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EL SÍ DE DIOS A LOS HOMBRES:

JESUCRISTO, EL PRIMER PREDESTINADO

Hno. Jerónimo Bórmida. OFM Cap.

¡Por la fidelidad de Dios!, que la palabra que os dirigimos no es sí y no.  Porque el Hijo de Dios, Cristo Jesús, a quien os predicamos Silvano, Timoteo y yo, no fue sí y no; en él no hubo más que sí.  Pues todas las promesas hechas por Dios han tenido su sí en él; y por eso decimos por él «Amén» a la gloria de Dios [1] . 

1.- El Sí de Dios

1.1. El Sí de Dios es lo primero y lo último

Me han propuesto una ponencia para la Semana Teológica del ITUMS en cuyo título se define a Jesucristo como “salvador”. Correcta, pero cambié el título por el de “predestinado”. Resulta que cada día tolero menos el antropocentrismo y hamartiocentrismo - trivial por lo trillado – de la teología latina. No niego el hecho de la caída de la cual hemos de ser gratuitamente salvados, pero la explicación teológica de la salvación, si quiere ser verdaderamente católica, a mi entender,  supone las siguientes precisiones:

·         En primer lugar el pecado – no el pecado teórico, sino el mal histórico, existente - no es una realidad mayor que la del amor, conclusión a la que llegamos inclusive luego de un análisis hipercrítico e hipercientífico de la realidad, la pasada y la hodierna.

·         En segundo lugar no todo, ni la mayor parte, de lo que habitualmente llamamos pecado es formalmente oposición al plano de Dios. En realidad asistimos ordinariamente al acontecer evolutivo de la historia y a lo que Teilhard daba en llamar “entropía”, esa especie de pérdida de energía en la fabulosa potencialidad creadora de Dios en la génesis sin fin de la evolución del cosmos. No es pecado que un niño aprenda a hablar o tropiece, es parte normal – constitutiva, natural - de su proceso de crecimiento.

·         En tercer lugar, el hombre, y mucho menos el pecado, no puede frustrar, no es capaz de hacer fracasar, el proyecto eterno de Dios. Pues ¿qué? Si algunos de ellos fueron infieles ¿frustrará, por ventura, su infidelidad la fidelidad de Dios?  ¡De ningún modo...! [2] .

·         Por último, lo que define a Cristo en la revelación cristiana no es fundamentalmente su rol salvífico, sino su misión de llevar a cumplimiento el “misterio de Dios”, el plan oculto desde los siglos eternos en Dios y ahora manifestado [3] por su total presencia y manifestación, obras y palabras y especialmente por los acontecimientos de su pascua [4] . 

Lamentablemente la cuestión del Sí de Dios en Cristo es propuesta en función del pecado y no desde el punto de vista de Dios, revelado por Cristo. Todos habrán sentido la vieja pregunta: ¿si Adán no hubiera pecado, el Hijo de Dios se habría encarnado?

En este estudio quiero instalarme de lleno en el orden histórico del hecho cumplido y preguntarme qué lugar ocupa Cristo en el Sí de Dios a la Creación tal como ella existe concretamente.  Quiero eliminar de raíz el horizonte hipotético, el antropocentrismo y el hamartiocentrismo. Mi punto de partida quiere ser el hecho fundante de toda la historia: el decreto eterno y libérrimo de Dios.

Ante la pregunta hipotética unos pueden responder sí, otros no, y muchos buscar una solución intermedia que salve las dos posiciones. Pero pocos perciben que la pregunta está mal formulada. La pregunta hipotética pone como sujeto de la historia al hombre y no a Dios. En todo caso hay que invertir el Orden de Factores, porque en este caso cambia el producto.

La pregunta: Si el Hombre no hubiera pecado ¿el Verbo existiría encarnado?, pone como sujeto de la acción al hombre y como predicado a Dios.  El sujeto tiene que ser Dios y la pregunta correcta tendría que ser: Si el Verbo no existiera encarnado, ¿el Hombre existiría? La respuesta es ¡NO!.

El Sí de Dios a los hombres se llama Cristo Jesús y en esta confesión de fe se ubica el centro mismo del misterio de la historia: la gratuita y libre vocación de la humanidad en Cristo a la vida eterna, querida por Dios en su bondad predestinante.

1.2.        el único hecho revelado

No niego la validez del estudio serio y detenido de algunos de los textos más importantes como base escriturística del primado de Cristo [5] . Pero detestaría caer en la trampa de los ideologismos y fundamentalismos que prueban sus ideas preconcebidas con algunos textos brillantemente explicados. En la globalidad del mensaje de la Escritura leída desde el Hecho-Jesús aparece claro e indiscutible que Jesús es el primero y el último, alfa y omega [6] , por quien fueron hechas todas las cosas y en quien todo lo que existe tiene su consistencia [7] ... no son éstas y otras citas bíblicas las que no nos permiten entender el misterio del proyecto eternamente libre de Dios de hacer unos de nosotros.

El Dios encarnado por libérrima y gratuita voluntad de Dios está en el centro de la perspectiva divina de la historia del hombre en el cosmos. No puede ocupar jamás un lugar secundario, dependiente, ocasionado por una causa segunda.

Quien lea desprejuiciadamente la escritura no puede negar ni la centralidad de Cristo ni la marginalidad del pecado en la realización histórica del designio de Dios.

La predestinación de Cristo lo hace el primer nacido de todas las criaturas [8] . Tanto el hombre como el universo de todo lo creado, tienen su principio y su fin en Jesucristo, todo es querido por Dios en función de Cristo y no viceversa.

La predestinación significa que la voluntad de Dios no está de ninguna forma condicionada al realizar el plan de la historia: es libre y soberana en grado sumo. La libertad, o sea el amor de Dios, es el principio de cada cosa, la explicación última del orden de la historia, que comprende lo que se ha dado en llamar “naturaleza y gracia [9] .

El único hecho que conocemos por la revelación es la predestinación de Cristo, querido por él mismo, y querido el primero, de modo que no puede ser ni posterior ni dependiente de creatura alguna y menos del pecado del hombre.

Un acto de la creatura, por más grande que ésta sea, menos aún un acto pecaminoso de la creatura, no puede ser la causa de la predestinación de Cristo. Si la caída hubiera sido la causa de la predestinación de Cristo se seguiría que la obra suprema de Dios habría sido solamente ocasional.

Se dice que la caída es la razón necesaria de la predestinación Cristo. Yo afirmo, sin embargo, que la caída no es la causa de esta predestinación. Más aún, si ningún ángel ni ningún hombre hubieran caído, Cristo habría sido igualmente predestinado, inclusive si nada hubiera sido creado fuera del mismo Cristo [10] .

Me fastidia que a la “parábola del Padre fiel” se la llame siempre “del hijo pródigo [11] , reflejo de una exégesis morbosamente reincidente en su afán de situar al pecado del hombre en el centro de todo acontecer. El eje temático de la parábola es el padre que nunca perdona porque nunca condena, porque nunca se aparta de su amor fiel que siempre está a la espera.   

2. Cristo el primer predestinado

Toda antropología cristiana se basa en el Si de Dios a los hombres, sí pronunciado, de una vez para siempre, en la predestinación eterna de Cristo.

