CAPITULO VI

Concordia

 

 

SUMARIO

Fundación y progresos de la Ciudad de Concordia, Necesidad de fundar una residencia en la República Argentina. Decreto de la Curia de Paraná. El P. Querubín inicia la fundación. EI Colegio de Nuestra Señora de los Ángeles. Sucesivos ensanches del local. Obras de Apostolado. El Templo.

 

Navegando aguas arriba por el caudaloso Río Uruguay, cuando éste endereza su cauce hacia el Norte y enfrenta el peligroso paso del Corralito, ya se divisa en la margen derecha del Río la señoril ciudad de Concordia, asentada sobre las suaves ondulaciones del terreno y cerrada por el cauce del Yuquerí grande y el del Ayuí chico.

Su edificación elegante y moderna, coronada por las torres de las Iglesias, se destaca nítidamente sobre el dorso de las colinas o sobre el cielo de purísimo azul.

La ciudad de Concordia ‑la principal en la zona oriental de la "Provincia de Entre Ríos,‑ fue fundada el 6 de Febrero de 1832 por el Sacerdote Franciscano Padre Mariano José Del Castillo, quien, como Cura Vicario de la Villa de Mandisovi, evangelizaba toda la parte de Entre Ríos limitada por el Río Uruguay.

Este dignísimo hijo de San Francisco, que como sus her­manos en idealidades franciscanas han evangelizado desde la época de la Conquista el suelo americano, no solamente buscaba el progreso moral, pero también el material de sus evan­gelizados.

Concibió la idea de fundar una población en el lugar donde se encuentra hay Concordia.

Pidió al Gobernador de la Provincia de Entre Ríos, Co­ronel León Soláns, la venia para realizar su intento.

La agitación política de aquella hora no permitía estudiar ese asunto; que resultaba secundario al lado de los que tenían preocupados al gobierno.

En Noviembre el Coronel Soláns fue depuesto, sucedién­dole en el gobierno el Coronel Pedro Barrenechea, el general Ricardo López Jordán, el coronel Pedro Espino, Don Toribio Ortiz y el Dr. Pascual Echagüe, sucesivamente.

Fue precisamente el Gobernador Ortiz quien acogió el petitorio del Cura y del Vecindario de Mandisovi, y lo remi­tió a la Legislatura, la cual, con fecha 6 de Febrero de 1832, dictó la siguiente ley:

LEY DEL CONGRESO DETERMINANDO LA FUN­DACIÓN DE UNA VILLA DENOMINADA "CONCORDIA".

El Congreso de la Provincia de Entre Ríos, vista la representación que dirigió al Exmo. P. E. el Sr. Cura Vica­rio de la Villa de Mandisoví, para llevar a debido efecto la fundación de la Villa de Concordia en el lugar del Salto 0 en otro inmediato que convenga, y tomada igualmente en consideración la nota del 31 del pasado del Exmo. P. E. con la cual fue elevada al conocimiento de H. C.. ha tenido a bien, repetir el decreto que al efecto expidió el 29 de No­viembre del año pasado con arreglo a la indicada solicitud, contenido en los siguientes artículos:

Art. la Se faculta al Gobierno para que permita y tome las providencias precisas para la fundación de una Villa de la Concordia.

2° Para la fundación de dicha Villa, se formará un acta con todas las formalidades de estilo para que conste el día en que se dio principio a su fundación, la misma que deberá archivarse.

3° La delineación de la plaza, calles y el lugar para el templo y la casa de justicia se hará por sujeto inteligente; que arreglará la plaza, de cien varas de frente independiente de las calles, que éstas deben tener de ancho catorce varas y de largo cien.

4° La Iglesia se edificará en medio de una telas calles de la Plaza con el frente al Oriente y en el otro costado que mire a su frente, se señalará el sitio que servirá para Comandancia y Casa de justicia, dando a cada uno la exten­sión precisa para sus edificios y demás usos.

5° El Gobierno nombrará el sujeto que considere más apto, para que se encargue del arreglo y cumplimiento de sus disposiciones para el logro de aquella fundación que se considera importante al engrandecimiento de la Pro­vincia y ventajas que puede proporcionar al comercio, como también al Estado.

6° Comuníquese al P. E, para su cumplimiento y fines consiguientes."

Diego de Miranda,

Presidente.

Ramón Pereyra,

Secretario.

La nueva población debía llamarse "La Concordia". Ese nombre concretaba un augurio de paz, desde mucho tiempo desterrada por las luchas intestinas, y deseada ardientemente por todos.

En ese mismo año 1832 y precisamente el 17 de Junio el Padre Del Castillo fundó la parroquia que llamó "San Antonio de la Concordia”, nombre con que siguió conocién­dose la villa recién fundada.

Se eligió para echar los cimientos de la nueva población un terreno de una legua cuadrada.

A título de curiosidad citamos una resolución dictada por el Gobierno de Paraná, treinta años después de la fundación de Concordia, que demuestra el escaso valor de la tierra en aquel entonces:

LA CAMARA LEGISLATIVA, DE LA PROVIN­CIA DE ENTRE RIOS, SANCIONA CON FUERZA DE LEY:

Art. 1° Autorízase al P. E. para que de la renta des­tinada al pago de sus ejercicios anteriores, abone los cinco mil pesos en que ha sido valorada la legua de tierra en que está situada la ciudad de Concordia comprada al Brigadier General D. Manuel A. Urdinarráin.

Art. 2° Comuníquese, etc.

Sala de Sesiones, Uruguay, Abril 21 de 1863. ‑ RICAR­DO LÓPEZ JORDÁN‑ Narciso Tailor, Secretario.

Uruguay, Abril 22 de 1863.

Promúlguese como ley de la Provincia, Comuníquese y dése al R. G. ‑ URQUIZA. ‑‑ Manuel Leiva. ‑ José M. Domínguez.‑[1]

La Villa de "San Antonio de la Concordia" quedó eri­gida en Ciudad por el siguiente Decreto:

Gualeguaychú, Noviembre 8 de 1851.

El Gobernador y Capitán de la Provincia de Entre Ríos: en uso de las facultades con que se halla investido por el H. Congreso, ha acordado y

DECRETA:

Art. 1° Desde la fecha de la presente resolución, quedan erigidas en ciudades todas las Villas, y en ésta todos los pueblos de la Provincia, con las prerrogativas y exenciones que como a tales les corresponden.

Art. 2° Comuníquese, publíquese y dése al R. O.

Justo J. de Urquiza.

Hoy, a cien años de su fundación. Concordia es una de las primeras ciudades argentinas. Como pauta del crecimiento prodigioso de su vitalidad baste recordar que en el año 1867 el número de habitantes era de 5.498: hoy pasa de 35.000 y ocupa por su importancia comercial el 6° puesto entre las ciu­dades de la República Argentina.

Posee un puerto de piedra espacioso y cómodo: se espera que con los trabajos que se efectúan en los pasos de Hervidero y Corralito podrán llegar hasta él, aun en las bajantes naves de gran calado. En las grandes crecientes, cuando el Río llega a 14 metros sobre el cero de su corriente, las aguas inundan el puerto y la parte de la ciudad edificada sobre la costa.

