CAPITULO IV
El Convento
de San Antonio
SUMARIO
Fray Pablo de Camerino. Don Nicolás Migone. Viajes de antaño. El Barrio de las Lavanderas. Colocación de la Piedra fundamental. Nuevos obreros. El P. Vito de Gioia. La primera Capilla, El Colegio de San Antonio, La disputa M P, Mansuelo de Puerto Mauricio, El primer germen del Club Católico. El Círculo Católico de Obreros, La obra de los Misiones. El robo del Santísimo sacramento. Las obras del Templo de San Antonio, La Comisión “Pro Templo". La Virgencita de los Ángeles. El Padre Cayetano de Messina, La nueva Capilla provisoria, La inauguración del Templo, Ornatos y obras.
Dijimos en el capítulo anterior que el P. Juan José de Montefiori, una vez obtenidas las necesarias licencias, de las Autoridades Eclesiásticas pensó en adquirir el terreno para iniciar la fundación de una Casa de la Orden en Montevideo.
Es precisamente en este momento que se incorpora en la historia de nuestra Comunidad en el Río de la Plata una figura de altos relieves morales, cuyo aporte a la obra que estaba por germinar es providencial y decisivo.
Nos referimos al humilde lego fray Pablo de Camerino.
Queremos aquí hacer resaltar esta hermosa figura de religioso que aparece nimbada por una aureola de sencillez, de bondad y de sacrificio.
Nació fray Pablo en Camerino, pueblo de las Marcas (Italia) el 27 de Febrero de 1822. Llamado por Dios a la vida del claustro vistió las lanas seráficas a los 23 años de edad, en calidad de lego.
Discípulo aprovechado de la adusta escuela franciscana, supo copiar en sí mismo las sublimes semblanzas de Francisco de Asís, su Padre y Modelo.
Terminado el santo Noviciado, trascurrió los primeros años de vida religiosa en su Provincia monástica; pasó luego a España; y dada su vocación de Misionero fue enviado por sus Superiores a Chile donde reunió, ‑ durante diez años de penosa labor, ‑ los recursos para edificar un suntuoso templo, testimonio de la fe de nuestra hermana, la República Trasandina. Terminada esta obra fue designado por sus Superiores para la incipiente fundación de Montevideo, donde llego en el silo 1870.
Fray Pablo era un Religioso en el cual la constancia y la laboriosidad se hermanaban con un caudal de acrisoladas virtudes.
Los que le conocimos y tratamos de cerca, ‑ leemos en un documento de nuestro archivo, ‑ bien podemos asegurar que de los labios de este humilde hijo de San Francisco, jamás cayó una palabra que pudiera en lo más mínimo rozar la reputación de su prójimo, de su hermano a quien amaba con la caridad de Cristo, esa caridad que, al decir del Apóstol, no tiene envidia ni piensa mal, nunca se ensoberbece y lo soporta todo.
Este humilde Capuchino se dedicó a recaudar recursos para la construcción del nuevo Templo.
Envuelto en su tosco sayal, ‑ continúa el documento recién aludido, ‑ iba recorriendo las calles de nuestra ciudad, por espacio de 20 años, predicando con la elocuencia del ejemplo, a imitación del seráfico Padre San Francisco, la humildad, la paciencia, y sobre todo la caridad, esa virtud divina de que aquella alma selecta rebosaba.
Con la cabeza descubierta y los pies descalzos llamaba de puerta en puerta, recibiendo a veces el pequeño óbolo que guardaba agradecido y sonriente; a veces la palabra impertinente, la befa soez y la repulsa inconsiderada que recibía con la misma sonrisa y agradecimiento; bien sabiendo que contribuían también los desprecios, pacientemente tolerados, a la obra de Dios en que estaba empeñado.
Se recuerda que una vez, haciendo sus acostumbrados recorridos se encontró con un grupo de estudiantes que salían de la Universidad. Los jóvenes al ver al humilde Religioso prorrumpieron en gritos despectivos. Fray Pablo soportó todo con admirable paciencia; y cuando los estudiantes se cansaron de gritar, se dirigió a ellos y les dijo:
‑Todo esto ha sido para mí, que bien lo merezco. Ahora veamos lo que me dais para mi Iglesia.
Esta actitud sorprendió tanto a los jóvenes que hicieron entre ellos una colecta y se la entregaron al humilde Capuchino.
Así surgió, de entre sus manos, por decirlo así, nuestro suntuoso templo de San Antonio; monumento de la piedad y caridad de los católicos montevideanos y de la constancia y sacrificio de fray Pablo de Camerino.
Una vez construido el Templo fray Pablo quedó entre nosotros hasta su muerte, acaecida repentinamente mientras se dirigía al altar para comulgar, el 15 de Abril del año 1900, Domingo de Resurrección.
Sus amigos y admiradores lloraron su memoria; en la Cámara de Senadores, el Doctor Francisco Antonio Vidal hizo la apología de las virtudes y méritos del humilde lego, "que, " soportando las befas, los insultos, los desprecios, recogía por las calles de Montevideo, vintén sobre vintén, los miles de pesos con que se ha levantado uno de los hermosos templos de la Capital, y el Convento y la Escuela gratuita a que se acogen tantos desgraciados.
Los hermanos de este virtuoso Religioso, con delicado sentimiento de gratitud, han querido que sus restos descansen bajo las bóvedas del templo que él mismo levantara a su Dios: y ahí están, junto al altar de San Francisco, su Padre espiritual, esperando unirse al alma que ciertamente vive ya en el templo eterno de la gloria.
Sobre su tumba se lee la siguiente inscripción:
Aquí descansan
Los restos de
Fray Pablo de Camerino.
Religioso Capuchino.
Falleció el 15 de Abril
de 1900.
Dejó grata memoria
De sus bellas virtudes
E incansable actividad
En la construcción
De este templo.
A. S. G. H.
Esbozada la silueta de fray Pablo de Camerino continuemos nuestra narración.
Decíamos que la primera ocupación del R. P. Juan José de Montefiori, una vez obtenida la venia de sus Superiores, fue la de adquirir un terreno apropiado para establecer la naciente residencia de la Orden.
Tenemos ante nuestros ojos un precioso documento inédito, unas Memorias escritas por el R. P. Mario Luis Migone, hijo del Sr. Nicolás Migone, ‑ de quien hemos de ocuparnos inmediatamente, ‑ religioso Salesiano y actual Capellán de las Islas Malvinas.
De ese documento existente en el archivo privado de la familia del Sr. Migone sacaremos los preciosos datos que harán a nuestro propósito.
EI R. P. Juan José de Montefiori, había encargado a fray Pablo de Camerino el buscar un terreno apropiado para la nueva residencia.
Vagando un día fray Pablo por los alrededores de la ciudad, dirigió sus pasos hacia la parte sur precisamente en el tramo comprendido entre el actual Cementerio Central y el Parque Rodó.
Toda esa zona, por aquellos tiempos era "algo más que campo; eran desiertos de arena y barriales que en ciertas rotaciones del año había que tener ánimo valiente para atreverse a cruzar".
No había, para dirigirse a esa localidad, tranvías ni servicio público de locomoción; debíase recorrer el trayecto a pie o a caballo; poco después dos arterias de la ciudad se prolongaron hasta allí; la Av. 18 de julio primero y la calle Constituyente después; más adelante se trazó la calle Minas y luego poco a poco fueron surgiendo por obra y generosidad el Sr. Migone, como ya diremos, todo el trazado edilicio de una importante barriada.
Algunos árboles, grandes pitas, e ingratos pastizales iban disputando el terreno a las arenas de la playa, que agrupadas en médanos movedizos ya invadían el terreno fértil o ya se retiraban hacia la playa; a merced del viento que las arrastraba.
Toda esta zona era posesión del Sr. Nicolás Migone, cuya memoria vivirá en bendición en los anales de nuestra misión capuchina en el Río de la Plata.
Este distinguido caballero era uno de aquellos hombres que nos ha regalado el noble pueblo italiano, cuya pasta moral es un conjunto armónico de fe, de laboriosidad, y de hidalguía.
Don Nicolás, como familiarmente se le llamaba entre nosotros, había nacido el 2 de mayo de 1817.
Transcurrida su niñez y su primera juventud en el país natal, decidió venir a América, acompañado de su padre y dos hermanos con aquellas ansias de trabajo y de progreso que despertaba en el ánimo de los extranjeros nuestro suelo feraz y hospitalario.
Llegado a nuestras playas se radicó en la ciudad de Paysandú, donde, en sociedad con sus hermanos Andrés y David, se estableció con un comercio y explotó la industria saladeril adquiriendo un establecimiento conocido con el nombre de "Sacra".
Por motivos de negocios recorrió varias veces la distancia que media entre la que era ciudad de su residencia y Montevideo, único centro de provisiones en aquella época para todo el país.