Nos enseña la Sagrada Escritura que no somos nosotros, los hombres, quienes hemos amado primero; Dios es quien primero nos amó. Dios planeó y creó el mundo en Jesucristo, su propia imagen increada (Col. 1, 15-17). Al hacer el mundo, Dios creó a los hombres para que participáramos en esa comunidad divina de amor: el Padre con el Hijo Unigénito en el Espíritu Santo (Ef. 1,1-10).

Este designio divino, que en bien de los hombres y para la gloria de la inmensidad de su amor, concibió el Padre en su Hijo antes de crear el mundo (Ef. 1, 9), nos lo ha revelado conforme al proyecto misterioso que Él tenía de llevar la historia humana a su plenitud, realizando por medio de Jesucristo la unidad del universo tanto de lo terrestre como de lo celeste (Cf. Ef. 1, 1-10) [12] .

El Sí de Dios y el proyecto de Dios están a la raíz, son la causa de todo lo existente, sin excepción. No podemos imaginar que un acto de alguna creatura, ni siquiera del hombre o del “ángel” [13] , pueda condicionar o cambiar el designio fiel de Dios fiel. No es que Dios nos ame porque existimos, sino que existimos porque, desde siempre, nos amó. Nuestra bondad no es causa de la benignidad maternal de Dios, sino que sus entrañas maternas [14] han concebido y parido nuestra santidad.

Nada “exterior” a Dios puede ser causa de algo en su “interior”. Ninguna hipotética creatura existente o a existir puede situarse al centro de la historia cambiando el Sí fiel de Dios y por lo tanto toda la historia del universo. Si esto es indiscutible, menos aún podemos imaginar que el pecado del hombre pueda modificar en nada - es imposible - su Sí primigenio:  la creación libre y querida libérrimamente por él por puro amor y en vistas del amor.

Reitero: no estoy elaborando una especulación metafísica ni formulando delirios místicos: el hecho es que Dios mismo nos ha revelado un solo e idéntico motivo tanto para la creación como para la encarnación: el amor de Dios infinito por Cristo y por toda la creación en Cristo. Él es cabeza de todas las creaturas desde el inicio del designio Divino. No sobreviene, no se inserta tardíamente en la historia sino que preside el origen de cada cosa.

Él es también el fundamento de la adopción [15] ‑ como la llaman los Padres latinos ‑ o de la divinización ‑ como prefieren designarla los Padres griegos ‑ desde el inicio de las obras de Dios. Jesucristo es el centro del reditus del regreso de las creaturas a Dios pero porque es también el principio y centro del exitus a Deo, de la salida de todo lo creado de Dios. La vuelta a Dios en Cristo exige postula necesariamente también el salir en Cristo de Dios. No puede existir creatura alguna ni acción de la creatura que puede hacer ineficaz, mutable, reversible, el plan divino.

El Sí de Dios es fiel: Yahveh es “el Dios del Amén” [16] , y Cristo es el Amén, el Testigo fiel y veraz, el Principio de la creación de Dios [17] .

3. María, la eternamente ideada y predestinada

Sabemos que los llamados dogmas marianos son, en definitiva dogmas cristológicos. Y los dogmas cristológicos son las verdades fundamentales de la antropología [18] .

Lamentablemente al dogma de la predestinación de Cristo aplicado a la María se lo dio en llamar la Inmaculada Concepción, uniéndolo en la piedad popular al tema de la pureza y en especial al sexo.

El dogma de la Inmaculada es la afirmación mayúscula del Gran Sí de Dios a los hombres en Cristo pronunciado en María.

El plan divino de la predestinación absoluta de Cristo incluía que el Verbo asumiría la naturaleza humana. Por lo tanto María, dentro del amor ordenado de Dios, es la “segunda” predestinada. La Madre del Verbo encarnado será, pues, la madre del Cristo Pleroma, madre de la cabeza y madre del cuerpo.

Aquí radica el único principio de toda la mariología.

Al decidir Dios que el Verbo de Dios asumiera en su Persona divina un cuerpo y un alma humana, en ese momento María se convertía en la Madre de Dios, dado que es Madre un Hijo que es Dios: la Bienaventurada Virgen María fue verdaderamente la Madre de Dios y no solamente la madre de un hombre. Es la Madre del Verbo, dado que este subsiste en la naturaleza humana que le está unida a él hipostáticamente.

Lamentablemente los teólogos que exponen el tema de la Inmaculada están prisioneros de la idea agustina del pecado original transmitida por la infección de la carne y por la concupiscencia. Solamente en Escoto encontramos un planteamiento correcto del tema, que no es diverso a la de la predestinación de Cristo y de todas las criaturas en Cristo.

En una predicación, en una clase, cuando explicamos el dogma de la “inmaculada”, tendríamos que desarrollar los siguientes temas:

·       el pecado no está en el centro ni es la realidad determinante de la historia,

·       el eje de la historia es el amor fiel, gratuito y libre de decreto eterno de Dios,

·       lo importante no “estar redimido” sino “estar predestinado” en Cristo,

·       habría que cambiar el nombre de la advocación y llamar a María la eternamente ideada y predestinada,

·       el dogma de la predestinación eterna de María  no es radicalmente diferente del hecho de la  predestinación del hombre.

En la contemplación del misterio de la “Inmaculada”, la honestidad intelectual del teólogo debe reconocer que el pecado no está en el eje de la revelación bíblica. El hombre  puede ser concebido sin pecado, nunca sin el amor fiel de Dios. Es éste amor libre y gratuito, fuera de toda duda,  el que estructura indefectiblemente la historia bíblica.

El hombre eternamente ideado y eternamente elegido (Cf. Juan Pablo 11, Discurso inaugural I, 9. AAS LXXI, p. 196) en Jesucristo, debía realizarse como imagen creada de Dios, reflejando el misterio divino de comunión en sí mismo y en la convivencia con sus hermanos, a través de una acción transformadora sobre el mundo [19] .

4. Cristo el primer Bienaventurado

La carta a los Efesios [20] nos pone en el epicentro de la vocación final del hombre. El Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad ha comenzado a decir su Sí definitivo en Cristo antes de la fundación del mundo. Su Sí antecede y desborda al tiempo  y al espacio. Su Sí es sin medida dado que en Cristo nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales. Nos ha elegido en él antes de la fundación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor; eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo [21] . 

Dios predestina a los elegidos por medio de Jesucristo: las bendiciones, la elección, la predestinación y la  gratificación de los elegidos están en función de Cristo y, no al revés; están condicionadas a Cristo y no al revés. La elección de Cristo es como la raíz donde se sostienen, subsisten la elección de los hombres.

El  Sí de Dios, es un querer puro, un beneplácito o gusto o voluntad de Dios y está en función de solo Cristo, y se refiere directamente con la  recapitulación del universo en Cristo. El Sí de Dios se realiza en la plenitud de los tiempos: hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza. La filiación y la misma predestinación del hombre están en función de Cristo, se prevén  mediante Cristo, no independientemente de Cristo, sino a través de él, como algo que se interpone entre Dios y los hombres predestinados a la filiación [22] .

En la perspectiva de Ef. 1, 3ss, si bien Cristo ha sido históricamente redentor [23] , el centro del mensaje está en otro lado: Dios elige para que seamos santos e irreprochables a  sus ojos, nos predetermina o predestina  a un prohijamiento  respecto de Dios; para que resultemos nosotros una gloriosa alabanza de "su gracia o favor hacia nosotros; y todo esto,  por el gusto de su voluntad.

