5. Tres momentos de vida

1. INTRODUCCIÓN

La humanidad, en general, ya asimiló tan bien los tres principios de muerte (la posesión, el mando, el status) que todo eso nos parece la verdad más elemental del mundo: tiene que ser así.

Somos esclavos del sistema, bastante inconscientemente. Y aquí es que entra el Rey Pobre, Jesucristo, para liberarnos de la esclavitud de Egipto y conducirnos a la salvación.

Su venida a la tierra fue marcada por tres grandes momentos de vida, para transformar los principios de muerte en oportunidades de salvación. Fueron el nacimiento en Belén, la muerte en la Cruz y la perpetuación de la su presencia en la Eucaristía.

Evidentemente, todo el acontecimiento del Dios que se hizo hombre es salvador, pero, con San Francisco y Santa Clara, vamos resaltar esos tres momentos, que fueron los "pasos" de Jesús que ellos quisieron seguir.

Con Francisco y Clara subrayamos que la actitud del Rey Pobre contiene conjuntamente la pobreza, la humildad y el amor. Ambos ven la pobreza especialmente en el pesebre, el amor especialmente en la cruz. La humildad es vista por Clara en toda la vida terrena de Jesús, en cuanto Francisco la contempla patentizada principalmente en la Eucaristía. Son los misterios de la no-propiedad, de la sumisión y de la insignificancia, vividos por el Hijo de Dios hecho hombre.

El hizo todo eso por nosotros como una preciosa colaboración. Pero, hoy, son hechos que, por sobre todo, nos desafían.

2. EN EL PESEBRE

Si hubiese aceptado el sistema reinante en la humanidad, Jesús habría nacido en Roma, hijo del emperador, o, por lo menos, sería hijo de Herodes en Judea. Y, ¿por qué no en los Estados Unidos del siglo XXI? ¿O por que no vino ser dueño de una multinacional?

Ante de la pobreza del Hijo de Dios que nació en Belén, somos llevados a recordar la exhortación de la Carta a los Filipenses:

Tengan los mismos sentimientos de Jesucristo. El es Dios. Pero no se vanaglorió por ser Dios. Se vació hasta ser encontrado como uno de nosotros, como un siervo, para salvarnos (Cf. Fil 2, 5-8).

Queriendo mostrar como es un hombre en su perfección, un hombre como salió del pensamiento amoroso del Padre, Dios se vacía. Jesús es vacío porque el hombre es vacío. Ese vaciamiento (kénosis) es una forma bien concreta de mostrar que el inicio de nuestra felicidad está en la no-propiedad.

Francisco y Clara recordaron muchas veces la Navidad y observaron que se trataba de una pobreza llena de amor y de humildad.

Nosotros solemos vernos incompletos cuando estamos vacíos, y procuramos llenarnos de cosas y de ocupaciones. Incluso de preocupaciones. Quizá por tener alguna conciencia de que Dios no es vacío y nosotros queremos ser como Él.

De hecho, fuimos criados vacíos para podernos llenar. Pero es para llenarnos de Dios. El vacío es el lugar del Señor dentro de nosotros.

Podemos pensar que Dios construyó dentro de cada uno de nosotros una amplia casa para El mismo morar, pero que nosotros la llenamos de intrusos para ganar el alquiler, y nos quedamos sin Dios.

El propio Dios recuperó su lugar. Lo importante es que nosotros colaboremos, no solo abriendo cada vez más espacio para El sino también buscando cada vez más su conocimiento, la vivencia concreta de todas sus enseñanzas. Tenemos que acogerlo en los sacramentos y ocuparnos con Él en la oración. Es de esa forma que vamos a necesitar cada vez menos de nuestra furia consumista y apropiadora.

Lo importante es cultivar en nosotros una criatura que quiere ser de Dios. Que va desistiendo cada vez más de ser Dios de sí mismo o de los demás.

Somos invitados a descubrir cual es nuestro pesebre - el que es, hoy, para cada uno de nosotros que está viviendo en este inicio de milenio, un establo fuera del albergue - para entrar en él, por libre y espontánea voluntad, como Jesús hizo.