Por aquel entonces, este viaje, que se hace hoy en algunas horas, demandaba varias semanas de jornadas penosas e interminables. Se formaba, para emprender dicho itinerario, un largo convoy de pesadas carretas, tiradas por bueyes, escoltadas por peones, troperos y patrones que marchaban a pie o a caballo, y seguidos por numerosos caballos y bueyes de recambio.
Todo esto, asumía el aspecto de una abigarrada y ruidosa población ambulante que venía a interrumpir la monotonía y silencio que solía reinar en aquellas regiones.
Las largas jornadas de las caravanas, eran matizadas por las escenas de genuino sabor criollo, en las que alternaban las hogueras donde se preparaba el apetitoso asado, y las ruedas de paisanos, sentados en el suelo, donde circulaba el indispensable mate, y donde los tertulianos contaban sus aventuras o escuchaban el canto de coplas camperas acompañadas por el melancólico acorde de la guitarra o por las notas chillonas del acordeón.
Estos viajes se hacían todavía más penosos por las incidencias a que estaban sujetos con frecuencia; un arroyo desbordado, un río crecido entorpecía la marcha del convoy; a veces los gauchos que componían la caravana trababan discusiones y peleas que comprometían la marcha de las carretas, el gaucho de índole buena y verdadero amigo de sus amigos, se hacia temible y feroz toda vez que se dejaba llevar por sus instintos naturales, entre los que primaba la sed de venganza cuando recibía o creía recibir una afrenta. A todo esto debe añadirse los frecuentes encuentros con partidas de de los distintos bandos en las revoluciones que con harta frecuencia se sucedían en nuestro suelo; y los encuentros más disgustosos aun con bandas de merodeadores y matreros que infestaban nuestra campaña y contra los cuales se debían a veces sostener porfiadas guerrillas. Todo esto, sumado a la poca influencia que tenían las autoridades en esos lugares tan poco accesibles y tan alejados de los centros, hicieron que Don Nicolás abandonara la vida de campaña, y se dirigiera a Montevideo para desarrollar con mayor seguridad sus actividades.
Fue entonces que compró la vasta zona despoblada donde había de edificarse más tarde nuestra Iglesia.
Una vez adquirida la propiedad se propuso desarrollar en ella un plan de colonización. Con esto el Sr. Migone no solamente pretendía explotar su tierra, pero, quizá con mayor interés, quería ayudar a la gente pobre y trabajadora y procurarles una vida más cómoda y decorosa. Porque Don Nicolás tenía un corazón generoso y bueno; sobre todo un corazón saturado de fe cristiana que le hacia sentir como propias las necesidades de los menesterosos.
Desde que despertaron en mí las luces de la razón, -escribe su hijo Mario- empecé a descubrir en nuestro Padre un carácter austero, inteligente, activo, emprendedor y sumamente sensible a la miseria ajena.
Don Nicolás había edificado en su finca, y precisamente sobre la actual calle Constituyente, una espaciosa casa donde solía pasar temporadas con su familia. Por frente a su casa pasaban especialmente en determinados días de la semana, una interminable procesión de lavanderas casi todas negras, llevando en brazos o a la rastra alguna criatura, con sendos atados de ropa, que iban a lavar en los famosos lavaderos de Acuña, convertidos hoy en la actual Plaza de deportes del Parque Rodó.
Como que la casa de Don Nicolás era la única finca existente en el trayecto que debían recorrer, las pobres lavanderas hacían un descanso allí, a la sombra de grandes árboles plantados en la calle.
La vista de esta pobre gente sugirió a Don Nicolás el propósito de aliviarlas facilitándoles la adquisición de casas baratas, y construyéndoles las piletas necesarias para que pudieran trabajar con comodidad.
Para realizar su propósito abrió canteras en su propia posesión y estableció un horno de ladrillos; éste estaba situado en la manzana cerrada hoy por las calles Canelones, Magallanes, Minas y Soriano; las excavaciones del horno de ladrillos han sido utiliza4s por el Círculo Católico de Obreros y algunas casas adyacentes para construir las dependencias del subsuelo.
Cuando la cantera y el horno fueron abandonados, las fuertes lluvias depositaron sus aguas en los respectivos huecos, formando considerables lagunas.
Para comodidad de los obreros se instalaron en la finca cocinas económicas que proveían alimento sano y abundante a los obreros, que llamados por una campana se reunían a horas determinadas para las refecciones. Don Nicolás logró su intento; los terrenos baldíos y los arenales se poblaron de viviendas sencillas y cómodas, se construyeron piletas en mampostería, que contenían unos cincuenta puestos cada una para lavar, y un caño maestro para el desagüe. Este caño maestro fue, según los datos que tenemos, el primero que se construyera en la República. Estableció también, para abaratar la vida, una tienda, un almacén y una panadería.
Para completar su obra y facilitar el acceso a las viviendas, Don Nicolás demarcó las manzanas de acuerdo con la Municipalidad a la que regaló el terreno para las calles. Como premio la Municipalidad le exigió que pagara el empedrado, los cercos y las veredas dando como plazo seis meses para terminar la obra, lo que puso al Sr. Migone en serios apremios económicos.
Así quedó construido el barrio nuevo, llamado el Barrio Migone, o también el barrio de las lavanderas.
Como era natural en ese ambiente de gente poco culta no faltaban reyertas, especialmente entre las comadres; entonces intervenía la Señora de Don Nicolás, Doña María Grillo, la cual tenía que echar mano a la vara de Salomón- para poner paz entre los contendientes.
No pocas dificultades encontró el Sr. Migone en sus obras; pero no llegaron a doblar jamás la rectitud de su proceder; Don Nicolás, era un hombre de temple y un luchador cuyas energías se multiplicaban a medida que se le oponían dificultades, Para completar su figura quiero citar aquí algunos detalles que leo en las memorias citadas.
Un desconocido que le viera por primera vez podría haber creído que era de carácter severo y adusto. Contribuían, desde luego, a la formación de este juicio, su rostro enjuto y serio.
Encuentro muchos puntos de semejanza con esos retratos de los libros que representan personajes de la antigüedad. Era enemigo jurado de modas y cumplimientos, despreciador del "qué dirán”, y parco en palabras; sólo entre amigos y en las conversaciones del hogar, daba rienda suelta a su lengua y abría de par en par su corazón, poniendo de realce las hermosas prendas que le adornaban.
A todas estas cualidades naturales, unía Don Nicolás, como su mejor prenda, una fe acrisolada que florecía en su alma en una piedad sólida sin requiebros ni vanos sentimentalismos. Encontramos, como una de las tantas pruebas de cuanto afirmamos, un sencillo pero elocuente episodio de uno de sus viajes a Europa.
Encontrándose en Londres recorrió, un domingo, muchas calles para dar con una Iglesia Católica y oír la Santa Misa, pero sin resultado.
Como buen cristiano, ‑ escribe el hijo Mario que le acompañaba en esa circunstancia, ‑ y no pudiendo resignarse a no oír Misa, volvió al Hotel fastidiado, y aun a trueque de causar mala impresión, y ser mal visto entre protestantes, insistió en que le dieran la dirección de una Iglesia Católica.
En su hogar se recitaba diariamente el Santo Rosario, seguido por una "larga invocación de los Santos y los Padres Nuestros que hacía rezar de rodillas.
Entre los Padre Nuestros se decía "uno por los viajeros, otros por los pobres que no tenían que comer y otro por las Ánimas benditas.
Su asiduidad al Templo y a los servicios religiosos todos los días y especialmente los domingos, también los tengo de manifiesto. La Santa Biblia estaba siempre en su mesita, y en su lectura se entretenía antes de acostarse, y más tarde durante las largas noches de insomnio. Me hacia participar a veces de las lecciones en ella aprendidas, y recuerdo haberle oído decir más de una vez, que él siempre había resuelto casarse cuando adquirió la convicción de los libros Santos, de que el matrimonio había sido instituido por Dios para criar hijos para el cielo. Así mismo, que la fe sin obras de nada vale, y que si Dios da bienes de fortuna, impone a quiénes los reciben la obligación de repartirlos con los pobres. Lo que más me movía era ver que él practicaba lo que decía. Como Terciario Franciscano, como Cooperador Salesiano, y como miembro de la Sociedad de San Vicente de Paul, tuvo mil ocasiones durante la vida de practicar la caridad y la limosna.
Solía decir que lo que se da a los pobres se da a Dios, el cual devuelve siempre centuplicado.
Era además de sentir que las ricas herencias crean en los hijos hábitos de holgazanería y vicios y que una modesta fortuna se basta y sobra para lograr una vida feliz en el trabajo.