El plan de Dios con los elegidos refluye sobre el mismo Dios, tiene por finalidad última al mismo Dios, y a ningún otro, ni siquiera a los elegidos mismos. A éstos Dios los predestina a hijos  para sí; deben ser un himno a la gloria de Dios, un himno glorioso al favor o benevolencia de Dios. Dios predestina y elige para que los elegidos y predestinados lo alaben; como presupuesto a esta finalidad, la elección es para que sean santos e irreprochables a  sus ojos.

Subsiste el misterio de la “predestinación negativa”, de hombres que individualmente “frustran el plan de Dios sobre ellos” [24] . El Sí libre de Dios se enfrenta al Sí también libre del hombre... tal ha sido el proyecto amante y libre de Dios persona que ha creado personas para comunicarse. 

Sea como fuere, Dios nos ha revelado que traza sus planes desde la eternidad y en último término, en sentido absoluto, piensa en sí mismo y todo va a refluir en él; en esta perspectiva el plan de Dios no  puede ser frustrado el desvío humano, dado que fuimos definitivamente sellados con el Espíritu Santo de la Promesa,  que es prenda de nuestra herencia.

5. Cristo el primer hermano

Por lo demás, sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman; de aquellos que han sido llamados según su designio.  Pues a los que de antemano conoció, también los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que fuera él el primogénito entre muchos hermanos;  y a los que predestinó, a ésos también los justificó; a los que justificó, a ésos también los glorificó [25] . 

Cristo es primogénito de muchos hermanos. Primogénito es el primer nacido en relación con los que siguen, y tiene, por tanto, entre otras, una noción temporal de ante­rioridad. La noción bíblica de pri­mogenitura encierra también la noción de principalidad jurídica y real respecto de los demás hermanos, y por eso Romanos [26] da por supuesto que Cristo es el  heredero principal de Dios mientras los demás  hijos son  coherederos.

Romanos se sitúa en un plan de predestinación muy anterior a las realizaciones históricas. Habla el apóstol de una sucesión de actos según la cual Dios efectúa su plan glorificador respecto de los  llamados según su propósito o plan: a los que “preconoció", predestinó;  a los que predestinó, llamó; a los que llamó, justificó; y a los que justificó, glorificó.

La clarividencia divina no sólo indica que Dios tiene noción y conocimiento siempre presente de las personas o cosas en su devenir, sino que también desde siempre las ama con amor libre, benevolente y gratuito. Dios tomó a su cuidado a su cuidado a todas las cosas existentes, con el mismo amor y cariño con el que cuida a su hijo primogénito.

La  predestinación o predeterminación es un acto amoroso de la voluntad de Dios, es un  gusto de la voluntad de Dios, por el cual Dios determina, define de antemano lo que va a hacer con algo o alguien, con los “llamados” en este caso.

Los hermanos tenemos el destino de se conformes con la imagen, con el icono de su hijo. Cristo es el modelo, el ejemplar, la imagen que Dios va a reproducir en los fieles, pues a eso los  predestina Dios. Los elegidos son predestinados a ser una reproducción del modelo que es Cristo, ser  conformes a él, ser  copias de él, hechas por Dios mismo.

Cristo es el modelo o imagen, según la cual van a ser plasmados sus  hermanos. Su primogenitura hace que el Sí de Dios en Cristo no solamente sea el más importante, sino el primero. Cristo es supera y antecede a sus hermanos.

6. Primado del Amor

6.1. Amor metafísico

Para varios doctores medievales el motivo o la razón de la creación era el amor, porque Dios es amor, el bien, la bondad, tiende a expandirse: Bonum est diffussivum. En el pensamiento platónico y neoplatónico es un principio fundamental para explicar la existencia del mundo. Dios es el Sumo Bien y tiene que rebasarse a sí mismo, desborda y se derrama sin límites, de modo infinito [27] .

Estos maestros sostienen que la naturaleza divina, bien supremo, connaturalmente se derrama al interior (ad intra) de Dios mismo y produce las personas divinas. Pero la exuberancia del bien colma la divinidad y hace que se derrame, en una expansión hacia fuera (ad extra) de Dios, dado que la que se realiza al interior no agota todas las posibilidades contenidas en el principio del Bien Difusivo.

Si al Bien Supremo le corresponde el máximo de expansión, es conveniente que se  difunda en la creatura. Por tal motivo fue conveniente que Dios se uniera a la creatura, y muy especialmente a la humana. El flujo corre a través de la persona del hijo hasta inundar la naturaleza humana de Jesús, haciendo que la plenitud del bien contenida en la persona se difundiera en varias naturalezas. La encarnación y la creación eran – más allá del pecado – máximamente convenientes al Sumo Bien [28] .

Este argumento a priori, deducido de la misma naturaleza de Dios, conduce a establecer apriorísticamente la conveniencia de la encarnación. Esta teoría compromete seriamente la libertad - contingencia de la creación sometida al principio neoplatónico del bien que por su naturaleza tiende a expandirse.

6.2. Amor histórico

Cristo no puede ser un producto de las exigencias impuestas por el bien difusivo de sí, resultado de la metafísica  del bien. No podemos imaginar al Sí amante de Dios como producto del emanatismo físico‑naturalista, impersonal, propio del platonismo.

Tu, que eres bueno sin limitación, vas comunicando los rayos de tu bondad de un modo liberalísimo [29]

El principio neoplatónico del amor donación no es un buen punto de partida para establecer el origen o el motivo de la creación. La creatura existe como fruto de la plena libertad de Dios que crea todo lo existente con total independencia [30] . Dios se ama ante todo a sí mismo, y crea para ser amado. La primera creatura en el orden de las causas es Cristo, aquel que puede amarlo con amor supremo.

El universo y el hombre son queridos en razón de Cristo y no viceversa. Cristo es fuente, término, motivo de existir del universo y del hombre. Cristo no es un derivado de una exigencia metafísica o lógica, sino que existe porque Dios quiere que todas las cosas estén centradas en él, y lo quiere libre y gratuitamente, en su propio designio efectivo de divinización del universo en la historia.

El Sí de Dios no es causado ni por la perfección del universo, ni por la perfección del hombre, ni en la perfección del Hombre‑Dios, de Cristo, ni en la gloria que Cristo rinde a Dios. La “razón” de la palabra pronunciada por Dios desde toda la eternidad sólo ha de buscarse en la libre voluntad de Dios que libremente y por puro amor ha decidido comunicarse ad extra.

La existencia de Cristo y de todos los beneficios que tal existencia comporta para el hombre y para el universo, derivan primeramente del amor libre de Dios y de Cristo, y en Cristo primer querido se difunden hacia las demás creaturas.

La historia de hombre en el cosmos no está encerrada en el círculo infernal de la naturaleza. Es fruto de la libertad creadora y gratuita de Dios. Jesucristo es el producto supremo y perfectísimo de tal amor‑libertad de Dios y por lo tanto centro ‑ fuente y término de toda donación divina ulterior.

El Sí de Dios que es Cristo nos sitúa en la perspectiva de la historia, es decir de la contingencia.  El amor es sinónimo de libertad y de voluntad: acto de amor y acto libre coin­ciden. Sólo desde el amor‑libertad divinos podemos entender exactamente la relación entre Dios y las creaturas. La contingencia esencial de las creaturas encuentra en el amor libre de Dios la razón de su existencia.