Parte de las calles de la ciudad están asfaltadas, hay un servicio de tranvías suficiente para el tráfico urbano y flore­cen en la ciudad varios establecimientos de enseñanza primaria y otros de enseñanza superior.

Los alrededores de Concordia son encantadores. Circundada de cerros pedregosos y de ondulantes colinas, su ejido es una sucesión de valles hermosos fertilizados por las aguas cristalinas de abundantes arroyos, y de elevaciones tapizadas por  el verde follaje de olivos, por la vides agobiadas de pám­panos, y por los millares de naranjos, cuyas copas exuberantes aparecen en otoño salpicadas del oro de sus frutos, y en primavera inundan la ciudad con el suave olor de sus azahares.

Y mis allá de esta corona, las chacras enriquecidas por las fatigas del labriego; campos de pastoreo sombreados por innumerables palmeras, arroyos de diáfanas aguas que trans­parentan sus lechos de arena y de cuarzo, encajados en el marco esmeralda de espinillos, ceibos y mburucuyá cuyas flo­res se entrelazan en aquella soledad apacible y solemne.

Completa este hermoso panorama el caudaloso Río Uru­guay, cuya corriente adquiere, en ciertos días luminosos, tona­lidades brillantes de azul de indescriptible hermosura, que nos hace recordar los lagos encantados de Italia.

Por las noches, cuando la ciudad descansa de su coti­diano trajín, y pobre el espejo de las aguas casi inmóviles la luna va escribiendo su misterio de plata, Concordia se convierte en la ciudad del idilio y del ensueño.

Concordia es una ciudad laboriosa e industrial. Tiene sa­laderos importantes; elabora exquisitos vinos y aceites; expor­ta trigo, maíz, maní en grandes cantidades; y los grandes plantíos de naranjos le proporcionan un renglón importante a sus entradas.

En el tiempo en que se fundó nuestro Colegio, Concordia no había alcanzado el progreso que ha conquistado hoy. Sin embargo, era una ciudad adelantada que ofrecía a nuestra Institución un campo propicio para su florecimiento.

La fundación de la Casa de Concordia responde a una medida de prudencia que los Superiores de la Misión creyeron conveniente tomar, dada la actitud del gobierno uruguayo durante la presidencia del Presidente Juan L. Cuestas, hostil a las Ordenes Religiosas establecidas en la República.

Era, pues, necesario prepararse a toda eventualidad, y buscar un lugar de refugio para los Religiosos toda vez que llegaran a realizarse los hostiles propósitos del gobierno.

La casa de Nueva Pompeya, que hubiera podido resolver esta situación, había ya pasado a los Padres Capuchinos de la Provincia de Navarra. Era, pues, prudente hacer gestiones para establecer una nueva casa en la Argentina o en el Brasil y Precisamente en la zona limítrofe con el Uruguay.

La primera intención de los Superiores fue establecerse en el Brasil.

Por aquel entonces se tuvo conocimiento que sería fácil obtener del Obispado de Porto Alegre la regencia de la pa­rroquia de Santa Ana, ciudad fronteriza situada frente a la de Rivera.

Se esperaba que la petición sería atendida confiando en el apoyo que podrían prestar a este respecto nuestros herma­nos los Capuchinos de la Provincia de Savoia que tienen a su cargo la evangelización de esa región.

Los Capuchinos de Savoia, se habían relacionado con nuestros misioneros, pues quedaron un tiempo en nuestro Con­vento de San Antonio, antes de tomar posesión de la Misión de Porto Alegre.

Se hizo, pues, la gestión ante el Obispado, enviándole una carta, la que fue contestada por medio del Superior de los Capuchinos de Porto Alegre con el siguiente telegrama:7 "Obispo no permite fundación".

Fracasado, con esta lacónica respuesta, el propósito de nuestros misioneros, los Superiores buscaron otro lugar para establecerse.

Por aquel tiempo vivía en nuestro Convento el Vicario General de la Arquidiócesis de Montevideo, Monseñor Santiago Haretche, culto y virtuoso Sacerdote del Clero Uruguayo, y gran amigo de nuestra Comunidad.

Este dignísimo sacerdote, conociendo nuestra situación, ofreció sus oficios para gestionar ante el Sr. Obispo La Plata, Monseñor Francisco Alberti, la fundación de una resi­dencia de nuestra Comunidad en esa Diócesis.

Monseñor Haretche había sido compañero y era amigo de Monseñor Alberti, por lo que esperaba obtener un resultado favorable a su gestión.

Escribió, pues, al señor Obispo de La Plata una carta muy elogiosa para nuestra Comunidad: pero por toda respues­ta recibió a su pedido una contestación negativa.

Esto fue sin duda disgustoso para nuestra Comunidad; pero leo en un documento que tengo a la vista, que los Hijos de Francisco recibieron los acontecimientos de mano de la Divina Providencia que todo lo dirige para realizar sus altos e imperscrutables designios.

Se pensó entonces dirigirse al señor Obispo de Santa Fe, Monseñor Agustín Boneo; pero la Curia Santafecina no res­pondió a nuestra petición.

Quedaba como última esperanza la Provincia de Paraná, cuyo Obispo era entonces el Ilmo. Monseñor Rosendo De la Lastra.

Pareció prudente a los Superiores dirigirse al señor Obispo personalmente: y con tal objeto decidió visitarlo el R. P, Benito de Moano, a la sazón Delegado Provincial, acompañado por el R. P. Querubín de Ceriana.

Los dos Religiosos hicieron el viaje a Paraná pasando por Concordia. Llevaban una tarjeta de presentación y reco­mendación para el señor David O'Connor, persona respetabi­lísima, de grandes prestigios en la Provincia de Entre Ríos, y más tarde gran amigo y bienhechor de nuestra Comunidad.

Llegados a Concordia fueron los Religiosos recibidos por el Sr. Cura Párroco Pbro. Luis Rosendo Leal.

Dicho Sacerdote. ‑ escribe el M. R. P. Benito de Moano en sus memorias, ‑ con mucha finura nos recibió ofreciéndonos su casa, que aceptamos gustosos: nos. llevó en coche por la ciudad, y hasta los naranjales donde residía el señor David O'Connor.

Animados por esta cordial acogida y por las simpatías que despertaron en el señor O'Connor, los dos Religiosos se dirigieron a Paraná, sede del Obispado.

Don David haba ya enviado un telegrama al señor Obis­po recomendando de una manera singular a los dos emisarios.

El Señor Obispo mandó a su Secretario para recibir a los viajeros en la Estación y conducirlos al Seminario donde debían alojarse.

Al día siguiente, y precisamente a las 10 de la mañana, el Señor Obispo recibía a los visitantes: los escuchó con inte­rés y atención; y después de tener elogiosas palabras para la Orden de los Capuchinos, los despachó diciéndoles que estaba conforme de que se hiciese una fundación en Concordia; pero que se le mandara desde Montevideo la petición por escrito, que él la despacharía favorablemente.

