MUCHOS COLORES,

UN SOLO ARCO IRIS

Solidaridad franciscana en tiempos de la globalización

Hermann SCHALUCK

 

IQueridos Hermanos! Muchas gracias por vuestra invitación a participar en este Consejo Plenario de la Orden (CPO) que están celebrando aquí en Asis. De corazón deseo que les ofrezca nuevas perspectivas para la vida según el Evangelio en nuestro mundo actual.

Mi intervención consta de tres partes. En la primera citaré algunas experiencias que he vivido en los Ultimos años; en la segunda, haré una reflexión teológica sobre ellas; en la tercera, propondré varias sugerencias sobre cómo pueden los Hermanos y Hermanas cumplir su misión de seguir a Cristo pobre en el mundo globalizado en que vivimos.

1. VER. Experiencias de un camino común.

Primero la naticia buena. En los últimos 25 años la Familia Franciscana ha tomado cada vez más conciencia de sí misma. Sus varios componentes han experimentado gue ninguno de ellos posee y vive todo el carisma. Por eso, estamos Ilamados a completarnos mutuamente y a edificar juntos una nueva casa en la que haya muchas moradas: para varones y para mujeres, para clérigos y para laicos, para contemplativos en clausura y para contemplativos en el mundo. La herencia franciscano-clariana debe desplegarse como un arco Iris sobre la tierra, sobre toda la creación y hablar del Dios de la vida que ama al mundo y a los pobres. El arco iris es una sola realidad, pero consta de mil colores y matices. El estudio de nuestras fuentes y los retos que nos plantean los signos de los tiempos han aumentado nuestra familiaridad. Me viene a la mente una imagen empleada con frecuencia en la teología y la espiritualidad ecuménica, y gue podemos aplicar también a la Familia Franciscana: las diversas tradiciones cristianas son como los rayos de una rueda: cuanto más cerca están del eje, del centro, que es Cristo, el único Señor, tanto mas cerca están unas de otras. Lo mismo nos ocurre a nosotros.

Los organismos comunes de la Familia Franciscana existentes en diversos países, zonas lingüísticas, continentes y en la misma Roma (CFF), y algunos proyectos comunes atestiguan que la casa común no es una mera utopía. En cuanto me atañe, conceptúo las experiencias del camino común de la Primera, Segunda y Tercera Orden entre las más hermosas y alentadoras de mi vida. Hemos tomado cada vez mas conciencia de formar parte, en nuestra Iglesia y en el mundo, de un todo mayor y cuyo colorido, belleza y fecundidad espiritual y social todavía no hemos cultivado y aprovechado adecuadamente.

En efecto, cuando consideramos, sobre todo, los retos y problemas originados por las desigualdades e injusticias estructurales de nuestro orden mundial - necesidad de liberación de los pobres, tarea de reconcillaaon y de paz, ecumenismo, diálogo con las otras grandes religiones del mundo -, vemos que nuestro camino hacia el futuro todavía tiene muchas etapas por recorrer.

Quisiera citar algunos ejemplos que nos muestran qué es lo que todavía tenemos por delante. Empiezo con un ejemplo de mi propia casa (OFM). Durante los años 1991-1997 hemos procurado, con todos los Hermanos y Hermanas con quienes nos vincula una especial comunión espirìtual, que la "cultura internacional de la solidaridad" fuera el tema de nuestra reflexión espiritual y el hilo conductor de nuestro actuar. Nos hemos esforzado en ver cómo cada Hermano, cada Hermana, cada Fraternidad, cada Provincia debia vivir su participación en ese conjunto mayor constituido por una historia, un mundo y una familia comunes. No se trataba de un postulado facultativo para lograr una gerencia eficaz, ni de una cesión a tentaciones "centralistas", sino de algo relacionado con la credibilidad de nuestra vida según el Evangelio. Nadie vive, muere, ama, trabaja y sufre para sí mismo. Cada uno puede dar, y cada uno puede, también, recibir. Para cumplir la misión que el Señor nos ha encargado, tenemos que pensar y que orar en contextos más amplios que los de hasta ahora.

Dios nos habla hoy mediante nuevos retos. "Pensar globalmente y actuar global y localmente" es desde hace muchos años, según mi experiencia, una máxima importante no sólo para marcar la dirección de los agentes globales de la economia y de la politica, sino tambien para la inculturación del Evangelio y de nuestro carisma, para el seguimiento de Jesús en el mundo actual, para la evangelización, para la credibilidad de la vida religiosa, incluida la de la Familìa Franciscana, y para una motivación profunda y estable al servicio de la paz y la justicia. Repetidas veces he podido comprobar la necesidad de una nueva "cultura de la solidaridad" entre nosotros y con los otros y, también, la dificultad de conseguirla. Muchos Hermanos y Hermanas están absortos en difíciles problemas locales y regionales, por ejemplo el mantenimiento abandono de muros, de casas, incluso de Provincias y de tradiciones.

