3. El mirar del Cristo Pobre

1). INTRODUCCIÓN

En la visión piramidal de Iglesia y de pueblo que se tenía en la Edad Media, Jesús estaba en la cima: era el Rey de los Reyes y el Señor de los Señores. Francisco, al contrario, aprendió a contemplarlo como un "Rey pobre", como dijo en el sermón que hizo en Greccio (cf. 1Cel 81).

Creo que Francisco y Clara aprendieron a tener otra visión porque estuvieron mucho tiempo rezando delante del Cristo de San Damián. El Crucificado de aquella iglesita era un icono, tipo de imagen que, para los antiguos, tenía una función bien diferente de la nuestra. De un lado, ellos no ponían imágenes en la iglesia para mirarlas, sino para sentirse mirado por ellas. De otro lado, lo que es hasta más importante, la mentalidad teológica enseñaba que los iconos reflejaban en forma de luz la santidad de Dios, iluminando a quien estaba ante ellos.

Irradiando luz en su fondo negro, aquél Cristo tenía unos enormes ojos abiertos, que miraban a lo lejos, llenos de misericordia y compasión. Recordaban al Hijo de Dios que, en la tierra, o miraba al cielo dirigiéndose al Padre o miraba, con los ojos del propio Padre, los ciegos y dolientes, o a las viudas pobres que solo tenían unas moneditas para ofrecer en el templo. Los ojos del Cristo pobre de la cruz dan ciertamente otro sentido a Dios y a las demás cosas, todas ellas miradas desde la perspectiva de Dios.

2. PUNTO DE VISTA

Habitualmente pensamos que "vemos las cosas como ellas son". No es totalmente cierto. Es mucho más veraz que "vemos las cosas como nosotros somos".

Los hechos pueden ser lo que son, pero cada uno de nosotros tiene siempre su versión del hecho. Una persona también puede tener experiencias diferentes de la misma realidad en ocasiones diferentes. Por ejemplo, ver el cielo y el mar cuando estoy muy enfermo, cuando perdí alguna persona querida, o cuando estoy feliz porque recibí alguna buena noticia.

Es famosa la historia del grupo de ciegos que querían conocer un elefante. Un amigo llevó el animal para que lo tocasen. Después, se quedaron discutiendo entre ellos, porque uno tocó la oreja y pensaba que el elefante era como una enorme hoja; otro tocó las piernas y decía que era semejante a un árbol; otro palpó la trompa y consideraba que era como una serpiente muy gruesa.

También se cuenta la historia del abuelo que llevó al nietito para ver un desfile. Llegaron y ya encontraron mucha gente, teniendo que quedarse lejos. Después discutieron, porque el abuelo solo había visto sombreros, kepis y yelmos, pero el niño, que se agachó entre las piernas de las personas, solo había visto botas y zapatos.

Ya me entrevisté varias veces con un médico especialista para quien, así me parecía, yo era un simple riñón que iba a su consultorio.

Por eso, podemos preguntar cuál sería la diferencia de ver Asís desde el negocio de Pedro de Bernardone o desde el palacio de los padres de Clara, o desde la periferia donde los leprosos estaban excluidos.

Es claro que un hereje del tiempo de San Francisco no miraba la Iglesia del mismo modo que un sarraceno, y ninguno de los dos tenía la misma visión de un Inocencio III.

Recientemente, pudimos leer dos versiones bien diferentes de la historia del Brasil: una escrita por un periodista, otra escrita por un indio.

Es claro que la nuestra sociedad brasilera es muy diferente si analizada por un economista, por un político, o por una dueña de casa. Por alguien de la "derecha" o por alguien de la "izquierda".

No se ve el mismo mundo desde el rancho de la favela y desde la ventana de un escritorio en la Avenida Paulista.

Por todo eso, preguntamos: ¿Es indiferente mirar este nuestro mundo con los ojos de Dios Creador y con los ojos del hombre que "quiso ser como Dios"?

Y recordamos: cuando Dios se hizo hombre en Jesucristo, que vivió en Nazareth y predicó en la Palestina, ¿no es verdad que la masa de pobres, extranjeros y mujeres cambió de lugar? Fue en medio de ellos que el Cristo histórico anunció el Reino.