Un pesebre es vender todo, dar todo, y quedar, de verdad, dependiente de los hermanos y hermanas. Quizá hasta inclusive de los animales y de las otras criaturas.

En el pesebre está, principalmente, la pobreza despojamiento. Muestra como Jesús nace encarnado en la humanidad pero fuera de los sistemas criados por la humanidad El asumió nuestra naturaleza pero no nuestros pecados.

En el Cristo del pesebre, descubrimos el hombre verdadero: dependiente de Dios pero auténtico, pleno, total, transbordando imagen y semejanza.

Tenemos que trabajar el pesebre como la oportunidad de salir del sistema. Descubrir la pobreza de quien pierde el apoyo del sistema porque no hace cuestión de él.

En el pesebre, Jesús Pobre salió del sistema apropiativo. Los misioneros que vinieron a América tuvieron una oportunidad especial de encontrar otros sistemas no apropiativos pero no supieron aprovecharlos. Su "cultura" evaluó que la gente del mundo nuevo no había aprendido la vivir en un sistema humano.

Nosotros tenemos que aprender a tener una Iglesia que no ostente propiedades, donde no haya oportunidades de ganancia, codicia o consumismo.

3. EN LA CRUZ

Si hubiese aceptado el sistema, Jesús sería al menos un alto ejecutivo. Estaría en las tapas de las revistas. Habría conseguido un entierro más aparatoso que los de Ayrton Senna o de la Princesa Diana.

Nosotros solemos ver en nuestros crucifijos principalmente los sufrimientos de la pasión de Jesús. De hecho, es uno de los aspectos fundamentales, porque El asumió nuestros pecados y pagó por nuestras culpas. Pero San Francisco contempló en el Crucificado, sobre todo, la sumisión a la voluntad salvadora del Padre.

El Cristo de la Cruz nos enseña que es locura querer mandar, porque el único Señor es el Padre, el Dios verdadero. Por nosotros, El da al Padre la respuesta del sumo Bien.

El es un servidor que nos enseña a amar olvidándonos de nosotros mismos y prestando servicio a los otros, a tantos necesitados, bajo tantos puntos de vista.

Con Él podemos aprender y enseñar como enfrentar de manera positiva los sufrimientos que vinieren, haciendo de ellos una escuela de vida.

La celebración de la cruz no es celebración de la muerte sino de la vida. Tenemos que morir para que nazca una vida nueva. La verdadera resurrección es un continuo renacimiento. Por eso, también es una aniquilación constante.

Pero no es negativa, porque quien sirve hace fructificar su amor. El Crucificado no reúne a su alrededor a los que quieren aproximarse al poder, sino a los dispuestos a servir. Como Jesús se somete al Padre, nosotros también nos sometemos al Bien en todas las criaturas.

Es interesante la propuesta de Santa Clara: Espejarse en Cristo Pobre para ir quedando bonita como Él. Aún como crucificado, Jesús es bonito cuando se entiende su amor. Francisco también fue capaz de entender toda la luz que emanaba de aquel Dios despojado, y rezó:

Ilumina, Señor, las tinieblas de mi corazón...

4. EN LA EUCARISTÍA

Si hubiese aceptado el sistema dominante, Jesús podría haber fundado una fuerte organización benéfica, para llevar ayuda la todos los pueblos. En vez de eso, la principal presencia que dejó entre nosotros fue la de un insignificante pedacito de pan.

Francisco de Asís, el pobrecito, supo entender eso muy bien. En sus escritos, el tema más frecuente es la Eucaristía. Ya en el final de la vida, escribiendo una Carta la toda la Orden, deja de lado otras preocupaciones para hablar del Pobre en la Eucaristía con textos como este:

"¡Pásmese el hombre todo, estremézcase la tierra entera, regocíjese el cielo cuando, sobre el altar, estuviere en las manos del sacerdote Cristo, Hijo de Dios vivo! ¡O grandeza maravillosa, o admirable condescendencia! ¡Oh humildad sublime, o humilde sublimidad! El Señor del universo, Dios y Hijo de Dios, se humilla a punto de esconderse, para nuestro bien, en la modesta apariencia del pan. ¡Mirad, hermanos, que humildad la de Dios! ¡Derramen ante Él los corazones (Sal 61,9)! ¡Humíllense para que Él los exalte (1Pe 5,6)! Luego, ¡nada de ustedes retengan para ustedes mismos, para que totalmente los reciba quien totalmente se les da!" (CtOr 26-29).