6.3. Amor recíproco

Al amor libérrimo y creador de Dios quiso ser correspondido por el amor libérrimo de la más perfecta de sus obras ad extra: Cristo es la respuesta querida por Dios al amor de Dios. El Verbo Encarnado, Jesús, es el amante perfecto y supremo. El amor es el valor sumo y fun­damental tanto de la actividad de Dios como de la creatura racional. El amor, que es libertad racional, es la expresión suprema de la relación Dios‑Cristo, Dios‑Hombre. El amor no es realmente relación entre dos cosas, entre dos objetos, entre dos seres, sino entre dos personas.

Dios quiere comunicarse de modo tan libre como sublime y ha determinado libremente introducir en Jesucristo a todas las creaturas en el seno mismo de la Trinidad. Toda creatura es respuesta al amor en la suprema obra de Dios que es Cristo, es el primero, el arquetipo y el paradigma de toda otra comunicación, en todos los  órdenes de la existencia, gracia y naturaleza, animado e inanimado, pasado, presente y futuro.

Dios se ama a sí mismo. Amándose, Dios se conoce infinitamente digno de amor. Y quiere comunicar a otros su amor, no por interés indigno, sino por amor ordenado (amor puro). Así Él quiere ser amado por otro que lo ame con el máximo amor; se entiende otro que esté fuera de sí, pero al cual esté perfectamente unido [31] .

7. La salvación

7.1. salvación metafísica

El tema del pecado y del mal, realidades que pesan duramente en la historia, constituye uno de los nudos más difíciles de explicar en la reflexión tanto filosófica como teológica.

En la teología clásica se parte del convencimiento de una primera pareja - Adán y Eva - realmente existentes, de quien todos descendemos, tanto en la naturaleza como en el pecado. Sobre la base de este presupuesto se razona diciendo que si bien Dios no ha querido el pecado de Adán, sabiéndolo todo,  ha previsto el pecado de  Adán en vista de un bien mayor, y en razón de la libertad del hombre. Por lo cual también ha previsto una encarnación capaz de sufrimiento y de muerto y ha previsto a Cristo Redentor.

En la teología actual, cuando las  Escrituras y los Padres afirman que Cristo ha venido para librarnos del pecado, acentuamos que Cristo ha venido, sí, a rescatar la humanidad, pero  del pecado histórico, existente de hecho, sin condicionamientos metahistóricos. Sea como fuere, a mi entender, si bien la salvación de los hombres es importante, la existencia de Cristo adorador y glorificador la sobrepasa infinitamente en valor y en trascendencia. 

Habría que hacer varias  precisiones ante las afirmaciones comunes en la teología de la redención:

·       una cosa es afirmar que las Escrituras y los Padres sostienen que el Verbo Encarnado se encarnó para redimirnos, otra es decir que se encarnó sólo para redimirnos,

·       el pecado no reviste una infinita gravedad dado que está en el terreno de la pura contingencia, de la libertad,

·       la reparación se sitúa en el mismo plano de los posibles y de la libertad: Dios no necesita ser satisfecho y es libre para decidir quien y como puede satisfacer dignamente por el pecado propio y ajeno.

Jesucristo vino a sanar, por la fuerza del Espíritu, a de toda dolencia y enfermedad, fue enviado por el Padre a anunciar a los pobres la Buena Nueva, a proclamar la liberación a los cautivos, a dar la vista a los ciegos, y dar la libertad a los oprimidos [32] . Esto escandaliza a sus contemporáneos, que están convencidos de que los pobres son los malditos de Dios [33] .

Sin duda alguna que la misión de Jesús implica la salvación de todos los males históricos del hombres, y el anuncio del Reino de Dios donde no habrá más ni sufrimiento alguno, la creación de un cielo nuevo y tierra nueva [34] . Pero sobre todo habría que afirmar que el efecto fundamental de la encarnación en relación a los hombres es la elección sobrenatural, la adopción o divinización en Cristo, no es la reparación o restitución de una alienación histórica, de un acto pecaminoso, sino la orientación total originaria de la humanidad entera.

En este punto es interesante el pensamiento de Escoto, ubicable en la línea de la patrística griega. La salvación no radica fundamentalmente en la superación de una deficiencia de orden moral, sino la elevación sobrenatural y la superación divina de la deficiencia metafísica del hombre: la encarnación, más allá de toda liberación histórica, haya o no existido el pecado, libera definitivamente al hombre de los límites impuestos por la metafísica: un hombre puede ser Dios, Dios puede ser un hombre...   La redención de Cristo no es simplemente la superación de una deficiencia moral sino fundamentalmente superación de la deficiencia metafísica de la creatura.

Sea como fuera, en todos los casos, la conexión entre redención por medio de Cristo y el pecado es extrínseca y depende de la pura voluntad de Dios; no es postulada por ningún tipo de exigencia:

Todas las cosas que han sido hechas por Cristo en orden a nuestra redención no fueron necesarias, a no ser que presupongamos la ordenación divina que así lo haya establecido. Solo con necesidad de consecuencia fue necesario que Cristo padeciera. La obra global fue simpliciter contingente, tanto lo antecedente como la consecuente [35] .

En todo instante de la vida de Cristo, todo es expresión del amor gratuito y libre de Dios y del amor de Cristo.

7.2. salvación histórica

La salvación cristiana tiene que ser entendida esencialmente como Historia y no como determinismo naturalista. La libertad de Dios y del hombre, dos libertades que se entrecruzan, son la raíz y la fuente propia de la historia. La historia nos cuenta las respuestas libres – afirmativas y negativas - del hombre al Sí libérrimo de Dios.

No existe justicia que exija la muerte del Hombre‑Dios para satisfacer a un Padre herido. Siempre en toda circunstancia será el Sí libre de Dios y la consecuente respuesta la de Cristo la única llave y el sólo punto de vista correcto para entender la historia. Inclusive la modalidad concreta de la encarnación, la vida sufriente y la muerte en Cruz han de ser juzgadas y entendidas en el marco del Orden del Amor. De aquí nace nuestra filial admiración y reconocimiento hacia el designio divino:

El hombre podría haber sido redimido de otro modo. A pesar de lo cual, Dios lo redimió así, por su libre voluntad. Mucho le debemos, y mucho más que si su obrar hubiera sido necesario y no hubiéramos podido ser redimidos de otro modo [36] .

No solamente la encarnación es totalmente gratuita, lo es también la pasibilidad y la muerte de Cruz. Todas las cosas que hizo Cristo acerca de nuestra redención no fueron necesarias: el amor libre de Dios preside todo momento y toda modalidad de la historia del  hombre en el cosmos.  La muerte  en Cruz, la pasibilidad de Cristo, tienen el objetivo de revelar mejor el amor de Dios, y no son fruto de una necesidad objetiva metafísica de una reparación de condigno, que puede ser también realizada de otros modos:

Para acicatear nuestro amor hacia él, según creo, hizo estas cosas: porque quiso que el hombre estuviese más agradecido a Dios. Está siempre presente el gran tema del amor como razón última de todo.

Pau Endokimov escribe esta página maravillosa, contemplando el icono de la crucifixión.