3. LOS OJOS DE FRANCISCO Y CLARA

Francisco y Clara, largamente iluminados por el mirar del Crucificado de San Damián, aprendieron a tener y a enseñar una experiencia de Dios vivida con los ojos. Es impresionante que la casi totalidad de sus testimonios de experiencia de Dios sean de sensaciones de la visión.

Nosotros, en general, aprendemos a mirar las cosas para evaluarlas y adquirirlas. Todo habría sido hecho para darnos poder. El Cristo Pobre enseña a mirar para admirar y alabar, aún cuando no estamos sacando otro provecho de lo que vemos. Cuanto más cosas contemplamos más pobres nos sentimos, porque percibimos que las cosas no son apropiables: son bienes que manifiestan el Bien que es él nuestro Padre de los cielos.

Una de las primeras experiencias que transformaron a San Francisco de Asís fue la que tuvo con los leprosos. Cuando se envolvió con ellos, descubrió que la bondad de Dios también estaba presente aquel mundo de excluidos. Como él mismo fue expulsado de la ciudad a pedradas por andar con los leprosos, reevaluó en otra perspectiva todo que, hasta entonces, le pareciera bonito en su ambiente.

Pasó a tener una visión diferente de lo que era un pobre. Entre otras cosas, pudo enseñar a uno de sus hermanos:

"Cuando ves un pobre, mi hermano, tienes enfrente un espejo del Señor y de su pobre Madre. También en los enfermos debes ver las enfermedades que él asumió por nuestra causa" (1Cel 76).

Además de eso, escribió en su Regla para los hermanos menores:

"Y deben estar satisfechos cuando están no medio de gente común y despreciada, de pobres y débiles, enfermos y leprosos y mendigos de la calle" (RNB 9,3).

De hecho, cuanto más vamos descendiendo en la escala de la pobreza, mejor vamos mirando a partir de abajo. Es un otro ángulo, pero es semejante a la experiencia de quien puede ver el mundo del alto de una montaña o de un avión.

Por eso, no nos debemos extrañar que, al fin de la vida, escribiendo una Carta la toda la Orden, San Francisco solo haya hablado de la Eucaristía. Es el lugar donde, aún hoy, encontramos el Hijo de Dios en su forma más insignificante: como un pedacito de pan. Pero es una migaja que da otro sentido al mundo.

La conclusión, para Francisco, es obvia: todo lo que existe en este mundo es bien de Dios, todo es prestado; nosotros usamos con placer y gratitud pero, cuando no lo estamos usando más, lo devolvemos.

Clara pasó la vida contemplándose a sí misma en Cristo pobre de la cruz como en un espejo. Fue descubriendo, poco la poco, que era tan pobre cuanto Él, y enseñó a Inés de Praga la "abrazar a Cristo pobre como una virgen pobre".

4. OJOS DE VERDAD

Mirar directamente a los ojos del Crucificado, como hacía Santa Clara, es la puerta para contemplar la verdad del propio yo.

No puedo enfrentar esos ojos y continuar pensando que "soy como Dios". Es con tanto amor que El me mira, que no me importa verme despojado de toda mi falsedad. Puedo ir aprendiendo, lentamente, verme como Dios me ve, como yo mismo me veré cuando la muerte haya desmantelado la imagen exterior que me costó tantos años cultivar.

Entonces, quedará claro que todo el bien que soy es reflejo del Bien de Dios y que alguna cosa que no sea de Dios, ni existe.

En ese momento me sentiré pobre, absolutamente pobre, pero feliz por ser pobre. Porque todo lo que yo descubra en mi mismo será verdadero, todo lo que yo mire fuera de mí será la verdad.

Percibiré, entonces, que los ojos ricos, los ojos que se apropiaban, eran las ventanas de un yo falso, aquel que un día pensó que podía ocupar el lugar de Dios.

