PRIMERA PARTE

SAN FRANCISCO DE ASÍS

CAPITULO I

PRIMEROS AÑOS

A. ‑ SEMBLANZA.

1. ‑ Por ser San Francisco de Asís nuestro único y verdadero fundador, comencemos por conocerle. El es mayor que su propia obra. Es, según el Dr. Bournet, "uno de los encantadores de la historia religiosa", la cúpula mística de la Edad Media.

2. ‑ San Francisco fue ante todo un hombre de su época; un iluminado, un vidente que comprendió  sus grandes defectos y grandes cualidades; las emprendió  contra el mundo de su tiempo; presintió las inquietudes del nuestro y, como remedio, mostró a los hombres la fuerza oculta del Evangelio.

Dotado de un natural vivaz, de nobles inclinaciones, su exquisita sensibilidad y nobleza de miras le capacitaban para las más grandes empresas. En él se encontraron las más ardientes pasiones al servicio de una voluntad indomable. Es el hombre que intuye y realiza. Contempla la belleza moral y la lleva a cabo en su vida y actos.

3. ‑ Aunque no recibió una formación científica propiamente dicha ni instrucción superior, en modo alguno carecía de ella. De hecho ‑Francisco en su juventud había aprendido por lo menos a leer y escribir en la escuela de San Jorge‑ poseía en parte el francés y el latín y estaba familiarizado con la poesía y la música del Duecento. Poseía, pues, la formación que solía darse a los hijos de los grandes comerciantes. Más tarde, durante su vida religiosa, procuró aumentar estos limitados conocimientos, no sólo por la oración, sino por medio del estudio, como nos lo atestigua S. Buenaventura.

 4. ‑ Tenía suficiente capacidad para cumplir con singular perfección los deberes de cualquier estado en que la Providencia le hubiera colocado; su generosidad le hizo desear el más alto. Por eso, dice Gemelli que la mujer no constituyó para él un peligro porque era limpio de corazón. Su índole simpatizaba con todas las criaturas; pero ello no fue un obstáculo para que en él creciera, con robustez nunca vista, el árbol de la gracia. Es el suyo un ascetismo singular. Sus ambiciones de caballero y mercader se trocaron en el más puro amor de Dios y celo de las almas, sin dejar de amar en el hombre y en las criaturas todas, lo que nunca dejará de ser un vestigio del poder de Dios y un objeto de su amorosa mirada. A su madre Pica, cupo la gloria de forjar su corazón 

5. ‑ El amor será la característica de San Francisco y de su Orden. El amor revela el valor de un hombre y el modo de amar le caracteriza. Ese fue el secreto que dio  a la palabra y acción de San Francisco, toda la grandeza de su poder. Poeta y hombre de acción, tuvo de Dios este instrumento conquistador de la belleza y del mundo: el amor.

B. ‑LA FAMILIA BERNARDONE.

6. ‑‑ Francisco vino al mundo en Asís, más probablemente en 1182 gobernando la Iglesia Lucio III (1181‑1185).

Sobre los padres de Francisco hay una pequeña contienda acerca de si fueron nobles o no. Su padre Pedro Bernardone y su madre Madona Pica, fueron si no de origen noble, personajes muy respetables y ricos. En el bautismo le fue impuesto el nombre de Juan, pero le llamaron siempre Francisco; el francés y muy bien el provenzal, o acaso por las frecuentes relaciones que mantenía su padre con el mediodía de Francia por razón de sus negocios. Sin embargo el nombre de Francisco había ya sonado otras veces. En adelante será un eco de gloria.

A su madre Pica, cupo la gloria de forjar su corazón para la heroicidad de la virtud. Su padre en cambio procuró formarle para los negocios.

7. ‑ Siendo aún muy joven, se conquistó Francisco las simpatías de todos. Sus amigos le miraban como a su rey y príncipe. Bernardone llevaba muy a placer esta estimación de que era objeto su hijo y le prestaba su apoyo, proporcionándole con largueza todo cuanto deseaba, esperando que llegara a ser más tarde algo notable, según sus planes de mundano egoísmo.

El cielo tocó el corazón del joven principesco, y "en su desmesurada capacidad de amar, prendóle el Crucifijo". Desde entonces ya no quiso ocuparse sino de una gloria que no se malograra. Se enamoró de una dama que era la pobreza de Cristo y quiso celebrar con ella sus bodas de amor.

C. ‑ LA LIBERTAD DE LOS HIJOS DE DIOS.

8. ‑ Francisco aparece pobre. Su padre pierde los estribos y comienza a maltratarlo; piensa que aquella pobreza de su hijo rebaja y deja maltrecha la opulencia de su casa y el prestigio de su apellido. Lo persiguió, lo encarceló, lo desheredó, lo maldijo. El joven que era de suyo de carácter jovial y simpático, tornóse retraído y melancólico. Solicitado por su padre, presentóse ante el Señor Obispo para hacer renuncia total de la herencia paterna arrojando a los pies de su progenitor aún lo que llevaba vestido diciendo: "desde ahora podré decir con verdad: Padre mío que estás en los cielos".

9: ‑ Dio  un adiós definitivo a sus sueños y esperanzas de grandezas temporales, derrocando todo cuanto no condujese al servicio del Rey del cielo.