En la Eucaristía radica especialmente el aspecto humilde de la pobreza. En la Eucaristía y en toda la vida de Jesús en la tierra. En toda su "pasión".

De un lado, esa presencia en forma de pan, la comida más común , nos hace pisar el terreno de lo cotidiano, donde somos materia y tenemos que trabajar con realidades concretas, como es nuestro propio cuerpo. Es la presencia de Dios mismo en los aspectos menores y hasta más brutales de nuestro día a día.

Por otro lado, ese pedacito de pan nos pone en contacto con el misterio. Con el misterio de Dios y con el misterio de nosotros mismos. Y pide, prácticamente exige, que nuestro mirar no descanse en lo visible sino que busque algo mucho más profundo. Trascienda.

Por eso, la Eucaristía es la principal oportunidad de ir descubriendo nuestro yo verdadero. Comemos a Dios vuelto insignificante en aquel pedacito de pan y somos obligados a despojarnos de las ilusiones de nuestras falsedades.

Ante de ese infinito que se reduce a una migaja, ¿quien soy yo, que me creo importante?

Como recuerda Santa Clara, en toda su vida ("en medio del espejo"), Jesús Pobre dinamita nuestro sistema de ostentación y importancia. Y demuestra que no tenemos que ser un pueblo que ostente grandezas y números.

Es la Eucaristía que trae a nuestro cotidiano el proceso de vaciamiento, la "kénosis".

Tenemos de vaciar cajones y armarios, vaciar la cabeza de preocupaciones, vaciar el corazón de apegos, pero principalmente vaciar la propia imagen de nosotros mismos de sus disfraces, máscaras, propiedades, convencimientos, engaños, cosméticos...

Si, cada vez que yo me presento ante el Cristo del sagrario, consigo dejar allí un adorno falso... conseguiré mirarme mejor...

Es siempre interesante considerar como Santa Clara enseñó las Hermanas a vivir en la Eucaristía: identificando su debilidad e insignificancia con la debilidad y insignificancia del Dios que se presenta en la forma de un pedacito de pan.

Cuando nos aterrorizamos con cualquier cosa, es porque tenemos algo que perder. Cuando vemos que ni Dios tiene más nada que perder, nuestros "bienes" se nos muestran en toda la su relatividad.

5. UNA NUEVA VIDA

Quien deja de poseer, nace otra vez con Cristo, y nace concientemente, de verdad se identifica con Cristo pobre.

Quien se somete, hace las paces con Dios, recupera la imagen y semejanza y pasa a vivir como hijo de Dios.

Quien se acoge en la insignificancia de la verdad, descubre la vida que no tiene límites. Es como un camello pasando por el agujero de una aguja: tiene que convertirse en insignificante para descubrirse en la dimensión del reino.

En Cristo, descubrimos la plenitud del ser humano. En él, siguiéndolo, podemos realizarnos plenamente y de verdad.

Pasando por el pesebre, por la cruz y por la Eucaristía, me descubro como un otro Cristo. Por eso, sigo los pasos del Crucificado y me miro largamente en ese espejo que me transforma en mi yo verdadero.

Jesús dijo que había traído la vida en plenitud, y lo podemos ver en todo que El hizo, y principalmente en esos tres momentos destacados. Cuando nació pobre, mostró que, para vivir plenamente, tenemos que rever nuestra manera de estar en este mundo. Cuando murió en la cruz, enseñó que nuestra vida es plena cuando sabe darse entera. Cuando quedó a nuestra disposición en la forma humilde de una comida pobre, dejó claro que, para vivir en plenitud, tenemos que multiplicarnos en los servicios más humildes.

Para tener la plenitud, habitualmente pensamos en lo que podemos incrementar. Jesús muestra otro aspecto: plenitud es Dios; nosotros la aprovechamos en la medida en que aprendemos a ser vacíos.

