siglos.
Ellos y ellas nunca tendrían necesidad de ser contestatarios de la obra faraónica edificada en nombre del Evangelio. Ni tendrían necesidad de proponer una alternativa: bastaba ser una alternativa.
Francisco debe haber sido consciente de ello, porque, según la Legenda de Perusa, habría comentado:
"¿No es maravilloso que el Señor haya elegido un pequeño pueblo, diferente de los que lo precedieron, que se contenta en tenerlo solamente a Él, altísimo y glorioso Señor?".
Como para la venida del Hijo de Dios al mundo, bastaban "unas mujeres de vida santa".
4. RECONSTRUIR EL PUEBLO
"Reconstruir" presupone restauración de lo que ya había sido construido antes. La Iglesia es un pueblo. Se reconstruye en la medida en que las personas que la forman logran transformarse.
Y las personas se transforman a partir de sus esperanzas, no a partir de organizaciones exteriores.
La esperanza tiene que ir más allá de las satisfacciones inmediatas, tiene que servir para los hijos, los nietos, las otras generaciones. La esperanza de un pueblo de verdad no puede consistir en pequeñas o grandes realizaciones, sino en Dios.
El pueblo que, en la época, podía ser visto en aquella Iglesia medieval, en realidad comenzó millares de años antes, pasó por las peregrinaciones de Abrahán, por la esclavitud de Egipto, por la búsqueda de Canaán, sonreirá cuando los ángeles de la Navidad habían anunciado una "gran alegría" y brillará cuando el Hijo de Dios resucitó.
Pero tiene que llevar la esperanza a todo ser humano y estaba excluyendo grandes muchedumbres. Numerosas personas estaban muriendo sin esperanza.
La esperanza tenía que ser encendida en la memoria para que todos, aún los "pequeños", tuviesen la convicción de que eran hijos de Dios y tenían futuro.
Las grandes estructuras son ruinas. Porque eran del "espíritu de la carne": estaban queriendo sustituir la grandeza del amor de Dios por fortalezas y monumentos, que solo servían para demostrar como los sus dirigentes "querían ser como Dios".
Para continuar a caminar, el Pueblo de Dios necesita personas libres que pongan en el Señor, de una vez, toda su confianza.
5. EL MANDAMIENTO DE LA POBREZA
En su Segunda Carta a Santa Inés de Praga, Clara dice que para ella, la Pobreza consiste en "cumplir sus votos al Altísimo en la perfección en que el Espíritu del Señor llamó" (v. 14), en "ir con seguridad por el camino de los mandamientos del Señor" (v. 15) y en un "llamado de Dios" (v. 17).
En la "Oración ante Jesús Crucificado", Francisco también habla de un mandamiento. Habitualmente se entiende que ese mandamiento recibido de Dios era reconstruir la iglesita de San Damián. En la visión que presentamos, Francisco estuvo meses rezando ante aquel Crucificado y el mandamiento fue reconstruir la Iglesia del mundo entero a través de la vida de las clarisas (y, después, de sus otros seguidores) en pobreza.
Poco antes de morir, el santo dejaría escrita para Santa Clara una vibrante profesión y fe en esa pobreza que recibiera de Dios como un mandamiento:
"Yo, Hermano Francisco, pequeñito, quiero seguir la vida y la pobreza del Altísimo Señor nuestro Jesucristo y de su santísima Madre, y en ella perseverar hasta el fin; le ruego, Señoras mías, y les aconsejo que vivan siempre en esa santísima vida y pobreza. Guárdense mucho de apartarse de manera alguna, por la enseñanza de quien sea que sea " (RSC 6, 7-9).
6. CASA ES INTERIORIDAD
Es interesante que el Crucificado haya mandado "reconstruir su casa". Casa es hogar, es morada. Es el lugar donde las personas suelen pasar toda la noche y donde se reúnen para algunas acciones principales del día: justamente las familiares y comunitarias, como las refecciones, los encuentros de las visitas, las conmemoraciones.
Casa habla de una vida interior o íntima de las familias y hasta de las personas. Soñar con una casa, ya observaron C. G. Jung y sus discípulos, puede simbolizar una entrada en la propia interioridad.