De San Francisco hasta hoy, la historia de sus discípulos es ocho siglos de luchas en búsqueda de una pobreza verdadera. Quizá sea posible ver el problema con mayor objetividad si nos convencemos de que lo principal no es tomar esta o aquella actitud, gastar tanto o cuánto, pero aprender a mirar el mundo con los ojos de pobre, del pobre Jesús Crucificado. Es un mirar siempre nuevo, que nunca consigue encontrar una solución para siempre: se tiene que ser libre para cambiar a cada momento.

O, como nos advirtió la Palabra de Dios:

Tengan los mismos sentimientos de Jesucristo: El se vació por nosotros... (Fil 2,5).

Quien es vacío y considera un valor ser vacío, lucha para nunca llenarse de nada, a no ser del propio Dios.

5. LOS OJOS DE LOS POBRES

Ya recordamos que la propuesta de la "perfección" evangélica solo puede ser hecha a quien tiene algo que vender y dar a los pobres. Por eso, al hablar de pobreza, siempre se pensó en pobres voluntarios, como el propio Cristo, como Francisco, Clara y tantos de sus seguidores.

Me parece que es importante tener en cuenta también a los pobres involuntarios, los que nacieron en la pobreza o a ella fueron reducidos, a veces por sus propias fallas pero, casi siempre, como consecuencia de la ganancia desenfrenada de otros. Pues existe gente que planea la exclusión de los que juzga menos capaces.

Todos son hermanos y hermanas nuestros y es fundamental ver el mundo con sus ojos. Podrá ser ojos de miedo, de enfrentamiento y hasta de odio, de quien tiene muchas razones para todo eso. Pero también suelen ser ojos de confianza en Dios, de solidaridad, de valorización de otros bienes que, para nosotros, suelen pasar desapercibidos.

Muchos serán ojos que jamás leerán lo que está escrito aquí, porque ni siquiera tuvieron la gracia de aprender a leer. Pero pueden ser los ojos de la mayoría, que no solemos tender en cuenta.

Y, aunque no sean los ojos de la mayoría, pueden cargar una sabiduría que no suele ser tenida en cuenta ni tampoco considerada o conocida. Pero es la sabiduría que nos enseña a saborear la vida, sin empacharnos, ayudándonos a asimilar.

Dios y el mundo pueden ser vistos de muchos ángulos. Todos esas miradas están concentradas en los ojos del Crucificado, del "Rey Pobre". Ignorarlos es locura.

6. LA UTOPÍA DEL REY POBRE

En los ojos del Crucificado, Francisco y Clara supieron leer la utopía del Rey Pobre: enseñarnos a acoger la voluntad del Padre y todo su designio de amor.

En el Evangelio de San Juan, declaró: "mi alimento es hacer la voluntad de aquel que me envió y consumar la su obra" (Jn 4, 31).

La voluntad del Padre no son caprichos imprevisibles; es un llevarnos a la plenitud de su imagen y semejanza. Es hacernos ser lo que deberíamos ser si no nos hubiésemos apartado de él por el pecado de querer ser Dios. Nosotros quisimos ser ricos, y nos equivocamos.

Por eso, Jesús se hace vacío y pobre para conducirnos por el camino de la vida.

Vino para que tuviésemos vida, vida en abundancia. Vida es un don que nos enriquece por transformación, por una transformación que durará siempre, y no por acumulaciones que pueden ser hoy mismo disipadas.

En la misma línea, Jesús dijo que tenía venido traer fuego a la tierra y quería verlo encendido. Fuego encendido son corazones que desbordan, no son manos que agarran ni brazos que ahogan.

En los ojos del Cristo, podemos ver espejado mucho dolor, es claro, porque no estamos viviendo el bien que Dios soñó para nosotros.

Pero también es fundamental que entendamos que son ojos llenos de misericordia, que no quieren quebrar la caña cascada, ni apagar la mecha humeante. También son ojos llenos de esperanza, una esperanza que infunde vida.

Francisco y Clara aprendieron ese mirar y creyeron en la utopía del Rey Pobre. Nosotros también podemos aprender la mirar diferente, y con toda la variedad de que somos capaces.

Es así que será hecha en la tierra la voluntad del Padre que está en los cielos.