Una vida tan ejemplar debía necesariamente cerrarse con una muerte santa. En sintiendo llegar la hora de la partida quiso prepararse exquisitamente para tan gran paso. Recibió “con suma piedad" varias veces los Santos Sacramentos, encareciendo que se le hicieran abundantes sufragios y pidió al P. Vito, Capuchino, que no le abandonara. Unos instantes antes de morir, como el Patriarca Jacob, bendijo a sus hijos que se hallaban rodeando su lecho y finalmente murió el trece de junio de, 1888, es decir la fiesta de San Antonio de Padua, Patrono de la Iglesia cuyo terreno donara.
Sus restos, juntamente con los de su Esposa, descansan en la Iglesia de San Antonio junto al altar de San Francisco.
La Comunidad de los P.P. Capuchinos hizo escribir sobre su tumba esta leyenda:
Exuviae
Nicolai Migone 1817-1888
Mariae Grillo 1831-1883
Coniugun
Hic in pace requiescunt.
Patres Capuccini
Huius loci requie renumerant
insignes benefactores
a quibus praedium
ad has aedes construendas
acceperunt.
Pedimos al lector disculpa por habernos quizá alejado un poco de nuestro tema central, dando algunos datos de nuestra campaña y del barrio donde fue edificada la Iglesia, como asimismo de la personalidad de Don Nicolás Migone.
Hicimos lo primero como breve ilustración del territorio que se presentaba a la actividad de los P.P. Capuchinos; y lo segundo para rendir tributo de gratitud perenne al insigne Bienhechor de nuestra Comunidad que guardará para él un gratísimo y cristiano recuerdo.
*****
En el recorrido a que aludimos de fray Pablo por los campos del Sr. Migone se encontró con Don Nicolás precisamente en el mismo sitio donde hoy se levanta nuestro Convento. Existían diseminados aquí y allí, unos arbolitos rodeados de cerco de piedra que formaban asiento. Muy cerca de ellos se hallaba un poderoso ombú, y tal vez invitado por ras sombra descansaba allí nuestro Padre leyendo el diario.
Fray Pablo saludó, sin conocerlo, a don Nicolás y le preguntó si sabia donde podría encontrar un terreno para erigir una Iglesia a San Antonio.
Terreno es lo que nos sobra, - contestó don Nicolás, no tiene más que elegir.
Pocos días después se firmaba la escritura, y la Comunidad de los Capuchinos tenía ya su pedazo de tierra para empezar su obra.
Don Nicolás, además de donar el terreno, donó de sus canteras gran cantidad de piedra para los cimientos.
Una vez obtenido el terreno se procedió a iniciar los trabajos del Templo y el 20 de Febrero de 1870 fue colocada la piedra fundamental.
Esa ceremonia dio margen a una simpática fiesta, saturada de franciscana sencillez, Todo se realizó sin boato ni algazara, a tal punto que punto que para la mayor parte de los habitantes de Montevideo la ceremonia pasó casi desapercibida. Y sin embargo aquella semilla había de desarrollarse en una nueva residencia de la Orden que sería más tarde la Casa Madre de una nueva Misión Capuchina y como el cuartel general desde donde irradiarían todas las actividades que habían de desplegar los Misioneros Capuchinos de la Provincia de Génova en ambas márgenes del Plata.
Los concurrentes a aquel sencillo acto se cobijaron a la sombra de un ombú, el mismo donde se encontraron providencialmente fray Pablo de Camerino y el señor Nicolás Migone. Para la ceremonia religiosa se había armado una carpa donde se levantó un altar sencillo dominado por un Crucifijo y un cuadro del Taumaturgo do Padua, de pequeñas dimensiones. Bendijo la piedra fundamental el Ilmo. Monseñor Don Jacinto Vera, primer Obispo de Montevideo, y apadrinaron el acto don Lorenzo Caprario y su esposa la señora Dolores Trujillo de Caprario.
Por aquel entonces la pequeña Comunidad había aumentado, al incorporarse a ella el R. P. Sebastián de Montefiore, venido del Brasil para prestar ayuda a la nueva fundación.
Una vez colocada la piedra fundamental se procedió a edificar un tramo del futuro edificio, situado en la parte norte del terreno, y que corresponde hoy a las dos salas de recibo del Convento.
Los trabajos llevados a cabo con alacridad quedaron terminados en pocos meses; y el 4 de Octubre de 1870, día de San Francisco, se bendijo e inauguró esa ala del futuro edificio y en ella se instaló la Capilla provisoria y la vivienda de los Padres.
En aquella modesta Capilla, ‑ escribe un testigo ocular, ‑ que desde el primer día fue muy frecuentada por los vecinos de los alrededores, las funciones se celebraban con la mayor regularidad, en medio de una atmósfera de sencillez y devoción verdaderamente encantadoras, y allí, por lo tanto fue donde empezó a brillar para nosotros ese celo por la salvación de las almas que tanto distingue a los hijos de San Francisco y que los ha hecho en este país, como en todas partes, tan respetados y queridos.
Las personas que asistían a aquellas funciones y que aun viven nos han hablado con entusiasmo de ellas; especialmente recuerdan las funciones del Mes de María que, por cuanto cabía en los límites del ambiente, se celebraban con toda solemnidad. Por otro documento fragmentario que tenemos a la vista sabemos que en la Capilla no había bancos, pero si pequeñas sillas, probablemente de paja, había además un púlpito forrado de tela verde y amarilla, color que lucían también las cortinas de los ventanales. Esas telas habían sido regaladas al R.P. Juan José de Montefiori por la dirección del Hospital brasileño cuando éste se retiró de Montevideo.
Una tabla horadada pegada a un reclinatorio, servía de confesionario.
La primera imagen de San Antonio de Padua era muy pequeña, pero poco después Monseñor Inocencio Yéregui regaló una hermosa estatua que es la que aun se conserva en un templete gótico dedicado al Santo existente en la nave derecha de la iglesia de San Antonio.
Toda la actividad desplegada por los primeros Capuchinos que nombramos se intensificó con la llegada de los cuatro nuevos Misioneros procedentes de Europa, que arribaron a nuestras playas el 28 de Octubre de 1870.
Los cuatro eran jóvenes activos y fervorosos, y venían animados de un deseo vehementísimo de ganar almas al cielo, … y se dedicaron desde el primer día en unión del P. Juan José de Montefiore al ejercicio del ministerio Sacerdotal y a enseñanza de la niñez en el Colegio de San Antonio entonces fundado, desplegando en esas tareas tanta inteligencia una caridad tan Capuchina, ‑ permítasenos decirlo así, que sus primeros trabajos fueron como la pauta o norma de conducta a que se han ajustado los que en virtud de la obediencia han venido a sucederles en su apostólica misión.
Estos padres eran: P. Vito Ángel de Goia, P. Alejo de Barletta, P. Damián de San Severino y P. Ángel de Trápani. De estos últimos padres no hemos podido recoger mayores datos; del P. Alejo de Barletta sabemos que era un excelente predicador y que murió en Chile. Del R.P. Vito de Gioa nos quedan más noticias. Plácenos insertar aquí un artículo que sobre el R.P. Vito ha escrito el ilustrado orador sagrado Monseñor Eusebio De León, publicado en el Almanaque Antoniano que vio In luz en Montevideo el año 1902.
Se me pide unas líneas para llenar un vacío en las bien nutridas páginas del Almanaque de San Antonio olvidando. quizá, que al solicitar mi humilde concurso para esa simpática obra, se ponía a contribución no tanto las escasas fuerzas de mi cerebro, cuanto los más caros afectos y sensibles recuerdos de mi corazón.
Eso importa la resurrección de un mundo de añejas reminiscencias e inocentes resonancias, que duermen desde hace treinta años en el sepulcro que guarda las ilusiones, muertas en flor, de la adolescencia!
Pero ya que es forzoso escribir, pagando este justiciero tributo de veneración y cariño al viejo maestro, y a uno de los primeros Apóstoles de nuestra juventud, tiremos las líneas que han de servir de esbozo para el gran cuadro biográfico del ilustre hijo de San Francisco de Asís.
El P. Vito llegó a Montevideo el 28 de Octubre de 1870 en la florecencia de su vida juvenil, y en la madurez de su espíritu; en días de luto, lágrimas y horrores para esta infortunada Patria que se desangraba en los campos de batalla, adonde la arrastraran sus hijos enloquecidos por la fiebre de torpes ambiciones y mezquinas banderías.
Nacido en Gioia, pueblo de la Provincia de Bari en Italia, el año 1839, ingresó a la Orden en 1855, en la que dio cumplidas muestras de su inteligencia y de la solidez de su virtud; títulos ya de por sí más que suficientes para captarse las simpatías de nuestra culta sociedad, que lo acogió en su seno con elocuentes manifestaciones de admiración y cariño.