“El Padre es el Amor que crucifica, el Hijo es el Amor crucificado, el Espíritu Santo es el poder invencible de la Cruz”, ha dicho magníficamente el Metropolita de Moscú, Filaretes.  En cierto sentido, es la Crucifixión común en la que cada Persona de la Trinidad tiene su propia manera de participar en el Misterio. La Cruz vivificante es la única respuesta al proceso del ateísmo en el reino del mal.  Se puede aplicar a Dios la noción más paradójica, la de la debilidad, que significa la salvación mediante el libre amor: Dios se presenta y declara su amor, y pide que le paguen con la misma moneda; ... rechazado, espera a la puerta... Por todo el bien que nos ha hecho no pide a cambio más que nuestro amor; como pago de nuestro amor, nos perdona todas nuestras deudas.

Frente al sufrimiento, frente a toda forma del mal, la única respuesta adecuada es decir que Dios es débil y que no puede sino sufrir con nosotros.  Débil, en efecto, no en su omnipotencia, sino en su Amor crucificado...

Al contemplar el icono pensamos en la hermosa reflexión de Nicolás Cabasilas: En función de Cristo ha sido creado el corazón humano, cofre inmenso y suficientemente amplio para contener a Dios mismo... El ojo ha sido creado para la luz, el oído para los sonidos, todas las cosas  para su fin, y el deseo del alma para lanzarse hacia Cristo [37] .

Donde hay contingencia es decir en todo lo que no es Dios, debemos poner la libertad divina como causa y principio resolutivo último, nunca la necesidad. Porque ninguna causa de otra causa puede exonerar de la contingencia. A no ser que pongamos la causa primera como causa inmediata que actúa de modo contingente.

Esta perspectiva nos abre a las cristologías actuales, que tienen en mano instrumentos exegéticos de los cuales no disponía la teología medieval. Cristo murió por ser fiel al mensaje del Padre, por oponerse a los poderosos de su tiempo, por estar al lado de los pobres... , razones históricas, consecuencia de haberse encarnado en la historia y en la contingencia.

8. Niveles de compresión

8.1. nivel de la intención

¿Dios ha querido primero la creación, luego al hombre y por último a Cristo?

·       En el orden histórico de la ejecución, sí.

·       Pero en el orden de la intención no.

En el proyecto de una voluntad racional, lo primero en la intención es lo último en la ejecución, según un axioma escolástico.  En este nivel la causa final es la causa primera: todo es querido por un fin; este fin es el motivo de la acción y determina los medios para alcanzarlos.

La causa final de la creación, es Cristo querido por él mismo, como solo capaz de un amor infinito. Queriendo obtener de la creación un amor infinito, Dios quiso primero a Cristo, en quien todo está ordenado al amor supremo.

Los hombres estamos ligados, por nuestro modo de discurrir, a las categorías de tiempo y espacio. Por eso traducimos frecuentemente según prioridades espacio‑temporales nociones que están más allá del tiempo y del espacio.

Tanto el orden de la intención como  el orden de la ejecución miran a la historia concreta querida por Dios, pero desde puntos de vista diversos.  Siguiendo a S. Pablo [38] , el misterio es el designio de Dios, el plan divino en su actuar or­denadamente en el tiempo. La actuación gradual del designio de Dios en la historia del hombre en el cosmos produce una historia que resulta ser  “historia sagrada” [39] . Solo al final, en la escatología, el orden de la ejecución realiza totalmente el orden de la intención.

El Orden de la intención del plan de Dios no puede ser deducido de la noción de Dios, del hombre, o del universo, porque es un acto libre de Dios.  Lo podemos entrever solamente por la revelación y de lo que se nos manifiesta a través del mismo orden de ejecución.

Jesucristo es el primero en el orden de Ser, y también es el primero en el orden de conocer del plan de Dios. Es el supremo principio de inteligilibidad de todas las cosas: del universo, del hombre, de la gracia y de la gloria. En el Orden concreto querido por Dios no es posible, fuera de Cristo, una teología de las realidades creadas o una teología de lo sobrenatural.

8.2. nivel de la ejecución

La historia ha llegado a su término en Jesucristo, a pesar de que aún no ha producido todos sus efectos. El ésjaton, en el cual se conjugan los dos órdenes, nos permitirá conocer el orden de la intención del modo más apropiado. El punto terminal de la historia nos proporcionará el criterio y la medida para valorar las partes individuales de la misma historia. Será la llave para leer exactamente cada uno de sus momentos.

El ésjaton consiste, según la revelación, en la participación de las creaturas en la vida eterna como miembros del cuerpo de Cristo. Consiste en ser introducido como hijos en el Hijo en la koinonía de las personas divinas. Tal es el plan de la historia del hombre en el cosmos, en su realización terminal.

Partiendo de Cristo, centro y principio global de la historia, podemos entender las grandes líneas del plan divino y percibir el valor de cada uno de los momentos de la historia en su relación al todo que es Cristo.

En el orden de la ejecución primero fue la piedra, luego el animal, luego “adán”, luego María, luego Cristo. Podríamos glosar las genealogías de la Biblia. Si en este esquema  histórico ubicamos al hecho Jesús, es un recién llegado en los últimos segundos de la evolución del universo. 

Si hace unos 500 millones de años aparecieron los primeros vertebrados, hace 300 primeros mamíferos, 60 millones los primates, 4 millones el australopitecus, 350 mil homo erectus, 60.000 años el hombre de neandertal,... 20 0 30 mil años el Cro-mañón... el homo sapiens...  resulta que Cristo hace solamente 2 mil años que vivió apenas 33 en un lugar escondido del imperio romano, sin que su vida haya tenido incidencia mayor en los acontecimientos contemporáneos.

El siguiente esquema ayudará a comprender gráficamente lo que estoy afirmando.

Orden de la intención

En el plano de Dios: Decreto de Dios, eterno, libre, gratuito, fiel

las creaturas: creadas, queridas, elegidas, predestinadas

1era creatura

2da creatura

3era creatura

..........

última creatura

 

Jesús - Cristo

Hombre - Dios

María

madre

Hombre

Ángel

las demás creaturas

Cristo total

 

En el plano de la  ejecución: el desarrollo de la evolución

las creaturas tal como han ido apareciendo a lo largo de los siglos

1era creatura

2da creatura

3era creatura

..........

última creatura

si tomamos una línea recta y la dividimos en 365 casilleros... y ubicamos en ella el devenir de la evolución del cosmos, el hombre aparece en los últimos minutos del 31 de diciembre y Cristo en los últimos segundos... . ¿ Cómo justificar el primado de Cristo en esta perspectiva? Fue el gran interrogante de Teilhard de Chardin.

 

1 de enero

Mayo

Octubre

Noviembre – diciembre

último milésima de segundo del 31/12

5.000.000.0000 de años?

3.500.000.00.

245.000.000.

2.000.000

2.000 años

big – bang primordial

Aparece vida en el océano

Dinosaurios, reptiles

mamíferos hombre

Cristo

Teilhard de Chardin en el “El futuro del hombre” se plantea el tema del real primado de Cristo en el contexto de la cosmogénesis, dado que en el orden evolutivo de la ejecución del designio divino es un recién llegado.