Con nada quedará satisfecha su nueva ambición de pobreza y humildad. Una ambición triunfa de otra ambición. Cristo le ha ganado; y desde este momento el joven Francisco se transforma en penitente y va recorriendo las soledades en busca del Amado.

10. ‑ A pesar de lo que deja entender Celano, en su "Vita prima", Francisco no llevó vida de pecado. Tuvo que armarse sí, contra su amor propio y emplear en eso todas sus fuerzas. El amor propio y la ambición fueron los verdaderos enemigos que hubo de vencer.

11. ‑ En los campos de Gubio le sorprendieron ciertos salteadores mientras iba alabando a Dios. ¿Quién eres tu? le dijeron; y contestó el nuevo caballero de la Cruz: "Yo soy el Heraldo del Gran Rey". Toda la vida sería ese su lema, y toda su vida la usaría buscando la realeza de Cristo para colocarla en el corazón del mundo.

Bajó vestido de ermitaño a San Damián, y allí escuchó la voz de Cristo: "Francisco, ve y repara mi Iglesia".

Primeramente pensó que se trataba del templo material, y sin pérdida de tiempo se dedicó a reconstruir iglesitas casi derruidas; mas luego llegó a entender que se trataba simbólicamente del templo espiritual de las almas.

12. ‑ La condición del mundo era harto delicada. En el clero dominaba la ignorancia y la cortesanía a causa de los derechos feudales de los Obispos. Los sacerdotes no eran siempre elegidos y llamados por Dios "tamquam Aaron". El sacerdocio no parecía como en la primitiva Iglesia, un ministerio sagrado, sino que muchas veces era un beneficio que reportaba pingues ganancias. Los Cátaros, Patarinos, Valdenses y Albigenses, so pretexto de la reformación de las costumbres eclesiásticas, arremetieron contra la existencia espiritual de la misma Iglesia. La lucha entre la verdad y el error se entabla en nombre del Evangelio por una y otra parte.

13. ‑ Los herejes, trataron de interpretarlo a su gusto y talante para combatir así al Papado; y Francisco entendiéndolo en su cabal sentido, bajo la autoridad del Papa. Por otra parte el mundo político dividido entre la Iglesia y el Imperio, vio surgir otro factor que era preciso encauzar: los "comuneros"; es decir, agrupamiento de hombres civiles que trabajan y producen traficando con la tierra, pero demasiado olvidados del cielo. Buscan dinero, y con la riqueza el poder, para destruir la prepotencia de los señores feudales.

Concentración de elementos dispersos que era preciso orientar y conquistar para Dios. Se acabarían las divisiones de amos y siervos, pero quedaría la lucha entre mayores y menores, que se conmoverían a la voz profética de Joaquín de Fiore.

14. ‑ Francisco vive pobre sin airarse contra los abusos existentes en la Iglesia. Ama a la Iglesia y quiere servirla generosamente. La iglesita de San Damián que trataba de reedificar, era sólo un símbolo de la Iglesia de Cristo que había de reconstruir por medio de las tres Órdenes de las que sería fundador, por especial providencia de Dios.

Mientras trabajaba en S. Damián, profetizó que aquel lugar sería refugio de las blancas palomas de Cristo, que un día anidarían en sus muros: las Clarisas.

CAPITULO II

EL FUNDADOR

A. ‑ "PAX ET BONUM''.

1. ‑ Se fija alrededor de 1206‑1207, la fecha de la conversión de San Francisco. Acaso no pensaba aun asociar a sí a otros compañeros, ni mucho menos ser el fundador de una nueva orden. Se dejaba llevar de la inspiración del cielo, andando pobre y peregrinando, aconsejando y exhortando con humildad y mansedumbre.

No sabemos si merece adhesión mental de nuestra parte, el hecho de que al nacer apareciera en Asís un anciano que sería un discípulo del Abad de Fiore, pregonando aquel suceso histórico con las palabras "Pax et Bonum". La tradición nos ha regalado esa leyenda como un tesoro espiritual que lo utilizamos con amor, convertido en lema de la acción franciscana.

2. ‑ Cuando menos lo pensaba Francisco, mientras recibía denuestos de muchos de sus conciudadanos por su nueva vida de penitente, conmovía a otros prudentes que, con ojo avizor, iban siguiendo las peripecias del hijo de Pietro Bernardone. A las gentes reflexivas parecíales cosa tan extraña y fuera de lo normal aquel caso, que comenzaron a pensar que Francisco debía estar iluminado del cielo, obrando bajo la acción de la gracia.

3. ‑ Francisco que reunía en su persona todos los contrastes de su época, traía misión providencial. En estas circunstancias, Dios le envió sus primeros discípulos que fueron: Bernardo de Quintaval, Pedro Cutáneo y Gil de Asís (1209). Poco a poco se rodeó de doce[1], a quienes formó en apostolado tan singular, mezcla de vida activa y contemplativa, con prevalencia de ésta. Después, queriendo asegurar su obra en la firmeza de la cátedra de la verdad, peregrinó con ellos hacia Roma para obtener de Inocencio III la aprobación del "modus vivendi" o "Regula gima", y dar así a su naciente instituto, la garantía legal del Supremo Pontificado.