¿Cuanto tiempo y cuántas fuerzas quedan para los "amplios horizontes", para la solidaridad, la coparticipación de recursos materiales y personales, para la creación de nuevas tradiciones, para avanzar, mativados en una mentalidad renovada, en el camino de la evangelización de las culturas, por ejemplo respecto a China, para la creación y mantenimiento de nuevos centros comunes de formación y estudio?

Nuestra situación se parece con frecuencia a la descrita en Lc 9, 60: estamos ocupados en enterrar a nuestros muertos y no nos queda tiempo (o fuerzas) para anunciar el Reino de Dios. En cambio, ¡cuánta fantasía creativa común y cuánto aliento mutuo en la fe y en la forma de vida franciscana harían falta para comprender los signos de los tiempos, para encontrar respuestas evangélicas, para Ilevar el Evangelio hasta el confin de la tierra!

La preocupación por mantener el status quo (Casas, Provincias, Misiones "propias") es sin duda inevitable, pero exige demasiadas energias. Cuando nos preguntamos si vivimos la pobreza de manera creíble, lo decisivo para mi no es la cantidad de dinero que tenemos en nuestras cuentas. Mucho más problemático es el aferrarse a tradiciones obsoletas que consideramos como "propiedad" inalienable, la falta de valentia para desprendernos de estructuras anquilosadas gue han dejado de ser portadoras de espiritu y vida, las argumentaciones basadas, por ejemplo, sobre tradiciones demasiado cargadas de regionalismo o de nacionalismo, la "apropiación" de convicciones gue nos impiden ser una Fraternidad verdaderamente internacional que, lejos de gloriarse constantemente del carisma de san Francisco y de alabar su ideal de pobreza, se esfuerza, con todos los riesgos que ello implique, por encarnarlo de nuevo en nuestro mundo tan complejo.

En 1996, durante un encuentro con representantes de todas las Conferencias para preparar nuestro Capítulo general de 1997, plantee varias preguntas que siguen teniendo vigencia: «¿Cuál es la situación de la "nueva cultura de la solidaridad" en las relaciones entre las Provincias y entre las Conferencias, entre las Provincias y Conferencias con el conjunto de la Orden y entre la Orden en su conjunto y la Familia Franciscana? ¿Cómo funciona la comunicación en la Orden? ¿Somos una Orden y una Familia que pueden y quieren realizar procesos con proyección a medio y largo plazo (por ejemplo, respecto a los centros de estudio, a un fondo de solidaridad)? Me parece que tanto en las Provincias, como en la Orden y en la Familia Franciscana en general vivimos demasiado de improvisación. Y nos amenaza siempre la tentación de presentar esta grave carencia como una conquista, basándonos sobre aquel estribillo según el cual "Francisco no fue un hombre de programas y estructuras, sino que vivía de intuiciones"».

Otro ejemplo de nuestra Familia (OFM). En 1979, en el momento álgido del éxodo del pueblo vietnamita en barcas y chalupas, se celebró en Ginebra una conferencia de la ONU sobre el problema internacional de los refugiados, en la que participé por deseo de Fr. John Vaughn, recién elegido Ministro general y seriamente interesado en sensibilizar con energia a nuestra Orden en las cuestiones relativas a la justicia y a la paz. Y así lo hizo con un documento muy inspirado y sugerente sobre el problema de los refugiados. Como es costumbre en nuestra Orden, el documento confió a las Provincias la asunción

de las iniciativas concretas. Por lo que pude comprobar, la carta no causó mucho impacto en la Orden. Pero tuvo una consecuencia notable. Las "Römische Quellen" ("Fonti romane"), que considero fiables en este caso, afirman que el P. Arrupel S. J., Prepósito general de la Compañia de Jesús, quedó entusiasmado por aquella carta e, inspirándose en ella, creó el "Servicio Jesuita a Refugiados", conocido actualmente en todo el mundo. Es, sin duda, una hermosa experiencia para todos nosotros. Pero no puedo menos de preguntarme por qué, al parecer, no somos capaces de ofrecer parecidos signos proféticos, que demuestren la vitalidad de nuestro proyecto de vida no sólo con palabras, sino con obras que respondan a las necesidades de hoy.