Quien da un paso decidido en la conversión - entrando en la vida religiosa, por ejemplo - es para identificarse con Cristo Pobre. No tiene sentido aprovecharse de ello como de una disculpa o palanca para escapar de la pobreza material.

Es evidente que estamos necesitando, en la vida religiosa y en la vida laica comprometida, de personas que sean más objetivas en la vivencia de ese Cristo del pesebre, de la cruz y de la Eucaristía. No es posible servir a Cristo en su camino sin estar siempre cortando todos los lazos que nos atan al tener, al mandar y al ser importante.

6. CÓMO SERVIR

Quizá podamos sintetizar todo recordando que Jesucristo dijo que había venido para servir y lo demostró.

Por su nacimiento, mostró que es falso pensar que poseemos alguna cosa. Todo es de Dios y nosotros estamos en este mundo especialmente para ayudarnos los unos a los otros a crecer con los bienes que Dios hace pasar por nosotros.

Por su muerte en la cruz, mostró que es falso pensar en poderes. Todas nuestras potencialidades son para ayudar ese pueblo a caminar siempre mientras no se llegue al Infinito.

Por la su permanencia humilde entre nosotros, muestra constantemente como son falsas nuestras máscaras de grandeza. Nuestro valor es incalculable pero consiste en ser una notita más en el concierto musical que Dios está dando con toda su creación.

Quien acogió a Jesús, el Rey Pobre, y se dejó servir por Él, tiene que prestar servicio a los demás. Entretanto, eso no quiere decir estar a disposición de cualquiera para satisfacer sus caprichos. No debemos ser Señores ni dar a los otros la oportunidad de serlo.

Servir como Jesús es enseñar a ser humano como Él. Por eso, consiste esencialmente en dar un buen testimonio de vaciamiento. Pero es preciso que ese testimonio tenga la fuerza de arrastrar.

Para servir hay que estar muy atentos junto al prójimo cuando tiene ocasión de ser pequeño, dedicado y pobre, pero vacila.

Para servir es preciso cuestionar, con mucho amor pero con mucha fuerza, todas esas actitudes comunes que parecen enriquecernos pero que nos deshumanizan.

Servir es multiplicar, por mi ejemplo, la presencia salvadora de Jesús junto al mayor número posible de personas. Y también es ayudar a muchos otros a llevar esa presencia del Dios servidor de todos.

6. PROPUESTAS PRÁCTICAS

1. Experimenta armar un pesebre que muestre más claramente lo esencial, esto es, que Dios quiso nacer pobre en este mundo. Es claro que el amor debe transparentar en todo porque fue por amor que Dios vino. También la alegría tiene que quedar visible, porque fue eso que los ángeles comunicaron. Pero, si el pesebre no sacude nuestra manía de riqueza, pierde su sentido principal.

2. Nuestro mundo está lleno de crucifijos y de cruces. Hasta en edificios públicos. En los cementerios y en los cuellos de las personas. Enseña, siempre que te sea posible, que esa cruz es un grito contra nuestra manía de mandar, es un llamado a la sumisión a Dios y al servicio a los hermanos, aunque nos cueste la propia muerte. Deja que esos crucificados haben dentro de tu corazón.

3. Rodea la Eucaristía de todo honor y respeto, porque no tenemos ninguna otra cosa que exprese tan concretamente la presencia de Dios entre nosotros. Pero nunca dejes de observar que el Dios que se presenta en la insignificancia de un pedacito de pan está desmontando las imágenes falsas de nosotros mismos, que nos dieron tanto trabajo para ser construidas.

4. Con tus pesebres, con tus cruces, con tus misas y comuniones, pregúntate cuantas personas ya ayudaste a salir de este sistema infernal de poseer sin medidas, mandar en todo, matarse para poder presentar una importancia falsa.

5. La señal del cristiano es la señal de la cruz. Mucho más de lo que los símbolos que colgamos en el cuello o en las paredes, mucho más de lo que el gesto con que nos persignamos, tiene que ser una vida que cuestiona valores.