7. TU NUEVO MIRAR

Para nuestra reflexión, estoy suponiendo que tu tienes un "mirar de rico" y que necesitas aprender con Jesucristo, Francisco y Clara, a tener una "mirada de pobre".

No te asustes, es una suposición. Es casi un chiste. Para continuar la reflexionar conmigo, piensa que hay personas (bien pocas) que tienen el mirar de rico porque nacieron ricas. Existe un número un poco mayor de las que tienen ese mirar porque llegaron a ser ricas; son los "nuevos ricos". Y hay una muchedumbre de los que, de ricos, solo tienen el mirar.

Para mí, el "mirar de rico" es el que ve en todas las cosas algo que se posee o se puede poseer. "Mirar de pobre" es el de la persona que queda admirada y agradecida por lo que ve, usa con alegría, pero no siente la necesidad de guardar, de llevar consigo.

Para mí, mirar de rico es el que evalúa las personas como sus posibles servidores, pensando en lo que puede hacer de cada una. Tener mirar de rico es hasta disputar con los otros, usando inclusive la violencia, para conseguir imponer su voluntad. Mirar de pobre es el que piensa en como podría ser útil para cada persona que va encontrando.

Para mí, "mirar de rico" es el de quien quiere siempre estar por encima, siendo admirado y respetado por todo el mundo. "Mirar de pobre" es el de quien es feliz porque los otros tienen buenas cualidades, se siente hasta maravillado y estimulado por esos dones ajenos, pero ni piensa en competir.

Quien tiene el mirar de rico puede hasta crecer por fuera, pero va disminuyendo por dentro, porque su corazón se va asfixiando. Quien tiene el mirar de pobre no toma nada para sí mismo, porque está siempre expandiéndose a partir del corazón. Es un bien que se difunde, no es un bien que se acopia.

El mirar de pobre de Jesús, de Francisco y de Clara ya partía del hecho de haberse sentido profundamente amados por Dios Padre, descubriendo en todo momento, en las personas y en las cosas que los rodeaban , las pruebas de ese amor de Dios. El "Reino de Dios" les pertenecía.

Evidentemente, hay modos de mirar mucho más ricos y hay modos de mirar mucho más pobres. Es posible identificar una persona por el iris. No deben existir dos personas que miren todo del mismo modo. ¿Será que, de todos modos, la "realidad" es única? "Realidad" ¿es el mundo sin personas? ¿O incluye las personas?

Es posible que el mundo tenga que cambiar. Pero es probable que tu mirar, mejorado, ya te ayude la descubrir un mundo nuevo.

7. PROPUESTAS PRÁCTICAS

1. Haz un esfuerzo por anotar y describir de la mejor forma posible las cinco mayores preocupaciones que tienes actualmente. Enfrenta con valentía el reconocimiento de que tus preocupaciones son un buen índice de lo que tienes en el corazón.

2. Pide ayuda a otras personas. Sin conversar con ellas, intenta describir esas mismas preocupaciones como te parece que son entendidas por algunas personas bien diferentes, que conozcas. No pienses en sus opiniones, en "sus" preocupaciones; piensa en la su reacción ante esos mismos problemas.

3. Después de haber anotado todo, intenta conversar al respecto con cada una de esas personas. Escucha con mucha objetividad todo que digan, sin intentar juzgar. Si hubiera que hacer correcciones en lo que tenías anotado, no dejes de hacer el cotejo.

4. Experimente oír y posiblemente anotar el punto de vista de otras personas menos conocidas sobre las mismas preocupaciones. Será muy importante que puedas oír personas pobres. Siempre habrá una manera especial de entrevistarlas: desafía tu propia creatividad.

5. Toma la Biblia e intenta anotar en que puntos Dios (y principalmente Jesucristo) concuerda o disiente de tu manera de encarar esas tus cinco mayores preocupaciones. Es probable que encuentres en la Biblia que otros personajes tuvieron tus mismas preocupaciones. Intenta descubrir cual es, a los ojos de Dios, la reacción ante nuestros problemas.

6. Y se supieses que vas a morir mañana, ¿cómo quedarían esas cinco preocupaciones?