4. ‑Receloso los recibió el Papa, desengañado como estaba por la conducta sospechosa de los Valdenses, Cátaros y Albigenses. Pero al cabo se convenció de la rectitud V sinceridad del nuevo fundador, y ante la visión que tuvo en sueños, al ver derrumbarse la Basílica de Letrán siendo sostenida por un pobre que reconoció ser Francisco, les dio  amplia aprobación y licencia de predicar ordenando que se les hiciera tonsuras clericales en testimonio de la misión que les otorgaba.

B. ‑ RIVOTORTO

5. ‑ Fue allí en ese humilde eremitorio donde se reunieron después de la excursión y vuelta de Roma. Francisco los educó en su espíritu de desprendimiento alegre y espontáneo de absoluta pobreza. Salía los sábados de su retiro para predicar los domingos en la Catedral de Asís, donde se le oía con suma veneración. Pasados aquellos primeros días de vilipendio y de mofa, a raíz de su conversión, se granjeó en adelante la estima de las gentes que le miraban como a un santo.

En Rivotorto se hacía una vida de abnegación y renuncia. El fuego del amor divino enardecía a aquella primera generación de franciscanos, que apenas podían rebullirse en aquella choza que hacía de convento.

C. ‑ LA PORCIÚNCULA.

6. ‑ Empero la cuna de la Orden será la pequeña capillita de la Porciúncula adonde, según una piadosa tradición, bajaban los ángeles del cielo, recreándola con sus cantos, en ciertas festividades.

Rivotorto carecía de capilla y de todo cuanto tuviese apariencia de comodidad para albergar a los que  vinieron a engrosar las filas  de los nuevos Caballeros de la Pobreza. Fue en la Porciúncula donde tomaron el hábito aquellos magníficos ejemplares de la vida seráfica, que luego formaron el primer núcleo de la numerosa familia espiritual de Francisco, y que iba a crecer como las arenas de la mar.

 7. ‑ La Porciúncula es  la escuela de la pobreza y de la humildad. Allí tuvieron lugar los primeros Capítulos o Asambleas de la Orden; allí acabó sus días el Poverello. Siempre tuvo particular afecto por la Porciúncula, como a cuna de la familia que el Señor le dio, y allí gozó de las revelaciones más estupendas[2].

Como testimonio del amor y predilección de Francisco por este, lugar, perdura el milagro de sus recuerdos, como el de las rosas invernales. Se percibe aun hoy día el perfume del éxtasis que tuvo en compañía de Santa Clara en aquel ágape memorable, cuando el fuego que consumía el convento, era el símbolo del fuego interior que a sus almas seráficas devoraba.

D. ‑ LA VIRGEN DE ASÍS.

 8. ‑ No se puede de omitir, al tocar el punto de la Porciúncula, la aventura espiritual de una noble y rica doncella de Asís llamada Clara Favarone. Comprendió  San Francisco su heroica vocación y no dudó en secundarla, inspirado La Indulgencia de la Porciúncula por Dios, y en protegerla contra la cólera de su familia y de sus amistades. Un día, no se puede señalar con precisión, probablemente en Abril de 1212, Francisco de acuerdo con el Señor Obispo recibió a la joven Clara, que contaba a la sazón 18 años.

9. ‑ Maravillada ésta de la conducta del Seráfico y tocada con la gracia de lo alto, quiso consagrarse a Dios a perpetuidad, aborreciendo las vanidades del siglo, ganosa de vivir en la más franciscana pobreza. Aquella fecha en que empezó la Orden, tiene algo humanamente inexplicable. ¿Cómo, en efecto, se explica la conducta de quien se escapa sigilosamente de la casa paterna, presentándose en la Porciúncula, y la cooperación que le prestara Francisco en su heroica resolución?

10. ‑ Los caminos de Dios no son las nuestros. Sólo podemos afirmar que aquel hecho fue el motivo para que muchas doncellas se le unieran en suavísima hermandad, inaugurando una vida más celestial que terrena. La segunda Orden franciscana estaba fundada.

El bienaventurado Padre les dio  una "norma de vida" pero nunca escribió una regla para ellas. Se rigieron sucesivamente por la Regla adaptada por el cardenal Hugolino, por la de Inocencio IV (1247), por la de Santa Clara (1253) etc.

11. ‑ Al morir el dulce Padre, quiso que las hijas clausuradas de San Damián tuviesen el consuelo de ver su cuerpo, y según les había prometido, así ocurrió, pues el cortejo pasó por San Damián y se detuvo para que las damianitas veneraran y ungieran de lágrimas el cadáver llagado del Santo Fundador.

12. ‑ La segunda Orden Seráfica fue uno de los más ricos y bellos resultados de la acción interior de S. Francisco.

Mientras se iba poblando de nuevas secuaces el convento de Santa Clara, iba también aumentando de modo maravilloso el número de frailes. Clara personificaba el más alto grado de la oración, de la pobreza y del gozo espiritual. La "Pequeña Planta” era espejo de grandes virtudes: planta digna del noble jardinero que la cultivó para Cristo. El mundo todo ha sido embalsamado con los perfumes de aquel vergel delicioso. En su soledad y aislamiento han realizado una experiencia mística y social de primera fuerza. El espíritu y las devociones franciscanas se han intensificado en aquellas monjas hasta un éxtasis de milagro. Ellas practicaron la pobreza y el gozo como una consecuencia del amor franciscano.