Parecía que se había finalmente conseguido la deseada fundación en la Argentina: y con esta esperanza volvieron los dos Religiosos a Montevideo. Al día siguiente de llegar a la capital Uruguaya el M. R. P. Benito enviaba la siguiente solicitud:

Ilmo. Rmo. Mons. Rosendo de la Lastra, Obispo de Paraná.

Excmo. Monseñor.

Hace poco tiempo que nuestro Revmo. P. General nos aconsejaba tomar otra casa para abrir campo más vasto e sala Misión del Uruguay confiada a la Provincia de Génova.

Nosotros, conocedores del espíritu apostólico de que es ani­mada la S. V. Revma., humildemente nos ofrecemos y le pe­dimos quiera admitirnos en esa Diócesis del Paraná que dig­namente dirige S. S. Ilma., ya en la ciudad de Concordia, ya en otra parte donde crea más conveniente nuestro minis­terio, que deseamos desenvolver en un campo abierto en pro de las almas redimidas por Jesucristo, y tan combatidas por los enemigos de la Religión.

No nos arredran las dificultades que hayamos de encon­trar, y confiados en la Divina Providencia, pondremos toda la mejor voluntad para alcanzar un éxito feliz.

En la espera de una contestación favorable nos es grato besarle el sagrado anillo, y pidiéndole su pastoral bendición, nos suscribimos de la Sía. Ilma. y Revma., Humildmo. súbto.

P. Benito de Moano, Delegado Provincial Capuchino."

A los cuatro días llegaba la ansiada respuesta; pero cuál no sería el estupor de los Religiosos cuando en cambio del permiso prometido recibieron la petición enviada llevando al dorso la respuesta escrita de puño del Señor Obispo en estos términos:

"Paraná, Noviembre 10 de 1903.

Dada la penuria de los tiempos en nuestra Diócesis, nos abstenemos de tomar en consideración, por ahora, la presente solicitud. Devuélvase a su procedencia.

+ Rosendo, Obispo del Paraná."

Parecían, pues, perdidas todas las esperanzas; todas las puertas se cerraban a las ansias de los Religiosos de trabajar por el bien de las almas; pero Dios que de intento hace fracasar nuestros esfuerzos pare mostrarnos que sólo El es el que hace sus obras, había de realizar la fundación de Con­cordia en el preciso momento en que los esfuerzos humanos habían fracasado.

Una circunstancia providencial e inesperada cambió ra­dicalmente la marcha de los acontecimientos.

Vivía en Montevideo un señor de méritos, católico de verdad y fundador que fue de Concordia, Don Juan Goyret, quién se enteró de las gestiones infructuosas realizadas por los Capuchinos ante el Obispado de Paraná.

Después de una entrevista con el M. R. P. Benito de Moano, el Sr. Goyret se dirigió por carta a una distinguida dama de Concordia, la Sra. Dolores Giménez de San Román.

Doña Dolores era una de esas damas, ‑ así reza un do­cumento que tenemos a la vista, ‑ que son todo corazón y energía, que no conocen obstáculos para obtener el triunfo de las obras de Dios[2].

El Sr. Goyret, en la carta aludida, hacía notar la nece­sidad de un Colegio Católico en la ciudad de Concordia; agregaba que los P.P. Capuchinos eran los indicados para establecerlo y terminaba diciendo que hiciera las diligencias conducentes a disponer al Sr. Obispo de Paraná para aprobar la nueva fundación.

Doña Dolores Giménez de San Román acogió el proyecto con entusiasmo. Comenzó a propagarlo; y fueron sus gestio­nes tan eficaces que dos meses después la Curia de Paraná se dirigía a la de Montevideo pidiendo la dirección de los Padres Capuchinos residentes en la Capital Uruguaya.

Monseñor Santiago Haretche que estaba en antecedentes se trasladó de inmediato al Convento para comunicar la grata nueva a los Superiores de la Misión y acto seguido, el M. R. P. Benito escribía a Paraná poniéndose alas órdenes del Sr. Obispo.

Este contestó dando las facultades para que los Padres Capuchinos de la Provincia de Génova se establecieran en Concordia.

He aquí la correspondencia a que hacemos alusión.

Paraná, Mayo‑8‑1904.

Sr. D. Santiago Haretche.

Mi estimado Señor:

Montevideo.

Por encargo del limo. Sr. Obispo Diocesano, me permito pedir a V. S. quiera hacer llegar a conocimiento del Rdo. P. Superior de los Capuchinos de ésa, que pueden hacer la soli­citud al Ilmo. Sr. Obispo, pidiendo la instalación de dicha co­munidad en esta Diócesis, pues cree ya llegado el momento de verificar la fundación.

El no saber ni el nombre, ni la dirección del Rdo. P. Su­perior, nos obliga a distraer su atención, pidiendo por ello disculpa.

El Sr. Obispo me encarga presentar a V. S. sus respetos y aprovechando la presente oportunidad, me suscribo de V. S. affmo. en Jto., S. S. y amigo

J. M. Colombo, Secretario."

"Paraná, Junio 4 de 1904.

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Rdo. Padre Delegado Provincial, Fr. Benito de Moano.

Montevideo.

Muy Rdo. Padre: Me es grato adjuntarle, por orden de S. S. Ilma. las Letras de mi Señor Obispo, para que pueda S. R. fundar la Casa de Capuchinos en la ciudad de Concordia.

Me permitirá S., R. que le diga que los derechos de la Curia por esas Letras son de $ 3 moneda nacional.

Can tal motivo saludo a S. R. muy atentamente.

Quintín Velasco, Sub Secretario."

(Hay un sello de la Secretaría del Obispado de Paraná).

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Nos Rosendo de la Lastra y Gordillo, por la Gracia de Dios y de la Santa Sede Apostólica, Obispo del Paraná en la República Argentina.

Habiéndose dirigido a Nos, el Rdo. P. Delegado Provincial de la Orden de Menores Capuchinos de la Provincia de Génova, residentes en Montevideo, República Oriental del Uruguay, pidiendo a Nos autorización para fundar una residencia de su Orden en la Ciudad de Concordia, jurisdicción de nuestro Obispado, y esperando Nos que del aumento del clero en nuestra Diócesis, y del ejemplo de las virtudes cris­tianas que practican los religiosos del Seráfico Patriarca San Francisco de Asís, resultará un gran incremento de la Religión y no poco aprovechamiento espiritual de las almas con­fiadas a nuestra solicitud pastoral: Por las presentes Letras y en uso de nuestra autoridad ordinaria, concedemos el permiso que pide a Nos el Rvdo P. Benito de Moano, Delegado Provincia Capuchinos para fundar una Casa de su Orden en la ciudad de Concordia, con sujeción a Nos y a nuestros su­cesores en lo que corresponda según las disposiciones del De­recho Canónico y Constituciones Apostólicas y especialmente la Constitución "Romanos Pontífices" de S. S. el Papa León XIII de 8 de Mayo de 1881.