Aquí abrazó con entusiasmo y abnegación ejemplar las fatigas propias del Misionero Capuchino, consagrándose por entero al ejercicio del ministerio apostólico; ora enclavado como el soldado de guardia, durante largas y pesadas horas, en el tribunal de la penitencia, cicatrizando las heridas secretas del espíritu, y despertando el corazón a la vívida luz de inmortales esperanzas; ora en la cátedra sagrada, desde cuyas alturas descendía su palabra siempre fácil y sonora, ya vehemente, enardecida al fuego de su caridad de Apóstol, ya lastimera, como un sollozo empapado en lágrimas del alma para derramar en la noche del pensamiento humano las claridades sin crepúsculo de la fe; o revivir en la conciencia del creyente los temores saludables y las filiales ternuras de los hijos de Dios”.
¡Cuántos recuerdos viven dispersos en la memoria de nuestros compatriotas, como páginas volantes de un libro místico que ha escrito en el corazón humano, el celo heroico del humilde Capuchino!
Nuestras obras de mayor labor y aliento, tanto en el orden religioso como social, le cuentan entre sus primeros y más entusiastas colaboradores, cuando no le deben su planeamiento y creación, y lo que importa mucho más, la consagración por entero de sus mejores esfuerzos.
Así surgió a la vida de la idea nuestra magna institución laica, el Club Católico, en la casi desnuda celda del hijo ejemplar del sublime mendicante de Asís; y a la sombra de la que, se congregaron por vez primera los distinguidos jóvenes cuyos nombres ha conservado en sus tablas murales la añosa tradición del claustro Capuchino.
Allí se dieron cita cristiana un día, Horacio Torres, Juan Zorrilla de San Martín, Miguel V. Martínez, Pedro Isasa, Ramón López Lomba y Román Barlén, para constituir ese primer plantel de la juventud católica uruguaya que había de convertirse luego más tarde en numerosa falange de caballeros de Cristo, bajo la experta disciplina de] sabio fundador del Liceo Católico.
Arrebatado por el ardor de su celo siempre creciente, prestó con entera precisión su más empeñoso concurso a la obra de la propagación de la buena prensa, esforzándose en llevar al seno de los hogares cristianos, la influencia moralizadora y educativa del libro, del folleto o de la hoja diaria, en que se exponían con toda claridad y precisión, los dogmas fundamentales de nuestra fe y de los principios de la moral evangélica.
Así encaminaba los esfuerzos de su prodigiosa actividad a la difusión del Evangelio y a la defensa de los intereses católicos; sin descuidar por esto la contracción que debía al desarrollo de la verdadera piedad y al mayor incremento del espíritu de la Venerable Orden Tercera de su Padre San Francisco de Asís.
Bajo su dirección cobró tal vitalidad y nervio, el simpático Instituto, que las naves del amplio Templo de San Antonio, llegaron a ser estrechas para contener la innúmera prole del Seráfico Padre.
Empeñado en estas apostólicas tareas, le sorprendió en 25 de Enero del año 1892, la orden de sus Superiores, que señalaban un nuevo y más vasto campo de acción al celo emprendedor del incansable misionero, y a la magia irresistible de su elocuencia sencilla y arrebatadora.
Mientras ruedan aun, por ahí, las páginas encantadoras que guardan el místico perfume de sus “Flores Antonianas” lleguen al inolvidable y siempre querido Padre Vito, estos lejanos recuerdos, que le consagran el discípulo de ayer y el amigo invariable de todas las horas.
El P. Vito murió en Chile el 4 de Octubre de 1910 de la enfermedad llamada "del sueño".
Una vez establecida la residencia y capilla, los P.P. Capuchinos procuraron establecer un Colegio para la educación de los niños de la localidad y para cumplir también con el deseo del donante del terreno, señor Nicolás Migone, como consta en un documento que poseemos.
El principio de este Colegio fue humilde; y si bien haya hecho mucho bien entre el número de alumnos que concurrieron ti sus aulas, sin embargo, como institución cultural no alcanzó mayor desarrollo, especialmente en los últimos años de su vida. El Colegio languideció por causas que no es del caso exponer aquí.
En este Colegio, apenas fundado, se cursaban las clases elementales y algunas superiores; también se dictaban clases de idiomas.
El contingente de Profesores aumentó con la venida del R.P. Rafael de Panni y Francisco de San Felipe que se incorporaron, por orden del Rmo, P. General, a la nueva Misión.
El Colegio ocupó sucesivamente varios locales; primero estuvo en el ala que da a la calle Minas, luego en el ala central donde actualmente está el Refectorio de lo Comunidad, y finalmente el R.P. Celestino de San Colombano, comprendiendo que la proximidad del colegio turbaba la paz del convento por la algarabía de los niños, etc., pidió y obtuvo del Sr. Luis Toribio un terreno contiguo a la iglesia donde edificó, en cooperación con el P. Vicente do Montevideo un local apropiado donde funcionó el colegio hasta el año 1924 en que fue clausurado, pasando a ocupar el local nuestro seminario seráfico.
Por las aulas de ese colegio desfilaron muchos alumnos que por la actuación que desplegaron después merecen ser consignado aquí. Recordemos a los hermanos Adolfo, Santiago y Agustín Isasa: los hermanos Aragunde, Burzaco, Mones, Lenzi, Domingo Tamburini, hoy dignísimo Cura de la Parroquia de los Pocitos, Antonio Lembo, fallecido, siendo Cura Párroco de Sarandi del Yi, el muy ilustre Sr. Canónigo Carlos Bianchetti, Cura Párroco de la Iglesia de la Aguada, el celebérrimo orador sagrado y Capellán del ejército Monseñor Eusebio De León, el Pbro. Celestino Cúneo, Capellán retirado del ejército, el Pbro. Eusebio Ruis, Prosecretario de la Arquidiócesis, los PP. Vicente de Montevideo, Francisco de Montevideo, José de Montevideo, Luis de Montevideo, Lorenzo de Montevideo; también cursaron sus estudios elementales, el Dr. Pedro Fascioli, los hermanos Zaffaroni, los hermanos Olivera, oficiales de nuestro ejército, el Dr. Rampini, el artista Ángel Cattáneo, el Prof. José Romanello y muchos otros que se destacaron en las diversas actividades a la que se dedicaran.
Para proveer con más eficacia a la formación espiritual de los Alumnos del Colegio, el P. Celestino fundó una Congregación de Niños, bajo la advocación de la Inmaculada Concepción y San Antonio de Padua. Esta Congregación prosperó admirablemente, llegando a ser, entre sus similares, la más numerosa de Montevideo. Perduran aún los recuerdos de las hermosas funciones a que daba margen en nuestro Templo de S. Antonio, y que constituían un verdadero exponente de la vitalidad pujante que la animaba.
El Padre Celestino fundó, además, el 8 de Diciembre de 1902, un Centro cultural para reunir a los Congregantes y demás jóvenes. Ese Centro llamado "Dios y Patria”, fue el primero de su género en la República; pertenecieron a él muchos jóvenes que hoy militan con honor en las filas del catolicismo uruguayo. Más adelante la institución cambió de nombre y se llamó "Centro Dámaso Larrañaga.
La vida de esta entidad con el correr del tiempo fue languideciendo; hasta que finalmente cesó el año 1925.
El nombre del Padre Celestino quedó siempre vinculado a estas obras; como asimismo su memoria queda en bendición entre cuantos le conocieron.
Espíritu de selección, el Padre Celestino, supo granjearte las simpatías de todos, por su exquisita caridad, por sus virtudes religiosas, y por su vasta cultura que podía apreciarse en su predicación, y en la dirección de las almas.
Que estas líneas sean un modesto homenaje a los méritos de ente preclaro hijo de San Francisco. El Padre Celestino murió en Pisa (Italia) el 6 de Setiembre de 1924.
*****
Antes de ocuparnos de la construcción del actual Templo de San Antonio, contiguo al Convento, vamos a decir cuanto sabemos de la actuación de los P.P. Capuchinos de aquel tiempo en nuestro ambiente religioso.
Había llegado por aquella época el R. P. Mansueto de Puerto Mauricio.
Era el P. Mansueto, religioso de vasta cultura, de talento superior, gran estudioso y muy versado en las Sagradas Escrituras. Vino a sustituir al P. Lorenzo de Verona, muerto en 1871. en la Capellanía del Manicomio Nacional, cargo que desempeñó con caridad y abnegación.
Existía por aquel entonces un Pastor protestante, conocido con el nombre de Mister Thomson, norteamericano de nacionalidad y que hacia en Montevideo una activa campaña proselitista, desafiado a los Católicos para una disputa pública. El P. Mansueto recogió el guante, y sabemos que mantuvo con el Pastor protestante una notable controversia. De toda esta brillante actuación, nos quedan noticias de una sola polémica que tuvo lugar en el Reducto.
Entresacamos de algunas memorias de nuestro buen amigo Don Román Barlén, que acompañó al P. Mansueto en aquella circunstancia, algunos datos sobre la célebre discusión.
Mister Thomson había preparado su claque que aplaudió frenéticamente al Pastor después de su alocución.