13. ‑ Princesas tienen a honra tomar el velo de Clarisa siendo ellas mismas fundadoras de conventos: como Inés de Bohemia. Cunegunda de Polonia, Isabel de Francia etc.

Clarisas o Terciarias fueron las princesas de Aragón y Sicilia.

La segunda Orden tuvo distintas formas con el andar del tiempo. Se conocen las Damianitas, comunidad de Sta. Clara, Clara; las Urbanistas, por usar la regla mitigada por Urbano IV; las de Sta. Coleta (1447) que reformó 17 monasterios, y a la Regla de Sta. Clara añadió  sus Constituciones. En España la reforma de las Clarisas fue llevada a cabo por San Pedro de Alcántara. Por último las Clarisas Capuchinas tuvieron origen en la reforma realizada por la Vble. María Lorenza Longo (+1542), viuda del Regente del Supremo Consejo real de Nápoles. Fueron aprobadas por Pablo III en 1538. Sus constituciones están calcadas sobre las de los Menores Capuchinos. En conjunto las Clarisas han dado a la Iglesia cinco santas canonizadas y diez y ocho beatificadas.

E. ‑ ORDEN TERCERA.

14. ‑Probablemente por el año 1221 instituyó San Francisco la V. O. T.

Esta providencial institución es una prueba de la pujante acción de San Francisco sobre el mundo.

Era idea ya practicada el agrupamiento de núcleos. San Francisca aprovechó el impulso, y, para desviar a las masas de elementos heterodoxos, pensó en utilizar la tendencia dando así origen a la Orden Tercera, la cual alcanzó muy pronto un rápido desarrollo.

15. ‑ Las simpatías de San Francisco las ha pintado al vivo Tomás de Celano, quien nos dice cómo le suplicaban todas las clases de la sociedad les admitiera en su Orden.

Pero San Francisco no pretendía desorganizar las familias. Su piedad y celo les proporcionó un medio excelente de alcanzar la perfección por medio de la Tercera Orden, cuyos primeros miembros fueron Luquesio y su esposa Buonadonna, hacia 1221. Viene después Matea de Rubein de la aristocrática familia de los Orsini y luego el mismo Dante.

16. ‑‑ La primera regla terciaria fue escrita en 1221, según la opinión más común, por el mismo Seráfico Padre en colaboración con el Cardenal Hugolino. Tal vez no se llamó Orden Tercera hasta 1230; siendo primero una asociación de fieles atraídos quizá por las ventajas sociales que reportaba.

17. ‑ Una revisión de la misma aprobó Nicolás IV, el 18 de Agosto de 1289, con la Bula "Supra montem". León XIII la modificó, adaptándola a las exigencias de nuestros tiempos, con la Constitución "Misericors Dei Filius" (Mayo 30, 1883). No es posible enumerar en estos apuntes, las glorias innumerables y excelsas de la Milicia Seráfica. Santos, Pontífices, Reyes, Artistas, Sabios, almas de toda condición y temple, forman a través de los siglos, una gloriosa legión que se enorgullece de vestir el hábito de penitencia.

18. ‑ Desde el siglo XIII se agruparon algunos terciarios en pequeñas comunidades, constituyendo así la Orden Tercera Regular. Hoy estas congregaciones son muy numerosas, ya de hombres ya de mujeres, dedicadas al apostolado más amplio y variado: enseñanza, asilos, hospitales, prensa, asistencia social, etc.

La aureola más fúlgida de la Tercera Orden la constituyen sus Santos y Beatos que pasan del centenar.

F. ‑ EL GOBIERNO DE LA PRIMERA ORDEN.

19. ‑ Entre los frailes que venían a la Orden los había sabios y doctos, y otros que carecían de adaptabilidad al nuevo espíritu. Había exigencias contrarias. La unidad de régimen peligraba, y cierta inquietud espiritual se advertía en muchos mal formados. Francisco creyóse impotente para gobernar tanta multitud; no quería imponerse por la violencia, era más de su agrado la vida de oración que la de andar reprimiendo abusos y haciendo renacer la calma en los descontentos.

20. ‑ Resolvió por ello renunciar a su jefatura, nombrando en su lugar en calidad de Ministro General a Pedro Catáneo, quien había regresado de Siria en compañía del Santo, de fray Elías y de Cesáreo de Espira. $l gobierno de Pedro Catáneo duró poco, pues moría en Marzo de 1221, siendo enterrado en la Porciúncula, donde se hizo memorable con repetidos milagros.

21. ‑ Muerto Fr. Pedro Catáneo, por consejo del Cardenal Hugolino, San Francisco nombró en su reemplazo al famoso Fray Elías. Había sido provincial de Siria; tenía gran competencia, era un verdadero genio organizador y hombre de señalada cultura. Era capaz para gobernar la multitud porque tenía envergadura de mando; pero se le miraba como de los relajados, de los contemporizadores con las corrientes del siglo.

22. ‑ Fray Elías[3] organizó el Capítulo General de 1221 llamado de "las esteras", al que concurrieron 3.000 frailes, según testimonio de Jordán de Jano, quien estuvo presente. No hay pruebas para admitir la asistencia de Sto. Domingo, como tampoco la participación del Cardenal Hugolino en ese Capítulo.