En el  mundo estrecho y  parcelado y estático donde vivían nuestros padres, Cristo ciertamente era amado y vívido por los fieles, tanto como en la actualidad, como aquel de quien todas las cosas dependen y en quien el universo "encuentra su consistencia".  Pero frente a la razón, esta exigencia cristológica no era fácilmente justificable, al menos si se ensayaba tomarla en su sentido orgánico y pleno.  De manera que el pensamiento cristiano no buscó incorporar esta primacía de Cristo a ningún sistema cósmico especial y esta cualidad de Cristo era expresada mas bien en términos de dominación jurídica, o bien se contentaba de ver triunfar la soberanía de Cristo en la zona de no experimental o extracósmica de lo "sobrenatural".  La teología no parecería preguntarse  acerca de si cualquier forma posible de universo era compatible con una economía de encarnación.  En un universo unificado, de estructura cónica, Cristo encuentra un lugar preparado con toda lógica: el de la cima, de donde irradiar hacia todos los siglos y todos los seres.  Y gracias a los lazos genéticos que corren  entre todos los grados del tiempo y del espacio, entre elementos del mundo convergente, la influencia crítica, lejos de confinarse en las misteriosas zonas de la "gracia", se difunde y penetra en  la masa entera de la naturaleza en movimiento.  En un mundo tal, Cristo no podría salvar el Espíritu sin llevar con este y salvar, (como lo sentían los Padres griegos la totalidad de la materia.  El Cristianismo, por definición y por esencia, es la religión de la encarnación.  Dios,  uniéndose al mundo que ha creado para unificarlo, y de alguna manera para incorporarlo a Él.  En este gesto se expresa para el adorador de Cristo la historia universal.

9. Cristo, razón y fin de la creación

8.1. naturaleza y gracia

Cristo es el “Homo assumptus [40] , es la humanidad asumida por el Hijo de Dos. En Cristo la humanidad es introducida a la participación de la naturaleza divina, del amor infinito, de la bienaventuranza celeste.

 “Tú eres la bondad sin límites e irradias los rayos de gran generosidad por todas partes. A tí, cúspide de toda amabilidad recurren, a su manera, todas las creaturas como su último fin” [41]

El hombre ha sido creado a imagen de Dios para ser “capaz de Dios” para que pueda devenir Dios por participación. Ha sido creado a imagen del Hijo para en él pueda devenir hijo de Dios, hijo en el Hijo, en la unidad del Cuerpo y de su Persona mística.

El razonamiento no corre al contrario. Porque el hombre es capaz de Dios, imagen de Dios, el Verbo de Dios se ha hecho hombre. El proyecto divino de la encarnación, libre y eterno ha creado al hombre imagen y capaz.

Jesús es hombre-Dios en su realidad  histórica, física e individual, pero también es homo assumptus, la humanidad asumida tanto individualmente como en su conjunto, para formar con él su cuerpo sacramental, del cual es el Jefe y la única  persona sacramento en la que cada hombre deviene Dios y partícipe de la naturaleza divina.

En este Cuerpo sacramental se realiza sacramentalmente la unión de la humanidad y de cada hombre a la Persona del Hijo.

La unidad Hombre - Dios es ya perfecta en el Cristo histórico y físico, pero de modo diferente en Cristo Cabeza, y en su Cuerpo. En la unión hipostática realizada en Cristo histórico, la humanidad de Jesús no finaliza en sí misma, sino que se proyecta a la Persona del Hijo de Dios, dado que su personalidad humana se encuentra eminentemente realizada no en sí sino en la Persona divina. En la unión sacramental del Cristo completo o Cuerpo eclesial, cada hombre conserva su propia personalidad humana individual, pero completada y acabada en la perfección de Cristo en quien todos son uno.

Unidad sacramental de una realidad suprema que no excluye la realidad individual de cada uno, pero que las une sacramentalmente a todas en la única Persona de Cristo. Unidad sacramental en la cual cada uno se transforma en Cristo y donde todos son un solo Cristo, sin dejar de ser ellos mismo personalmente en él.

El hombre podría ser definido como el ser de los deseos infinitos, tanto en el cuerpo como en alma. Trascendiendo los múltiples deseos de la corporeidad humana, hay en el cuerpo y en el alma humanos aspiraciones que se abren al infinito, porque la inteligencia y la voluntad son potencias al infinito que no pueden ser satisfechas sino por la posesión del infinito.

Solamente Dios visto y poseído en sí mismo en la plenitud del amor puede satisfacer una inteligencia y una voluntad potenciadas al infinito. La satisfacción del apetito del ser es la perfección del ser, su paz, su felicidad. La satisfacción de la inteligencia y de la voluntad en la visión y en la posesión de Dios concreto e infinito, es su bienaventuranza, la bienaventuranza del hombre.

Es claro que la voluntad, en virtud de este apetito natural, tiende necesariamente, perpetua y de superlativamente a la bienaventuranza. Porque la naturaleza no puede permanecer naturaleza sin tender a su perfección, porque si se suprime esta inclinación a la perfección se suprime la naturaleza misma, siendo la causa final la causa de las causas, la razón de ser de cada ser en su propia constitución [42] .

Para entender correctamente al misterio de una creatura que solamente encuentra en la posesión de Dios mismo la satisfacción de sus deseos naturales no hay que partir de las exigencias de una pura naturaleza sin gracia, dado que el hombre no es ni ha estado jamás en estado de pura naturaleza, sino que desde siempre ha sido predestinado en Cristo a participar de la vida divina.

El deseo de poseer a Dios no proviene de la pura naturaleza del hombre, que no es ni ha sido jamás realidad existente, sino una mera abstracción. La naturaleza, porque Dios así lo quiso libremente desde toda la eternidad en Cristo, es, de hecho y en concreto, una naturaleza ordenada, constituida en su ser mismo para participar de la vida divina.

De hecho ningún hombre nace hoy, ni nació jamás, en estado de naturaleza pura. Eso quiere decir que el deseo natural del hombre de una bienaventuranza sobrenatural no proviene de la naturaleza pura, sino de una naturaleza configurada por el Sí eterno de Dios que libremente la ha ordenada a poseer y ser poseída por Dios, y por lo tanto dotada para esa finalidad de una “capacidad de Dios [43] .

La gratuidad de la gracia  hay que buscarla radicalmente en la gratuidad, en la libertad, el beneplácito divino que ha ordenado al hombre a un poseer a Dios, dotándolo, pues de todos los medios necesarios para su obtención.

La razón de la creación incluye la razón de la encarnación, en un acto único de perfecta libertad de parte de Dios, pero según un plan racional e integral en el cual Cristo es el centro, el principio y el fin. Cristo es la razón y la finalidad del plan del Padre, querido como el Amante supremo destinado a llevar toda la creación hacia el amor en un acto de amor infinito.

En una creación libre, Dios crea necesariamente todo para él mismo, porque él es Dios y  Dios es necesariamente el principio y el fin de todas las cosas. En esta creación libre, Dios quiere libremente llevar todas las cosas a él mediante la encarnación del Hijo. Si en la raíz de la predestinación está el amor infinito y gratuito de Dios, en el centro del ser encontramos el amor reflejo y respuesta al amor de Dios.

Expiación, satisfacción, muerte sacrificial, reparación, mérito, son conceptos para ser bien empleados, tienen que ser leídos y entendidos dentro del cuadro absolutamente preeminente y determinante del amor de Cristo como respuesta al amor gratuito y creador del Padre.

9.2. El Cristo cósmico

En Duns Escoto encontramos una doctrina a primera vista extraña: así como el Verbo asumió la naturaleza humana, así podría asumir no importa que naturaleza en su unión hipostática.