Cuando tocó el turno al P. Mansueto, apenas hubo tomado la palabra, "no obstante su presencia simpática, respetuosa y noble", el auditorio, ya preparado, lo recibió con evidentes pruebas de desaprobación, y molestó al religioso con manifestaciones hostiles desde el Principio al fin de su erudito discurso.
En varias interpelaciones que el Religioso hiciera al Pastor protestante, éste no hallando razones con que responder, salió de apuros hablando en inglés; y el P. Mansueto que poseía esa lengua pudo contestar a las evasivas del ministro protestante.
La disputa terminó como era de esperarse; las manifestaciones de adhesión del “respetable público" fueron favorables al Protestante.
Indignado yo, ‑ escribe Don Román Barlén, ‑ del proceder del Sr. Thomson lo desafié a una conferencia en su propia casa... El Protestante aceptó, y me citó para el día siguiente, a una hora determinada en su domicilio sito en la Plaza Cagancha.
Argumentó el joven Barlén con tanta eficacia que, por toda contestación, "el Pastor me abrazó ‑ escribe en sus memorias, ‑ diciéndome: `Véngase conmigo, yo le haré pastor y tendrá un buen sueldo.
Proposición que fue por supuesto, rechazada por el joven Barlén.
Otra actividad que queremos, recordar aquí es la que alude Monseñor Eusebio De León en su articulo sobre el P. Vito Ángel Gioia, recordando que en su celda nació el primer germen del Club Católico, institución cultural y religiosa que tantos prestigios ha conquistado entre nosotros.
Para tener datos precisos sobre ente particular, hemos consultado al Sr. Barlén, que integró desde la primera hora aquel plantel de jóvenes, y quién en síntesis nos dijo cuanto sigue:
Dos jóvenes piadosos teniendo que vivir en aquella época bastante aciaga para la fe, especialmente en el ambiente universitario, concibieron el propósito de tutelar la fe entre sus compañeros reuniéndolos para fortificarse mutuamente en la piedad mediante el ejemplo y el estudio colectivo de la Doctrina Católica. Estos dos jóvenes eran Ramón López y Román Barlén.
Apenas concebido el proyecto se lo comunicaron al P. Vito Ángel Gioia. El Padre con agrado la iniciativa de estos dos jóvenes entusiastas y para poner un buen cimiento a la obra proyectada de que hicieran los dos jóvenes ocho días de ejercicios espirituales bajo su dirección.
Al tercer día de los ejercicios, - nos escribe el testigo aludido, - se nos agregó un compañero, el agrimensor Horacio Tabares, joven recién convertido; cuando terminamos los ejercicios, se nos adhirió Justo J. Caraballo, y más tarde Antonio Sánchez. Horacio Marella y otros.
Nombramos la primera Comisión que quedó constituida así: Director, R. P. Vito Ángel de Gioia. Presidente, Antonio Sánchez; Vice, Horacio Tabares; Secretario, Justo J. Caraballo; los demás éramos Consejeros y Vocales; no pensamos en nombrar Tesorero porque lo que menos nos preocupaba eran los intereses pecuniarios.
La nueva entidad no tenla domicilio fijo; se reunían donde mejor conviniera a los socios; no lo hacían en ningún local del Convento por estar éste muy fuera de mano para los que vivían en el Centro. En esas reuniones se estudiaban los dogmas principales de la fe, los errores del Protestantismo; los autores preferidos eran Balmes y Augusto Nicolás. Se preparaban además algunas trazas de discursos y arengas para hacer propaganda callejera.
En las vacaciones se realizó una hermosa reunión de jóvenes que alcanzó el número 50, y a la cual concurrieron algunos estudiantes uruguayos que cursaban sus estudios en el Colegio de la Inmaculada Concepción de Santa Fe. Entre éstos estaba el entonces bachiller Juan Zorrilla de San Martín, el cual dirigió un discurso elogioso a esta iniciativa benemérita para la Patria y, (textualmente) de envidiable imitación.
El Padre Vito no asistía a las reuniones por ser ellas nocturnas y prolongarse hasta tarde; "pero su espíritu estaba en nuestra compañía".
La agrupación continuó así su vida próspera y entusiasta. A la llegada de los Pbros. Dres. Mariano Soler y Ricardo Isasa, recién laureados en Santa Fe, éstos se hicieron cargo de la entidad.
Ella sirvió de base para la fundación del famoso "Liceo Católico de Estudios Universitarios”, fundado por el Presbítero Soler, bajo los auspicios de Monseñor Vera, el 19 de Marzo de 1887.
Más tarde el Dr. Mariano Soler, de acuerdo con Monseñor jacinto Vera, resolvió sustituir el título anterior por el de "Club Católico", dejando intactos los fines de la Asociación.
Fue primer Presidente de esa entidad, después de su segundo bautismo, el señor Horacio Tabares, Vicepresidente que fuera de la agrupación fundada por el Padre Vito.
El Club Católico es hoy la casa solariega de todos los católicos del Uruguay, o como solía llamarle el adalid del catolicismo, Dr. Juan Zorrilla de San Martín, "ensanche de los lugares Cristianos”.
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También se atribuye a la actividad de los PP. Capuchinos el primer movimiento hacia la fundación de los Círculos Católicos de Obreros.
Como no hemos podido recoger datos directos sobre este particular reproducimos cuanto a este respecto escribe el doctor Miguel Fourcade en su notable artículo "Los Hijos de San Francisco en el Uruguay", publicado en el número extraordinario de "El Terciario Franciscano" en ocasión del VII Centenario de la muerte de San Francisco.
Haciendo un paréntesis, hablaremos de la fundación de los Círculos Católicos de Obreros en el Uruguay, recogiendo una versión que nos era desconocida y que nos merece la mayor confianza por la fuente que nos la proporciona. La masonería había iniciado una activa campaña que amenazaba conquistar todas las clases sociales sin exceptuar los pobres inmigrantes que llegaban faltos de recursos.
Se lamentaba de este peligro el buen sacerdotes don Torrielli en sus diarias conversaciones con uno de los maestros del Colegio de San Antonio, indicándole éste como remedio a tan gran mal la conveniencia de construir una Sociedad de protección mutua en toda esfera moral y material. Y si bien no Salió la obra tal cual la planeaba don Tomás Parodi, que así se llamaba el profesor citado, surgieron después los círculos copiados del sistema implantado en Francia por el glorioso conde de Mun.
Esta versión, aunque incompleta, debe estar cercana a la verdad, por cuanto nuestro amigo don Tomás María Parodi tiene el número uno en el Registro de Asociados de la Institución, aún cuando esa iniciativa la hayan realizado los Sres. Juan M. O´Neill y Luis Pedro Lenguas.
El P. Hilario Fernández, chileno, que después entró en la Compañía de Jesús y que vino por ese año a predicar un retiro en la Casa de Ejercicios, aplaudió la idea de fundar una asociación de protección mutua en todo orden de ideas y acción.
A ser exacta esta versión, del ambiente Capuchino habría surgido la feliz iniciativa de la obra más vasta del mutualismo católico en el Uruguay.
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Para dejar terminado nuestro tema debemos anotar otra hermosa iniciativa del P. Vito. Los Padres de la Comunidad predicaban frecuentes misiones en campaña; pero esa obra de evangelización demandaba no pocos gastos, que no podían solventar los señores Curas, dado el estado precario de las finanzas en nuestras parroquias de campaña. Pensó entonces el P. Vito recurrir a personas piadosas para la formación de un fondo con cuyos intereses se pudiera hacer frente a los gastos del caso. Así lo hizo, el celoso P. Vito. Pero a la venida de los Padres de la Provincia de Génova la obra hubo de suspenderse a medio hacer, por falta de personal para atenderla. Como quedara en caja la cantidad de más de 1.000 pesos, que administraba la Srta. Elida Espalter, se puso esa cantidad a disposición de la Curia de Montevideo. El Rmo. Sr. Vicario General Mr. Dr. Santiago Haretche determinó que esa cantidad se entregara al Centro San Francisco Javier, fundado por los Padres Jesuitas con los mismos fines del que fundara el P. Vito.
En virtud de tal determinación, la Comunidad por medio del P. Esteban de Rialto entregó al Centro "San Francisco Javier" la cantidad a que hacemos referencia.
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El creciente número de fieles que concurría a la primitiva Capilla iba siempre en aumento. A esto contribuía, no solamente el celo con que los Padres atendían las necesidades espirituales de los feligreses, pero también el rápido desarrollo del Barrio Migone que se iba poblando prodigiosamente.
Se ha constatado que las Iglesias levantadas en lugares malos o menos despoblados, además de ser centros de cultura religiosa y moral, son como al eje alrededor del cual se va desarrollando el progreso edilicio del paraje, y como el primer coágulo de los pueblos y ciudades. Nuestro Convento ha confirmado una vez más este hecho.