Asistió en cambio el Cardenal Raynerio Obispo de Viterbo, acompañado de numerosos obispos y religiosos de diversas órdenes. Fue el último de los grandes capítulos donde toda la Orden se halló congregada.

CAPITULO III

LOS NUEVOS CRUZADOS

El espíritu misionero fue un precioso legado que hizo a sus hijos el alma apostólica del Patriarca. No se ha extinguido ni se extinguirá en la Orden Franciscana la numerosa legión de veteranos misioneros que, en tierras de infieles, en medio de dificultades y trabajos sin cuento, bregan por la difusión del reino de Cristo.

En más de una ocasión los Papas en solemnes documentos y con elogiosas frases, han alabado la benemérita labor realizada en el campo de las misiones por los hijos de Francisco, quien fue el primero en imprimir esta característica nueva dentro de las actividades de la Iglesia.

A. ‑ PRIMERAS EXPEDICIONES.

1. ‑ Italia no es ya suficientemente extensa para saciar el celo del Seráfico Padre. Estamos en la época de las Cruzadas, y él también piensa en dirigirse hacia Oriente. Ya en 1212 había proyectado un viaje a Siria, pero una tempestad frustró sus planes apostólicos.

2. ‑ Más tarde (probablemente en 1213) se dirigió a España en compañía de Fray Bernardo, con el propósito de llegar hasta el Sultán Mohamed ben Hasser "el miramolín", quien después de la derrota sufrida en las Navas (1212), se había refugiado en Marruecos.

Sin embargo la Divina Providencia disponía otro campo de acción. Enfermó en España, y, apenas restablecido, hubo de volver a Italia.

3. ‑ En 1217 pensó San Francisco en repartir a sus frailes por el mundo, organizando las grandes conquistas misioneras.

A Siria se dirigió un grupo de valientes al mando de fray Elías. A España fue otro bajo la férula de fray Bernardo de Quintaval, que luego fue reemplazado por Juan Parente. El tercer grupo partió para Francia a las órdenes del célebre "Rey de los versos" fray Pacífico; y así fueron organizadas regularmente otras misiones, incluso la de Alemania. La primera expedición a esta nación (1217), fracasó ruidosamente, debiendo volver los frailes a su nidal de la Porciúncula.

4. ‑ Nuevamente en 1219 el Seráfico Padre se puso al frente de una misión hacia Oriente, con el atrevido propósito de ganar al Sultán de Egipto. Embarcóse en Ancona con otros varios religiosos, pues fueron numerosos los que quisieron seguirle. No queriendo disgustar a los que debían permanecer en suelo europeo, hizo que una niña en nombre de Dios eligiera a los frailes de su comitiva, creyendo así resolver el conflicto.

5. ‑ No duró mucho la peregrinación de Francisco por tierras asiáticas y africanas, pues mientras recorría la Siria, le llegó por medio de fray Esteban un aviso urgente que le obligó a tornarse presuroso a Italia; se requería allí su presencia para resolver los conflictos que habían creado los dos Vicarios generales, Mateo de Narni y Gregorio de Nápoles que ejercían el gobierno de la familia. El retorno parece deba fijarse en 1220.

B. ‑ LA CRÓNICA DE JORDÁN DE JANO.

6. ‑ En el Capítulo de las Esteras (1221) se organizó por insinuación de San Francisco, la nueva expedición a Alemania, para remediar el fracaso que había sufrido la de 1217.

Nadie quería hablar del caso porque se consideraba misión muy peligrosa, y muchos frailes repetían a manera de estribillo: "líbranos Señor de marchar a Germania''. Pero inesperadamente se ofrecieron cerca de 90 religiosos y salió la expedición al mando de Cesáreo de Espira, quien por ser alemán conocía la lengua y las costumbres locales. Esta vez se pudo cantar victoria habiendo resultado la misión de un sorprendente éxito.

7. ‑ Alemania nos dio  poco después hombres tan admirables como Bertoldo de Ratisbona y David de Augusta, educados en el Estudio que en aquellas tierras se había creado.

Entre los misioneros, se encontraba Jordán de Jano, quien compuso en 1262 una crónica que respira verdadera sencillez y candor franciscanos y donde se relatan las incidencias y éxitos de esta misión.

8. ‑ Más tarde seguirían a éstas otras expediciones, como aquella famosa de fray Juan de Piancarpina, en 1245, a las tierras del Gran Kan de Tartaria, por orden de Inocencio IV que le nombró su Legado Apostólico y Embajador. Cuando se le confió semejante empresa contaba 63 años y llevaba más de 20 de apostolado en Alemania, donde había fundado varias provincias franciscanas que se extendieron luego a Polonia, Noruega, Dinamarca y Suecia.

9. ‑ Su hazaña la renovó fray Juan de Montecorvino en 1289, quien atravesó Georgia, Armenia y Persia, y fue creado, en 1307, Arzobispo de Pekín (China) con siete sufragáneos de su misma Orden.