Es notable que San Francisco haya respondido al Crucificado con la famosa oración en que pidió: "Ilumina, Señor, las tinieblas de mi corazón". Ante aquel icono de luz, sintió que su propia interioridad estaba oscura. Debe haber intuido que, si toda aquella luz entrase dentro de él, iría a descubrir, por la fe, esperanza y caridad, que el tesoro estaba escondido en el campo de su corazón y podría ser reconstruido.
Ante el Crucificado despojado, que se despojara y vaciara para obedecer la voluntad del Padre, que es "todo el bien", Francisco percibió que no necesitaba extender las manos para apropiarse de nada: Es el Bien que pasa por dentro que transforma el hombre, sin ocupar sus manos ni cargarlo de bolsas.
A través de los siglos, personas iluminadas por el Crucificado, como Francisco, Clara y sus seguidores, estarían y estarán siempre reconstruyendo la humanidad que, un día, cometió el error de pensar que podría sustituir el propio Dios, volviéndose dueña del mundo y de todo que contiene.
Nosotros no nos enriquecemos ni nos construimos agarrando las cosas de fuera, que Dios hizo para ser admiradas y usadas por todos. Nosotros nos enriquecemos cuando nos damos cuenta de que Dios, que es todo, ya está dentro de nosotros, ya constituye todo que nosotros somos. Tener no importa, lo importante es ser.
Son las casas que perdieron su vida interior las que comienzan a caer en ruinas. Serán reconstruidas si recuperan la vida. Vida es Dios.
7. ERA UNA PIRÁMIDE
En el tiempo de Francisco y Clara, Iglesia y Pueblo eran pirámides. Quizá se pueda decir que eran una única pirámide, que, para muchos, parecía perfecta.
En la cima estaban el Papa y el emperador, que dominaban sobre el estrato inmediatamente inferior de los cardenales y de los Reyes. Estos dominaban sobre los obispos y sobre los nobles que, a su vez, dominaban sobre la base cada vez mayor de los ministros del culto y de los cortesanos. Luego venía la base anónima de la plebe, que lograba sobreponerse a los innumerables siervos, ya sin derechos humanos. Parecía bonita como la obra de los faraones: funcional y organizada, de acuerdo con los padrones feudales, era un túmulo monumental.
En esa época tiene origen el concepto de "cristiandad", que vigente casi hasta nuestros días: la idea de que era posible construir el Reino de Dios en la tierra, dilatando las fronteras de los países cristianos, expulsando los herejes y derrotando los infieles.
Pero es bueno pensar que el Reino de Dios pertenece a los pobres y solo puede ser construido y reconstruido por los pobres.
Francisco, que tenía otra manera de ver las cosas, acabó subvirtiendo todo el orden de la pirámide, mezclando siervos con Señores, pequeños con grandes, en un interesante fragmento de su Regla no bulada (23, 16-26).
Lo que vale es reconocer que Dios nos colma de bienes y responderle amándolo. Quien reconoció que, en todo, depende de los bienes de Dios, que recorren nuestro interior sin que los podamos poseer porque provocan la respuesta del amor, está siendo reconstruido. Está dejando de jugar a ser un "Diosesito" para ser un hijo del Dios pobre, a quien no le falta nada.
Hoy, nosotros entendemos la Iglesia como un Pueblo en camino. Un Pueblo con un largo camino para recorrer, porque aún tiene que ser "luz de los pueblos". Pero los caminantes tienen que ser pobres: nadie llega lejos cargado de equipaje. Y a quien le parece que tiene todo no necesita más ir a ningún lugar. Piensa que no necesita de Dios.
8. VENGA TU REINO
Jesús nos enseñó la rezar pidiendo que venga, ciertamente con nuestra colaboración, aquel "Reino de Dios" que constituyó el eje de toda su predicación evangélica.
Es interesante observar que en el Antiguo Testamento no se hablaba del Reino de Dios, por más que hubiese una arraigada convicción de que Dios era el Rey de aquel Pueblo de Israel. Descubramos algunas etapas significativas.