Otro ejemplo, que, a primera vista, quizás parezca tener poca importancia para el tema de la solidaridad franciscana internacional. Me refiero al carácter "mixto" (clerical-laical) de la Ilamada Primera Orden y a la complementariedad en el seno de la Familia Franciscana, sobre todo entre las Ilamadas Primera y Segunda Orden. No es éste el momento de analizar el problema. Simplemente quisiera insinuar la urgencia de recuperar la conciencia de ser un "lnstituto mixto", es decir, una auténtica comunidad de Hermanos, subrayar la importancia de formular de un modo nuevo nuestras relaciones con las hermanas de santa CIara y, aceptar a las mujeres como compañeras en pie de igualdad en un mismo proyecto de vida.

En efecto nuestra irradiación espiritual; y nuestra fecundidad evangélica no dependen del número de nuestros componentes y de nuestros documentos, ni del número de nuestras

obras y proyectos, sino de la fidelidad al carisma originario, de la valentía para vivirlo también hoy con coherencia y de la solidaridad recíproca de todos los miembros de la misma Familia. No obstante el arduo trabajo de muchos Hermanos por el "lnstitutum mixtum" no tengo la certeza de que este tema haya logrado convertirse en un objetivo común de todos Ios Hermanos y Hermanas. No he podido por menos de comprobar el aferramiento de muchos Hermanos y Provincias a ciertos servicios tradicionales (por ejemplo, parroquias, ministerios de carácter clerical, formación clericalizadora) y su falta de solidaridad para buscar una identidad renovada. En varios de nuestros Capítulos generales (casi) todos los capitulares han defendido verbalmente el objetivo del "lnstitutum mixtum". Pero esa voluntad declarada de renovar nuestro carisma no emerge visiblemente en la práctica de las Províncias, en la formación de las conciencias, en la pastoral de las vocaciones religiosas, en la formación y en la pastoral general. Me parece que necesitamos todavia una buena dosis de conversión y de auténtica penitencia.

Sí, es dificil sacar las consecuencias prácticas de que somos una comunidad de Hermanos Menores y aceptar en pie de igualdad a las Hermanas en nuestro proyecto de vida.

Quizás haya Hermanos que no quieren la "desclericalización de la Orden porque, de hecho, nos haría menos privilegiados y, por tanto, más pobres. Si lográramos ser una fraternidad en el sentido del Evangelio, estaríamos más cerca del pueblo de Dios y de los pobres, tendríamos más potencial espiritual para las obras de la paz y de la justicia. Si penetramos en el origen de la solidaridad franciscana, en la experiencia del Señor pobre y crucificado, de su promesa de vida nueva para todos, y en la forma auténtica del seguimiento franciscano-clariano del Señor, si hacemos eso, colocamos el mejor fundamento y damos al mundo, es decir, a nuestro complejo mundo con sus numerosos y nuevos retos relacionados con la justicia, la paz y la opción por los pobres, un signo importante y estable de solidaridad y de reconciliación.

La verdadera fuente de energias para una nueva solidaridad internacional reside en nosotros mismos,· es decir en la certeza de que el Espíritu del Señor crea vida y de que el seguimiento de Jesús abre los ojos y los corazones a la compasión, a caminar juntos, aI amor y a la ayuda mutuas.

2. JUZGAR. Algunas aclaraciones y reflexiones

Algunos de los conceptos que acabo de indicar requieren ciertas aclaraciones. Ante todo el concepto solidaridad. ¿Qué entendemos exactamente por solidaridad? Quisiera hacer tres distinciones, necesarias para nuestro análisis y para nuestro diálogo en ia Familia Franciscana.

Algunos aclaraciones.

a) Con frecuencia se entiende la solidaridad como un vago sentimiento de empatía, de consternación y de compasión. Ese sentimiento puede formar parte integrante de la solidaridad, pero, según una definición de la Sollicitudo rei socialis, la solidaridad es mucho mas, a saber: «la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos» (n.38f). La solidaridad es, por tanto, mucho más gue un sentimiento. Es la voluntad y la capacidad inteligente de trabajar de manera planificada al servicio del bien común, a fin de realizar transformaciones sociales a largo plazo y que incidan, por tanto, no sólo en los sintomas de las situaciones precarias, sino también en sus causas. La solidaridad es tomar partido en favor de los pobres y de los marginados y, por tanto, ha de contar con las reacciones y con las presiones contrarias del conformismo. Por eso, quienes quieren vivir en solidaridad, han de estar dispuestos a afrontar conflictos, que pueden provenir tanto de dentro como de fuera.

b) En segundo lugar, ¿hablamos de solidaridad "hacia dentro" o de solidaridad "hacia fuera"? Ningún grupo social, por ejemplo un partido politico o un sindicato, y ninguna comunidad o colectividad cristiana pueden vivir y trabajar eficazmente sin una cierta cohesión interna cimentada en visiones y objetivos comunes. Es importante ser fuertes como grupo y apoyarse mutuamente, por ejemplo en momentos de confusión o de amenazas externas.