Dadas en la ciudad del Paraná a cuatro de Junio del año mil novecientos cuatro.

Por mandato de S. S. Il.

+ Rosendo, Obispo del Paraná.

Quintín Velasco, Pro Secret."

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Paraná, Junio 4 de 1904.

Rvdo. P. Delegado Provincial Capuchino, Fr. Benito de Moano.

Rvmo. Padre:

Tengo el gusto de remitirle mis Letras de fecha de hoy, concediéndole permiso para instalar una casa de su Orden en Concordia.

A pesar de que tengo confianza de que esta fundación ha de ser protegida por la Divina Providencia, no es conve­niente que se prescinda en absoluto de las medidas humanas, a fin de evitar las resistencias que pudieran encontrar en al­gunos hombres de mala voluntad, que no faltan en los Pue­blos. Así por ejemplo: convendría que la fundación se haga con elementos propios, no solicitados en Concordia, a menos que se las ofrecieran espontáneamente, para evitar que la de­manda de limosnas, desde el primer momento, dé pretexto a críticas y resistencias de los hombres contrarios a esta clase de fundaciones.

Por otra parte, conviene que la instalación de la casa se haga sin ruido, sin aparato y ostentación, para no alarmar a los malos; y si pudiera empezarse con una escuela primaria, sería muy laudable.

El Cura de Concordia ya está avisado del permiso con­cedido para esta fundación.

En fin, ruego a Dios que los proteja en tan laudable em­presa. Por lo que hace a la Autoridad Civil de la Provincia de Entre Ríos, tengo la seguridad que no les será contraria.

Saludo a V. P. atentamente y le deseo todo bien.

Afectísimo S. en Cristo

+ Rosendo, Obispo de Paraná.

Por este documento se determinaba que la fundación de­bía hacerse con el peculio de la Comunidad, con la prohibición de pedir, para ese fin, donaciones en la ciudad de Concordia.

La Misión de los Capuchinos genoveses en el Río de la PIata – fiel a las enseñanzas de San Francisco de Asís, el cual quiso que en sus hijos brillara la más estrecha pobreza, no poseía lo suficiente para hacer frente a un tal gasto ni mucho menos.

Todos los haberes, en aquél entonces, no alcanzaban a 300 pesos oro uruguayos.

Pero, confiados en la divina providencia, aceptaron el compromiso con esa condición.

El mismo día partieron para Concordia el M-R.P. Benito de Moano con el R.P. Querubín, quien había de quedar en Concordia e iniciar allí la fundación. Los acompañaba en calidad de mucamo el joven Pedro Brunetto,

Llegados a esta ciudad los Religiosos fueron alojados por el Sr. Cura Presbítero Luis Rosendo Leal. Después de tres días el M. R. P. Benito volvió a Montevideo, quedando el P. Querubín encargado de buscar un lugar propicio para la fundación.  ‑

El Padre Querubín alquiló una casa situada en la calle Entre Ríos esquina Gualeguaychú, donde estableció un peque­ño Colegio para comenzar allí su Misión evangelizadora, y para defender su situación económica, pues debía pagar 50 pesos argentinos de alquiler y sólo tenía, como suma inicial de la fundación, 200 pesos de la misma moneda.

El Sr. Juan Goyret habla munido al R. P. Querubín de tarjetas de presentación para las mejores familias de Concor­dia; esto permitió al Padre entablar relaciones que pudo luego interesar y reunir en favor de la naciente fundación.

Con ellas, en efecto, formó la primera Comisión pro Co­legio, que fue compuesta así: Sres. David O'Connor, Juan Etcheverry y Domingo Isthilart.

En la primera reunión de los citados caballeros, el P. Querubín expuso los fines que se proponía realizar la Orden Capuchina en Concordia, y al mismo tiempo la necesidad de buscar dinero para realizarlos.

Un miembro de la Comisión propuso que se proveyera al R. P. Querubín de un documento firmado por los Integrantes de la Comisión mediante el cual el Padre pudiera recolectar fondos en el pueblo.

El Padre Querubín hizo entonces conocer a la Comisión la determinación del Sr. Obispo, en la que se le prohibía ha­cer colectas de ninguna especie en favor de la nueva fundación.

Entonces el Sr. Etcheverry dijo que, no pudiendo hacer el Padre ninguna colecta, debían hacerla los miembros de la Comisión, cada uno entre sus relaciones.

Así lo hicieron, y en pocas semanas reunieron una buena cantidad de dinero.

En ese ínterin el P. Querubín había trasladado el Cole­gio a la calle Tucumán casi esquina Vélez Sarsfield, precisa mente frente al edificio actual del Colegio.

Entretanto había llegado a Concordia el R. P. Agustín de Savona, quién tomó a su cargo algunas clases del Colegio, y pocos meses después la comunidad se vio aumentada con la llegada de un sacerdote Terciario llamado P. Antonio, y de fray Marcelino de Endine.

El Colegio contaba con un centenar de alumnos divididos en 6 clases.

El P. Querubín, entretanto, se dedicaba con tesón a la búsqueda del terreno apropiado para establecer definitivamen­te la nueva fundación. Se presentaron varias ofertas que no aceptó por no convenirle la ubicación o el precio del terreno. Finalmente se le ofreció la manzana que ocupa el edificio ac­tual del Colegio, limitada por las calles Tucumán, Vélez Sars­field, 25 de Mayo y Güemes, propiedad del Sr. Esteban Zo­rraquín.

Con la anuencia de los Superiores Mayores el P. Que­rubín aceptó la oferta y se extendió el acta de venta.

El importe del terreno fue pagado con parte de la cantidad recolectada por la Comisión; y con el sobrante se em­pezó el edificio del Colegio, construyéndose primero el tramo sobre la calle Tucumán, de Vélez Sarsfield hacia Güemes.

He aquí el acta que se labró en ocasión de colocarse la piedra fundamental de la obra:

En el nombre de la S.S. Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

En la ciudad de Concordia a los 24 de Setiembre del año 1906, gobernando la Iglesia Católica S. Santidad Pío Papa X, siendo General de la Orden de los Capuchinos el Rmo. P. Bernardo de Andermat, Presidente de la República Argentina el Dr. D. Manuel Quintana, Obispo de la Diócesis del Paraná el Rmo. D. Rosendo de la Lastra y Gordillo, Inten­dente Municipal Don Juan Salduna, jefe Político Don José Bóglich, el M. R. Sr. Cura Párroco de la Parroquia de San Antonio de esta ciudad Don Luis R. Leal, previa autorización del Ordinario; a las 4 de la tarde bendijo la piedra funda­mental de la Capilla provisoria y Colegio bajo el título de Ntra. Sra. de los Ángeles, que los RR. PP. Capuchinos con el auxilio de Dios y del Pueblo, se proponen levantar en este terreno de su propiedad.