La primera etapa puede ser cuando el Señor prometió a su pueblo de esclavos en Egipto que les daría una tierra donde corría leche y miel.
Una segunda etapa sobrevino cuando el pueblo pensó que estaba razonablemente establecido y pidió un Rey visible. Pero Israel no fue muy feliz con sus Reyes, sufrió clamorosas derrotas y comenzó a soñar con un salvador.
Le fue prometido un "ungido" de Dios, un "mesiah", o "cristo". Comenzaron a esperar alguien que los liberase externamente de los enemigos y internamente de la corrupción y de la injusticia. Llegaron a soñar que el Mesías podría establecer el orden hasta en medio de los otros pueblos.
Humillados, entretanto, por las derrotas y por el exilio, llegaron a oír que el Mesías sería un siervo sufriente, como dijo Isaías, o que llegaría humildemente montado en un burrito, como dijo Zacarías. Esas imágenes no fueron de su agrado y parecen no haberse consolidado.
Después del tiempo de los Macabeos, cuando surgió la creencia en la resurrección, pensaron hasta en una situación nueva, en la que el Mesías terminaría con la realidad actual abriéndola a un mundo futuro.
Cuando Jesús vino, los más pequeños esperaban sobre todo un Mesías que los liberase de los romanos y inaugurase el esplendor de Israel. Algunos hasta pensaban en un mundo nuevo mientras que muchos, los poderosos, pensaban que la situación era suficientemente buena para ellos.
Jesús sorprendió a todos porque vino como un pobre, y mostró que no era solo un Mesías sino también el mismo Hijo de Dios.
Por su buena nueva aprendimos dos verdades sobre el Reino de Dios. Una, que el Reino de Dios ya había llegado, ya estaba dentro y en medio de nosotros. Otra, que el Reino de Dios sigue siendo una semilla, un poco de levadura, porque aún no está plenamente realizado.
Los poderosos creyeron que, aunque demore, será posible establecer el Reino en la Tierra. Los pequeños entendieron que la realización del Reino va a ser cuando "Dios fuere todo en todos", en la vida futura, donde Jesús prometió beber otra vez con nosotros el vino nuevo.
Solo los pobres peregrinantes, que "no tienen en esta tierra morada permanente", logran vivir entre el ya y el aún no. Por eso Jesús incluye un llamado a "reconstruir tu casa". Es claro que solo continua en la lucha quien ya probó, pero aún no conquistó.
9. PROPUESTAS PRÁCTICAS
1. Si creemos tener el mismo carisma de Francisco y Clara, aún tenemos la misión de reconstruir la Iglesia por la pobreza, mientras otros la edifican en otros sectores. No somos comandantes de grandes realizaciones ni ejecutores de obras monumentales. Tenemos que ser testigos de posibilidades al alcance de los pequeños.
2. Acuérdate de que la "perfección del santo Evangelio" (vender todo, dar a los pobres, seguir a Jesús) es un consejo para todos pero, para los que ya se comprometieron con el carisma franciscano, es un mandamiento. Anota con claridad las oportunidades que tu aún tienes de observar ese mandamiento.
3. Ten en cuenta que una persona que aún tiene algo para vender no es pobre. Ayuda a su fraternidad a liberarse de algunas cosas que aún impiden en ella la vivencia del "Reino de Dios".
4. Mucha gente que, de alguna forma, pertenecía o pertenece a la iglesia, está buscando soluciones para sus necesidades en cualquier lugar donde las pueda encontrar. ¿Tu, que fuiste llamado la reconstruir la Iglesia, ya estableciste lo que puedes hacer para que tus hermanos y hermanas crezcan en la fe, en vez de perderla?
5. Haz alguna cosa para que los pobres de tu barrio sientan que son parte de su Iglesia. En ese sentido, ¿qué idea puedes dar a los que viven tus mismas situaciones?
6. Siempre que observares alguna falla en la Iglesia que tu vives, pregúntate lo que puede comenzar a ser reconstruido dentro de ti mismo. Es claro que tienes responsabilidades sociales, pero nadie cambia la sociedad si no en la medida en que cambia a sí mismo.