Por eso no constituye, en mi opinión, la más elevada forma de solidaridad.

Semejante cohesión puede fomentar la aparición de ideologías de grupo y de egoísmos colectivos. Si así sucediera, sería una "solidaridad" indigna de su nombre, pues sería defensiva y se dIrigiría "contra" los demás. En nuestras reflexiones en la Familia Franciscana deberíamos distinguir con precisión de que hablamos y qué queremos. Deseo subrayar una vez más que, "ad intra", necesitamos mas visiones comunes y una mayor voluntad solidarla de ayudarnos mutuamente y de apoyarnos en el seguimiento. Todos deberíamos estar dispuestos a dar y a recibir. Todos deberíamos estar dispuestos a integrarnos en la visión común de un "arco iris" de esperanza desplegado en el cielo como un signo visible.

c) La verdadera solidaridad, coincidente con el Evangelio y con el ejemplo de Jesús, se dirige, en cambio, "hacia afuera". Sigue el ejemplo de la "kénosis" de Jesús (cf. Fil 2). No busca el propio bienestar, sino que desea aumentar las posibilidades de vida y de futuro de todos las personas y de la creacion entera.

No desea poseer, sino compartir. La solidaridad cristiana es, como la oración, un acto de fe en el Dios viviente, que es vìda y quiere dar vida. Para la relevancia de nuestro proyecto franciscano de vida es muy importante lograr ofrecer solidariamente y de manera simultánea, es decir, hacia dentro y hacia fuera, testimonio de la esperanza que hay en nosotros. No sólo de palabra, sino con acciones convincentes de amor, de reconciliación, de liberación de los pobres. Y no sólo hacia dentro, hacia la propia Familia, sino ante todo hacia fuera, a las personas de otras confesiones, de otras religiones, con otro color de piel, de otra cultura.

En segundo lugar, una palabra sobre la globalización. Nos hallamos ante los desconcertantes fenómenos de la interconexión de los sistemas de información, de comunicación, de finanzas y de producción y necesitamos encontrar un criterio que no sea ia alabanza acrítica ni el rechazo alejado de la realidad. Está creciendo la conciencia de las interrelaciones mundiales y de las dependencias recíprocas, pero no por eilo disminuye automáticamente el número de los discriminados existentes en nuestro planeta. Aumenta diariamente el número de quienes tienen acceso a Internet, pero no puede afirmarse que eso signifique automáticamente un paso adelante en el camino de superación del analfabetismo. La globalización progresa en gran parte siguiendo los criterios de mercado y, por tanto, a expensas de enormes franjas de ia población mundial. No podemos permitir que la "globalización" se abata sobre nosotros como un destino anónimo; debemos colocarla, en cuanto se pueda, al servicio de la vida y al servicio de la evangelización.

La Iglesia católica y, en su seno, las grandes Ordenes internacionales son originariamente "actores globales". Nuestra Familia Franciscana también es una red internacional capaz de tener visiones colectivas y de conseguir metas comunes. Pero, al contrario que en las reglas del mercado global, no veo que exista en nosotros el peligro de que nuestro pensar y actuar en una red global privilegie a los fuertes, debilite a los débiles o fomente la nivelación de las culturas y de las tradiciones. Creo que muchas tradiciones locales y muchas formas históricas de la vida franciscano-clariana deben mantenerse y que, dada su fuerza vital, no están amenazadas por la globalización ni por su impulse nivelador. Existe, en cambio, otro peligro: el que no veamos ni aprovechemos las posibilidades positivas de la interconexión y, en nombre de intereses regionales y de grupo, nos cerremos a cometidos importantes que nadie puede Ilevar a cabo solo pero que podemos cumplir satisfactoriamente si trabajamos unidos.

La respuesta a la cuestión planteada a las Hermanas y a los Hermanos de san Francisco sobre la posibilidad y la continuidad de la solidaridad (inter)franciscana y sobre los desafios del mundo globalizado requiere un sólido fundamento de fe. En efecto, no va a dirigida a pragmáticos, sino a varones y mujeres que nos dicen como el Espiritu del Señor y su santa operación actúan en la historia presente y futura de nuestra Familia y cómo nos ayudan a ver los signos de los tiempos y a interpretarlos correctamente. Estoy convencido de que Ilevamos mucho retraso en encontrar nuevas formas de solidaridad internacional franciscano-clariana en favor de los pobres. Pero, si logramos encontrarlas un día, sólo tendran consistencia si surgen de fuentes profundas, es decir, de la certeza de que son una Ilamada del Señor, como cuando enfrentó un día al indeciso y reacio Francisco con el leproso.