Asistieron como Padrinos a este acto solemne el apre­ciado caballero Don David O'Connor y la distinguida dama Señora Francisca M. de Robinson, en presencia de numero­sísima y selecta concurrencia, de que doy fe yo el infrascripto Director del nuevo edificio y demás firmantes presentes en el momento de la colocación.

P. Querubín de Ceriana, Director Capuchino; Luis Ro­sendo Leal. Cura Párroco; Francisca M. de Robinson, Juan M. Louglin, David O'Connor, H. Lima. M. Gallegos, José Oriol, Luis Martorell, Bartolomé Lashete, Martín Burgos, P. Agustín de Savona, R. Hernández, Esteban Zorraquín, E. Noceto, Ambrosio Cartoccio. Francisco P. Chiarella, Antonio Angarola, Ernesto Sanabria, Agustín González.

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Este primer tramo del edificio medía 32 metros de largo, 14 de ancho y 12 de alto.

Una vez terminado el local, se trasladó la Comunidad al nuevo edificio; donde siguió funcionando el Colegio.

Esta nueva Casa de la Misión fue puesta bajo la protec­ción de Nuestra Señora de los Ángeles.

El Colegio fue tomando siempre mayor incremento.

Primero se admitieron algunos medio pupilos; luego se estableció el pupilaje. A este respecto transcribimos una carta del obispado de Paraná:

"Paraná, Febrero 8 de 1910.

Rmo. Padre Nicolás de Cártari, Delegado Provincial de los Capuchinos.

Rmo. Padre: En contestación a la nota de V. R. de fecha 19 del actual, cúmpleme manifestar a V. R. que nos ha sor­prendido gratamente el proyecto de abrir en el corriente año un internado en el Colegio de los Padres Capuchinos de Con­cordia.

Convencidos de que la educación religiosa es más per­fecta en los internados, no solamente porque se libra a la ju­ventud de los precipicios a que son arrastrados en tan tierna edad, sino también porque va infiltrándose lentamente la acción del educador en el corazón de los niños, por su acercamiento y trato continuo, resultando así robustecido en la piedad y la religión el carácter de la juventud y secundada eficazmente la acción paterna; no podemos menos de aplaudir por nuestra parte la obra del internado que proyecta V. R., deseando vivamente que se convierta cuanto antes en hermosa realidad.

Aprovecho la oportunidad para saludar a V. R. con mi más distinguida consideración y estima.

C. Balcala, Vic. Cap.

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La labor de los Padres que se sucedieron en la Rectoría del Colegio, ha granjeado para este establecimiento un bien merecido prestigio en aquella zona donde se le considera uno de las mejores centros de educación.

El 21 de Enero de 1909 el P. Querubín se ausentó defini­tivamente de Concordia, sucediéndole como Rectores del Co­legio sucesivamente los Padres Bernardo de Paso de la Arena, F Agustín de Savona, Santiago de Montevideo. Lorenzo de Montevideo, Esteban de Rialto, Antonio María de Montevi­deo. Sixto de Ortovero y Nicolás de Cártari.

Durante su gestión el P. Agustín de Savona construyó un brazo del edificio en el eje perpendicular al construido por el P. Querubín de Ceriana.

Esta ampliación es ocupada hoy por el refectorio de tos niños y por uno de los dormitorios del pupilaje.

El P. Santiago de Montevideo, dadas las exigencias del Colegio, cuya vida floreciente se iba intensificando cada año, construyó la parte del edificio que se extiende por la calle Tucumán desde el brazo ya construido hasta la calle Güemes.

Esa construcción comprende en la parte baja una amplia galería, un local para la administración, tres salones para cla­ses y otras dependencias; y en la parte alta un magnífico dor­mitorio y baños con capacidad para un centenar de pupilos. Digna de elogio es esta obra pues además de estar dotada de todo lo que exigen los más modernos preceptos pedagógicos, importó un sinnúmero de sacrificios y desvelos propios de las obras que se construyen con escasos medios pecuniarios.

Débese destacar aquí el gesto generoso del Sr. Juan Garat (Menor), acaudalado estanciero, residente en Concordia, quien adelantó una crecida suma de dinero sin interés y sin plazo fijo para su devolución. Como agradecimiento a este insigne servicio los Padres Capuchinos quisieron que el señor Garat y su señora esposa la Sra. Tomasa Fernández de Garat apadrinaran la bendición del edificio en el acto de su inau­guración.

Durante la Rectoría del P. Santiago se construyó una hermosa pileta de natación, que se presta admirablemente para completar la educación física de los alumnos.

También se iniciaron los trabajos de la Iglesia, de lo cual nos ocuparemos más adelante.

El P. Lorenzo de Montevideo, que sucedió al P. Santiago en el gobierno de la casa de Concordia, hizo construir un brazo del edificio paralelo al eje de la calle Tucumán, desti­nado para las dependencias de la cocina y despensa en la planta baja y en el piso superior para una sección de baños que resuelve perfectamente el problema higiénico de los alumnos.

Bajo la Rectoría del P. Esteban de Rialto se hicieron algunas reformas sanitarias en el edificio. Bajo la Rectoría del P. Antonio María de Montevideo se principió la construc­ción y se realizó la inauguración del actual templo de la Comunidad. Bajo la Rectoría del P. Sixto de Ortovero se inició la construcción de la torre; y actualmente, siendo Superior el P. Nicolás de Cártari, se están ultimando los revoques internos del mismo templo[3].

Cabe destacar aquí la obra benemérita del P. Bernabé de Génova, quien, en calidad de Prefecto de los Pupilos y Profesor del Colegio, ha consagrado y sigue consagrando sus mejores energías y sus desvelos a la formación cristiana de los Alumnos.

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Como complemento de lo que acabamos de historiar acer­ca del Colegio de Concordia damos algunas opiniones auto­rizadas sobre el mismo:

El Colegio de "Nuestra Señora de los Ángeles, dirigi­do por los Padres Capuchinos en la Ciudad de Concordia, debería ser el preferido por todos los que se preocupan de la recta y sólida formación de sus hijos.

Establecimiento montado a la moderna, con grandes salones, galería, aulas, dormitorios, patios y jardines, satisface plenamente todas las exigencias de la higiene y de las como­didades necesarias para el bienestar de los alumnos. Si a esto se añade la instrucción esmerada que allí se imparte con pro­gramas racionales y concordantes con las necesidades actuales de los tiempos, sobre todo una sabia disciplina del espíritu a base de religión y de moral, indispensable para obtener aquella educación integral exigida por la sana pedagogía y que forma y moldea el verdadero carácter de los jóvenes, fácilmente se desprende ser hoy por hoy el factor más eficiente de cultura física, intelectual y moral con que cuenta la Ciudad de Con­cordia y toda la costa argentina de Uruguay.

Abel Bazán y Bustos, Obispo de Paraná.

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Los semblantes alegres y despiertos de los niños que se hallaban en el aula a nuestra llegada, revelan el régimen pa­ternal a que se hallan sometidos. En cuanto al edificio, ideado seguramente por un inteligente profesional, consulta en mi opinión las exigencias de la edificación escolar más adelan­tada. Por todo ello, no vacilo en manifestarle que el Estable­cimiento de educación que Vd. dirige, es y será cada vez más, un factor apreciable de progreso en la vida intelectual y moral de esa población.