Aquellos arenales áridos y aquellos pastizales cuajados de pantanos, una vez delineadas las calles cambiaron en pocos años de fisonomía. Las personas que conocieron ese paraje en aquellos tiempos comentan con estupor la rápida transformación que sufriera en pocos años.
Como por encanto surgieron edificios por todas partes, al extremo de convertir el campo triste y despoblado en centro de población laborioso y alegre, y, lo que es más, cristiano y hasta piadoso.
La Capilla primitiva resultó pequeña para recoger en su regazo a los fieles: por eso los Padres construyeron otra un poco más espaciosa, aunque sin carácter definitivo, en dirección perpendicular al eje de la primitiva, cuya ubicación coincidía con la actual nave lateral, del “cornu Epistulae” del templo de San Antonio.
Fue precisamente en esa Capilla donde sucedió el robo sacrílego del Santísimo Sacramente, acto vandálico que conmovió no solamente a todo el barrio Migone, pero también a todo la ciudad de Montevideo.
Durante la noche del 2 al 3 de julio de 1872, algunos ladrones sacrílegos penetraron en el Templo, forzando la puerta de entrada; y llegados al altar mayor rompieron la puerta del Sagrario y robaron el Copón, la Custodia y algunos candelabros. En la precipitación con que realizaron este robo, los ladrones dejaron algunas hostias esparcidas en la mesa del Altar y en el piso de la Capilla.
Según datos que hemos recogido se trataba de un atentado masónico, que se había perpetrado también en la Iglesia de los Vascos. Además del dato a que hacemos referencia nos inclina a opinar en ese sentido, el hecho que los ladrones no se interesaron por el valor de los vasos sagrados, puesto que los arrojaron a la laguna que existía frente a la Iglesia; sólo se llevaron las Sagradas Formas. El Sr. Obispo diocesano, Monseñor Jacinto Vera, ordenó que la Iglesia violada permaneciera cerrada durante tres días. Ordenó actos de desagravio que Consistieron en una solemne procesión en la que se trasportó el Santísimo desde la Iglesia Parroquial del Cordón, y en un solemne Triduo de desagravio que se realizó en el templo violado.
Estos actos, como era de esperarse, revistieron grande solemnidad, así por la misma concurrencia que acudió de todas partes, como por la edificante devoción que reinó en ellos.
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La preocupación constante del R. P. Juan José de Montefiori fue la de construir el Templo definitivo que habla de ocupar la parte este del terreno donado por el Sr. Migone.
Pensó entonces el P. Juan José que la mejor manera de llevar a cabo su proyecto era fundar una Comisión compuesta por las personas más representativas del laicato Católico para que prestigiaran la obra.
No le costó mucho trabajo formar esa Comisión, pues, como ya dijimos, por intermedio del Presbítero De Benedetti había trabado relación con muchas familias de la sociedad montevideana.
Creemos un deber de gratitud el destacar aquí la actuación de la familia Isasa quien con su apoyo hizo prosperar las obras del Templo, y con la amistad cordial y sincera con que acogió a nuestros Religiosos en todo momento constituyó un precioso elemento para la naciente Comunidad.
En primer lugar prestó en todas las obras su ayuda decidida. El señor Pedro Manuel de Isasa, ‑ padre del llorado y dignísimo Prelado uruguayo Dr. D. Ricardo Isasa, ‑reunió en su casa la primera Comisión pro Templo. Además de su ayuda pecuniaria prestó la ayuda invalorable de su consejo prudente y de su larga experiencia.
Su esposa, la distinguida Matrona Dolores Goyechea de lsasa, usaba siempre de finas atenciones con la Comunidad. Con solicitud verdaderamente maternal comprendió la difícil situación de los primeros Padres Capuchinos faltos de todo recurso y a veces de las cosas más necesarias para la vida. Ella enviaba siempre desde su casa alimento, ropa o remedios, según las necesidades del momento. En la Comunidad se la llamaba respetuosamente "Mamita Dolores". Todos en el cristiano hogar del Señor Isasa trabajaban por los PP Capuchinos. Unos de los hijos que a la sazón tenía doce años, Don Adolfo, acompañaba al hermano fray Pablo, para presentarlo a las familias de los donantes; los demás sellaban los recibos de las mensualidades y llevaba nota de las donaciones.
Queremos, aquí, dejar consignado un detalle que se refiere a la familia Isasa y a la Virgencita de los Ángeles que se expone al culto público desde muchos años en nuestra Iglesia el dos de Agosto.
Esa imagen perteneció a un buque que naufragó en nuestras costas. No conocemos el nombre del buque ni las incidencias del naufragio. La estatuita se hallaba en un negocio de almacén situado en la calle Piedras, donde se le tenía como objeto de adorno, sin ningún culto religioso, y quizá hecho blanco de los escarnios de algunos parroquianos del despacho de bebidas.
Habiéndola visto un día el señor Pedro Manuel de Isasa, concibió la idea de rescatarla y colocarla en lugar decoroso. Se apersonó al dueño del almacén, quien pidió por la imagen 200 pesos. Se hizo una suscripción para cubrir la suma del rescate; entre los contribuyentes figuró Felipe Isasa, hijo de D. Pedro, que a la sazón tenía 6 años de edad, el cual contribuyó a la compra de la imagen con todos los ahorros que tenía en su alcancía.
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Pero volvamos a nuestra narración.
Decíamos que el Padre Juan José formó una Comisión pro Templo que sesionó por primera vez en la casa de los ¡sana el 8 de Setiembre de 1872.
He aquí lo que de esa reunión se publicó en "El Mensajero del Pueblo", único diario católico de aquella época:
Templo de los PP. Capuchinos. ‑ En el deseo, de llevar adelante la obra de la Iglesia que los PP. Capuchinos tienen en el Cordón, el R. P. Fray Juan José de Montefiori promovió una reunión de vecinos y propietarios de aquella localidad, a fin de constituir la Comisión que deberá colectar los fondos y llevar adelante la obra.
Reunidos, pues, esos señores el 8 del corriente, la Comisión Directiva quedó organizada del modo siguiente:
R. P. Juan José de Montefiori, Presidente.
D. Bernardo Aguerre, Tesorero.
D. Pedro M. de Isasa, Contador;
D. Fermín C. Yéregui, Secretario;
D. Emiliano Ponce, Vocal.
D. Juan M. Zorrilla, Vocal,
D. Patricio García, Vocal.
Se acordó se pasaran circulares invitando a las personas piadosas para que se suscriban con una cuota mensual por pequeña que sea.
Esas circulares irán firmadas por el Presidente de la Comisión. Inútil es demostrar lo utilidad moral y material que se reportará llevando adelante esa obra. Loa PP. Capuchinos, a cuyo cargo está la pequeña Iglesia que hoy existe, expuesta por la debilidad de sus actuales paredes a que se repitan desacatos y sacrilegios como, el que no ha mucho se perpetró, no sólo prestan importantes servicios espirituales sino que también educan un regular número de niños.
"Excitamos, pues, el celo nunca desmentido, de la católica población de Montevideo, para que contribuya a la realización de tan buena obra, seguros de que no serán defraudadas nuestras esperanzas.
La Comisión citada en el suelto que publicamos de “El Mensajero del Pueblo", durante su larga actuación, sufrió algunas modificaciones, pues algunos de sus miembros fallecieron antes de terminada la obra: por eso, la integraron sucesivamente don Ramón Escarza, don Lorenzo Caprario y finalmente el doctor Antonio J. Ríus.
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Había llegado por aquel entonces a nuestras playas un nuevo y valioso elemento que intervino en la construcción del Templo, dirigiendo en parte las obras.
Fue el Rmo. Padre Cayetano de Messina.
Este ilustre Capuchino había tenido una brillante actuación en el Imperio de Brasil y había merecido la admiración y el respeto del Emperador Pedro II.
Un dato que asegura cuanto afirmamos, es que habiendo muerto el Rmo. P. Cayetano en Montevideo, el 9 de Enero de 1878, el Emperador Pedro II mandó que sus restos fueran llevados al Brasil para darles honrosa sepultura.
Como que los únicos datos que hemos podido conseguir de este ilustre Capuchino son los que encontramos en la oración fúnebre que el Ilmo. Monseñor Dr. Don Ricardo Isasa, pronunciara ante sus restos, publicamos íntegra esa pieza oratoria cuyo original poseemos en nuestro archivo.
Lejos de mi, señores, un silencio culpable.
La Divina Providencia nos ha traído a nuestro lado este hombre ilustre y benemérito, en torno a cuyo féretro nos encontramos, para legarnos el ejemplo de sus virtudes y enriquecernos con su enseñanza.
No dejemos, pues, pasar desapercibida su interesante vida y aprovechémonos de esta lección que nos da el cielo.