CAPITULO IV

EL LEGISLADOR

A. ‑ LA REGLA FRANCISCANA.

1. ‑ En viéndose Francisco rodeado de sus primeros discípulos y compañeros, vióse obligado a pensar en una norma de vida para la realización no ya individual sino colectiva del ideal evangélico. Par entonces se limitó a recoger algunos preceptos del Santo Evangelio que constituyeron el código de vida de los primeros franciscanos. Fue ésta la primera Regla de la Orden, (CeI. I, 31) que aprobó el Papa Inocencio III "viva vocis oraculo" (1209‑1210) y cuyo texto auténtico nos es desconocido.

2. ‑ Exonerado más tarde de su cargo de Ministro General, creyó necesario el Seráfico Patriarca unificar la multitud de sus hijos bajo una Regla más fija y determinada. La Orden había evolucionado y necesitaba mayor precisión de normas. Muchas experiencias habíanse acumulado en los doce años que llevaba la Orden de existencia.

3. ‑ En el Capítulo de 1221, en consecuencia, fue promulgada la nueva Regla redactada por San Francisco y adornada con textos bíblicos por el docto fray Cesáreo de Espira. Consta de 23 capítulos en donde admiramos más la suavidad y unción de un tratado espiritual, que no la precisión jurídica de una ley.

4. ‑ Pero esta Regla parecía demasiado amplia y no muy precisa para merecer la aprobación de Roma. Así las cosas, y esta vez con la colaboración del cardenal Hugolino[4], Francisco redactó otra, de doce capítulos, ajustada a la jurisprudencia eclesiástica; Regla que en 1223 obtuvo la aprobación definitiva del soberano Pontífice Honorio III con la Bula "Soler annuere".

5. ‑ Es esta Regla la que ha dado origen a nuestro derecho regular y que está en vigor desde aquella lejana fecha: 29 de Noviembre de 1223. Se conoce con el nombre de Regla Bulada.

Sometida la Regla a la aprobación del Papa, de él tiene su vigor y está bajo su autoridad. Ya Gregorio IX hizo su primera interpretación oficial con la Bula "Quo elongati" (1230).

B. ‑ EL NOVICIADO.

6. ‑ Ciertas arbitrariedades que se manifestaron en el seno de la Orden especialmente durante la ausencia de san Francisco (1219), obligaron al Santo a regresar a la Península, como ya se dijo. En esta ocasión obtuvo de la Sede Apostólica la designación del Cardenal Hugolino como protector y consejero de su Orden[5].

7. ‑ Queriendo obviar los muchos contratiempos ocasionados sin duda por la deficiente formación de los nuevos candidatos a la Orden, se halló el remedio eficaz en la institución del Noviciado. De esta manera incorporó San Francisco a su Regla las decisiones de la Bula "Cum secundum" promulgada por Honorio III el 22 de Setiembre de 1220.

CAPITULO V

EL CRISTO DEL MONTE ALVERNIA

A, ‑ "ENTRE EL TÍBER Y EL ARNO"

1. ‑ Con el propósito de descansar de las fatigas del último Capítulo (1224) y entregarse más de lleno a la contemplación, subió San Francisco al monte que le regalara el conde Orlando (1213) Señor de Chiusi en el valle cosentino, y cuyo nombre es el de Alvernia.

2. ‑ Este pintoresco monte, equidistante de las ciudades de Florencia y Arezzo, "entre el Tíber y el Arno" como canta el Dante, era por mil conceptos un punto que le atraía poderosamente. Al llegar allá, una bandada de aves le salió al encuentro, en lo que conoció el Poverello la complacencia del cielo. Las duras peñas rajadas le recordarán la hora de la Pasión de Cristo durante la cual el terremoto que menciona el Evangelio, repercutió en aquellos lugares del Alvernia resquebrajándose muchas rocas.

3. ‑ Francisco experimentaba allí inefables consuelos. Se le apareció el mismo Jesucristo, conversando y comiendo con él sobre una mesa de piedra que luego debió ungirse con óleo y vino. Allí se dignó el Señor favorecerle con grandes revelaciones, incluso la de prometerle que su Orden duraría hasta el fin de los siglos.

4. ‑ En aquel monte tuvo la gloria de convertir al criminal que escapado de la justicia, vagaba al amparo de sus espesuras. San Francisco tomó a su cuenta la conversión de aquel lobo, lo amansó y lo hizo fraile menor con el nombre de "fra Agnello". Tratándose del Alvernia, no se puede olvidar la célebre Bendición de San Francisco a fray León por la que se obraron y obran todavía grandes prodigios.

B. ‑ LOS ESTIGMAS.

5. ‑ Pero lo más trascendental y sublime del monte Alvernia, es la impresión de las llagas con que Cristo quiso glorificar al Santo de Asís. La fecha fija queda sumida en el misterio del tiempo; podemos asegurar sin embargo que fue cerca de la fiesta de la exaltación de la Santa Cruz (17 Setiembre 1224) acaso la víspera, tal vez el mismo día al, amanecer.

6. ‑ El Salvador se le apareció en forma de serafín crucificado, dirigiéndole las saetas de sus rayos de amor, y dejándole visiblemente herido en las manos, pies y costado. Los clavos de las manos y de los pies eran de carne, y de las llagas manaba sangre copiosa, porque eran verdaderas aberturas de amor como las del Divino Maestro, cuya representación llevaba San Francisco en la historia. Fray León que le asistía en aquella hora, pudo contar el hecho maravilloso, y muchas veces él mismo enjugaba delicadamente la sangre que fluía de la llaga del costado.