Una palabra también sobre las fuentes profundas. En los últimos años he oido a veces decir en mi Fraternidad que no podemos empeñarnos como Hermanos Menores en la defensa de los derechos humanos y en la liberación de los pobres, mientras tengamos heridos y pobres en nuestras propias filas.

Otros han dicho y siguen diciendo que lo que importaba a Francisco era ante todo el Espíritu de adoración y de oración, no objetivos exteriores, "politico-sociales". Por otra parte, se dice y repite, no podemos empeñarnos en perseguir tales objetivos mientras no alcancemos plena claridad y consenso total sobre cuáles son realmente y sobre el método que debemos emplear para lograrlos. Me pregunto: ¿El encuentro con el leproso fue para Francisco sólo un segundo paso, menos importante quizás que la oración ante el Crucifijo? ¿No fue más bien el paso decisivo para concretar su proyecto de vida, es decir, una revelación del Dios viviente? ¿No experimentó Francisco con idéntica intensidad la presencia de Dios viviente y su santa operación en la oración y en el encuentro con el leproso?

A la pregunta sobre cuáI es la primera prioridad franciscana, sólo puede responderse asi: hablando bíblicamente, existe el compromise de buscar "ante todo" el Reino de Dios. Ello incluye la experiencia de Dios, tal como él se manifiesta en la Escritura, en la oración, en los sacramentos y en la historia. Pero incluye también el buscar desde el principio la curación de los enfermos, la liberación de los encarcelados, el trabajo al servicio de la paz y la justicia, de más vida para todos. Según Francisco, lo principal es «tener el Espiritu del Señor y su santa operación» (Rb 10, 8). Esta palabra también indica claramente una espiritualidad "integral" y una diaconía evangelizadora "integral". Si, el empeño franciscano en trabajar por una solidaridad internacional debemos considerarlo a la luz de la pobreza de Cristo y del encuentro continuo con el Señor y a la luz de la "misión" siempre nueva a la que el Espíritu del Señor nos envía. Pero la "santa operación" del Señor no es en absolute algo "puramente interior", sino que transforma al hombre entero y al mundo. Por eso, es lamentable que todavia no se haya superado del todo esa tentación típicamente "espiritualista" de sostener, basándose sobre el primado del "espiritu" y de lo "espiritual", que el servicio social y diaconal está subordinado a la auténtica espiritualidad.

Tal argumentación encierra una idea del seguimiento y de la espiritualidad que no concuerda con la de Francisco y que es incapaz de explicar el mensaje del Evangelio de la "vida en plenitud para todos" en el complejo mundo en que vivimos. Tampoco es válido el argumento de que, antes de empezar a hacer juntos algo visible y duradero, deberíamos seguir clarificando y definiendo los contenidos de nuestro servicio universal en favor de la paz y el modo de Ilevarlo a cabo. Los contenidos y los métodos estan expuestos con bastante claridad en los documentos de la Iglesia y en nuestras Constituciones. Es tiempo de empezar de una vez.

En su encuentro espontáneo con los pobres es donde Francisco aprendio precisamente cómo tenía que creer y qué debía hacer. El encuentro con los pobres no fue para él una prioridad "secundaria" y que necesitaba interminables aclaraciones previas: se hizo pobre y se solidarizó con los pobres porque el Señor lo Ilamó "espontáneamente" a hacer algo que, por otra parte, sintonizaba con su anhelo interior. El encuentro con la gente fue un encuentro con Dios y una nueva revelación de su operación; a la vez, le mostró mediante la experiencia concreta del seguimiento, con sus titubeos, tentativas y errores, cómo debía seguir al Señor con una coherencia cada vez mayor. Francisco aprendió a creer con más profundidad y a seguir al Señor con mayor radicalidad, porque se atrevió a actuar. Es cierto que existe siempre el riesgo de que un activismo insuficientemente esclarecido impida el encuentro personal con Dios. Pero hoy en dia existe también un peligro no menos grave: el que no experimentemos cómo se revela Dios en la historia presente ni como el encuentro con los pobres nos manifiesta cómo creer, orar y seguir a Jesús.

Creo,que tenemos demasiadas ideas, Palabras y listas de prioridades. Lo que nos falta es valor para el "encuentro" con Jesús pobre en nuestra historia, valor para el encuentro con nuestros leprosos, con los leprosos de nuestro mundo.

ACTUAR

Carezco de recetas previas sobre cómo podemos trabajar juntos solidariamente en el futuro. Deseo no obstante indicar, para la reflexión y el diálogo, algunos objetivos y proyectos que la Familia Franciscana podría Ilevar a cabo junta en el futuro.

