PRÓLOGO

 

 

 

Los Superiores mayores de la Orden de los Capuchinos, a la que es mi gloria pertenecer, me encomendaron, en el año 1925, la tarea de ordenar y dirigir el archivo de nuestra amada Misión en el Uruguay y Argentina.

Era también deseo de los que y entonces mis Superiores, que escribiera algunos apuntes que pudieran servir de historia de nuestra actuación en el Río de la Plata, como se estila hacer en casi todas las Provincias de nuestra Orden.

Acepté gustoso el encargo, seducido por lo que este trabajo representaba para mí.

Debía yo guardar en el relicario del archivo las memorias que habían de hacer perdurables las figuras nobles y hermo­sas de mis hermanos de idealidades franciscanas; debía estu­diarlas con el amor y respeto que me han inspirado siempre mis mayores, casi todos pasados a la eternidad, cuyas figuras y actitudes evoco en la memoria o compongo en la fantasía con la misma fruición con que puede hacerlo el que evoca las glorias de familia. .

Pero cuando me puse a la obra me encontré con serias dificultades:

Ellas no surgieran solamente de ordenar documentos. Cuando me entregaron el archivo quedé consternado al percatarme de que todo se reducía a pocos pliegos de papel, cuyo contenido fragmentario carecía de ilación y abundaba de lagunas.

La fe y humildad de nuestros Religiosos se contentaron con que sus obras quedaran escritas en el libro de la vida que está en el cielo; y dejaron el archivo vacío.

Fue así que cuando quise escribir el presente libro, me faltaban, ‑ amén de las cualidades de historiador, ‑ los ele­mentos esenciales para toda obra histórica: los documentos.

Fue, pues, mi primera preocupación el buscar los elemen­tos necesarios; y el trabajo no fue ni pequeño ni fácil.

Baste decir que el 2 de Enero de 1933, ‑ es decir 8 años después de habérseme dado el encargo, ‑ estuve en condiciones de poder empezar esta obra.

Tuve que revolver archivos familiares; buscar diarios y revistas viejas; pedir a las personas que podían proporcionár­melas, las memorias de los hechos de que fueron testigos.

Una vez obtenido todo eso, he tenido que rectificar, ‑con las consiguientes pérdidas de tiempo, ‑ algunos datos que parecían contradecirse en les distintas narraciones, y que con­fiados a la memoria de personas ancianas eran en algo in­completos e inexactos.

Pero al fin he podido obtener una documentación sufi­ciente, que ordenada poco a poco, según me lo permitían mis múltiples ocupaciones, me ha dado el concepto claro del argu­mento que me propuse tratar.

Para hacer más completo este trabajo hago preceder unos datos de las regiones rioplatenses en la época de su descubrimiento, y un capítulo breve de la actuación de los Francisca­nos en nuestra República antes de la venida de los Capuchi­nos; y agrego otro capítulo dedicado a la Venerable Orden Tercera, por ser ella una de las preferentes ocupaciones de nuestro apostolado.

Ahí están, pues, estas páginas, escritas con toda verdad, como he podido conocerla.

Las ofrezco a mis hermanos todos; en San Francisco de Asís, vayan ellas como un homenaje de gratitud y piedad fi­lial a los que ya traspusieron los umbrales de la eternidad; como una ofrenda de cariño evangélico a los que, formando una sola alma y un sola corazón, trabajan conmigo en la Viña del Señor.

Octubre de 1933.

P. Antonio M. de Montevideo, capuchino.