Dr. Miguel Laurencena, Gobernador de la Provincia.

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Fuera de toda duda, es este el establecimiento de cultura más importante de la Provincia: en una manzana exhibe sus grandiosas proporciones. Está sostenido por la Congregación de los Padres Capuchinos. Los dormitorios, comedores y demás reparticiones, son notables por la amplitud, el orden y el aseo que reina en ellas. Las aulas amplias e higiénicas; el mobiliario y las ilustraciones, nada dejan que desear.

El Inspector de Escuelas Particulares,

A. Auchter.

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Las aulas bien ventiladas e higiénicas aseguran una buena iluminación así como también un ambiente propicio para el desarrollo de las clases. El material escolar es adaptado a los fines que se persiguen. Un alto espíritu de trabajo preside la labor diaria. El señor Director con un alto criterio peda­gógico encamina la gestión orientando la obra hacia una faz práctica y de progreso. El concepto exterior que goza la es­cuela es excelente y sus alumnos tienen gran aceptación en los otros institutos educacionales.

G. Altisu, Inspector de Escuelas Particulares. Mayo 3 de 1926.

De los Registros del Colegio hemos entresacado los nom­bres de los siguientes profesionales que hicieron sus cursos en nuestro Colegio:

Presbítero Luis Izaguirre, Dres. en Medicina, Carlos Cas­tro, Luis P. Heras, Antonio Giogio. Teófilo Varela, René Rubial, Lorenzo Lauría, Cesáreo Navajas, Arístobulo Zaba­Ila, Humberto Russo: Abogados: Justo Tito, David Luján, Héctor L. Hardoy, Carlos Solsona: Ingenieros: Jorge Robinson, Benito Legerén, Raúl Flaschland; el actual Jefe Político Sr. Julio Corazzoni y los militares Carlos Nogueira e Ignacio Verdura.

En cuanto a las obras de apostolado nuestra Casa de Concordia constituye un centro de difusión evangélica. Nues­tra Iglesia es una de las más concurridas de nuestra Misión. Además de las atenciones espirituales que de ordinario se pro digan a los fieles se celebran con pompa y gran concurso las principales solemnidades del año. Por varios años se atendió espiritualmente la zona denominada "Yeruá": fueron Capella­nes Vicarios de la misma los RR. PP. Esteban de Rialto y Antonio María de Montevideo.

También se predican en la Provincia frecuentes Misiones, novenas, etc., prestando ayuda valiosa a los señores Curas Párrocos de la Diócesis y cultivando espiritualmente las innumerables colonias esparcidas por el territorio, especialmente las italianas.

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Tócanos ahora hacer una pequeña reseña sobre la Iglesia aún no del todo terminada.

Los cultos, cuando los Religiosos ocuparon el primer tramo del actual edificio, se celebraban en un saloncito ocupado hoy por la sacristía, y después en otro salón más espacioso sobre la calle Tucumán. Era necesaria la construcción de la Iglesia, ‑ ya proyectada en el plano general del edificio,‑ para desarrollar más eficazmente la labor espiritual en el pueblo, y celebrar debidamente las funciones litúrgicas, mu­chas de las cuales debían suprimirse por falta de espacio: urgía más esta necesidad, el creciente número de alumnos que ya no cabían en la pequeña Capilla, como la concurrencia de fieles, muchos de los cuales dejaban en ciertas ocasiones de asistir a las funcionen o por no poder entrar en la Capilla, o por las molestias producidas por el calor y la aglomeración de fieles que llenaban de bote en bote el pequeño local.

Después de varias tentativas iniciadas por el P. Agustín de Savona y continuadas por el P. Santiago de Montevideo, finalmente durante ha Rectoría de este último Padre, se colocó la piedra fundamental cuya acta incluimos a continuación:

En nombre de la S.S. Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo

En la ciudad de San Antonio de Concordia, a los ocho días del mes de Octubre del año mil novecientos diez y seis, gobernando la Iglesia Católica Su Santidad Benedicto Papa XV, siendo Presidente de la Nación Argentina el Dr. Victo­riano de la Plaza, General de la Orden de los Capuchinos el Reverendo Padre Venancio de Lysle en Rigauld: Su Seño­ría Ilustrísima Dr. Abel Bazán y Bustos, Obispo de la Dió­cesis de Paraná, procedió, en presencia de Su Señoría el Mi­nistro de Hacienda de la Provincia ingeniero don Luis Jaureguiberry, que concurre en representación del Excelentísimo Sr. Gobernador de la Provincia Dr. Miguel Laurencena, del Sr. Presidente de la Municipalidad don José M. Requena, del Sr. Jefe de Policía del Departamento don Manuel Gallegos, del Sr. Delegado Provincial de las misiones uruguayo‑árgen­tina, Reverendo Padre Damián de Finalborgo, del Sr. Rector del Colegio de Nuestra Señora de los Ángeles Reverendo Pa­dre Santiago Bersanino, del Sr. Cura Párroco Presbítero Ra­món Elgart y demás autoridades administrativas y judiciales de la localidad, a bendecir solemnemente, siendo las cuatro y treinta minutos pasado meridiano, la piedra fundamental del edificio de la "Iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles", que los R.R. P.P : Capuchinos, con el auxilio de Dios y del pueblo, se proponen construir en este terreno de su propiedad. Fueron padrinos de este trascendental acto, el Excelentísimo Sr. Gobernador de la Provincia Dr. Miguel Laurencena y Sra. Isabel Berueche de Laurencena, (representada por la Sra. Margarita Siburu de Gallegos), Sr. Adriano Sibura y Sra. Margarita Vives de Siburu, Sr. Gregorio J. Soler y Sra. Flora Urquiza de Soler, Sr. David Luján y Sra. Manuela Equisaín de Luján, Sr. Aurelio S. García y Sra. Catalina Garat de Gar­cía y Sr. Alberto F. Suburú y Sra. Juana Benta de Suburú. Esta ceremonia fue presenciada por numerosa y distinguida concurrencia, habiendo formado el regimiento seis de caballe­ría de Línea de la Nación con sus dignos jefes y oficiales, así como el simpático y juvenil cuerpo de exploradores denomi­nado "Los Intrépidos". En fe de todo lo cual firman dos ejemplares de un mismo tenor en la ciudad y fecha antes expresadas. Entre líneas ‑ representada por la Sra. Margarita Siburu de Gallegos. ‑ Vale.