A. OBJETIVOS

1. Ser Hermanas y Hermanos con una visión común

El hacer la concurrencia al proyecto neoliberal de la globalización, que, en el fondo, produce poder, dinero y mercado, realidades de las que, por desgracia, no todos participan con idénticos derechos, no puede ser la meta de los Hermanos y de las Hermanas Menores. Nuestro objetivo tampoco puede ser el contribuir a la nivelación de las identidades culturales y religiosas, favoreciendo el mecanismo en virtud del cual una minoría adquiere cada vez más poder y posibilidades de vida mientras que la mayoría queda excluida de manera cada vez más radical. Con nuestro modo de interconexión y nuestra solidaridad común hacia fuera deberíamos vivir otro modelo de globalización.

Somos Hermanas y Hermanos pertenecientes a una misma Familia y que se conocen, se respetan y se ayudan unos a otros. Pero tambien tenemos una visión común del Reino de Dios, de la Iglesia y del seguimiento de Jesús hoy, una visión que debe impulsarnos en el futuro más de lo que ha hecho hasta ahora a transcender las peculiaridades regionales e históricas en aras del bien común, pues los valores que nos unen son más fuertes que los factores que nos separan. A la Iógica del mercado y del poder deberíamos opener la Iógica del amor, del respeto, de la compasión. El Señor quiere misericordia, no sacrificio (Mt 12, 7).

2. ¿Ser dinosaurios o ser mariposas?

El sistema neoliberal de la sociedad mundial es un proyecto de falsos profetas seculares. Promete el bìenestar para todos, pero no quiere reconocer que la mayoría de las personas pierde por su causa posibilidades de vida. Walbert Bühlmann ha Ilamado la atención sobre el libro de un economista que, ante el actual desarrollo económico, habla de la "locura de dominación" de los "dinosaurios mentales". Los dinosaurios desaparecieron en el período glaciar porque tenian un peso enorme y una inteligencia mínima que no respondía a su peso; por ello, fueron incapaces de adaptarse a ios cambios atmosféricos globales que estaban produciéndose en la tierra y en el cosmos. En cambio, las mariposas se desarrollaron con un mínimo de volumen y peso y un máximo de inteligencia creativa y orientada ecológicamente- ¡lo que conlleva también una constante disposición para el cambio!-, desde el huevo a la cromática mariposa, pasando por las fases de gusano y de crisálida. La mariposa demostró ser, gracias a su capacidad de adaptación, una verdadera artista de la vida, capaz de sobrevivir a todos los cambios de la biósfera, manteniendo, a la vez, su identidad. La moraleja es evidente: los dinosaurios no son ningún modelo de vida ni de supervivencia ni de un senvicio adecuado al mundo globalizado; el verdadero modelo es la mariposa con sus principios de agiiidad, flexibilidad, austeridad, modestia y creatividad. ¿Qué somos nosotros?

3. ¿Restaurar edificios viejos o construir juntos una nueva casa?

El teólogo protestante Jürgen Moltmann ha afirmado que la tarea de la teología actual «no se agota en la reconstrucción de viejos edificios históricos, sino que consiste en una nueva arquitectura para que este mundo moderno en peligro sea memoria viva del Reino de Dios y anticipación de la nueva creación de todas las cosas». Para nuestra misión franciscano-clariana en este mundo en que Dios nos ha colocado, esto podría significar el invertir muchos de los recursos materiales, espirituales y personales que dedicamos actualmente al mantenimiento de nuestra tradición/familia, en obras y proyectos que podrian ser piedras para la construcción de una nueva casa común. En mi opinión, debería haber cada vez mas proyectos que superen ia simple colaboración práctica nivel locai y regional (como, por ejemplo, ejercicios espirituales, estudios, publicaciones) y que sean, s~grjn el Nuevo Testamento, signos tipicos del Reino de Dios. iales proyectos tendrían que relacionarse, por tanto, con el servicio en favor de la paz y la justicia, con la superación de las diferencias - fijadas por los hombres pero no queridas por Dios - entre varones y mujeres, libres y esclavos, "griegos y bárbaros", para incrementar nuevas formas de vida en común entre hombres de todas las tribus, razas y culturas, para incrementar el encuentro con otras convicciones religiosas (diálogo). Y deberían ser asumidos estructuralmente por la toda la Familia Franciscana. Asi pues, formulo de nuevo la pregunta: ¿Restauramos nuestros viejos edificios o construimos el Reino de Dios?