7. ‑ La Iglesia ha defendido constantemente la autenticidad de aquel milagro; pues muchos pudieron tener experiencia directa por habérselas visto, como lo atestigua el mismo Alejandro IV, quien da testimonio solemne del hecho en cuatro documentos apostólicos.

8. ‑ Llagado y enfermo, todavía el Santo quería seguir predicando. Pero ya no podía andar; iba en un jumentillo de pueblo en pueblo. La flaqueza del cuerpo y la abundancia de lágrimas y penitencias le hicieron perder la vista. Estaba inválido, lleno de achaques y dolores. Fray Elías y el Cardenal Hugolino creyeron conveniente llevarlo a San Damián, para ser asistido por Santa Clara y sus hijas. Allá quedó Francisco en una choza del huerto de San Damián en compañía de fray Maseo, fray León y fray Ángel.

9. ‑ Afligido sobremanera por los grandes males que experimentaba, pidió  al Señor le diera paciencia para soportarlos. El Señor, atendiendo a los ruegos de su Siervo, le hizo ver que aquel sufrir debía trocarse en eterno gozo, porque ese era el camino para entrar en la gloria. Regocijado Francisco por esta revelación ya no cabía en sí de gozo. Aquella esperanza de la gloria y la seguridad de lograrla, le hizo llamar a Sor Clara para hacerla partícipe de su dicha.

10. ‑ Llamó también a uno de sus frailes y le ordenó escribir lo que él le dictara en acción de gracias. Arrebatado de júbilo y vibrando de emoción la lira de Francisco resonó con aquellas maravillosas notas del Cántico del Hermano Sol, que constituye el preludio del arte del renacimiento italiano, y es la perla más hermosa en la tierra de este tierno amador. Una estrofa de este poema hizo cantar delante del Obispo de Asís, para lograr la paz y reconciliación entre éste y el Podestá.

C. ‑ EL TRÁNSITO

11. ‑ Debido a la enfermedad de la vista, hubieron de aplicar a San Francisco un cauterio dolorosísimo; el hierro fatal taladró sus sienes, pero sin éxito alguno positivo. Mientras aplicaban el hierro, Francisco conjuró al fuego de la siguiente manera: "Hermano fuego; el Altísimo te ha hecho capaz de emular la belleza de las demás criaturas; te ha creado robusto, hermoso y útil. Séme propicio en esta hora, sé benévolo, pues siempre te he amado en el Señor. Ruego al gran Dios, que te ha creado, que modere la vehemencia de tu calor, de modo que cauterizando con suavidad, pueda fácilmente soportarte". (Tomás de Celano, Il, 165). Apenas si sintió el ardor del fuego, habiéndole el instrumento tratado con piedad.

12. ‑ Pero sus dolores no cejaron. Fray Elías tuvo una revelación de que aquella prueba se prolongaría aún por dos años. La misma advertencia tuvo Francisco quien durante todo ese tiempo pasó por la noche del sentido y. del espíritu. Las pruebas eran de toda índole, pero afirmaban y preparaban el alma del Santo por medio de la completa purificación, hasta la unión cabal y perfecta con su Amado.

13. ‑ Fray Elías, Ministro General, le trataba con cariño y solicitud de madre. Nunca tuvo Francisco nada que reprocharle sino agradecerle mucho las atenciones que le prodigaba. Parece ser que su gran genio le hacía apreciar al Santo y venerarlo con afecto verdadero, aunque personalmente su espíritu pugnaba con el del Maestro.

14. ‑ En 1226 dejó de existir la gran lumbrera de la Edad Media. Al sentirse morir, suplicó a sus frailes le acomodasen en la desnuda tierra. Entonó el Salmo XLI, "Vote mea ad Dominum clamavi". Pidió  después perdón a su hermano cuerpo por la guerra que le había hecho, asegurándole que lo dejaría en paz y con la esperanza de un galardón eterno, dándole además rendidas gracias por su docilidad en el servicio de Dios.

Al declinar del 3 de Octubre, después de bendecir a sus discípulos, se voló al cielo aquella alma seráfica. Francisco contaba 45 años. Fue un ángel robado al cielo por la fe de la Edad Media; ahora es un serafín que sube entre cánticos y celestes melodías.

D. ‑ LA COLINA DEL PARAÍSO.

15. ‑ El 16 de Julio de 1228 Gregorio IX, su amigo y confidente, lo elevó al honor de los altares, en la misma ciudad de Asís. Todo el mundo católico tomó parte en las festividades de su canonización. Para honrar sus restos mortales, el Papa quiso darle una digna morada levantando una Basílica en honor del Santo. Provisoriamente quedaron en la Catedral de Asís, donde fuera bautizado el niño Juan Bernardone.

16. ‑ Fray Elías, encargado por el Papa de la construcción de la Basílica, trabajó con afán y cariño. Fue terminada definitivamente en 1239 y guarda los restos del Seráfico Padre desde el 25 de Mayo de 1230.

El mismo Papa encomendó a Tomás de Celano la composición de la biografía del Santo que se conoce bajo el nombre de "Vita prima” y que Gregorio IX aprobó en 1229.