Un sentimiento de veneración y de respeto, a la par que un deber de gratitud y amor han abierto mis labios en este momento, para ceñir la frente helada del que ayer fue Fr. Cayetano de Messina con los pobres, pero sinceros laureles de mi palabra.
Fray Cayetano, señores, nos ha dejado un ejemplo inmortal de celo y hospitalidad que honran su memoria.
A la edad de 33 años, Fr. Cayetano dejando su patria con todos sus parientes y amigos y con todo lo más grato que en ella encierra se presentó ante las playas del Brasil para dar allí ejemplo de todos las virtudes que desde sus primeros años había practicado y con el propósito de sacrificarlo todo y aún su propia vida por amor a sus semejantes en ese país que había elegido por su segunda patria.
En efecto, bien pronto fue admirado de todos y tuvo ocasión de dar muestras de su benéfica y santa misión.
Se había suscitado un tumulto popular en la Provincia de Pernambuco, el cual había tomado el carácter de una gran sublevación.
¿Y quién os parece, S. S., que fue el Ángel Pacificador que debía tranquilizar esta Provincia que se preparaba ya a ver correr a torrentes la sangre de sus hijos?
No otro, S. S., que fray Cayetano, el cual pidió al Gobierno que desistiese de enviar fuerzas armadas y obtuvo a vivas instancias que retirase dos cuerpos de milicia que ya se habían puesto en movimiento para la defensa.
El se presenta sólo, S. S., ante aquel pueblo numeroso, armado con el Crucifijo, y a la vista de aquella divina Insignia así mostrada por aquel ejemplar Religioso cuyos hábitos respiran santidad y cuyas palabras estaban inspiradas por el Espíritu de la paz y la concordia, todo aquel pueblo numeroso y bien compacto como era depone sus furores y a fray Cayetano cabe el honor de recibir las armas de sus manos.
¡Qué triunfo S. S. qué honores que recibirá el humilde Religioso por esta acción!
El Gobierno agradecido le mandó entregar diez contos de reis para sus gastos y él agradeciéndolos sin aceptarlos los entrega a las autoridades de Pernambuco, para que se empleen en una obra pública.
Este hecho S. S. dio a fray Cayetano una grande popularidad y le abrió ya el camino a todo ese Influjo que debía ejercer más tarde en los negocios de la mayor importancia.
Fue nombrado Comisario General por la Congregación de la Propaganda Fide de acuerdo con el Gobierno que aceptó gustoso el nombramiento.
Y aquí no hay que decir como desplegó su celo en las muchas misiones que dio así en Pernambuco, como en Río Janeiro, fundando en ellas 3 colegios, un horfanotrofio, una Iglesia y un hospital.
Baste decir, S. S., que este anciano septuagenario el año pasado realizaba Misiones en la Provincia de Minas y S. Pablo en donde más de cuarenta mil personas lo oían con provecho de sus alma y lo acompañaban en su penitencia.
¡Cuántos matrimonios no concertó! ¡Cuántas enemistades no reconcilió devolviendo la paz a las familias, y cuántos escándalos y abusos públicos no reprimió con beneficio de los pueblos y de la moral!
En la predicación, S. S., era incansable y testigo es la Iglesia de S. Sebastián en el morro de Castello y testigos son todas las misiones y testigos todos los, sacerdotes que lo conocieron, del santo celo con que ejercía y recomendaba este ministerio.
En la confesión de los enfermos empleaba todas sus artes y su caridad; y a propósito recuerdo las expresiones que le dirigía a un hombre de posición que estando en el lecho del dolor rehusaba cumplir con tan sagrado deber: yo, mi te pido oro ni cargos, lo que quiero son tus pecados.
La guerra del Paraguay vino a ofrecer a fray Cayetano un nuevo teatro donde todo el mundo pudiera contemplar otros argumentos de su celo y admirar las virtudes de sus hijos.
En efecto, luego envió allí denodados misioneros, los cuales si bien se igualaban a los soldados en el sufrimiento, emulaban a los Ángeles en las virtudes.
¿Y con qué pacto señores?
Admiraos señores: renunciando todos los honores y riquezas que se le prometían para él y para sus Religiosos pidió sólo para éstos el alimento.
Y cuando en cierta ocasión un ministro de la corte le instaba para que dijera que recompensa deberían dar a él y a sus religiosos por los servicios del Paraguay, contestó:
Señor Ministro, sobre este hábito poned todas las ignominias y los insultos y me habréis procurado el honor.
Pero me parece que no he dicho nada, S. S., mientras no he hablado de su hospitalidad.
Ah! S. S.; yo también tuve el consuelo de probarla cuando apartado de mi patria me dirigía en busca de la ciencia.
Ah! sí, y con cuanta gratitud recuerdo sus obsequios.
¡Cuántos como yo los recordarán también!
¿Y sabéis, S. S., a qué raudales había ido Fr. Cayetano a beber para inspirarse en los sentimientos purísimos de esa cariñosa hospitalidad?
"El mismo lo decía, S. S., que nunca se había decidido con más entusiasmo a practicar esta virtud que cuando meditó en el Evangelio sobre aquellas palabras que en el juicio pronunciará Jesucristo al dictar la última sentencia diciendo: Venid, benditos de mi Padre, porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber. Con que se decía a mi mismo, los fundamentos de la última de las sentencias son la hospitalidad, pues hospitalidad quiero ejercer, y así lo practicó.
"Finalmente, S. S., septuagenario como era y después de haber ejercido tan brillante Apostolado en el vecino Imperio por más de 17 años y que había considerado como su segunda patria, lo trajo la Obediencia a nuestro suelo, disponiéndolo así la divina Providencia para que nos edificase con sus virtudes.
Y en efecto, en los cortos meses que residió entre nosotros llegó a amar tanto a Montevideo y se tomaba tanto interés por sus bienes y sus adelantos que más bien parecía que hubiera tenido largos años de residencia en nuestra Patria.
El admiraba el espíritu público que en él reina tan respetuoso y benévolo. Él encomiaba el respeto a la Religión que observó en las procesiones, y en sus visitas a las Iglesias con gusto detenía sobre ellas su vista al ver el aseo y la decencia que en sus ornatos reinaba.
Pero amante de la niñez como era, no pudo menos que demostrar su desaprobación y su disgusto en varias ocasiones al ver planteadas esas instituciones de tanto peligro para la niñez y para la moral, cuales son las escuelas de ambos Sexos.
"Pero, S. S., no se olvidaba un momento del Brasil, no cesaba un momento de hablar de ese país y de llorar sobre los males que lo aquejan y por tantos años agraviaron su corazón y se puede decir que murió llorando al ver que aún duran esos males.
Por fin, el que nos dio ejemplo en la vida nos lo dio también en la última enfermedad, que sufrió con toda la resignación cristiana y habiendo recibido todos los Sacramentos de la Religión, protestó que moría contento como franciscano y como hijo sumiso de la Iglesia Católica Apostólica Romana.
He aquí, S. S., rápidamente trazados los ejemplos de virtud y en especial de celo y de hospitalidad que nos legó este hombre ilustre y en que todos tenemos que aprender nosotros los sacerdotes, los seglares y los hombres de Estado.
Conservemos en nuestro corazón su modelo y erijamos a su memoria un Templo. He dicho.
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Con la estadía del Padre Cayetano en Montevideo coincide el comienzo del Templo de San Antonio.
Nos falta la fecha exacta en que se iniciaron las obras.
La primera preocupación antes de dar comienzo a los trabajos fue la de trasportar la Capilla del lugar donde estaba, pues ese local provisorio debía convertirse en la nave derecha del nuevo Templo.
La Comisión opinaba que debía transportarse la Capilla en el antiguo local, es decir, en las actuales salas de recibo del Convento; les parecía que construir un local para ubicarla era distraer fondos, que no eran por cierto muy abundantes.
Pero el P. Cayetano fue de distinta opinión, quiso que se construyera un nuevo cuerpo de edificio de acuerdo con el plano general; la estrechez en que vivían los Religiosos a duras penas hubiera permitido habilitar para capilla el antiguo local y por otra parte el gasto no era superfluo puesto que la proyectada por el P. Cayetano tenia carácter definitivo como ala del Convento.
Aceptada la idea del P. Cayetano, se procedió a la construcción del brazo proyectado, donde se instaló la Capilla, permaneciendo allí hasta la inauguración de la nueva Iglesia.
Ese local que actualmente ocupa el Refectorio y uno de los corredores del Convento.
Las obras del Templo seguían sin cesar; los religiosos prestaban con frecuencia su ayuda en el trabajo material.
Así en el año 1885 se terminaron definitivamente las tres naves de la Iglesia y la Cúpula; más tarde se revocó por cuenta del señor Vicente Paladino el frente del Templo; en el 1888 se dio por terminada a torre; y en el 1890 el ala sur del Convento, que hasta la inauguración de la Iglesia había funcionado como Capilla, quedó terminada como último complemento del edificio.