Entender nuestra pobreza como servicio a la vida y al Reino de Dios

Aunque nos movamos en nuestro mundo global con la agilidad y la elasticidad de las polícromas mariposas, las nuevas visiones de nuestro servicio internacional no podrán realizarse sin medios financieros ni algunas estructuras, que también necesitarán dinero. La pobreza radical de nuestro Hermano Francisco era expresión de su opción por el Dios viviente, pero también era expresión del temor de verse dominado por los falsos dioses, es decir, por el dinero y el poder. Esta motivación sigue siendo valida. En la aldea global sigue habiendo muchos falsos dioses y muchos mitos: el dinero, el sexo, las apariencias, el consumo, el prestigio social, que retan a los "minores" a dar un testimonio profético contrario. Entre nosotros no debe suceder lo que ocurre entre quienes tienen por criterio la grandeza y el poder (cf. Lc 22, 26). El "tener" no debe determinar nuestro "ser". Pero también es hora de liberarse de algunos mitos y de algunas actitudes, quizás esquizofrénicas, existentes entre nosotros.

Nuestras Provincias, por diversas razones, tienen dinero en sus cajas; esto es un hecho. En los paises del "Sur" vivimos, en la mayoria de los casos, bastante mejor que los pobres. En el "Norte" no somos particularmente ricos, pero tampoco somos pobres como los numerosos "nuevos pobres". Lo preocupante no es el hecho de poseer recursos materiales. La·situación actual es radicalmente distinta de la del tiempo de Francisco. Hay que desendemoniar el dinero, que es, ante todo, un objeto de cambio al servicio de la vida y de la adquisición de bienes y servicios. Es un mito el creer que podemos eludir el mundo del mercado y la presencia del dinero en casi todos los ámbitos de ia vida. Sería esquizofrénico actuar como si dispusiéramos de otros parámetros para prestar atención a nuestra existencia social, a nuestro trabajo, para cuidar a nuestros Hermanos y Hermanas ancianos. Necesitamos dinero y lo tenemos en la mayoría de los casos, porque trabajamos y porque, además, muchas personas confían en nosotros. Pero deberiamos usar de otro modo tanto la confianza que se nos tiene como los recursos materiales que poseemos; es decir, deberíamos emplearlos, en primer lugar, no para nosotros y para el mantenimiento del status quo, para muros, fachadas, conservación, sino para la construcción del Reino de Dios en la paz y la justicia, para los pobres. Esto lo hacemos demasiado poco. Ahí reside la infidelidad al proyecto de vida de Francisco.

La mayoría de las Provincias de la Primera Orden recogen, de alguna forma, limosnas y tienen, cada vez más, un sistema organizado de búsqueda de fondos para el mantenimiento de instituciones (colegios, universidades), para ayudar a las "Misiones" para atender a los Hermanos y Hermanas ancianos y enfermos. Hay Provincias que invierten dinero y financian proyectos con los intereses del capital invertido. Para buscar profesionalmente fondos hace falta, como es Iógico, un trabajo profesional de relaciones públicas.

¿Que es conciliable y qué es inconciliable con el proyecto franciscano de vida en minoridad? Dificil pregunta. De todos modos, debemos plantearnos seriamente la inculturación de nuestro proyecto de vida en la sociedad de consumo y de información global en que vivimos. Somos actores en el mercado del dinero y de la información, pero todavia no hemos buscado suficientemente cómo moldear desde dentro estas nuevas realidades con nuestra opción franciscana, es decir, cómo vivir nuestros votos no sólo personalmente y del mejor modo posible, sino tambien cómo "globalizarlos". No podemos sustraernos a las leyes del mercado financiero ni a las de la seguridad social.

Este dilema sólo encontrará una solución adecuada si procuramos vivir algunos valores fundamentales de nuestra espiritualidad franciscana, sobre todo el seguimiento de Jesús pobre, en el contexto social y político de nuestro mundo globalizado. Si asi lo hiciéramos, el seguimiento sería solidaridad pública, visible de la Familia Franciscana con los pobres de este mundo, con los hombres a quienes se les ha privado de sus derechos, con la "Madre Tierra" y con toda la creación, a las que se les ha robado la dignidad. Si así lo hacemos, nuestra búsqueda de fondos sera un "recurrir a la mesa del Senor", cuando

esto sea necesario para nuestro sustento y, sobre todo, para nuestro servicio a la vida en el mundo. Y, por tanto, no será propaganda, sino un dar cuenta, con humildad y autocrítica, de nuestra situación económica, de nuestros proyectos (Misiones, desarrollo, trabajo en favor de la paz), en una palabra, de nuestro proyecto de vida como Hermanas y Hermanos Menores, de la esperanza que hay en nosotros. En la medida en·que nos comprometamos juntos, de modo perceptible y solidario, al servicio de la vida del mundo, de los derechos humanos, de la liberación de los pobres, de la condonación de la deuda de los paises del Sur, haremos visible en el mundo de hoy la fuerza vital de nuestro carisma. Si vivimos visible y abiertamente "para los otros" y no para nosotros mismos (búsqueda de dinero, inversiones) y aceptamos la crítica y el debate públicos, en ese caso Francisco sigue vivo entre nosotros con su amor a Cristo pobre.