Toda naturaleza podría haber sido asumida por el Hijo de Dios, inclusive la de la piedra.

Tendríamos que entrar en el análisis de su doctrina de la univocidad del Ser, desde la cual aparece claro que la naturaleza no intelectual no tiene en sí misma una entidad positiva que pueda oponerse a esta dependencia; en consecuencia nada se opone a que ésta pueda ser asumida [44] .

La piedra, o no importa qué creatura no racional, no puede, pues, ser elevada, sea a la bienaventuranza, sea a la participación de la naturaleza divina que es su condición, porque solamente la creatura en potencia al infinito puede ser elevada al infinito por participación, y entonces, a la participación de la naturaleza divina y de la bienaventuranza. Ahora que esta potencia al infinito no existe sino en la creatura racional.

Sea como fuera, lo que importa es la capacidad de ubicar a Cristo no solamente en relación al hombre y su historia, sino como razón de ser del cosmos y de la evolución:

Él es Imagen de Dios invisible, Primogénito de toda la creación, porque en él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles, los Tronos, las Dominaciones, los Principados, las Potestades todo fue creado por él y para él, él existe con anterioridad a todo, y todo tiene en él su consistencia.

Él es también la Cabeza del Cuerpo, de la Iglesia Él es el Principio, el Primogénito de entre los muertos, para que sea él el primero en todo, pues Dios tuvo a bien hacer residir en él toda la Plenitud, y reconciliar por él y para él todas las cosas, pacificando, mediante la sangre de su cruz, lo que hay en la tierra y en los cielos [45] .

La primera parte describe la posición de Cristo referente al cosmos o universo entero; la segunda se nos presenta la función de Cristo relación a la Iglesia para cerrar de nuevo el pensamiento con la plenitud de su actividad que abarca hombres y cosmos, cielos y tierra, vida y muerte. Es importante subrayar que los mismos temas constituyen el argumento de Heb. 1, 2-4, si bien menos deslindados [46] .

La realidad humana de Cristo está fuertemente subrayada. A Cristo hombre está prometida la sujeción del universo (de todas las cosas) porque en él reside toda plenitud, inclusive la plenitud de la divinidad [47] .

La  plenitud comprende  el mundo terrestre y el mundo celeste, incluido el mundo divino que Cristo lleva en sí por naturaleza, en cuanto que él es el Hijo, plenitud que Dios hizo habitar en Cristo. Cristo‑hombre es el templo [48] verdadero y definitivo, donde habita toda la divinidad.

Cristo,  hijo del amor de Dios, es la “imagen” (eikon) del Dios invisible. Si el hombre es imagen y resplandor de Dios [49] , con mayor razón, pues, se puede decir otro tanto del ser humano de Cristo, donde S. Juan  vio la gloria del Verbo [50] , y donde  vio, oyó, tocó al Verbo de Dios [51] .

La  primogenitura de Cristo lo relaciona realmente con toda creatura, establece una relación verdadera de  primero y segundo ‑ sea ella de tiempo, orden o importancia o causalidad ­entre Cristo y las criaturas.

Dios ha parido la tierra y el orbe [52] , el mar sale  del útero de Dios que pone las nubes por pañales la tierra. Dios es “madre" de la lluvia, “engendró" las gotas de rocío, de su “vientre" salió la nieve y él engendró la escarcha [53] . Esa actividad materna de Dios que alcanza “cielo y tierra", y “lo visible y lo invisible”, fórmulas que subrayan la totalidad de lo existente, se ha realizado en Cristo primogénito de toda criatura o de toda la creación.

La creación entera, sin excluir nada, fue radicada, apoyada en Cristo; tuvo en Cristo su base, su punto de apoyo, su sostén, su fundamento; el universo fue fundado en él como en sus cimientos. Cristo es base o fundamento de la creación en el sentido en que es la cabeza de todas las cosas [54] ; y a todas las cosas fueron creadas en él, en el sentido en que Dios se había propuesto

En correspondencia con la creación “en" Cristo, está la existencia actual de esa creación en Cristo: todas las cosas subsisten en él. El universo tiene su consistencia o cohesión en Cristo en el momento actual, como cuando fue creado. Vale tanto como afirmar que la razón de la consistencia y cohesión del universo ha sido siempre y es Cristo.

10. Cristo, el primer muerto de la historia

En la Carta a los Colosenses, la noción de “principio” – arjé - se aplica a Cristo de modo radical. Él es el gran bereshit, el gran génesis, la palingenesía por excelencia. Para que sea el principio de todo, el primero en todo, también es el primogénito de entre los muertos. [55] .

En el Apocalipsis [56] Cristo es llamado conjuntamente el primogénito de los muertos y el “príncipe” de los reyes de la tierra. La  primogenitura de entre los muertos, es decir la resurrección de Cristo, es un preámbulo del triunfo y dominio universal de Cristo, sin que esto excluya un primado también respecto de los muertos [57] .

La expresión principio describe el rango de Cristo como príncipe universal, en cuanto es el primer resucitado de entre los muertos [58] .

Podríamos discutir si desde el punto de vista temporal  Cristo ha sido el primero que, en el tiempo, resucitó de entre los muertos, el primero que, en el tiempo, ha sido glorificado. De todos modos, la prioridad indicada apunta siempre a una escala de valores o de rango. Cristo tiene que resultar 'primado' o jefe en todo, por lo cual su resurrección equivale a su entronización como señor, inclusive de los muertos [59] .

No voy a insistir en este tópico, por demás conocido. Una sola cita para ejemplo:

Si no hay resurrección de los muertos, tampoco Cristo resucitó.  Y si no resucitó Cristo, vacía es nuestra predicación, vacía también vuestra fe.  Y somos convictos de falsos testigos de Dios porque hemos atestiguado contra Dios que resucitó a Cristo, a quien no resucitó, si es que los muertos no resucitan.  Porque si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó.  Y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana: estáis todavía en vuestros pecados.  Por tanto, también los que durmieron en Cristo perecieron  Si solamente para esta vida tenemos puesta nuestra esperanza en Cristo, ¡somos los más dignos de compasión de todos los hombres!  ¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que durmieron [60] .

Jesucristo fue el “primer resucitado”, nadie lo pone en duda. Quiero abrirme a otra perspectiva: Jesucristo fue también  – en el orden de la intención – el primero que pasó por los brazos, al decir de Francisco de Asís, de nuestra hermana la muerte corporal.

La muerte fruto del pecado ha sido la muerte violenta, la efusión de sangre. En la mitología edénica todos, hombres y animales, eran herbívoros. Nadie mataba a nadie hasta que Caín asesinó a Abel [61] . La lucha por el poder es la causa del asesinato del inocente. Este el pecado fontal, primero, original.

La muerte de Jesús revela el verdadero sentido de la muerte en el designio de Dios. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? [62] .

La muerte no es un límite, sino la ruptura de toda frontera, no es el fin de la historia, sino su continuación, no es la negación de Dios sino su sí definitivo a hombre. Al decir de Francisco de Asís, la muerte es la hermana que nos lleva de la mano al Padre común, padre de la muerte, padre de la vida.

La muerte es el último y definitivo Sí de Dios al hombre, dado desde siempre en la muerte de Cristo, primer predestinado.