Margarita S. de Gallegos, Adriano Siburu, Margarita V. de Siburu, Manuela E. de Luján, Aurelio S. García, Alberto, P. Suburú, José M. Requena, María Elena Arijos de Gonzá­lez, Herlinda Blanco de Medrano, Damián P. Garat, Juan P. Garat, Federico Garat, S. Amilogans, Luis Llambías, P. San­tiago Bersamino, P. Joaquín da Monterosso, Dr. Luis Barat­tini, Ramón Elgart, + Abel Obispo de Paraná, Luis Jauregui­berry, David Luján, Catalina G. de Garat, Juana B. de Subu­rú, M. Gallegos, Juan Manuel Mac Louglin, P. Damián dé Finalborgo, Julio Aunada, M. del Cerro Requena, Esteban Zorraquín, E. F. Mena, Roberto Lix Reito, Francisco R. Laphitz, P. Maximino de Arenzano, P. Querubín de Ceriana. P. Lorenzo de Montevideo.

Como puede verse por esta acta, la fiesta adquirió pro­porciones muy grandes, cosa que dejó en los ánimos las me­jores esperanzas de ver terminadas en poco tiempo las obras del Templo.

Pero no fue así.

EI P. Santiago esperaba que los festejos movieran el in­terés del pueblo por la obra; también esperaba que la comi­sión, juntamente con los padrinos de piedra fundamental, se ocuparan activamente en suministrar recursos; pero el entusiasmo fue como los fuegos de Bengala; pasados pocos me­ses y recolectada una exigua suma todo quedé en la nada. Apenas si se llegó a hacer los cimientos del presbiterio y los que dan a la calle Vélez Sarsfield, que sirvieron por mucho tiempo de muro de cinta de la propiedad.

Así quedaron las cosas hasta el año 1926 en que fue nom­brado Rector del Colegio el P. Antonio María de Montevideo.

Dicho Padre se propuso llevar a cabo la edificación de la Iglesia; y después de haber estudiado la forma de realizar su pensamiento manifestó resueltamente que la Iglesia se edificaría.

La incredulidad tanto entre los fieles cuanto entre los Religiosos fue el primer sentimiento que provocó su declaración; pero la incredulidad cedió el puesto a la confianza cuan­do ve reanudaron las obras.

Pensó el P. Antonio María que era cosa inútil confiar en el trabajo de comisiones, que las más de las veces sólo sirven para crear rencillas, entorpecer los trabajos y quitar libertad de acción a los Religiosos en sus obras; y pensó que con la economía y el trabajo, sumados a la generosidad de las almas piadosas y pudientes, se podía realizar la obra poco a poco.

Así lo hizo.

Ante todo le pareció que el plano proyectado de estilo gótico por el arq. Sr. Ernesto Leger era demasiado costoso; por eso encaró a un tío suyo, el arquitecto uruguayo Luis Galo Fernández, profesional sumamente estimado y actual Director del Liceo Nocturno de Montevideo, la confección de otro proyecto en estilo románico, pero de las mismas dimen­siones del proyectada para aprovechar el trabajo de cimenta­ción ya hecho.

Aprobados los planos por los Superiores Mayores y por la Municipalidad de Concordia, se dio comienzo a las obras, el 30 de Junio de 1928. Además de las dificultades inherentes a una obra de esta naturaleza y magnitud, hubo el P. Antonio María de vencer otras originadas por la incompetencia de los constructores y obreros, pues en Concordia no suelen hacerse construcciones planeadas como la del Sr. Fernández, quién proyectó un trabajo que si tiene por una parte derroche de belleza arquitectónica dentro de la severa sobriedad requerida por la naturaleza misma del edificio destinado al culto de Dios, por otra parte representa un admirable estudio de técnica mo­derna superior a la preparación de los ejecutantes que debían interpretarlo.

Pero con la ayuda de Dios la obra fue adelante sin que se suspendieran los trabajos.

Los Religiosos de la Comunidad, P. Sixto de Ortovero. P. Bernabé de Génova, P. Santiago de Gavi, fray Crispín de Abriola y fray Pablo de Viscarret, cooperaron incondicional­mente, cada uno en la medida de sus fuerzas, a la obra del P. Antonio María, debiéndose hacer, por razones de justicia, especial mención del P. Sixto de Ortovero quien se ocupó con empeño en la engorrosa tarea de vigilar el trabajo del per­sonal, controlar la entrada de los materiales e inspeccionar la marcha de la construcción; y de fray Crispín de Abriola, quién, sin abandonar la pesada tarea de dirigir la cocina del Colegio, salía, en los momentos libres, por la ciudad y por los alrededores, desafiando los calores y las inclemencias del tiempo, pidiendo limosna de puerta en puerta; y si bien, las prestaciones no fueron materialmente muy vistosas, contribu­yeron sin embargo a engrosar el caudal con el cual pudo dejarse el edificio del Templo en estado de habilitación.

El día 7 de Diciembre de 1929 el Ilmo. y Rmo. Monseñor Tomás Gregorio Camacho, Obispo de Salto, debidamente autorizado por el Ordinario de Paraná, procedió a la bendición del nuevo Templo que quedó desde entonces librado al culto de los fieles.

He aquí el programa que rigió en esa solemnidad:

Día 7, a las 7, bendición del Templo y traslado del Santísimo por Monseñor Tomás Gregorio Camacho. Obispo de Salto, expresamente delegado por el Sr. Obispo de Paraná. Acto seguido Monseñor celebrará la Santa Misa. A las 18 Vísperas de Pontificales, Discurso por el R. P. Antonio Ma. de Montevideo, Superior de la Casa de los P.P. Capuchinos y Rector del Colegio; Bendición Solemne con S. D. M.

Día 8, a las 5, 6, 7 y 8, Misas rezadas. A las 9.30 Misa Solemne, Oficiada por el P. Sixto de Ortovero. A las 18, Rosario, panegírico de la Inmaculada por el Sr. Pbro. Dr. Aquiles Menéndez, de la Curia diocesana de Salto, y Bendición Solemne.

Día 9, Misas rezadas cada hora. A las 7, Misa de Comunión general, por los Bienhechores del Templo oficiada por el R.P. Antonio de Montevideo, Rector del Colegio, con sermón de circunstancias. A las 18, Función de Clausura. Rosario, letanías, Sermón por el Sr. Pbro. Miguel De Grucci, encargado de la Iglesia Matriz y Bendición impartida por el Sr. Pbro. Francisco Altinier, Párroco de la Tablada.

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Como complemento de esta reseña publicamos una des­cripción del Templo, debida a la pluma del Ingeniero Sr. Ernesto Mullan, a quien últimamente, por enfermedad del Ar­quitecto Luis Galo Fernández, se le confió la dirección de las obras:

La Iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles, de la ciu­dad de Concordia, ha sido estudiada, en sus planos, dentro de, las inspiraciones del estilo románico moderno. Sus líneas arquitectónicas, en efecto, se sujetan a las modalidades romá­nicas del siglo XII que se manifestaron en el Occidente y en el Norte de Europa y puede observarse algunos matices de su composición, un conjunto de originales concepciones del autor, el Arquitecto uruguayo don Luis G. Fernández.