5. Necesitamos "pasar" (pascua=paso) continuamente, de una mentalidad que considera nuestro ministerio sólo como un servicio a la comunidad de la Iglesia visible, a una mentalidad que también ve el ministerio franciscano como una diaconía de colaboración con la amplia familia humana, con los laicos, y a su servicio. Nuestra vida evangélica nos exige estar abiertos a los nuevos impulsos y manifestaciones del Espiritu. Necesitamos dar el "paso" de empeños exclusivamente locales a un compromiso por la comunidad global; de estar pendientes de nosotros mismos, a la solidaridad auténtica. Este paso nos ofrece una nueva identidad como miembros de la única Familia Franciscana y nos transforma en mujeres y varones franciscanos, laicos y religiosos, enviados por la Iglesia en el seno de la sociedad secular para proclamar el Reino de Dios viviendo «en este mundo como promotores de la justicia y como heraldos y artífices de la paz» (Constituciones OFM 68. 2).

B. PROYECTOS QUE PODEMOS REALIZAR JUNTOS

Quisiera indicar algunos proyectos que, en mi opinión, la Familia Franciscana puede asumir y realizar junta, por tratarse de asuntos globales que requieren respuestas globales que nadie puede dar solo.

El mas importante y urgente me parece que es la reorganización y consolidación de "Franciscans International". Una organización no gubernamental franciscana asumida solidariamente por la entera Familia Franciscana sería una voz creíble y perceptible de Francisco y de Clara en el mundo de hoy.

En el marco de la ONG "Franciscans International", instituir oficinas que afronten problemas - de ámbito nacional y continental - relacionados con los derechos humanos en las organizaciones internacionales (Unión Europea, MERCOSUR, Organización de Estados Africanos). Organizar una "fuerza de cheque" internacional especializada en fomentar la paz y la reconciliación en situaciones conflictivas de cariz religioso y étnico (como, por ejemplo, Irlanda del Norte, Bosnia, Próximo Oriente). Emprender iniciativas conjuntas para solucionar el problema de la deuda externa de las naciones pobres.

La Familia Franciscana deberia instituir una red para la lucha contra el SIDA semejante al Servicio Jesuita a Refugiados.

Nuestra Familia común necesita de instancias comunes para el servicio del ecumenismo y del diálogo interreligioso.

La creación de una Universidad común, no sólo de la Ilamada Primera Orden, sigue siendo un reto muy importante y del que, en mi opinión, no podemos sustraernos.

CONCLUSIÓN

+ Jon Sobrino afirma que la solidaridad no es en primer lugar "ayuda", es decir, "dar", sino el fruto de un nuevo modo de percibir la realidad, de una nueva cultura de la escucha del Espiritu. La verdadera solidaridad brota del contacto con la nueva realidad, de la transformación a través de ella. La solidaridad no agrupa fuerzas débiles para conservar el mundo y la Iglesia tal como están, sino que es una actitud profética que quiere crear algo nuevo.

(Jon Sobrino, Llevarse mutuamente, en Misiones Extranjeras, 157/8 (1998) 71-79).

+ San Antonio escribió: «Que callen las palabras y que hablen en su lugar los hechos. Pues nos sobran palabras, pero nos faltan obras».

Para concluir, una oración que entregué a mis Hermanos y Hermanas cuando concluí mi servicio en Roma:

"Señor, haz de nosotros un arco iris,

un signo visible de paz y de reconciliación.

Un audaz arco iris que una ambos milenios,

El antiguo y el nuevo.

Un signo del cielo, colocado por ti.

Un signo de promesas que nunca defraudan.

-El arco iris será para todos

un signo de esperanza-.

Un signo de tu amor a lo creado,

De la promesa de tu Espíritu que renueva la faz del universo.

Haz que te sigamos con sana inquietud.

Vuélvenos ínquietos cuando saciamos nuestro corazón con nuestras

muchas cosas, perdiendo la sed de tu presencia y el ansia de paz en la

justicia.

Concédenos la paz - fruto de la unión contigo -, tacto, afabilidad, cortesía,

amabilidad con todos los seres vivientes y con todas las criaturas

inanimadas.

Manténnos despiertos, Señor,

Para que seamos osados

Y mutuamente solidarios,

Para que prestemos siempre atención a tu palabra,

Agucemos los oídos al grito de los pobres,

Estemos abiertos a las jóvenes generaciones.

Concédenos seguirte con total fidelidad.

Sí, señor, haz de nosotros un arco iris,

Un sígno de esperanza para un mundo nuevo».

Asis, 19 de septiembre de 1998.