Termino con esta oración de Teilhard de Chardin, entresacada de su Misa sobre el Mundo

Al principio estaba el Verbo soberanamente capaz de consolidar y dar consistencia a toda la materia que iría luego a nacer. Al principio no había frío y tinieblas, estaba el Fuego. He aquí la verdad.

Lo sé. No sabríamos dictar, ni siquiera anticipar, el menor de tus gestos. Tuyas son todas las iniciativas, comenzando por la de mi oración.

Verbo resplandeciente, Potencia ardiente, Tu que petrificas el Múltiple para insuflarle tu vida, impone, te lo ruego, sobre nosotros, tus manos santas, tus manos previsoras, tus manos omnipresentes. Manos que no están aquí o allá, como una mano humana, sino que se encuentran fundidas en la profundidad y la universalidad presente y pasada de las Cosas, manos que nos acarician simultáneamente en lo que tenemos de más vasto y de más interior, dentro y en derredor nuestro.

Misteriosa y realmente, al contacto con la palabra substancial, el Universo, inmensa Hostia, se ha hecho Carne. A partir de entonces toda materia se ha encarnado, Dios, mío, por tu encarnación.

Me ha sido manifestado el Objeto definitivo, total, sobre el cual se ha despertado mi naturaleza. Las potencias de mi ser se ponen a vibrar espontáneamente siguiendo una Nota Única, increíblemente rica, donde no distingo, unidas sin esfuerzo, las tendencias más opuestas: la exaltación del  obrar y la alegría del padecer; la voluptuosidad de poseer y la fiebre de desechar; el orgullo de crecer y el bienestar de desaparecer en alguien más grande que uno mismo.

Cómo podría apartar de mí, Señor, este cáliz, una vez que me has hecho gustar el pan, y que se ha deslizado en la médula de mi ser la inextinguible pasión por aferrarte, más allá de la vida, a través de la muerte. La Consagración del Mundo se interrumpiría inmediatamente si en tus escogidos, los futuros creyentes, tu no vigorizaras las fuerzas que inmolan junto a las que vivifican.

Mi Comunión sería incompleta (simplemente no sería cristiana) si, con los progresos que me aporta esta nueva jornada, no recibiera en mi nombre y en nombre del Mundo, como la participación más directa a tí mismo, el trabajo, sordo o manifiesto, de desgaste, de vejez y de muerte que mina incesantemente el Universo, para su salvación o para su condenación. Me abandono perdidamente, oh mi Dios, a las acciones impresionantes de disolución por las cuales hoy tu divina Presencia reemplazará, quiero creerlo ciegamente, mi estrecha personalidad. Aquel que habrá amado apasionadamente a Jesús escondido en las fuerzas que hacen madurar la Tierra, a él la Tierra extenuada lo apretará en sus brazos gigantes y, junto a ella, se despertará en el seno de Dios.

Señor, guárdame en lo más profundo de las entrañas de tu corazón. Y cuando me hayas poseído, quémame, purifícame, inflámame, sublímame, hasta la satisfacción perfecta de tu querer, hasta la más completa aniquilación de mí mismo.

A tu Cuerpo en toda su extensión, es decir al Mundo que, por tu poder y por mi fe, ha resultado ser el crisol magnífico y viviente donde todo desaparece para renacer, por todos los recursos que me ha hecho brotar en mí tu atracción creadora, a este Cuerpo me consagro para vivir  y morir en él, Jesús.

Montevideo, setiembre 1997

 



[1]   2Cor  1, 18

[2]   Rom  3, 3-4  Cf Sant  1,  16-18 No os engañéis, hermanos míos queridos:  toda dádiva buena y todo don perfecto viene de lo alto, desciende del Padre de las luces, en quien no hay cambio ni sombra de rotación.  Nos engendró por su propia voluntad, con Palabra de verdad, para que fuésemos como las primicias de sus criaturas

[3]   Ef  3,  8-13 la inescrutable riqueza de Cristo, y esclarecer cómo se ha dispensado el Misterio escondido desde siglos en Dios, Creador de todas las cosas,  para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora manifestada...,  conforme al previo designio eterno que realizó en Cristo Jesús, Señor nuestro. Col  1,  24-27 ... para dar cumplimiento a la Palabra de Dios,  al Misterio escondido desde siglos y generaciones, y manifestado ahora a sus santos,  a quienes Dios quiso dar a conocer cuál es la riqueza de la gloria de este misterio entre los gentiles, que es Cristo entre vosotros, la esperanza de la gloria, al cual nosotros anunciamos, amonestando e instruyendo a todos los hombres con toda sabiduría, a fin de presentarlos a todos perfectos en Cristo.

[4]   DV Nº 2

[5]   Me remito al trabajo de: MIGUÉNS Manuel, Base escriturística de la doctrina de Escoto sobre el primado de Cristo, ACTA CONGRESSUS SCOTISTICI INTERNATIONALIS, 1996 , Roma 1968 ; Vol III Problemata Teologica, 105 - 218

[6]   Ap. 22,  12 Mira, vengo pronto y traigo mi recompensa conmigo para pagar a cada uno según su trabajo.   13 Yo soy el Alfa y la Omega, el Primero y el Ultimo, el Principio y el Fin.

[7]   Col  1,  15-17 Él es Primogénito de toda la creación, porque en él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra,: todo fue creado por él y para él, él existe con anterioridad a todo, y todo tiene en él su consistencia.

[8]     Dice Juan Duns Escoto: El que quiere ordenadamente, sin excepción alguna, debe querer primero lo que está más cercano al fin. Se ha de querer la gloria con anterioridad a la gracia. Entre los predestinados a la gloria, antes tendría que querer la gloria para quien está más próximo a la obtención del fin. Quiere la gloria para el alma de Cristo antes de quererla para cualquier otro. Para todos los demás antes quiere la gracia y la gloria y luego prevé sus hábitos opuestos, el pecado y la condenación. Por lo tanto, antes que prever la caída de Adán, quiso la gloria del alma de Cristo  III Sent. Dist. III q. 3

[9]    Evidentemente que ni siquiera las Sagradas Escrituras condicionan el querer libre de Dios, es decir que si en la revelación escrita o tradiciones encontramos afirmaciones que contradicen este hecho fundamental... hay que hacer un buen uso de la hermenéutica para entenderlas a la luz del hecho Cristo. Cristo interpreta las escrituras y no a la inversa.

[10]   Juan Duns Escoto, ReP. Par. 3 d. 7 a. 4 n. 4: XXIII. 303 ab.

[11] Lc 15, 1ss

[12] DP. 182-184

[13]   Puede ser legítimo hablar de losángeles” desde nuestra perspectiva cultural presente. Si bien hay muchos interrogantes exegéticos y dogmáticos acerca del significado y existencia de los ángeles, cada día se defiende con más fuerza la existencia, fuera de nuestro sistema y de nuestra galaxia, de otros seres dotados de voluntad (quieren, odian) e inteligencia. Éstos seres posibles tampoco pueden ser causa de Dios y son creaturas suyas. De acuerdo a la perspectiva del Nuevo Testamento tienen existencia, sentido y consistencia en el Verbo eterno de Dios hecho parte de este Universo: En ese caso Cristo tendría la misión básica de salvar “a los marcianos” sino la de revelar a los marcianos el proyecto libre y gratuito de Dios haciéndose en todo marciano... menos en el pecado, de existir esta realidad marciana, claro está.

[14] Misericordia: rejem, rajamim, entrañas en hebreo bíblico.