La distribución interior, ha sido resuelta en la planta de cruz latina, con una alta nave central y su crucero, flanqueada de dos naves colaterales menores. Todo ese con­junto recuadra rectangularmente el espacio interior destinado al público, destacándose en el fondo de la nave central el presbiterio en forma de ábside circular. El coro alto se pro­longa en el frente de la nave central en todo el ancho de la fachada principal y bajo la torre que prolonga en altura el cuerpo del pórtico de acceso al Templo. Todo el conjunto in­terior, es de amplitud y nobleza.

Una escalinata exterior conduce desde el nivel de la calle a un atrio elevado en nuevas gradas; atrio que es cubierto con un pórtico central de acceso a la nave principal y que se ha proyectado como base de la hermosa torre que se levanta hasta la altura de 50 m. 30 (cincuenta metros treinta cts.).

Lateralmente el atrio descubierto frente a las puertas de acceso a las naves y forma un amplio espacio. La fachada, las arcadas sucesivas del pórtico central, propias de los estilos románico y normando, formadas en redientes, cierran el con­torno de los renos, y se apoyan en columnas paralelas, El pórtico está cubierto por bóvedas de arista con nervaduras pronunciadas, y en sus muros de frente y del contrafrente, motivos escultóricos dispuestos en nichos poco profundos com­pletan la armonía del conjunto dando gracia a los robustos pilares que son base de la torre.

Pilares, columnas, nichos, palastros y contrafuertes expresan con sus líneas, la robustez de la estructura que de allí se eleva.

A través de la puerta central se accede actualmente al templo y ya puede observarse la proporción de la nave central, separada de las dos naves laterales par las enfiladas de esbeltos pilares, de dimensiones estrictas y de proporciones justas y elevadas: pilares de artísticos capiteles  originales, característicos de un orden severo y gracioso, destinados a portar grandes cargas, modelando en sus líneas robustas una expresión de belleza, simple y sobria, de suave contraste con la ligereza de las arcadas de los arcos dobleros y forme­ros y de las nervaduras de las bóvedas de arista de las naves laterales. Y en el fondo de las capillas que forman nave late­ral, los ventanales reducidos o rosas de luz moldurados se dibujan en alternancia con los pilares.

Ya puede imaginarse por el estado actual de la compo­sición arquitectónica en construcción, cual será el verdadero valor arquitectónico que se ha dibujado en los planos de la nave central. La altura de la nave central, sus riquísimas bóvedas de decoración mucho más exquisita: sus hermosos ven­tanales de arcatioras y trifolios y en contraste la decoración sobria pero enérgica de los muros, al como las radiaciones de sus vitraux que harán de esta pare del templo un motivo de atracción predominante, destacando con mucho mayor relieve el carácter propio de la obra. Y en el fondo de la nave central el ábside circular con su serie de bóvedas y nerva­duras, de pilastras y de ventanales.

Bajo el crucero y el presbiterio se ha proyectado una cripta, con detalles minuciosos de espléndidas bóvedas de aris­tas rebajadas, ventanas reducidas, pero armoniosas y repe­tidas.

Todo el conjunto interior es armonioso y se traduce al exterior por su transparencia en el carácter y en la gracia.

Recuerda el exterior, la silueta de los edificios feudales, la majestuosidad de los monumentos religiosos que se eleva­ron a la glorificación del Señor de los cristianos, en aquellas épocas que fueron sello inicial de un misticismo semiguerrero. Se trasunta en la silueta de la Iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles de Concordia ese mismo espíritu medioeval con una gracia exterior sencilla y amable, actualizada, que une al pa­sado y que sin embargo corresponde con nuestro sentido reli­gioso actual.

La torre es el motivo principal de la fachada y un com­plemento de armonía arquitectónica con el conjunto del edifi­cio, de neto carácter religioso. El efecto general que se observa en la proporción de las masas en el contraste de las naves del cuerpo del edificio y de la torre esbelta y vertical, constituye un atractivo especial en la silueta, que se proyecta graciosa en el horizonte de Concordia.

La torre es cuadrada en su pórtico de base: de forma prismática en su iniciación, y se dibuja, en saliente, sobre el eje mismo de, la fachada general, con sus líneas continuas de robustos pilares y prolongados contrafuertes que se destacan en sus terminaciones con acróteros, imágenes de esculturas de ángeles y dragones. Y sobre el pórtico de entrada, frente al tímpano del frontín que le corona, se modela la imagen de Nuestra Señora de los Ángeles; más arriba la gran rosa de lo nave central y luego coronando ésta, la enfilada continua las arcaturas ciegas y de luz que, tan características del estilo cristiano románico forman, algo así como un friso continuo que recorre todas las fachadas alternando los matices: ya en arcaturas ciegas que encierran tímpanos decorativos de mo­saicos y escudos que dan relieve a los muros de la fachada principal y del crucero; ya en arcaturas de luz y entrelazos de trifolios que se dibujan en los ventanales de las fachadas laterales; ya motivando un pórtico continuo en balconada: pórtico m voladizo que une, exteriormente al edificio las sacristías laterales al ábside y decoran el presbiterio poligonal con interesante majestuosidad.

La torre actualmente construida y revocada desde su cús­pide, hasta el frontín de coronamiento de la cornisa del edificio, cambia su forma prismática y se estrecha a la mitad de su altura para llegar, próximamente a la altura de treinta metros, formando campanario con cuatro robustos pilares de ángulo en columnas empotradas, arcos en trifolios y con cornisa circular sobre los vanos y horizontal sobre los entrepaños. Y más allá de esa altura y como punto de atractivo principal de la base de la espira poligonal que la sobremonta, se delinea un conjunto de almenados, garitas y molduras, que forman como una eflorecencia del monumento de base al lucernario gracioso u a la cruz de bronce magnífica.

El lucernario motivo de radiación luminosa forma un pe­queño, ensanchamiento de la espira piramidal octogenal, que escamada en zinc y salpicada de lumbreras o lucernas de luz, es una rememoración del Tabernáculo católico, expuesto en lo más alto del Templo y que, indudablemente, expresa a lo lejos un motivo arquitectónico netamente católico, transparentando al fondo una imagen del misterio eucarístico.

La expresión cristiana y la simbólica católica aparecen, pues, claramente expuestas en el conjunto terminal de la espi­ra de la torre, detalle original y justamente adecuado a la expresión arquitectónica de una verdad de fe.

Todo el edificio señala, pues, no sólo un carácter sobrio y rico con sus cornisas románicas y todos los más exquisitos detalles de este estilo, sino una expresión netamente católica y actual, de exposición de fe eucarística.

 


[1]   Hoy en el Centro de la ciudad se paga de 20 a 30 el metro cuadrado.

[2]   Doña Dolores Jiménez de San Román, después de formar un hogar respetable y virtuoso, murió cristianamente el 11‑12‑1910.

[3]   Mientras estamos corrigiendo las pruebas de imprenta de este libro nos llega la noticia que el superior gobierno de Buenos se expidió favorablemente en las gestiones que iniciamos desde algún tiempo, para la incorporación de nuestro Colegio al Nacional. Quedan, pues, oficialmente establecidos los años del Bachillerato que ya funciona libremente bajo las atenciones del laborioso P. Ambrosio de Rosario.