CAPITULO I

Las regiones del Plata

en la época

de su descubrimiento.

 

SUMARIO

El Río de la Plata la expedición de Juan Díaz de Solís. Los aborígenes. Sus costumbres, lengua y religión.

El territorio que ocupa actualmente nuestra misión está situado entre los 580 y 630 de longitud del meridiano de Greenwich y los 280 y 360 de latitud sur.

Está, pues, comprendido en la zona templada del, hemisferio meridional.

Las márgenes del caudaloso Río de la Plata, que da el nombre a esta zona, se abren en forma de triángulo agudo, cuyos lados, - formados por las costas uruguaya y argentina - sé prolongan, en un trayecto de 190 millas, hasta el océano Atlántico, que en la ribera uruguaya empieza en el cabo de Santa María y la argentina en el Cabo de San Antonio.

La línea imaginaria que cierra el triángulo en estos dos puntos; los más dilatados de su curso, alcanza una longitud de 120 millas.

Su cuenca abarca una extensión de casi 4.000.000 de kilómetros cuadrados.

Estas dimensiones hacen del Río de la Plata, uno de los más caudalosos, y el más ancho del mundo.

Este magnífico estuario, que da acceso marítimo a las dos Repúblicas rioplatenses, fue descubierto por el marino español Juan Díaz de Solís, natural de Lebrija, en Andalucía, en el año 1516.

Una vez descubierto el continente americano por el audaz navegante genovés Cristóbal Colón, el Rey de España Fernando V, deseoso, por una parte, de afirmar sus derechos sobre el continente, y, por otra, de encontrar una vía para llegar a las Indias por el oeste, - puesto que por el tratado de Tordesillas, firmado en el año 1494, la navegación del Oriente pertenecía a los Portugueses – mandó varias expe­diciones para realizar sus propósitos.

Vasco Núñez de Balboa descubrió un acceso al Océano Pacífico cruzando el Istmo de Panamá; pero, persistiendo en el deseo de descubrir un canal que permitiera a las naves llegar directamente a las Indias Orientales, mandó el Rey a otras expediciones que recorrieran las costas del sur en busca del deseado fanal, que fue descubierto por la expedición de Magallanes en el año 1520, en el extremo sur del Conti­nente.

Una de las expediciones mandadas por el Rey de España con este objeto, fue capitaneada por Solís, quien fue el primer navegante europeo que surcó las aguas del Río de la Plata. Habiéndose, internado en el estuario, creyendo que fuera la ansiada vía hacia las Indias, desembarcó en la costa oriental a la altura de la Isla Martín García.

Pero los Indios Charrúas en una emboscada, mataron al propio Solís y a muchos de sus acompañantes. Los otros hu­yeron refugiándose, en la carabela fondeada en el río, y pocos después regresaron a España.

Los primeros habitantes de estas regiones pertenecían a la raza "Guaraní", que poblaba casi la mitad de la América del Sur.

Estaban divididos en varias tribus diseminadas por el territorio.

Los Charrúas ocupaban toda la ribera uruguaya del Río de la Plata, desde el Río San Salvador hasta el Atlántico. Constituían la tribu más numerosa y guerrera de estas comar­cas.

Su espíritu indómito los llevó siempre a defender su salvaje libertad. Mientras las demás tribus iban desapareciendo, ellos continuaban luchando contra los invasores; y sólo después de tres siglos de luchad cayeron vencidos y desaparecieron para siempre. 

Juan Zorrilla de San Martín, el Vate Uruguayo, canta en su admirable "Tabaré", la muerte de esta raza.

Los Chanás habitaban las islas situadas en el río Uru­guay a la altura del Río Hum, hoy Río Negro; se caracterizaban por su índole pacífica y por ser los mejores navegantes.

Los Yaros ocupaban la zona interna que forman las vertientes del río Hum, hoy departamentos de Soriano y Río Negro; acampaban a la orilla del Río y de sus afluentes.