Se levantó la mole inmensa en el "cerro del Infierno" que se trocó en el "cerro del Paraíso". Allí se yergue imponente y esbelta la Basílica de San Francisco de Asís, con su cripta y sus dos iglesias, inferior y superior, embellecidas con obras de las escuelas florentina, románica y romanoflorentina, en los frescos de Giotto y en las alegorías de los tres votos con la Gloria. Cierto que los amigos del Santo, fray León, fray Argel Tancredo, fray Gil, etc. que habían vivido en su compañía los días de Rivotorto, no llevaron a bien construcción tan opulenta y soberbia.

17. ‑ El Papa Gregorio IX por la Bula "Is qui Eclesiam" (22 de Abril 1330) declaró el Sacro Convento "caput et mater Ordinis".

CRONOLOGÍA DE SAN FRANCISCO

1181‑82

Nacimiento

1202

Prisionero en Perusa.

1205

(antes del 11 de junio) Proyectada expedición a la Pulla.

1205

(segunda mitad del año) Viaje a Roma.

1206

Renuncia a la herencia paterna ante el Obispo de Asís.

1208

(24 de Febrero) Abraza la vida evangélica.

1208-09

Primeros discípulos.

1209‑10

Aprobación de la Orden por Inocencio III.

1211‑12

(28 de Marzo) Sta. Clara viste el hábito religioso.

1212

Embarca San Francisco hacia Siria.

1213‑14

Viaje a España.

1217

Primer Capítulo general de la Orden y organización de provincias.

1219‑20

Renuncia al oficio de Ministro General.

1219

Misiones a Marruecos, Túnez y Oriente.

1219‑20

Viaje de San Francisco a Oriente.

1220

Los mártires de Marruecos.

1221

Primera Regla.

1221

Gran Misión a Alemania, con fr. Cesáreo de Espira.

1221

Organización de la Tercera Orden secular.

1223

Segunda Regla escrita, confirmada con bula por Honorio III.

1223

La Navidad de Greccio.

1224

Impresión de las Llagas (otoño).

1224‑25

Canto del hermano Sol. (3‑4 de Octubre)

1226

Muerte del Santo. (16 de Julio)

1228

Es canonizado por Gregorio IX. (25 de julio)

1230

Traslado de su cuerpo a la Basílica de San Francisco.

 


 

[1]   Además de los arriba mencionados, los primeros compañeros del Santo fueron: Sabatino, Morico, Juan de la Capella, Felipe Longo, Juan de San Constando, Bárbaro, Bernardo de Viridente, Ángel Tancredo y Fray Silvestre. Fray Guillermo de Inglaterra sustituyó más tarde a Fray Juan de la Capella, después de su caída.

[2]   Acerca de la Indulgencia de la Porciúncula, obtenida por mediación de la Virgen María, cfr. P. Gratien, o. c. pág. 11 donde se da amplia información de las controversias existentes sobre el origen de dicha indulgencia.

[3]        Evidentemente vemos en Fray Elías un carácter diametralmente opuesto al de San Francisco; pero está muy lejos de haber sido un hombre nefasto para la naciente Orden. La crítica moderna tiende a su mayor justificación. El P. Ireneo Affo escribió: "La vita di Frate Elia Ministro Generale dei francescani", Parma, 1783.

[4]   Hugolino, conde de Anagni, creado Cardenal en 1198, fue elevado a la Sede de Ostia y Velletri en 1206. En 1216 le conoció Francisco en Perusa, sellando desde entonces una profunda amistad con el eminente purpurado, que resultó sumamente beneficiosa para el Instituto minorítico. Fue Papa con el nombre de Gregorio IX (1227‑1241).

[5]        Este hecho histórico se relaciona con el origen de un nuevo instituto jurídico: el del Cardenal Protector. En efecto, hoy designamos con ese nombre al Príncipe de la Iglesia que nombrado por el Papa (al menos que el mismo no quisiera asumir tal oficio) tiene la misión de proteger o defender una Orden o Congregación religiosa ya sea de hombres que de mujeres.

La institución de los cardenales protectores, se debe a San Francisco, quien por el primero impetró esta gracia del Sumo Pontífice, imponiendo en el último capítulo de su Regla a los Ministros Generales, la obligación de pedir al Papa un Cardenal Protector.

Las facultades del Cardenal Protector fueron en un tiempo amplísimas, y su potestad se extendía a la mayor parte de los asuntos que se relacionaban con el gobierno de la Orden. Inocencio XII restringió en gran manera estas facultades por la Constitución "Christi fidelium" (16 de Febrero de 1694).

En la actualidad las atribuciones del Cardenal en su oficio de Protector de una religión u orden, están determinadas por el Cánon 09 § 2 del Código de Derecho Canónico que dice así: "El Cardenal protector de cualquier religión, si en casos particulares no se determina otra cosa, no tiene jurisdicción sobre la religión, ni sobre cada uno de sus miembros, ni puede inmiscuirse en la disciplina interior y en la administración de los bienes: sólo le incumbe el promover el bien de la religión con su consejo y apoyo".

En un principio, había un sólo Cardenal Protector para toda la Familia Franciscana. Desde 1580, las tres Ordenes, es decir la de los Conventuales, Observantes y Capuchinos, obtuvieron cada una en particular su respectivo Cardenal Protector.

Los terciarios regulares y seculares tendrán su Cardenal Protector según la Orden bajo cuya obediencia estén.