La iglesia fue consagrada por el Ilmo. y Rmo. Monseñor Don Inocencio María de Yéregui, el 13 de Junio de 1885. Apadrinaron el acto el Sr. Lorenzo Capario y su señora esposa, los mismos que apadrinaron la colocación de la piedra fundamental de las obras, como ya hemos dicho.
Al día siguiente el R. P. Vito celebraba la primera Misa cantada.
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Toda esta hermosa obra fue llevada a cabo sin contar más recursos que las limosnas, que iban reuniéndose poco a poco por obra especialmente de fray Pablo de Camerino. La suma que cubrió los gastos de la construcción alcanza a $60.408.38.
Según datos que tenemos a la vista el director de las obras fue el Sr. Antonio Cattaneo; no sabemos si fue también el proyectista. La construcción estuvo a cargo de Emilio Turini, quien se portó bien, leemos en unas notas fragmentarias, lo que quiere decir que cumplió su cometido con plena satisfacción de todos.
El Templo resultó de veras una obra que hace honor a la estructura edilicia de Montevideo. Es estilo Renacimiento; la construcción, hecha en piedra y en mampostería, es de suma solidez, las líneas de su interior corren ágiles y perfectas y constituyen un conjunto armónico y severo.
Está adornado con hermosos altares de mármol, siendo cada uno de ellos una obra primorosa de arte, rebosante de unción y buen gusto.
El altar mayor de estilo barroco fue construido en Génova en el año 1565; perteneció a un convento de monjas; en las notas del Archivo leemos que eran Clarisas; pero el hecho de haber sido dedicado este altar, que debía ser seguramente el mayor, a Santa Teresa de Jesús, nos induce a creer que el dato no sea exacto y que más bien perteneciera a un Convento de Carmelitas. Llegó hasta nosotros por una circunstancia providencial.
Habiendo decretado el Municipio de Génova abrir una calle nueva, hubo que derrocar un Monasterio. Puesto en venta el altar de ese Templo, fue adquirido por las Religiosas Salesas de Montevideo para la Iglesia que construyera el P. De Benedetti; pero probablemente por ser demasiado grande para el Templo a que se destinaba, las Religiosas lo vendieron a los Padres de nuestra Comunidad, después de haberlo dejado algún tiempo en su embalaje semi abandonado en los galpones de la Aduana,
El altar es todo de mármoles finísimos; cuatro columnas monolíticas, torneadas en estilo salomónico, sostienen la parte superior trabajada a cincel; todos los detalles hacen de este altar una joya de arte Religioso; hemos oído nosotros mismos, de labios de aquel estético que fue el Dr. Juan Zorrilla de S. Martín, que solía pasar largos ratos contemplándolo con fruición.
El cuadro de San Antonio que ostenta es de autor desconocido pero es obra de crecido mérito artístico. Cubre el cuadro un nicho en el cual, pocos años hace, se colocó un grupo escultórico que remeda el cuadro del altar, pero cuyo Valor artístico es muy inferior al modelo.
En la nave del "cornu epistolae" está el altar de San Francisco, donado por la Orden Tercera en el año 1886; el altar de N. del Rosario, donado por la familia de Costa y Bursaco en el año 1885; el altar de San José, donado por la señora Rosa Solari y Familia en el año 1894; el altar de N. Sra. del Carmen, donado por la familia Saavedra y Barrozo en el año 1890; el Templete gótico de San Antonio, donado por el señor Ambrosio Quartino en el año 1900.
En la nave de "Cornu Evangelii" se levanta el altar de la Sma. Virgen Inmaculada, donado por varias personas en el año 1892[1]. el altar del Sagrado Corazón de Jesús, donado por la familia de Costa y Burzaco en el año 1885; el altar de N. S. del Sagrado Corazón, donado por la familia Caprario en el año 1886; el altar del Calvario erigido por suscripción en el año 1886, y el altar de Santa Ana, donado por la señora de Carballido en el año 1900.
El 8 de Junio se colocó un artístico púlpito de mármol costeado por iniciativa del Padre Attilio de Alba por varias personas piadosas. Tanto el conjunto como los detalles de esta obra despiertan la atención y los comentarios elogiosos de cuantos la admiran.
El 16 de Junio de 1895 se dotó a la Iglesia de un órgano, que en el año 1925 fue sustituido por otro más perfecto costeado por suscripción popular.
El 4 de Abril de 1896 se colocó un magnífico concierto de Campanas donadas por varias personas.
En el año 1898 se terminó el Coro para los Religiosos esculpido en cedro.
Y finalmente, por iniciativa de los beneméritos Padres Celestino de San Colombano y Sixto de Ortovero se decoró la Iglesia. La suma de $ 18.000 que costó este trabajo fue recolectada por suscripción popular, la parte artística estuvo a cargo del Sr. A. Cattaneo.
En cuanto a sus líneas externas. el Templo ofrece un conjunto sobrio y severo, quizá hubiera sido más armonioso si la torre estuviera separada de la cúpula; las líneas de ésta pierden algo de su elegancia por la proximidad de aquélla.
El Templo ha sido enriquecido con varias estatuas, lampaderíos, etc. por la actividad de aquel que fue ejemplar Religioso hermano fray Celso de Serisole y por el actual Sacristán Agustín de Pavía. Por la obra de ambos los cultos de la Iglesia de San Antonio han adquirido el extraordinario brillo y severa solemnidad que conviene a las cosas de Dios.
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En el Templo están establecidas las siguientes Congregaciones: Venerable Orden Tercera, fundada por el R. P. Rafael de Panni; Pía Unión de San Antonio, fundada por el R. P. Querubín de Ceriana; Cofradía de N. Señora de Corazón de Jesús, fundada por el R. P. Esteban de Rialto; Congregación de Maria Inmaculada y San Antonio de Padua, Sección niños, fundada por el R. P. Celestino de San Colombano; Sección niñas, fundada por el R. P. Buenaventura de Montevideo; Asociación Catequística fundada por el R. P. Bernardo del Paso de la Arena; “Obra de las Vocaciones Seráficas", fundada por el R. P. Buenaventura de Montevideo; y la Conferencia Vicentina de Caballeros. la Liga de Damas Católicas, la Adoración Perpetua y la Propagación de la Fe.
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El Templo de San Antonio es hoy una de las Iglesias más frecuentadas de Montevideo.
Todos los Religiosos que han desfilado por él han ejercido un fecundo apostolado.
Los Sacerdotes son llamados con frecuencia para asistir a los enfermos.
En este apostolado se ha distinguido siempre el P. Esteban de Rialto, figura muy popular en nuestro ambiente, quien con su bionomía, sencillez y paciencia no solamente lleva el consuelo a los que sufren, pero además reduce al aprisco de Jesús a muchos rebeldes a la gracia de Dios.
Los Religiosos del Convento de San Antonio como los de las otras casas de la Misión predican frecuentes misiones en la ciudad y en la campaña.
Atienden con asiduidad al confesionario, siempre asediado por innumerables fieles.
Además el Padre Joaquín de Monterosso atiende una hermosa obra destinada a conservar y aumentar la fe entre los hombres de clase humilde, y que funciona en la Casa de las Hermanitas de los Pobres.
El Padre Antonio María de Montevideo fundó y atiende la Asociación de "Santa Elena", para maestras católicas, que tiene su sede en el Convento de las Hermanas Capuchinas, y cuyos frutos son fecundos en pro del Magisterio Católico del país.
Con frecuencia nuestros Religiosos visitan las cárceles y predican a las presas de la Cárcel de Mujeres.
Finalmente, el Convento de San Antonio refleja aquel, espíritu de caridad evangélica con que San Francisco quiso animar la Orden que fundara.
Diariamente se reúnen centenares de pobres que van a golpear a las puertas de nuestro Convento en busca de pan, de abrigo y de socorro para sus múltiples necesidades.
Todos los días, a la hora del reparto, la portería del Convento ofrece un cuadro interesante y emotivo a la vez.
Encargado de esta obra está el Hermano Fray Marcelino de Endine, quien con exquisita caridad reparte, a todos lo que abundantemente le traen sus bienhechores.
Verdadero padre de los pobres, el Hermano Marcelino ha encarnado ese ideal supremo de amor al prójimo que es la característica de los discípulos de Cristo, y el precioso tesoro de la familia Franciscana.
Fueron guardianes del Convento de San Antonio los RR PP. Angélico de Sestri, Alipio de Alba, Lucas de Beinette, Celestino de San Colombano, Nicolás de Cártari, Esteban de Rialto, Buenaventura de Montevideo, Antonio María de Montevideo y Benito de Moano.
[1] La Imagen que ostenta este altar fue llevada en la solemnísima procesión, de perdurables resonancias, que se realizó en ocasión del 50 aniversario de la Definición Dogmática de la Inmaculada Concepción.