Más al norte, en las costas del Uruguay, vivían los Bohanes; ocupando parte de los actuales departamentos de Río Negro y Paysandú hasta el Río Queguay.

Y del río Queguay hacia el norte, el territorio estaba, ocupado por los Guenoas.

Sobre la costa opuesta, en el territorio ocupado hoy par la Metrópoli Argentina, vivían los Querandíes.

Más el norte, siguiendo el curso de1 Río Uruguay, vivían los Caracaraes; y hacia el oeste, diseminados en la parte baja del Río Paraná, se encontraban los Timbúes.

Todas estas tribus estaban en estado salvaje; su vida nómada los hacia vagar por el territorio que ocupaban, levan­tando sus toldos en loe montes y en las orillas del río, según que encontraban abundancia de caza o de pesca, que consti­tuían los elementos de su manutención.

Para las más elementales necesidades de la vida los indios se fabricaban algunos objetos de formas rudimentarias. Como no conocían los metales utilizaban para fabricarse esos enseres la piedra y la madera.

Quedan en el Museo Nacional de Montevideo algunos de esto objetos, como hachas, cuchillas, flechas, boleadoras, morteros. etc.

Los toldos, bajo los cuales se cobijaban, estaban constituidos por cuatro estacas plantadas en el suelo, que sostenían extendidos unos cueros de animales, preferentemente venados.

Cuando la tribu acampaba, las mujeres levantaban la toldería mientras los hombres se dedicaban a la caza ya la pesca.

E1 color de la piel de los indios era cobrizo, los ojos brillantes y negros; tenían el cabello lacio y negro y carecían de barba. Como los demás pueblos salvajes andaban desnudos; pero en los días muy fríos solían cubrirse con una piel toscamente adaptada al busto.

Eran tan ágiles y diestros que alcanzaban a un ciervo a 1a carrera.

El idioma que hablaban era de tipo gutural y de léxico muy pobre, sin embargo no carecía de armonía y dulzura, reflejo, quizá, de la bondad del alma; porque si bien estuviera sumida, en la barbarie, sin embargo, entre los pueblos incultos, la raza guaranítica era quizá la más benigna.

Una prueba de ello la tenemos en el hecho que nuestros aborígenes jamás han sido antropófagos, ni ofrecían víctimas humanas, ni se conocían entre ellos ciertas prácticas de fero­cidad y degeneración que encontramos en otros pueblos salvajes.

Para la pesca utilizaban canoas que consistían en un me­dio tronco grueso de árbol ahuecado. Para la caza, se valían, además de su destreza, de flechas y boleadoras.

La constitución social de estas tribus era rudimental.

Fuera del régimen familiar, los indios no tenían ninguna forma de gobierno.

Solamente en caso de guerra, avisados por grandes fogatas encendidas en las lomas de las cuchillas, se reunían en consejo y elegían a un jefe o cacique que llamaban "tubichá" entre los más prestigiosos por el valor demostrado en otras ocasiones.

Terminada la guerra volvía el jefe a su vida privada sin quedarle por esto ningún rastro de dominio o soberanía entre sus soldados.

En cuanto a Religión tenían nada más que ideas vagas; las que podías sugerir a un salvaje el sentimiento religioso que es natural en el hombre.

Creían en la inmortalidad del ser humano; y por eso enterraban sus armas, que debían serle útiles en la nueva vida a la que debía resucitar.

Creían en la existencia de un Ser Supremo, que conocían en una forma obscura y vaga; lo indica la palabra "Tupá" con que lo invocaban, que en lengua indígena significa: ¿quién eres?

Si debiéramos calificar, aunque en un sentido muy lato, la religión de los aborígenes tendríamos que insertarla entre las dualistas; porqué además del Dios "Tupá", que reconocían como un genio bueno, creían en la existencia de un genio malo que llamaban "Añang" y que era como el principio de todos los males.

Tales fueron los primeros habitantes del territorio rioplatense y las almas que por primeros evangelizaron los hijos de Francisco de Asís y de la ínclita Compañía de Jesús.